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Sobre la cuestión ecológica -- Santi Catalán

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Esta cuestión arranca de una realidad incuestionable: el ser humano no está realmente integrado en la naturaleza sino que la depreda con su consumismo exacerbado e irresponsable y, además, no asume las consecuencias de ese consumismo irrespetuoso con el medio ambiente y social: contaminación del aire, medio acuífero y terrestre que no sólo no disminuye sino que aumenta de forma uniformemente acelerada; insolidaridad con el resto de la humanidad y con las generaciones futuras.

No hacemos apenas nada por parar esta situación en gran parte porque anteponemos nuestro “bienestar individual” –vivimos esclavos del propio esquema de vida que nos hemos fabricado nosotros mismos y que no es nada solidario- o de pequeños grupos humanos al bienestar global de toda la naturaleza en la que el ser humano es sólo un elemento más; cuando un problema nos afecta muy directamente… entonces sí nos movemos, pero “pasamos” de lo que pase más allá o de aquello que ni percibimos claramente; somos prepotentes ante la naturaleza: en lugar de aprender de ella nos dedicamos a expoliarla, nos quedamos con las hojas y despreciamos el rábano.

El problema, por lo tanto, debe comprender el concurso armonizado de los siguientes agentes que deben andar unidos, estrechamente:
• Una ciencia que contemple una visión global del universo, menos preocupada por los beneficios y más por la ecología: de manera que cualquier avance científico preserve la integridad de toda la naturaleza y su desarrollo sin destruirlo siquiera en alguna de sus partes o elementos.

• Un movimiento ecologista que vele por el adecuado desarrollo humano: respetuoso y solidario consigo mismo (la pobreza de muchos y la exclusión social son expresión de que nos falta esta clave) y para evitar los excesos o desvíos en la interacción con la naturaleza, de manera que puedan corregirse los posibles errores que se puedan cometer.
• Actitudes personales coherentes con el principio de globalidad: todo cuanto hacemos repercute no sólo en nosotros sin también en el entorno a corto, medio y largo plazo, tanto si lo vemos o no… eso se produce; esto evidencia la necesidad de un “cambio radical de mentalidad”.

Por lo tanto… se imponen actitudes tales como:
o Consumir con sentido de la responsabilidad: lo suficiente.
o Consumir pensando en los restos de ese consumo: que aquello que consumamos y sus envoltorios sean reciclables; que los envases sean reutilizables.
o Utilizar medios técnicos que sean respetuosos con el medio ambiente: contaminándolo o deteriorándolo lo menos posible y también en lo necesario, no para el capricho.
o Pensar en las generaciones futuras: ¿qué mundo les vamos a dejar si hacemos lo que hacemos?; también en el resto de la humanidad que vive en la pobreza o exclusión social: procurar que a ellos llegue también la capacidad de vivir y desarrollarse respetando el medio ambiente.

Pero si el problema es ya un hecho conviene aportar soluciones globales y que las legislaciones se adapten a la identidad de los problemas: a un problema global… leyes globales que puedan ser eficientes en cualquier rincón del planeta.

ELEMENTOS PARA UNA CONCEPCIÓN CRISTIANA… Conviene determinar y dejar muy clara la exégesis, significado, de los textos bíblicos en los que se menciona la relación del hombre con la naturaleza. No es nada vanal el asunto (me he encontrado con no pocos amigos que utilizan, precisamente, la interpretación que en este documento se critica: la de “dominar la tierra de forma humillante” y, efectivamente, critican al cristianismo de ser pro-capitalista y antiecologista).

Comparto el sentido de “kabash” como “poner el pie, habitar la tierra”… que implicaría un COMPROMISO del ser humano con la tierra; ella es un don para el hombre pero no para explotarlo y usarlo a capricho sino para aprender de él (cuántas especies han desaparecido sin que de ellas hayamos podido aprender nada porque no les hemos dado ni tiempo de enseñarnos nada) y usar de forma sostenible sus recursos,… pero no sólo eso sino también hacerlo de manera que lleguen para todos y, además, transformando la realidad de forma que esta naturaleza para que sea aún más habitable, más de todos sin dejar de ser ella misma.
También destacaría el elemento de que “hombre y mujer estamos hechos a imagen y semejanza de Dios”, por lo tanto… hemos de hacer evidentes las virtudes de Dios en medio de la naturaleza y con toda la humanidad.

Por otra parte, el Universo entero no es propiedad de nadie, salvo de su hacedor (y ése no es el hombre); por lo tanto… no hay en nosotros derecho alguno que pueda decirse legítimo para hacer con él un basurero interestelar. Dios la regaló al hombre para su disfrute y como marco de vida para él, no para convertirla en infierno para muchos y marco de muerte al final para todos.

Estamos llamados, por lo tanto, a vivir en plena armonía con la naturaleza, ya no sólo como un elemento más sino también como cocreadores con Dios en ella; disfrutando de ella, desarrollándola, haciéndola más bella, más hogar para sí misma y para nosotros,… sólo así llegaremos ella y nosotros a la salvación “conjunta”.

No quiero extenderme en este tema más de la cuenta pero… es un tema, precisamente, que me ha motivado siempre. Nací en pleno monte (la casa que me vio nacer estaba –y sigue estando- envuelta de montes y bosque, animales silvestres) y mis primeros 7 años los viví en ese marco; mi primera escuela estaba a 6 km de allí, en una ermita a orillas de una rambla de profundos y amplios pozos o remansos donde las aguas cristalinas y frescas bullían de vida; el trayecto –un camino de cabras- que había desde mi casa a la escuela… era un constante encuentro con animales, insectos, plantas mil de mil clases, paisajes diversos,… y no podía por menos que “llegar siempre tarde (a la hora del recreo llegaba casi siempre saliera de casa a la hora que fuera) porque con cualquier bicho, con cualquier cosa,… tenía que ver”.

No supe lo que era un balón ni juguete artificial alguno hasta mis 8 años en que mis padres tuvieron que salir de allí por razones de supervivencia… pero jamás imaginé siquiera que fueran necesarios: eran los animales (mariposas, pajarillos, perdices y codornices, conejos silvestres, lagartos y lagartijas, culebras de tierra y de agua, escorpiones, escolopendras, milpiés, hormigas, algún zorro que dormitaba en cuevas al que yo iba a molestar, las laboriosas abejas,… ) y los árboles a los que me subía para balancearme… eran mis juguetes.

Aprendí a convivir con ella, a amarla y favorecerla y… nunca comprendí porqué en las zonas urbanas se la menosprecia tanto; ahora sé que nuestros errores con ella se deben a nuestra ignorancia: no la conocemos, no nos hemos sentido de ella dependientes, no hemos tenido la experiencia de necesitar de ella tal y como es, sin sucedáneos,… no hemos sido contemplativos con ella y, por lo tanto, no hemos aprendido tampoco de ella apenas nada.

El día en que la amemos y nos sintamos con ella todos UNO… ése día empezaremos a cambiar de mentalidad. Por eso creo que es en el ámbito familiar y en el docente en los que se fraguará ese cambio si invertimos ahí todas nuestras energías. Hay que reclamar también a las autoridades civiles, a las plataformas o estructuras de poder en la sociedad, a los medios de comunicación social y a la sociedad en su conjunto medidas prácticas y concretas que ayuden a frenar el proceso que estamos siguiendo y aplicar prácticas que corrijan lo mal andado pero… YA, en eso coincido plenamente con el movimiento ecologista: sé que no exageran nada (llevan años exagerando, se podría decir, pero a la vista está que “no exageraban”).

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