Testimonio de gran humanidad -- Gabriel Mª Otalora

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

María Jauregi Lasa,  hija de Juan Mari Jauregi, asesinado por ETA  el 29 de julio de 2000, ha hecho públicas unas reflexiones con motivo del aniversario del asesinato de su padre. Por su
calado merece la pena divulgarlas todo lo posible, al menos lo esencial.

Bajo el título La reintegración (resocialización) no es impunidad, valores como la justicia, la memoria o la reintegración social, son desgranados desde la experiencia como hija de una víctima del
terrorismo.
La reflexión recuerda que no es un ejercicio teórico, sino marcado por la ausencia irremplazable de por vida: hay heridas que nunca cicatrizan porque el dolor no llega a desaparecer nunca en sus seres más cercanos.

Y de ahí pasa a centrarse en el terreno de la justicia: “A menudo escucho que el tercer grado, el artículo 100.2 o los procesos restaurativos son privilegios, formas de impunidad o incluso amnistías encubiertas. Nada de esto se corresponde con la realidad”.

María Jauregi aclara que el tercer grado y el artículo 100.2 no
anulan la condena ni eliminan los delitos; tampoco eximen de responsabilidad. Son instrumentos jurídicos mediante cumplimientos de las penas de forma progresiva, hasta integrarse de nuevo en la sociedad, que es el objetivo principal de la reinserción en la Ley
General Penitenciaria.

Resulta admirable que su conclusión sea que nadie puede quedar excluido para siempre de la sociedad por sus delitos, abogando por una justa reintegración que asuma la condena impuesta y su responsabilidad. No es impunidad, sino confianza en el ser humano y en su capacidad de cambiar.

En cuanto a los procesos restaurativos, su valoración como persona que ha participado con exmiembros de ETA es que esta experiencia “ha sido tan compleja como liberadora” al haber descubierto juntos -víctimas y victimarios- que podemos cambiar porque
es una capacidad que forma parte de nuestra dignidad.

“He experimentado que algo ha cambiado verdaderamente en su interior, fruto de una convicción profunda y sincera”.
Para María, la verdadera responsabilidad solo existe cuando se reconoce la humanidad del otro, y que “nadie puede asumir plenamente la responsabilidad del daño causado a menos que
mire a las personas a las que perjudicó cara a cara”.

Si esta comprensión es genuina, es capaz de “transformar la vida de quienes hemos participado en estos procesos”. Nadie permanece
igual. Proceso restaurativo, proceso de sanación.
Todo ello, prosigue María, significa mirar la realidad con mayor profundidad para comprenderla… y, a partir de ahí, intentar transformarla para devolver la humanidad a una
historia marcada por la violencia, sin que un juicio penal, por sí solo, pueda reconstruir los lazos rotos, ni sanar todas las heridas que deja la violencia.

La última parte de su reflexión es una llamada ética en sí misma, al posicionarse ante su dolor y su sufrimiento: llega un momento en que cada persona debe decidir qué lugar ocupará ese dolor en su vida. Y ella deja claro que su decisión ha sido que “la violencia no definiría mi forma de vida ni mi forma de ver a los demás”.

Esto significa -resumo- que ella asume la responsabilidad de negarse a que la violencia siga condicionando su perspectiva hacia todos los que la rodean en su vida cotidiana.
Y desde ahí, recuerda que el odio tiene una gran capacidad para perpetuarse en múltiples formas, dejando claro que solo busca perpetuar el daño, que el conflicto nunca termine.

La justicia, en cambio, busca algo mucho más profundo: la verdad, la responsabilidad, la reparación y la convivencia.

Finaliza su reflexión con algo que ha aprendido y considera fundamental: que nadie debería quedar reducido para siempre al peor acto que haya cometido. A partir de ahí, quiere seguir creyendo en lo que realmente sustenta la democracia: en una justicia que no se limita al castigo, sino a los valores propios de la coexistencia para construir un futuro diferente.

He releído tres veces el texto original, y me ha removido por dentro. Aquella violencia socializada en parte y sufrida en sus propias carnes, ha desaparecido. Sin embargo, algo me dice que estas reflexiones siguen siendo muy necesarias para las nuevas generaciones.

Sirvan estas líneas apresuradas de reconocimiento solidario y agradecido a María Jauregui por su fortaleza y su testimonio comprometido de reconciliación. Ojalá cunda su ejemplo entre
quienes siguen viendo la violencia como un elemento de táctica política.