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Tesis intempestivas sobre la independencia catalana -- José Ignacio González Faus, teólogo

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Miradas cristianas

1.- Un consejo ignaciano para elegir bien: indiferencia.
Estados y naciones son realidades contingentes, fruto de los vaivenes tantas veces irracionales de la historia. Ni fueron creados por Dios, ni figuran en la Torah sinaítica. Hace años escribí: “lo que quiero de los vascos es que sean mis hermanos, no que sean mis compatriotas; aquello vale más que esto”. Que España y Portugal se separaran, o que Castilla y Aragón-Cataluña se unieran, fue debido a meros azares históricos que podrían haber sido de otra manera. No se debió a ningún imperativo derivado de esencias metafísicas.

¿Qué inconveniente hay pues en que Cataluña sea un pequeño país como Uruguay?. Si hubiera dicho un pequeño país “como Suiza” ya habría inconveniente: pero no por la independencia sino por la desvergüenza. Pero que sea un pequeño país como Uruguay no cambiará nada en los grandes problemas de la vida: después de eso los hombres seguirán amándose y odiándose, explotándose y ayudándose, llorando y sonriendo; y de aquí a cien años todos calvos.

Y a la vez, los catalanes harían bien en recordar este otro consejo de un gran paisano suyo: “ama a tu casa y la tierra en que la levantaste… No llames patria sino a eso, no a los estados levantados por la vana soberbia de los hombres, otro automatismo en que ha sido ahogada la voz de la tierra” (J. Maragall, Del vivir, 1910). Habría que procurar que esa “vana soberbia de los hombres” no actúe demasiado en estos momentos.

2.- “Suum cuique”. A cada cual lo suyo, decían los romanos, padres del derecho. Por tanto parece que, si un día Cataluña fuera independiente, habría que colocar en plaza de Sant Jaume un monumento a los verdaderos “padres de la patria”. Y éstos no han sido los Companys ni los Pujols sino otros nombres como Ansón, Esperanza Aguirre, José Mª Aznar, Jiménez Losantos, P. J. Ramírez, La COPE… Sin ellos no habría hoy un significativo afán independentista en Cataluña.

3.- Incoherencias. El pueblo catalán tenía derecho a decidir sobre el desmonte de la sanidad, el desajuste de la educación y otros daños serios que le fueron impuestos y que, de haberle consultado, probablemente no estaría padeciéndolos ahora. Ese derecho aparece más pisoteado luego de ver otros gastos como el de la actual campaña electoral. No me inspira confianza que el Sr. Mas reclame ahora un “derecho a decidir” y, cuando tuvo la oportunidad de dar ese derecho a su pueblo, se lo negase. Aunque reconozco que, gracias a esa incoherencia, Mas se ha encontrado con su gente rodeando el Parlament para aplaudirle, mientras Rajoy, habiendo hecho lo mismo, se ha encontrado con lo que tanto él como Mas se habían merecido: la gente queriendo ocupar el Parlamento español. También me parece claro que (así como Rajoy no retrasó los presupuestos por necesidades de elaboración, sino para ver qué pasaba en las elecciones de Andalucía) también Mas no fue a Madrid a dialogar con Rajoy (pues era claro que no había nada que dialogar) sino a obtener un “no” expreso que le permitiese adelantar exageradamente las elecciones, y buscar una mayoría absoluta. Cabe admirar la astucia, pero fiarse de ella es otra cosa.

Mucho más cuando la cosa parece venir de lejos: la primera vez que admiré la sagacidad de Mas fue cuando un día en el Parlament catalán, el recién estrenado President Maragall dijo al líder de CIU: “Uds tienen un problema que es el 3%”. Mas, en lugar de reconocerse tocado, sacó pecho con rapidez asombrosa y gritó: “Sr. Maragall, vosté acaba de carregarse l’Estatut”. Y he aquí que Maragall retrocedió asustado y retiró su acusación. Habilidad admirable (o temible) Pero ¿confianza? Para mí muy poca.

4.- That is the question. La pregunta de Hamlet puede repetirse aquí. Porque lo anterior lleva a la que me parece ser cuestión decisiva a la hora de decidir: ¿quieren los catalanes la independencia para construir una Cataluña neoliberal? Mas ha demostrado ser un neoliberal de cuerpo entero. Y su drama es que o ha de gobernar en minoría (porque Cataluña es mayoritariamente de izquierdas), o ha de aliarse con el PP. Incomodidad o traición, “esa es la cuestión” diría Hamlet. Y ese problema no se resuelve ni con declaraciones teatrales ante notario, ni guardándolo ahora en el cajón. No por la independencia en sí misma, sino porque luego no nos venga alguien con aquello del refrán: “este no es mi Juan que me lo han cambiao”

5.- “El fet diferencial”. A lo anterior, me responde un amigo catalán que él no quiere la independencia para ser neoliberal sino porque hay un “hecho diferencial” que distingue a Cataluña del resto del estado español. Le respondo lo que escribí otra vez (en un texto que luego me prohibieron publicar) : mi sensibilidad percibe más “hecho diferencial” en Andalucía que en Euskadi o Cataluña, pese a las diferencias de estas comunidades en lengua, cultura y, sobre todo para el caso catalán, en historia (que en tiempos de Franco no nos la enseñaban). Cataluña está vertebrada por la lógica occidental, mientras que en lo que sería “el sistema operativo” andaluz, hay algunos programas diferentes que supongo de cuño árabe (y de la mejor época del arabismo) y que actúan con otra lógica distinta de la Occidental: ni mejor ni peor pero sí distinta.

Esto parecen confirmarlo las tristes declaraciones de Jordi Pujol sobre los andaluces (¡en 1958!) que ahora vuelven a agitarse y que seguramente reflejaban sólo esa dificultad de entender: porque Pujol tendrá sus defectos pero no es un hombre a quien le guste insultar como a otros. Lo que se da más en Cataluña es una voluntad de estructurarse en torno a sus diferencias, que no se da en Andalucía. Y el ser una nación obedece sobre todo a una voluntad de serlo, no a una esencia metafísica.
Volviendo desde aquí a Cataluña y Euskadi, el hecho diferencial mayor creo sentirlo yo en que ambas carecen prácticamente de esa “otra España” de Machado que sólo usa la cabeza para embestir y que hace muy difícil la convivencia porque aprieta el cuello hasta no dejar respirar, y sólo quiere que los demás o se plieguen totalmente a ellos, o sean aplastados. ¡Cuánta razón tenía don Antonio al hablar de esa España que “ha de helarte el corazón”!. Pues bien: es fácil constatar que la derecha catalana es más civilizada y menos incivil que esa otra extrema derecha hispánica. Y eso es bastante diferencial: los afanes independentistas (como ya insinuaba la tesis segunda) creo que los genera sobre todo esa otra España, mucho más presente y mucho más abundante en el resto del estado.

6.- La paja y la viga. He vivido muchos años entre catalanes y con catalanes. Les quiero mucho. Admiro su capacidad para la fidelidad aunque disiento de esa prontitud tan humana para “etiquetar y desechar” en los momentos de polémica. Debo reconocer que la intensidad de su “sentimiento.cat” no la comprendo, ni me parece apta para aquello que Ignacio de Loyola llamaba “discreción de espíritus” o “reglas para discernir”. Me he sonreído con ellos muchas veces, ante determinadas exaltaciones neuróticas de patriotismo hispánico. Pero luego me extrañaba que no perciban que la misma ridiculez aparece en muchas de sus exaltaciones catalanistas. Recordaba aquello del evangelio: ver la paja en el patrioterismo ajeno y no ver la viga en el nacionalismo propio.

7.- ¿Victimismo? No creo que los catalanes sean victimistas por naturaleza. Pero sí me impresiona la capacidad que tenemos todos los humanos, cuando las cosas se enconan, para ver sólo los defectos del otro y ninguna de sus virtudes. Quizá me equivoque, pero creo que un efecto de esa falsa “discreción de espíritus” se dio en la reacción ante el rechazo del Estatut por el Tribunal Constitucional. Comprendo que fue muy doloroso. Pero los medios alentaron la versión de que aquello era un rechazo de España a Cataluña. Esa versión me parece injusta por dos razones: a) el Estatut fue aprobado por todo el Parlamento español, representante teórico del pueblo. El rechazo vino sólo de un sector de la derecha hispánica que (como ya es sabido) domina en el mundo de la magistratura, tanto para Cataluña como para el resto de España. Hubiese sido más ecuánime decir: “España nos ha querido pero sus magistrados no”, en vez de vendar las caricias y rascar las heridas. Y b) yo no soy jurista y no puedo opinar aquí, pero sé que catalanes expertos en derecho constitucional sostienen que había en el Estatut trazos no constitucionales y no se les quiso oír. Quizás porque los políticos han jugado demasiado a ese riesgo de “a ver si pasa”: contando con la posibilidad de que pasara para no enconar más las cosas . Y si no pasaba, con la oportunidad para alimentar el victimismo del pueblo.

8.- Cuatro palabras y tres preguntas. Lo anterior cabe en cuatro palabras: “sentimientos no son evidencias”. Son muy respetables y, cuando se ven compartidos, son arrulladores; pero no son evidencias. Habría pues que buscar objetividades tratando de controlar las subjetividades. Y como para la objetividad son necesarios estudios de especialistas, ya no puedo seguir opinando en lo que sigue sino tan sólo plantear preguntas y pedir informaciones que apunten a esos datos objetivos. Creo son tres las cuestiones cuya respuesta me gustaría tener con un consenso suficientemente amplio: dos de corte jurídico y otra de carácter económico. Primera: aceptando que la democracia implica eso que llaman “el imperio de la ley”, ¿qué posibilidades legales tiene Cataluña para separarse del resto del España o para decidir si quiere o no hacerlo? Los acuerdos internacionales firmados por España sobre el derecho a decidir ¿valen sólo para el contexto de descolonización en el que se firmaron, o valen para todos los caso? No lo sé. Y, si no se dieran esas posibilidades, ¿qué caminos hay para forjarlas, si es eso lo que el pueblo quiere?. Discútanlo seriamente los juristas y respondan honradamente, por favor.

9.- Más preguntas. El segundo problema es qué posibilidades tiene una Cataluña independizada por su cuenta y riesgo, para seguir en Europa. Por lo que voy leyendo me parecen mínimas: para ser admitido se requiere el voto de todos los miembros de la UE y, por ejemplo, Macedonia no puede entrar en la UE por el veto de Grecia. En este sentido Durán i Lleida me resulta más honesto y de más sabiduría política que su adlátere convergente quien, disimuladamente, va dando pasitos hacia atrás, mientras hace malabarismos lingüísticos echando al aire las tres pelotitas de soberanía, estado, independencia… y procurando recogerlas a tiempo mientras echa al aire otra pelota. Tantas aclaraciones no inspiran mucha confianza.

10.- La madre de todas las batallas. Eso parece haber sido el asunto económico (“determinante en última instancia” que decía el barbudo innombrable). Por un lado, parece innegable que Cataluña está financiada injustamente, y esto lo reconoce ahora hasta el PP. Por el otro lado, un diario barcelonés publicó hace poco que también Madrid y Baleares aportan al estado más de lo que reciben (y con mayor diferencia que Cataluña que sólo era la tercera en la lista). Parece pues que, como también se ha dicho ya, esa injusticia no se debe a que son catalanas (pues Madrid no lo es, salvo quizás “en la intimidad”…) sino a que son más ricas. No sé responder a la pregunta de por qué esas otras comunidades no se habían quejado hasta ahora de la misma manera. ¿Es que son más solidarias o es que tienen algunas compensaciones que Cataluña no ha tenido? Desde mi ignorancia creo que esta cuestión debería haber ocupado muchos más espacios y estudios en la opinión pública. Y no ha sido así. Los ciudadanos necesitamos datos más que peroratas. A los políticos les gusta más perorar y, cuando nos dan algún dato, suele ser sólo de un lado.

11.- ¿Café para todos? En relación con lo anterior, y como opinión meramente personal que molestará a muchos, he pensado siempre que el eslogan aquel de “café para todos” o de “la España de las autonomías” (que utilizó el PSOE en el Congreso para atacar a UCD) era un camino sin llegada. Me parecía que bastaba una España con Estatutos para Galicia, Euskadi y Cataluña (quizá también Andalucía). El resto ya estábamos bien como estábamos, sin despertar pasiones que nunca se habían sentido. Cuatro era comprensible. ¡Pero 17! Y algunas uniprovinciales como Asturias, Cantabria, Rioja, Murcia… Sigo sin entenderlo aunque temo que no tendrá vuelta atrás porque va herir muchos sentimientos.

12.- Con la iglesia hemos topado. Lo más triste de todo para un eclesiástico como yo: ¿qué pintan aquí nuestros obispos tomando partido como si la unidad de España fuese un dogma teológico o una verdad moral? ¿Quién les ha dado vela en este entierro? (o en este parto si alguien refiere formular así la pregunta). ¿No caben en aquella acusación de Jesús contra los que “cuelan el mosquito (de la independencia) y se tragan el camello” (de los desahucios, para los que sólo han sabido tener una palabra tibia y tardía, nada profética)? Sé que los obispos catalanes se han manifestado en sentido contrario, a favor de que el pueblo se pronuncie. Pero también aquí tendría que añadir un reparo: porque esos obispos tendrían más autoridad moral para decirlo si antes hubieran tenido la valentía evangélica de manifestarse sobre el derecho del pueblo de Dios a participar y manifestarse en el nombramiento de sus obispos, tal como enseñaba y exigía la primera tradición de la Iglesia. Eso daría más autoridad a sus palabras.

Para terminar, quisiera haber escrito desde la serenidad. Tengo cierta experiencia de que tratar de inyectar serenidad en ambientes muy caldeados es exponerse a recibir los bofetones de una y otra parte. Pero también cierta fe en que, a la larga, esos bofetones son el precio a pagar para que se rebajen las inflamaciones y se decida desde la serenidad: una u otra cosa, pero en una decisión madura, reposada y seria. Porque si no, podemos embarcarnos en aventuras a ninguna parte, que quizás encumbrarán a algún político, pero que luego generarán gran decepción otra vez, y sólo servirán para acentuar el resentimiento acumulado.
Y entonces vale el título de aquella película: “más dura será la caída”.

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