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Teología Política (Abreviado) -- Benjamín Forcano

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1. ¿El PP aliado natural de la Iglesia?
2. Aportación del cristianismo a la sociedad de hoy
¿EL PP NATURAL ALIADO DE LA IGLESIA?
En buena parte, la derecha y la izquierda, una por unas razones y otra por otras, sostienen que la religión es un asunto privado y que, por tanto, no debe incidir en la vida pública.

Debo mencionar, para ser justo, la tendencia de un socialismo europeo y latinoamericano, hoy mayoritaria que , sin dejar de afirmar el carácter privado de la religión, subraya con fuerza su dimensión pública. Por el contrario, los movimientos religiosos neoconservadores, con faz pública en el neoliberalismo, defienden su vinculación con la religión para la moral privada del matrimonio y la familia y largan fuera a la religión cuando de cuestiones sociopolíticas se trata, a no ser que –y es otra de sus opciones- se apoderen de ella como factor ideológico legitimante de su política e intereses.

Por supuesto, no pretendo dirigir el voto de nadie, lo cual no está reñido con que yo, ciudadano católico, analice el significado de algunos hechos, protagonizados por el PP en nuestra sociedad y que se prestan a una valoración. Y digo de antemano que, para mí y para millones de católicos, la religión no tiene por qué ser “opio”, aunque lo haya sido muchas veces; ni tiene por qué ser relegada al jardín de la interioridad o privatizada forzadamente, por más que muchas situaciones históricas ilustren el contubernio de ella con el poder.

Para mí, es obvio que la fe, con ser una cosa íntima, incide en la totalidad de la persona y en esa totalidad está como parte importante la vida social y pública. Por eso, me resultó natural que, en las manifestaciones contra la guerra, se encontraran en las calles miles y miles de ciudadanos católicos, movidos por imperativos de solidaridad y de ética natural y, también, de ética evangélica, suscribiendo con naturalidad las palabras de A. Einstein: “Nos sublevamos contra la guerra porque todo hombre tiene derecho a la vida, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere. La guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural , y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella; lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra es una intolerancia constitucional, una idiosincracia extrema, por así decir”·

Con esta perspectiva resultan incompatibles las palabras de ciertos católicos que en ocasiones han afirmado “No crearles la guerra ningún problema de conciencia”; expresión de un catolicismo integrista que hace alianza con las tesis básicas del neoliberalismo. Si ellos no tienen problemas de conciencia, es lógico suponer que será porque han sustituido los principios de la ética cristiana por los de la ética neoliberal y, entonces, no es extraño que puedan apartarse del sentir de la mayoría y de las mismas palabras del Papa Juan Pablo II, como ocurrió con la guerra de Irak.

En esta postura se pueden entrever seguramente los resultados de una educación cristiana ferozmente individualista, ajena a las cuestiones candentes de la sociedad. ¡Como si a Jesús de Nazaret lo hubiese fulminado un meteorito atmosférico y no la conspirada alianza del poder religioso y político de su sociedad, que lo vieron como peligroso y opuesto a su programa e intereses! “Este hombre no nos conviene, debe morir”.

Esta forma de pensar resulta, para un cristiano crítico y de nuestro tiempo, lamentablemente anacrónica. Históricamente la religión cristiana ha ido más de la mano del capitalismo que del socialismo. Oficialmente, casi hasta el concilio Vaticano II, la alianza del cristianismo con el capitalismo era vista como natural y querida por Dios, y la alianza con el socialismo como innatural y reprobable. Han sido siglos de modelación de las conciencias que dieron como resultado un talante católico conservador y reaccionario.
No en vano, resonó en la cristiandad por activa y pasiva que comunismo y socialismo eran incompatibles con la religión cristiana, que la sociedad de clases respondía a la voluntad de Dios, que la existencia de ricos y pobres era fruto de su voluntad y que el cambio de ese modelo era un atentado contra la ley natural y divina.

La convocatoria del Vaticano II obedecía sobre todo a saldar el desfase de la Iglesia con el mundo moderno, a liberarla de una teología y espiritualidad medieval y barroca, a inculturarla en la revolución antropológica y social moderna y, sobre todo, a reivindicar su opción profética a favor de los empobrecidos y en contra los empobrecedores.

Hay, por lo demás, un hecho histórico reiterado: las revoluciones se han hecho siempre sin la Iglesia o contra la Iglesia, no con la Iglesia. Quizás la revolución sandinista fue la primera que gozó del apoyo y legitimación eclesiástica. Afortunadamente, con el concilio Vaticano II floreció una nueva teología y espiritualidad cristiana, plasmada sobre todo en la teología de la liberación, que reformulaba profundamente la presencia y compromiso de los cristianos en la sociedad. Se puede calificar de copernicano el giro que en este punto se ha dado en muchas partes confirmado en multitud de movimientos, luchas, testimonios y mártires a favor de la justicia y de la liberación.

Se entiende así que el PP, derecha política, busque como consorcio suyo natural a la derecha eclesiástica. Es lo suyo: un modelo de sociedad primordialmente económico, profundamente polarizado entre fuertes y débiles, movido por el egoísmo, el lucro y por la ley de la competencia más agresiva. El PP no puede ver con buenos ojos un proyecto de convivencia social reestructurado desde la igualdad , la justicia, la libertad y la primacía de los últimos.

Este proyecto es profundamente evangélico, con enormes repercusiones en la vida pública, por reclamar unas relaciones sociales de fraternidad (todos vosotros sois hermanos); de efectivo compartir los bienes (lo tenían todo en común); de desidolatración del poder (entre vosotros el que quiere ser el primero que sea el último); de amor veraz y palpable en el prójimo (la fe que no se muestra en obras y amor al prójimo es muerta y diabólica).

Un partido conservador busca, primero de todo, mantener su nivel superior de bienestar, de privilegios y de dominación. Por más que se diga, sus promesas de respetar la religión son, de hecho, aparentes. Ya no sorprende por tanto la paradoja de que el PP se manifieste muy sensible a las orientaciones de la Iglesia, del Papa en primer lugar, cuando se trata de temas de moral matrimonial-familiar y sexual, y se muestre frío o indiferente a las orientaciones de la ética social y de las palabras del Papa. Y no han faltado dirigentes políticos, que reclamaban no dar el voto a partidos que estableciesen una regulación civil sobre situaciones conflictivas del aborto, divorcio, control de natalidad, homosexualidad, parejas de hecho, etc. que no fueran acordes con las normas de la Iglesia.
El PP ha hecho gala, para muchos de estos casos, de fiel sometimiento a la Iglesia. De la misma manera, ha dado un trato de favor a la Iglesia en la cuestión de la religión en la escuela y en otras cuestiones de pago al clero, de exención, de privilegios indebidos, etc.

Esto creaba, en no pocos ambientes, la sensación de que el PP era un partido respetuoso con la enseñanza y moral de la Iglesia. En la guerra contra Irak la luz llegó hasta el fondo. El Gobierno del PP de entonces, con la totalidad indivisa de sus diputados, desoyó la voz mayoritaria del pueblo, del marco legal de las Naciones Unidas, del Consejo de Seguridad y del Papa; optaron por la voz del emperador y no la del Papa Juan Pablo II.

Entonces: ¿cómo el PP compagina sus decisiones con las pautas del Evangelio en aquellos puntos que tocan sus intereses económicos? ¿Su defensa de la religión es por fidelidad o por cálculo y conveniencia? En todo caso, es hora de arrancar caretas y de no permitir la desfachatez de que se siga abrigando o exhibiendo la convicción de que el PP garantiza los valores de la religión y es natural aliado de la Iglesia católica.

2

APORTACIÓN DEL CRISTIANISMO A LA SOCIEDAD DE HOY

La religión cristiana es una religión pública

Los que se profesan cristianos, tiene razones para afirmar que la religión cristiana es una religión pública y que, por lo mismo, y sin pretender monopolizar ni imponer nada, obrando de acuerdo con los principios y valores de esa religión, su conducta reflejará la marca, inspiración y medida de esos valores. Sencillamente porque la persona es unidad y unitariedad, y si la religión la inspira e impregna en su totalidad, debe impregnarla en lo que es la amalgama de esa totalidad: convicciones, actitudes, sentimientos y opciones.

Cada persona elige un estilo de vivir. Y, para los creyentes, la religión es parte
importante y hasta esencial de ese estilo. Un estilo que no hay que presuponerlo extraño o peligroso, pues la fe, al menos la cristiana, comienza por ser fe humana, es decir, fe en el hombre, en su dignidad y derechos. Ese es el primer artículo de la fe cristiana y sin él la fe se toma sospechosa, vacía o falsa. Y, desde esa fe en lo humano, el cristiano expresa su identidad y comunión con todos aquellos que -ateos o no- viven con el sueño de hacer una ciudad humana universal: fraterna, igualitaria, libre. Hay, pues, un caminar común, porque hay un terreno y fe común.

Pero, ¿cuál es el estilo, si lo hay que, junto a esos elementos comunes, debe configurar al cristiano?El estilo es el de Jesús de Nazaret.
Cualquier otra coartada, que aspire a definir el cristianismo sin pasar por ahí, es cuestionable. Se es cristiano porque se elige con libertad personal vivir la vida como Jesús de Nazaret. Y Jesús de Nazaret es todo un estilo: en el pensar, en el sentir y en el obrar; en relación con Dios, con uno mismo y con los hombres; en relación con la justicia y con el culto; en relación con los ricos y con los pobres; en relación con el poder religioso y con el poder político; en relación con la interioridad y la exterioridad; en relación con lo que es vicio y lo que es virtud; en relación con la vida material y espiritual, personal e institucional, histórica y escatológica.

Puesto a describir el estilo de Jesús, me gustaría destacar algunos de los trazos más salientes:1. Inmerso en su pueblo, participa de todo lo que constituye su historia. Sabe que la expectación sobre el Mesías es grande y varias las maneras de interpretarlo y acogerlo. Resulta predominante la de un mesianismo teocrático, nacionalista, excluyente que restaurará la gloria de Israel con fuerza y esplendor. No se concibe un Mesías que no vaya asociado al poder, al éxito, la gloria.
El mesianismo de Jesús es de muy distinta naturaleza: «Sin hacer alarde de ser igual a Dios, se vacía de sí mismo y toma la condición de esclavo haciéndose uno de tantos» (Fp 2,6-8).

Escribe Rafael Díaz Salazar:
«La forma de Dios como esclavo entregándose a la liberación de los esclavizados con una radicalización que le lleva a la muerte con la doble acusación de subversivo y blasfemo es única en la historia de las religiones.» (1)
Tan única que este mesianismo cambia de raíz las relaciones de Dios con la política en el sentido de que no habrá otra forma de hacer política divina sino aquellas que, de verdad, sirvan al servicio y liberación de los empobrecidos desde los valores propios del Evangelio.

2. Este mesianismo jesuánico se centra en el anuncio y realización del Reino de Dios. Este Reino es la utopía del Nazareno, a la que consagra por entero su vida:- Él, como profeta, se enfrenta a las autoridades religiosas y políticas de su pueblo para desenmascarar sus errores y contradicciones. Ningún sistema político puede instrumentalizar la divinidad para el encubramiento de unos y la dominación de otros, y ningún sistema religioso puede erigirse como dueño de Dios y utilizarlo con alienación y detrimento de las personas: «Es muy significativo que la persona que se presenta como el enviado de Dios sea condenada por subversivo y blasfemo. La revelación jesuánica de Dios es captada como suprema negación de la divinidad tal como ésta era concebida por la mayoría de los judíos y romanos. Desde ésta óptica no hemos de extrañamos que los primeros cristianos fueran considerados ateos» (ídem, p. 338).

– Dios es Padre de todos, sin exclusión de nadie, en una patria y familia universal, sin fronteras ni discriminaciones, en la que la todos son hermanos. Aquí, el parentesco es de otro rango y sobrepasa el simple de la sangre y de la raza, y se incrusta en la ley primigenia del amor, única que libera, que enlaza culto y justicia y que hace presente a Dios mismo en la liberación de los empobrecidos (Cfr. Mt 25, 31-46).
– Para hacer efectiva esta patria. Dios no va a suplir a nadie. Él cuenta con la responsabilidad humana y, sobre todo, con las disposiciones y actitudes de cada uno, alejadas del orgullo, de la avaricia y del egoísmo. Se trata de echar abajo una serie de ídolos (el dinero, el poder, el dominio) que alimentan la deshumanización e impiden que la convivencia y las relaciones entre los humanos sean justas y fraternales.

– El mensaje de Jesús no se centra en el diseño de una política específica. Las políticas son necesarias y ellas deben ocupar la entrega y compromiso de los hombres pero, en tanto que políticas, son coyunturales y evolutivas, mientras los valores del Evangelio son esenciales, suprapolíticos, válidos para guiar la política y reconducirla cuando haga falta.

¿Qué aporta el cristianismo a la solución de nuestros problemas de hoy?

Si tenemos claro cuáles son los problemas que mayormente afectan a la sociedad, claro que la izquierda pretende ofrecer las mejores propuestas para la solución de esos problemas, claro que no hay un sistema económico-sociopolítico que pueda sobrevivir sin ideología , pues todo proceso económico-político resulta indisociable de un determinado tipo de filosofía y ética. ¿La izquierda de hoy adolece de un vacío de espiritualidad y de valores que la propulsen? Está claro que el neoliberalismo constituye un determinado sistema dominante desde el que organizar la economía y también las conciencias, entonces, la pregunta clave es ésta: en la marcha de este proceso, ¿con qué energías y valores morales contamos? ¿podemos seguir abrigando la duda o el escepticismo de la validez del cristianismo para acometer con garantía la solución de esos problemas? En todo caso, y de ser afirmativo, ¿qué tareas o contribuciones puede aportar el cristianismo a la solución de tan ingentes problemas?

Creo que puedo señalar cuatro:
1. Tener como criterio de organización sociopolítica y de educación el criterio de que todos los hombres son hermanos y, si hermanos, hay que luchar para que las relaciones sean de igualdad y desaparezcan los obstáculos que más la imposibilitan: el dinero y el poder. Hay que establecer como prioridad que tantos y tantos como se encuentran en la miseria y exclusión (los últimos) sean los primeros, de modo que sea desde las carencias de sus derechos y necesidades como comience a organizarse la sociedad. Si Jesús llama a los pobres bienaventurados es porque les asegura que su situación va a cambiar y para ello es preciso crear un movimiento que sea capaz de lograrlo, devolviéndoles la dignidad y la esperanza. Hay que dar la primacía de los últimos:

«El cristianismo originario se enfrenta al reinado del dinero y del poder como mecanismo de dominación e introduce una pasión en la historia: que los últimos dejen de serlo, que se adopten comportamientos y se organicen políticas y economías que les den la primacía para construir una sociedad sin últimos ni primeros o, al menos, con la menor desigualdad entre los seres humanos convocados a ser hermanos.” (2)

2. De acuerdo con esta pasión por los últimos, tener sensibilidad y criterio para saber detectar dónde se encuentran en nuestro mundo las causas y mecanismos que producen los primeros y mayores problemas de desigualdad e injusticia.

3. Crear una voluntad colectiva que sea capaz de anteponer las necesidades de los últimos y que articule políticas y comportamientos sociales solidarios, con la consiguiente adopción de esfuerzos y renuncias comunes. Si la pasión por los últimos se convierte en idea y fuerza moral movilizadora, tendremos entonces la posibilidad de políticas internacionales de solidaridad, de democracia económica, de asunción de la pobreza evangélica, llegando a crear nuevos sujetos sociales, con una nueva escala de valores antropológicos y una nueva finalidad para la vida personal y colectiva.

4. Hacer propia la cultura del samaritano ante el prójimo necesitado: sentir como propio el dolor de los oprimidos, aproximarse a ellos y liberarlos. Sin este compromiso, toda la religiosidad es falsa:
«El cristianismo originario presenta unos valores de fondo que vistos en su conjunto configuran un determinado espíritu o fuerza socio-vital muy importante para la izquierda. La primacía de los últimos, la pasión por su liberación, la crítica de las riquezas, la cercanía a las víctimas de la explotación, el anhelo por construir la fraternidad desde la justicia y más allá de éste, la apuesta por un estilo de vida centrado en la desposesión y comunión de bienes, la unión entre el cambio de la interioridad del hombre y la transformación de la historia, etc. son propuestas vitales muy valiosas para la cultura socialista.» (3)

NOTAS

(1) R.DIAZ SALAZAR, La izquierda y el cristianismo, Taurus, 1998, p. 342.

(2) Idem, p. 354.

(3) Idem, p. 399.

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