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Sociedad laica, proyecto inacabado -- Evaristo Villar

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Remedando la visión de Habermas sobre la modernidad, se habla frecuentemente de “Estado laico como proyecto inacabado”. Probablemente en esta situación de las muchas crisis -que debería limpiar el mercado de su nefasta “tentación mesiánica”- tengan mucha razón. Pero, no siendo yo un politóligo de profesión, prefiero quedarme en una instancia anterior y más básica que el Estado, en la sociedad, y enfocar mi aportación desde ésta, es decir, desde “la sociedad laica como proyecto inacabado”.

Desarrollaré mi aportación en los cuatro puntos siguientes: 1. Quiénes somos en Redes Cristianas, 2. Nuestro diagnóstico de la sociedad actual, 3, Desde dónde miramos la realidad, 4.Hacia dónde queremos apuntar.

1. ¿Quiénes somos en Redes Cristianas?

Muy brevemente. Somos una red de colectivos y personas que nos identificamos con la vida y mensaje de Jesús de Nazaret. Como él, intentamos leer los acontecimientos de la historia como signos de su presencia misteriosa y a partir de su amor primordial a los pobres. La esperanza de un mundo mejor da sentido y estimula nuestras luchas. Ante la crisis sistémica y multiforme que estamos atravesando, expresión actual de una sociedad siempre en peligro de deterioro, de derechización en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural, sentimos la necesidad de asociarnos con todos las fuerzas de resistencia y de cambio y compartir con ellas nuestras preocupaciones, proyectos y esperanzas.

2. Nuestro diagnóstico de la sociedad actual

Cualquier propuesta de futuro deberá partir siempre de un buen diagnóstico. Y esperamos coincidir con vosotros y vosotras en la apreciación de estar viviendo un momento importante de la historia, un cambio de época entre “lo que ya no es” y “lo que todavía no ha llegado a ser”. Un cambio epocal cargado de promesa que en pocas generaciones barrerá los paradigmas en los que se han asentado nuestras civilizaciones. Un tiempo particularmente oportuno para las alternativas.

En estos momentos estamos asistiendo a la mayor crisis del capitalismo de los últimos ochenta años. El drama de millones de personas en toda Europa (principalmente en España, y no hablo del tercer mundo) se traduce en despidos, expedientes de regulación de empleo, no renovación de contratos de trabajo, cierre y deslocalización de empresas. Los gobiernos más ricos del mundo han decidido salvar la situación profundizando la lógica del neocapitalismo, es decir, socializando las pérdidas y privatizando las ganancias. La Europa de las privatizaciones, el Plan de Bolonia para mercantilizar la enseñanza superior, la directiva Ballestean o la Directiva del Retorno contra los trabajadores inmigrantes, son algunos ejemplos elocuentes. Sólo en España el gobierno ha inyectado miles de millones de euros a una banca que ha hecho muy mal sus deberes y sigue con sus malas prácticas bloqueando los créditos y prestando al mundo del trabajo productivo una mínima parte de lo recibido.

Es difícil disociar esta desastrosa gestión económica -que está llevando al paro, al desahucio y a la miseria a millones de personas- de la codicia y la usura que con tanta fuerza han anatematizado nuestros clásicos. Tampoco es fácil desligarla de la falsedad, la mentira y la corrupción política que hoy día está acaparando las primeras páginas de los medios de comunicación (que curiosamente son los de ellos). Lo real es que esta situación ha aparcado sine die los objetivos del Milenio y que los pobres son cada día más números, mientas los ricos se hacen cada vez más ricos.

En este contexto económico-político está creciendo socioculturalmente la xenofobia y el racismo. Y el proyecto alternativo que será siempre una “sociedad laica” y profundamente democrática -al que tendencialmente apunta la Constitución del 78- se encuentra bloqueado por diferentes factores, entre los que señalo enfáticamente los dos siguientes:

1º Por la mala costumbre (educación) que hemos tenido siempre y seguimos manteniendo los humanos hacia la exclusión de los diferentes. Entre nosotros no hace falta llegar hasta el 1492 para ver cómo, a la vez que asomábamos la nariz a un Continente nuevo, expulsábamos del la propia tierra a los árabes y judíos. La historia reciente del pasado siglo, con la expulsión o eliminación de “los contrarios”, es una prueba evidente de esta mala educación. No, no hemos sido ni buenos ciudadanos, ni excelentes vecinos, ni mucho menos solidariamente humanos. La historia hoy se repite con el que piensa o cree de modo diferente, con el que es hijo de una etnia, raza o cultura diferente. En nombre del sacrosanto principio de la igualdad (no la económica, evidentemente) pero sí en la cultura, la historia, la lengua, las tradiciones, etcétera, hemos ido eliminando a todo aquello que se hacía refractario a la homologación. Esto ocurre hoy principalmente con los inmigrantes, pero también con las minorías que piensan, sienten, viven o creen de modo distinto al que consideramos general, de la mayoría, el oficial y popularmente normalizado.

2º Por la fuerte presencia que ha tenido la iglesia católica en el pasado y por la situación de privilegio que mantiene actualmente frente a otras formas de pensar que han ido emergiendo en una sociedad plural, secularizada y democrática y otras formas de creer que, principalmente acompañando al fenómeno migratorio, se han ido asentando entre nosotros. Junto a la nobleza y el estamento militar, según constatan los historiadores, la Iglesia ha sido el tercer elemento de la trilogía que ha dominado la historia de este pueblo. Y este dominio o situación de privilegio sigue perpetuándose hoy día con las consecuencias que emanan de los Acuerdos firmados entre el Estado Español y la Santa Sede en el 1976 y 1979 que, como hemos denunciado en nuestro Manifiesto por la Laicidad, comportan un tratamiento discriminatorio para el resto de ciudadanos y ciudadanas no católicos. Esta misma denuncia la hemos alargado hasta la autofinanciación que está hipotecando la libertad del evangelio, a la enseñanza confesional de la religión en la escuela pública y concertada, a la presencia de los símbolos religiosos en actos oficiales y lugares públicos. Hemos apostado abiertamente por un estatuto de laicidad y una ética laica, como fundamento de convivencia ciudadana, diferenciada de las morales privadas religiosas o no.

Como siempre, el vuelco a esta situación o diagnóstico -que resumidamente he intentado reflejar- está en la articulación (la unión hace la fuerza) de las fuerzas de resistencia y de cambio que, aunque tímidamente, están brotando por doquier en todos los ambientes ideológicos, culturales, políticos, sociales, geográficos, etcétera. Desde la interconexión de esta energía transformadora, será posible seguir soñando en otro mundo donde la libertad, la justicia, el amor, la paz se vayan imponiendo sobre la esclavitud, la injusticia, la violencia y la guerra.

3. Desde dónde miramos en Redes Cristianas la realidad

Miramos la realidad desde las motivaciones que generan en nosotros el evangelio y los criterios teológicos y espirituales que aún siguen emanando del Vaticano II. La Constitución Gaudium et Spex del Vaticano II, interpretando fielmente la orientación más firme del Evangelio, nos ha enseñado a mirar el mundo, el universo, las sociedades no como algo extraño y enemigo, sino como la propia casa; nos han enseñado a cuidar el mundo, junto al resto de seres humanos, con respeto, cariño y misericordia. No ha dicho, en definitiva, que la Iglesia no es para sí misma, sino para el mundo.

Junto a estas fuentes muchos otros discursos no-religiosos nos han ayudado a reforzar otros aspectos transformadores de la realidad como son “La utopía” (la fe para el creyente) que aunque no da soluciones inmediatas va señalando, como el horizonte, el sentido o la dirección correcta. Esto nos hace vivir la tensión inherente a toda acción humana entre la realización, siempre limitada y precaria, y la promesa que hunde sus raíces en el futuro abierto y sin límites; la tensión entre la acción política, prisionera de la inmediato, de lo instituido -prisionera tantas veces de cálculos tácticos- y la acción profética que mantiene el sentido de los valores y con su libertad sorprende la imaginación, abre caminos y pone en crisis la pretensión de definitivilidad de cualquier proyecto político. En este sentido decía Antonio Machado que “las sociedades no cambian mientras no cambien sus dioses”. Y Pedro Casaldáliga se hace eco de esto mismo en un breve poema: “¿Por qué no cambias de Dios?/ Para cambiar de vida hay que cambiar de Dios./ Hay que cambiar de Dios para cambiar la Iglesia./ Para cambiar el mundo ¡hay que cambiar de Dios!”

Pues, bien, desde estas fuentes y actitudes:

Hemos aprendido a leer la historia de forma crítica y con mayor profundidad: como un proceso continuo de encarnación o emanación de Dios en la humanidad y en el cosmos camino de una mayor plenitud. Leemos la historia como lugar de la promesa, donde se sigue dando, por presencia o por ausencia, la Buena Noticia de la salvación del universo. Desde aquí nuestra presencia en las instituciones políticas, principalmente en partidos de izquierda y sindicatos.

Hemos aprendido a vivir en un mundo laico que ya no admite tutelas en ninguno de los planos moral, científico, político, o sociocultural. Un mundo adulto, asentado sobre los dos principios que constituyen su máxima identidad: la libertad radical de conciencia y la igualdad política, jurídica y espiritual de todos los ciudadanos y ciudadanas. Desde aquí nuestra apuesta por una ética social laica desde la autonomía de las ciencias humanas y sociales.

Desde los más pobres, débiles y excluidos que fueron para Jesús la gran causa de su vida y que hoy siguen siendo señales del Dios invisible. Desde aquí nuestra presencia en los movimientos sociales alternativos.

Desde el ecumenismo, la interconfesionalidad, la interculturalidad, el mestizaje como formas de encuentro en la misma humanidad. Desde aquí nuestra presencia en los foros de interculturalidad e interconfesionalidad.

4. Hacia dónde queremos apuntar

Apuntamos hacia la constitución de una sociedad laica y plenamente democrática, fundamentada sobre una ciudadanía intercultural, interreligiosa y cosmopolita. Lo que supone:

Una mutación sustancial del actual marco de la democracia que es excluyente en múltiples aspectos. La democracia se ha sustentado sobre el gobierno de iguales y siempre le ha resultado difícil el acomodo de los diferentes, refractarios a la homogeneización. Sin embargo, la democracia es el único sistema político que puede ir más allá de sí mismo. Para este viaje necesita revisar sus marcos sociales, sus discursos políticos y sus prácticas para encajar la otra realidad de un mundo interdependiente e interconectado no sólo por la transnacionalidad de los mercados, las comunicaciones y las finanzas, sino también por los flujos migratorios y el pluralismo de las ideologías.

La ampliación del concepto de ciudadanía. Por otra parte, los flujos migratorios y la presencia de los diferentes sacan a luz las contradicciones e insuficiencias de la misma democracia. En la actualidad no son la condición étnica, ni el lugar de nacimiento, ni la pertenencia religiosa los únicos factores de cohesión de las personas y colectivos; es sobre todo la dignidad de todo ser humano, que se despliega en los derechos humanos universales, lo que tiene mayor fuerza de cohesión para refundar la ciudadanía y ampliar la democracia. Hoy día estamos asistiendo al nacimiento de una ciudadanía trasnacional que admite una pluralidad de pertenencias (nacionales, lingüísticas, culturales, religiosas, etcétera). Esa ciudadanía cívica vecinal (intercultural, interreligiosa, cosmopolita) debe comenzar por el reconocimiento de que los diferentes con su presencia y trabajo en la ciudad contribuyen no sólo a la creación de riqueza cultural y económica, sino también a la construcción de la ciudadanía y de la comunidad política que exige derechos civiles, sociales y políticos.

En definitiva, como afirma Joaquín García Roca, la ciudadanía intercultural, interreligiosa, cosmopolita, que está a la base de la democracia, se sostiene sobre tres convicciones sustantivas. Estas convicciones se despliegan en forma de pertenencia a una comunidad política; de elección de un modo de vivir con los otros desde el encuentro y participación activa en los asuntos públicos; y del reconocimiento de unos derechos jurídicamente garantizados. La gran cuestión actual consiste en articular entre sí esas tres dimensiones.

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