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Tercera Edad en el Tercer Mundo: Las abuelas y abuelos del Sur -- Cristina Ruiz Fernández

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Cumplir años. Hacerse mayor. Llegar a la ancianidad. Un proceso natural por el que la mayoría esperamos pasar y que suele ir acompañado de dificultades. Disminución de las capacidades físicas, dificultades de movimiento, problemas emocionales… Si ese camino hacia la vejez –que algunas personas recorren con alegría y bienestar, mientras otras lo hacen con pesadumbre–, ya es difícil en España que cuenta con cierto bienestar social, ¿cómo será en los países empobrecidos del Sur? La situación de las ancianas y ancianos en el Tercer Mundo está expuesta a problemas añadidos y a niveles de pobreza mucho más elevados que en
otros segmentos de edad y, sin embargo, en los planes y programas de cooperación al desarrollo se escucha hablar poco de las abuelas y abuelos del Sur.

Siempre hemos oído que en el Tercer Mundo las pirámides de población son muy jóvenes (muy anchas en la base), porque la esperanza de vida es corta y la natalidad muy alta. En otras palabras: hay muchos más niños y jóvenes que ancianos. Sin embargo, hay regiones, como América Latina, en los que la población de edad avanzada está creciendo, pero la protección social no puede abarcar sus necesidades. Por ejemplo, en 2005 había 50 millones de personas mayores de 60 años en América Latina y el Caribe (el 9% de la población regional) y este segmento de población está creciendo rápidamente, a un ritmo medio anual del 3,5%.(*)

Ante la ausencia de sistemas públicos de cobertura, la práctica inexistencia de asilos o residencias y la debilidad de los programas de pensiones, en la mayor parte de los casos estas personas ancianas se mantienen gracias a la solidaridad familiar. En los países con envejecimiento incipiente, como Nicaragua y Paraguay, los hogares multigeneracionales representan cerca del 20% del total, y en aquellos con envejecimiento moderadamente avanzado, como Chile y Argentina, alcanzan casi el 30%.

La pobreza olvidada

Sin embargo, la evolución de la sociedad y, sobre todo, los movimientos de emigración están provocando cambios y nuevos problemas que al final afectan, como siempre, a los más pobres que son quienes se encuentran más desprotegidos. Cuando las ancianas y ancianos no cuentan con ahorros o una pensión y, por su estado físico, no pueden ya trabajar, se enfrentan a una total ausencia de ingresos económicos.

Si a esta situación se añade la falta de apoyo familiar que puede darse por motivos diversos (emigración, mortalidad por VIH/Sida, abandono…), las personas mayores sufren un nivel de pobreza dramático. A causa de esto, muchas de ellas se ven obligadas a dedicarse al comercio informal por las calles o en los mercados y, si por su situación física no pueden hacerlo, se encuentran abocadas a vivir de la mendicidad o de la caridad de los vecinos.

A esto cabe sumar las dificultades propias de la situación de los países empobrecidos del Sur, especialmente en el ámbito rural: calles sin pavimentar, dificultades de acceso al agua potable, lejanía de los servicios primarios de salud. Si parece duro pensar en que una madre tenga que caminar varios kilómetros en busca de agua, para una persona mayor con dificultades de movilidad esta tarea puede ser casi imposible.

Abuelas, viudas y solas

La situación es, como suele pasar, de mayor gravedad para las mujeres que para los hombres. Las ancianas son uno de los miembros más vulnerables y marginados de la sociedad. Tal y como señalaba recientemente un informe de UNICEF: “La desigualdad de oportunidades en el empleo y las leyes discriminatorias sobre la herencia y la propiedad obligan a muchas mujeres a seguir trabajando incluso cuando ya son ancianas” . (**)

Además suelen ser ellas, ante la migración de sus hijos e hijas jóvenes, quienes asumen el cuidado de los nietos lo cual puede agravar su situación de pobreza, especialmente en los casos en los que las remesas no llegan o se desvían. La mayor longevidad de las mujeres, que implica una tasa más alta de viudedad en ellas, junto con el crecimiento de los índices de divorcio, hace que en muchos casos tengan que afrontar esto solas y en una situación económica aún más precaria.

Excluidos de la cooperación internacional

Pese a la gravedad de esta situación son pocos los proyectos de ONG y agencias internacionales que van enfocados a las necesidades de las ancianas y ancianos. La propia Organización de las Naciones Unidas reconoce que “las cuestiones relacionadas con el envejecimiento y las personas de edad siguen ocupando un lugar poco destacado en la lista de temas de los programas de desarrollo tanto nacionales como internacionales”. (***) Las personas mayores apenas aparecen en los planes de ayuda
internacional, no están contempladas en ninguno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio ni cuentan con apoyos externos. La mayor parte de las veces son las congregaciones religiosas quienes protegen a este segmento de población, también se dan casos aislados de redes municipales o vecinales, pero son aún experiencias escasas.

Para que esto cambie es necesaria una mayor concienciación hacia esta realidad invisible. Tanto por parte de las ONG como desde los gobiernos y organizaciones internacionales, es necesario promover estudios y programas específicos para la Tercera Edad. Tal y como afirma un informe publicado por la ONG HelpAge –una de las pocas que atiende las necesidades de este sector de población–, “el reto para la clase política es hacer que los años extra valga la pena vivirlos”, también en el Sur.

El caso africano

La situación de la Tercera Edad en África tiene características propias, tanto negativas como positivas. Los ancianos son, en muchas sociedades de dicho continente, quienes ostentan el poder y cuentan con el mayor respeto. Como describe Bezenet Bujo, profesor en la Facultad de Teología católica de Kinshasa: “Envejecer en África de ningún modo es un hecho negativo. Ser anciano o envejecer en este contexto quiere decir volverse más sabio”.

Sin embargo, la altísima incidencia del Sida también está generando situaciones específicas en África subsahariana. Según UNICEF: “una de las historias rara vez se cuenta es la de los abuelos que cuidan de niños y niñas que se han quedado huérfanos debido al Sida”, que representan un total de 12 millones de menores. Una investigación que se llevó a cabo con datos recientes en varios países africanos reveló la enorme carga que la orfandad ejerce sobre la familia ampliada en general y los abuelos –con mayor frecuencia las abuelas– en particular. Son ellas y ellos quienes cuidan aproximadamente al 40% de todos los huérfanos en Tanzania, al 45% en Uganda, a más del 50% en Kenya y alrededor del 60% en Namibia y Zimbabwe. Esto representa una carga económica enorme. Los ancianos y ancianas “se ven obligadas con frecuencia a trabajar muchas más horas y a vender posesiones personales y bienes domésticos a fin de costear las medicinas, la atención sanitaria y los gastos de los funerales”, lo que genera por tanto un elevadísimo índice de pobreza.

Proteger los Derechos Humanos de las y los mayores

La comunidad internacional ha dado algunos pasos para mejorar la situación de las ancianas y ancianos en la última década. El pasado mes de diciembre se celebró en Brasilia la Segunda Conferencia Regional Intergubernamental sobre el Envejecimiento en América Latina y el Caribe. En esta reunión, los países participantes reafirmaron su compromiso con los Derechos Humanos y libertades fundamentales de las personas de edad avanzada. Además de discutir distintos temas sobre género y cohesión social, propusieron que se valore la designación de un Relator Especial de Derechos en la Vejez, así como realizar las consultas pertinentes para impulsar una Convención en el seno de las Naciones Unidas dirigida a promover y a proteger los derechos de las personas de edad.

Para más información: www.eclac.cl/celade

(*) Datos extraídos del Boletín “Envejecimiento y Desarrollo en AL y el Caribe”, diciembre 2007. Editado por el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), División de Población de la CEPAL
(**) Informe el Estado Mundial de la Infancia 2007. UNICEF
(***) Naciones Unidas A/61/167- 19 de julio de 2006

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