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Taita Proaño -- José Arregui, teólogo

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El Blog de José Arregui

Estoy en Quito, ciudad que encarna toda la historia de nuestro mundo con su belleza y su crueldad, rodeada de altos cerros, de volcanes y nevados. Su centro histórico es de extraordinaria armonía y belleza, pero es a la vez testigo hiriente de la brutal destrucción de pueblos enteros con sus extraordinarias culturas.
Aquí, en el Ecuador de la Tierra, en el corazón geográfico de la Pacha Mama, nos hemos reunido durante cuatro días 110 cristianas/os de América Latina y de otros lugares, en el III Encuentro Latinoamericano FE y POLÍTICA. Indígenas, afrodescendientes, blancos, mestizos. Todos somos mestizos, como este Quito. La vida es siempre mestiza, fruto del mestizaje. Todos somos de la misma tierra madre, y somos en el mismo Misterio.

A todos nos reunía aquí el Evangelio de Jesús y su sueño de otro mundo necesario y posible. A todos nos convocaba la memoria y el mensaje de un obispo profeta vestido de poncho y sombrero, el obispo de la liberación de los pueblos indígenas: Taita Leónidas Proaño. Hijo de campesinos pobres de Ibarra (Imbabura) y padre de indígenas pobres del Chimborazo, obispo de Riobamba entre 1954 y 1985.

Taita: padre, aita. Así llamaban y siguen llamando los indígenas al padre y pastor que les puso en pie y les devolvió la voz. Fueron para él revelación de Dios y del mundo, y los amó como algo absoluto, los defendió con absoluta pasión. Vio su miseria secular, y tuvo compasión. Escuchó su sabiduría milenaria, se convirtió a ellos y a ellos consagró toda su inmensa humanidad, su bondad y firmeza, su aguda inteligencia, su palabra inspirada. Los hizo sus “amos”, ellos que eran desde hacía 500 años esclavos en su tierra, y que debían cubrir su palma con el borde del poncho, en señal de sumisión, antes de dar la mano a los blancos, y ponerse de rodillas antes de saludar a los sacerdotes.

Le dolieron los indios y le dolió una Iglesia que los había esclavizado en nombre de Dios, colonizado en nombre del Evangelio. “Pónganse de pie, no sean aplastados”, les dijo sin anillos ni pectorales, con el evangelio desnudo en la mano y vestido de poncho. Y los indios levantaron la cabeza y dijeron “¡basta!” a los grandes señores, terratenientes y militares. También dijeron “¡basta!” a una institución eclesiástica aliada de los colonizadores, amiga de los dictadores, y dueña ella misma de buena parte de las mejores tierras del Ecuador. Lucharon y siguen luchando para que sea suya la tierra madre que alimentó a sus padres, la tierra que habían cultivado sus pueblos durante miles de años y que les fue robada, la tierra sagrada que sigue siendo perforada, devastada y envenenada, para extraer de ella oro y petróleo que enriquecen más a los ricos y empobrecen más a los más pobres.

Cuando al final, ya muy enfermo, llevaba dos días sin poder hablar, de pronto llamó a quien la cuidaba con infinita ternura y veneración: “¡Nidia! ¡Nidia!”. Ella acudió y le preguntó: “¿Qué desea, Monseñor?”. Y él exclamó: “Me viene una palabra: La Iglesia es la única responsable de la situación y opresión de los pueblos indígenas. ¡Qué dolor! ¡Qué dolor!”. Esas fueron sus últimas palabras. Murió aquel mismo día, 31 de agosto, a los 78 años de edad. Ayer celebramos con profunda emoción el 25 aniversario de su muerte.

¿Muerte? Más bien resurrección, pues quien vive, como Taita Proaño, dando la vida por una vida más justa y mejor resucita en la muerte y nunca cesará de resucitar. Su presencia y su mensaje siguen animando la historia de innumerables comunidades indígenas a lo largo de toda América Latina.

¡Qué distinta sería hoy América Latina y su Iglesia si hubiera habido y aún hubiera muchos obispos como Leónidas Proaño, elegidos ya no por el Vaticano, sino por sus comunidades! Obispos como Helder Cámara, Óscar Romero, Samuel Ruiz Pedro Casaldáliga…. Obispos como tú, Taita Proaño, para que siga viviendo la Tierra con todos sus vivientes.

José Arregi

Para orar

Hermano colibrí

Apareció por mi país
sembrando amor como el maíz.
Con él se aliviano la cruz
y el chaquiñán tenía luz.

Igual que el Hombre de Belén
gustó de humilde sencillez.
Del Imbabura descendió
y al Chimborazo organizó.

Entre los indios fue
De poncho kichwa bronca y fe.
Distribuyó su propiedad
a toda la comunidad.

Su vida no gustó jamás
A los ricachos del lugar,
pues enseñaba en alta voz
a rechazar al opresor.

Un mal agosto nuestro sol
a mediodía anocheció
detrás del llanto y del amén
debimos despedirnos de él.

Adios, hermano colibrí.
Adios, yaraví.
Nos volveremos a encontrar
viviendo la comunidad.

(Jaime Guevara)

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