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Te recuerdo, Víctor -- Manuel Quintero

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Su sonrisa y sus canciones encendieron la imaginación y la mística de miles y miles que en Chile y en América Latina, y más allá de nuestras fronteras, soñaron alguna vez con la justicia social. Su voz, con Inti Illimani y Quilapayún, era heraldo de tiempos nuevos. Después de dos décadas de insurgencias y derrotas, brotaba renacida la esperanza en el sur del continente, en el país del magnífico Neruda. Era un experimento inédito, la toma del poder a través de las urnas, fruto de una voluntad democrática que no pudieron bloquear los manejos turbios de la CIA, ni la muerte de René Schneider, un general digno.

En febrero de 1971, cuando «la vía chilena al socialismo» era apenas una consigna movilizadora sin mayores pretensiones teóricas, nos visitaron unos sacerdotes del llamado Grupo de los Ochenta, embrión de lo que un año después sería Cristianos por el Socialismo. Con ellos vino el teólogo Pablo Richard, uno lo de los líderes del grupo, quien además de su excelente exégesis del Éxodo nos regaló con imágenes del dinámico movimiento cultural que acompañaba al proceso chileno. No sé si fue Pablo u otra persona del grupo, pero después comenzó a circular entre nosotros, los “ecuménicos”, un disco de Víctor Jara, El derecho de vivir en paz. De ese disco aprendimos y cantamos su ‘Plegaria del labrador’ con la alegre certeza de identificarnos con una gesta que estaba cambiando la historia del continente.

Líbranos de aquel que nos domina en la miseria
Tráenos tu reino de justicia e igualdad
Sopla como el viento la flor de la quebrada
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil
Hágase por fin tu voluntad aquí en la tierra
Danos tu fuerza y tu valor al combatir
Sopla como el viento la flor de la quebrada
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil

Levantate y mírate las manos
Para crecer, estréchala a tu hermano
Juntos iremos unidos en la sangre
Ahora y en la hora de nuestra muerte
Amén, amén, amén

Con el transcurso de los meses se agudizaba la lucha de clases, y en el Chile cobre y mineral de Mercedes Sosa la reacción ganaba terreno y la euforia revolucionaria de los primeros tiempos se trastocaba en pugnas internas y divisiones en el seno de la Unidad Popular. Víctor Jara, fiel a su herencia campesina y su arraigo popular, cantaba desde el fondo de sus entrañas a un pueblo desorientado por los paros, la escasez y el temor. Componía con la urgencia de quien sabe que el tiempo de gracia de las revoluciones es efímero, porque la reacción no demora en desatar sus fuerzas terribles para asfixiarlas en la cuna. Le canta a la Amanda de sonrisa ancha que va al encuentro con el Manuel que murió en la sierra; a los que no toman partido —“usted no es na, ni chicha ni limoná”; y a los pudientes de las casitas del barrio alto, cuyos hijos juegan con bombas y con política y asesinan generales. Su presencia se multiplica; visita los rincones más remotos y participa en todos los eventos: quiere que la poesía alimente el alma y la praxis de quienes luchan por un Chile diferente.

Los hechos se precipitan. Llega septiembre y el final del invierno, y los militares cómplices adelantan el golpe cuando conocen que Allende va a llamar a un plebiscito (quieren cortar las flores, pero no impedirán que brote la primavera). El 11, día que quedará para siempre en la historia de la infamia, La Moneda es escenario de una batalla cruenta y desigual. La derecha más retrógrada pisotea y vitupera los principios democráticos que ha defendido con obstinada hipocresía. Los militares reaccionarios violan su juramento constitucional y siembran el terror. Allende muere dignamente defendiendo su mandato y los seguidores del socialismo a la chilena son brutalmente reprimidos. Víctor Jara se ha reunido con otros partidarios de la Unidad Popular en el recinto de la Universidad Nacional. De allí le llevan, con miles de compatriotas, al Estadio Nacional. Un oficial le reconoce y se encarga de castigarle con crueldad ejemplar. Es de la misma estirpe de Goebbels, a quien la palabra cultura le provocaba ganas de sacar la pistola. Víctor sufre y resiste; y cuando sabe que su vida se va apagando, escribe un poema póstumo. Luego acribillan a balazos su cuerpo generoso. Es el 16 de septiembre. Se adelantará una semana a la muerte de Neruda. Hoy están juntos, en algún lugar luminoso, los dos poetas comunistas.

Este sábado 5 de diciembre, 36 años después de su trágica y prematura desaparición a manos de los sátrapas de la reacción, miles de chilenos y chilenas le han rendido merecido homenaje en las calles de Santiago. No sé si cantaron sus canciones. Yo las he revivido en la distancia y en la asepsia política de estas latitudes, donde el heroísmo parece desterrado para siempre de la memoria. Las he cantado en voz baja y me han recordado otros años, otras luchas, otros compañeros y compañeras. Te recuerdo, Víctor.

Ahí, debajo de la tierra,
no estas dormido, hermano, compañero.
Tu corazón oye brotar la primavera
que, como tú, soplando irán los vientos.

Ahí enterrado cara al sol,
la nueva tierra cubre tu semilla,
la raíz profunda se hundirá
y nacerá la flor del nuevo día.

A tus pies heridos llegarán,
las manos del humilde, llegarán
sembrando.

Tu muerte muchas vidas traerá,
y hacia donde tu ibas, marcharán,
cantando.

Allí donde se oculta el criminal
tu nombre brinda al rico muchos nombres.
El que quemó tus alas al volar
no apagará el fuego de los pobres.

Aquí hermano, aquí sobre la tierra,
el alma se nos llena de banderas
que avanzan, contra el miedo,
avanzan, venceremos.

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