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Testimonio de primavera eclesial: Eduar José Lanchero Jiménez (Bogotá 1969 – Barranquilla 2012) -- Dionisio Navarro, Sacerdote misionero español

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www.kaired.org.co El 27 de junio de 2012 Eduar falleció en Barranquilla, luego de soportar por un poco más de un año un cáncer que fue destruyendo su vida. Su muerte puso fin a una ensañada persecución de 14 años, en la que agentes del Estado y del Paraestado buscaron asesinarlo numerosas veces, además de someterlo a amenazas y a campañas de difamación permanentes que destruyeron su precaria salud de manera progresiva. La Comunidad de Paz de San José de Apartadó (Antioquia), a la cual le consagró los años más hermosos y productivos de su vida, recibió sus despojos y los colocó en el centro de su Monumento a las Víctimas, reconociendo que de él había recibido el más radical testimonio de solidaridad y entrega total, inseparable de lo que la Comunidad construyó como identidad y resistencia en sus primeros 15 años de vida.

Eduar nació en Bogotá el 31 de marzo de 1969 en una familia de arraigada tradición cristiana. Entre sus 6 y 11 años cursó sus estudios de primaria en el Liceo San Javier y entre sus 12 y 17 años sus estudios de secundaria en el Colegio José María Córdoba donde obtuvo su título de bachiller. Cursó 3 semestres de matemáticas en la Universidad Distrital (1987 – 1988), para lo cual él mismo se rebuscó los recursos produciendo y vendiendo masato con la asesoría y apoyo de su madre, Doña Isabel, quien hizo los mayores esfuerzos económicos para su educación. En 1989 se sintió llamado a la vida religiosa e ingresó al Pre-noviciado de los Salesianos en Mosquera, Cundinamarca. El 15 de enero de 1990 fue admitido al Noviciado en La Ceja, Antioquia, donde el 24 de enero de 1991 pronunció sus primeros votos religiosos. Después realizó los estudios de licenciatura en filosofía en la Universidad Santo Tomás (1991 – 1994). Luego de un período de experiencia pedagógica en los colegios salesianos de Duitama (1994), Mosquera (1995) y San Vicente del Caguán (1996), se desvinculó definitivamente de la Comunidad Salesiana. Su vida posterior demostraría que los ideales que buscaba en la vida religiosa continuaron intactos en su compromiso laical.

En su formación se vinculó a la educación popular y a la ética de la liberación latinoamericana. En 1994, la Fundación Konrad Adenauer le publicó un ensayo sobre “Ética Discursiva y Educación Popular: una Relación Liberadora”. La Universidad Santo Tomás lo vinculó como docente, entre 1995 y 1996.
Eduar se fue acercando a la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz desde 1989. Buscaba afanosamente acercarse a las víctimas y trabajar hombro a hombro con quienes querían “transformar el dolor en esperanza”, según expresión suya predilecta.

Entre 1991 y 1996 fue asumiendo diversas tareas en Justicia y Paz: primero en la sistematización de información sobre violaciones graves a los derechos humanos; luego en elaboración de módulos y talleres de derechos humanos; entre 1994 y 1995 asumió por unos meses la coordinación del albergue para refugiados en Barrancabermeja, Santander, en una zona de agudo conflicto social y armado, y luego se fue involucrando en acompañamiento a grupos de desplazados y en talleres formativos para grupos de jóvenes y campesinos que buscaban compromisos en la defensa y promoción de los derechos humanos. En este período impulsó varios proyectos para jóvenes en parroquias y colegios salesianos, como Mosquera, Duitama, Ciudad Bolívar en Bogotá, la región del Ariari en el Meta y también en el Caquetá y el Putumayo con algunos párrocos. A finales de 1996 Eduar se trasladó a Turbo (Antioquia) como integrante del Equipo Misionero que la Comisión de Justicia y Paz para acompañar a los desplazados del norte del Chocó y de la zona del Urabá antioqueño que llegaban allí.

En la última semana de marzo de 1997 al Equipo Misionero de Turbo se le presentó un gran desafío: la recién proclamada Comunidad de Paz de San José de Apartadó (Antioquia) estaba siendo sometida a la más cruda represión por proclamarse como población civil que no quería dejarse involucrar en la guerra contra su voluntad y que exigía respeto a sus derechos de población no combatiente; hubo bombardeos en todas las veredas, desplazamientos masivos, muertes y torturas. Muchos campesinos huyeron aterrorizados pero cerca de mil, concentrados en San José de Apartadó, prometieron que si Justicia y Paz los acompañaba, ellos resistirían sin abandonar sus tierras. Para Eduar este fue el momento de su opción fundamental de vida. Desde el primer momento se ofreció a acompañarlos de manera permanente sin reparar en los inmensos riesgos que eso le acarreaba y, una vez que comenzó a internarse en el doloroso caminar de esa comunidad, descubrió que eso era lo que él estaba buscando ansiosamente: esta sería la comunidad con la cual él caminaría sin dar marcha atrás, buscando “transformar el dolor en esperanza”.

Eduar acompañaba muchas veces a miembros de la Comunidad que se arriesgaban a bajar a la ciudad de Apartadó (Antioquia) y cuando militares o paramilitares querían dejar detenido a alguien, él impedía que se bajara del carro y les respondía enérgicamente que si dejaban a esa persona, las tendrían que dejar a todas, y que si la mataban, las tendrían que matar a todas, pues todos iban a rodear a la víctima. Así logró salvar muchas vidas. También acompañó a quienes iban a recoger los cadáveres y varias veces lo vimos llorar intensamente al comprobar la muerte de campesinos con cuya suerte él ya había ligado su propia vida.

Para junio de 1997 Eduar había elaborado la filosofía de una Comunidad que se proclama constructora de paz en medio de la guerra. Sus ideas las consignó en un artículo publicado en la revista Justicia y Paz de junio/97: “Las Comunidades de Paz, una Idea Regulativa en Búsqueda de la Paz”. Luego, con algunos ajustes, en el Banco de Datos de Derechos Humanos de CINEP, con el título “San Josesito de Apartadó – La Otra Versión” (2005). Albergaba en su mente y en su corazón, desde los primeros meses de acompañamiento y compromiso un sueño, una idea, una estrategia y un proyecto que tenía muy claros en su líneas maestras y que era, en el fondo, la concreción de su ideal-eje: convertir el dolor en esperanza.

Los meses y los años se fueron sucediendo sin que la tragedia cediera: los muertos siguieron aumentando hasta llegar a varios centenares; la persecución siguió siendo aterradora; varios grupos lograron retornar a sus tierras y recuperarlas luego de años o meses de desplazamiento, pero luego tuvieron que desplazarse nuevamente por algunos períodos; el paramilitarismo siguió dominando la región con pleno respaldo de las instituciones del Estado; los crímenes de lesa humanidad se convirtieron en el “pan cotidiano” durante los 14 años en que Eduar acompañó la comunidad.

Sin abandonar la prioridad de la defensa de la Vida, ya que asesinatos y barbaries se produjeron hasta que él estaba ya en el lecho de muerte, Eduar comenzó a impulsar otra dimensión de su acompañamiento y de sus sueños: en las asambleas y reuniones de la Comunidad iba insistiendo en que tenían que SER DIFERENTES de los victimarios. Si no lo lograban, no estaban construyendo una auténtica paz. El Consejo Interno le fue encomendando la tarea de orientar los procesos de formación, para lo cual fue redactando papeles, cuestionarios y cartillas y preparando charlas, videos, debates, etc. Eduar intuyó que el “ser diferentes” de los victimarios implicaba asumir prácticas muy concretas y cotidianas que se basaran en una identidad alternativa: SER COMUNITARIO, SOLIDARIO y NO ESCLAVO DEL MERCADO. Esas intuiciones se plasmaron en la construcción del Reglamento de la Comunidad de Paz.

El trabajo, marcaba la condición COMUNITARIA de los miembros de la Comunidad, lo cual los iba moldeando como “diferentes” de los victimarios. Más adelante, Eduar y los miembros del Consejo Interno fueron impulsando la compra de tierras colectivas, de modo que se multiplicaran los cultivos colectivos, la comercialización colectiva y los espacios colectivos para construir viviendas.

Entre 2002 y 2004 la Comunidad de Paz fue sometida a un cerco de hambre como nueva estrategia de desplazamiento masivo y de despojo de sus tierras. En esa coyuntura Eduar predica intensamente la resistencia y comienza a diseñar la contra-estrategia de la soberanía alimentaria. Nuevamente ve la ocasión de “transformar el dolor en esperanza”. Con gran entusiasmo la Comunidad se empeña en producir los alimentos esenciales de su dieta alimentaria en sus mismas parcelas. Se organizan asentamientos que puedan usufructuar trapiches y trilladoras colectivas, avanzando así en la construcción de un ser humano más comunitario, solidario y menos dependiente del mercado citadino.

El 21 de febrero de 2005 fue la masacre de Mulatos y La Resbalosa en donde fueron sacrificados el líder más apreciado de la Comunidad, Luis Eduardo Guerra, con su compañera e hijo, y la familia de otro líder de la zona, Alfonso Bolívar Tuberquia, con dos niños pequeños quienes fueron descuartizados junto con sus padres. El dolor intenso que esa masacre significó para la Comunidad y el ver pisoteados sus principios de paz, la llevó a un desplazamiento inmediato en el momento en que la fuerza pública se instaló en el caserío. Se trasladaron a una finca de la Comunidad, antes utilizada para cultivos. Eduar jugó allí un papel de verdadero profeta: fue el sostén espiritual de una comunidad que se veía ante el dilema de aferrarse a sus principios éticos o de optar más bien por mantener las comodidades mínimas construidas.

El desplazamiento de 2005 planteó numerosos problemas y uno de ellos fue el de la educación. Los alcaldes de Apartadó se negaron a suministrarle educadores a la Comunidad de Paz. Eduar comenzó a desarrollar entonces, en sus talleres de formación, todo un análisis del problema educativo y organizó un proceso de capacitación de educadores de la misma comunidad, así como la búsqueda de un modelo de educación alternativa, con metodologías y contenidos propios y con miras a que los educandos apreciaran profundamente su hábitat, su historia, sus valores y su futuro.

Mientras las masacres y persecuciones continuaban, Eduar intensificaba su sueño de “transformar el dolor en esperanza”. Desde el comienzo había insistido en la MEMORIA como un valor central de la Comunidad de Paz. Cada que ocurría un crimen él lo documentaba cuidadosamente y lo convertía en objeto de estudio y análisis con niños, jóvenes y adultos en sus diversos ámbitos de formación y promovía conmemoraciones y celebraciones que mantuvieran viva la memoria. Luego de la masacre de febrero de 2005, la Comunidad construyó sendas capillas donde fueron hallados los cuerpos destrozados y los convirtió en lugares sagrados. En los últimos 6 años de su vida, cuando se acercaba febrero, Eduar estaba preparando la conmemoración de la masacre en el mismo sitio de los hechos. En 2009 propuso que allí funcionara una ALDEA DE PAZ donde podían llegar a pasar períodos formativos las familias de los diversos asentamientos de la Comunidad. Eduar mismo se había comprometido a permanecer allí como uno de los integrantes de base de la Aldea, pero su enfermedad y muerte truncaron ese sueño.

Todo este proceso Eduar lo vivió como un proceso de RESISTENCIA. Ya en el año 2000 publicó: “El Caminar de la Resistencia: Una Búsqueda Histórica”, en 2002, publicó un segundo librito titulado “El Amanecer de las Resistencias”. En estos escritos él fue consignando su lectura de ese caminar doloroso pero creativo de la Comunidad, sobre el telón de fondo de sus estudios, reflexiones y análisis filosóficos, teológicos, pedagógicos y políticos que había hecho en sus tiempos de la universidad pero que había ido reelaborando y profundizando desde experiencias tan intensas y tan dolorosas.

La dureza de la vida campesina, las largas marchas por las montañas, las privaciones y persecuciones de toda índole por catorce años, los frustrados intentos de asesinarlo, el haber soportado doce veces el paludismo, se comprende que en su frágil humanidad haya incubado una de las formas de cáncer más agresivas que lo llevó finalmente a la muerte.
Ya en sus últimos meses de actividad, Eduar escribió y publicó un último librito al que le puso un título profundamente significativo, que puede ser considerado como su testamento espiritual: “Sembrando diariamente la Vida. La construcción agroalimentaria de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó” (2010) expresando la última versión de sus sueños sobre la Comunidad de Paz. En realidad es una hermosa síntesis de su testimonio: el sembrar diariamente la Vida.

Resumen del texto de Javier Giraldo Moreno, S. J.:
“EDUAR JOSÉ LANCHERO JIMÉNEZ.
Testigo de la verdad y de la vida
en medio de océanos de falsedades y de muerte,”
publicado en la revista Noche y Niebla 46 (2012),
www.kaired.org.co elaborado por Fernando Torres Millán.

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