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Sobre el debate a dos -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Se veía venir, prácticamente todos lo esperaban, menos, tal vez, los asesores de Rajoy, sus allegados, y sus incondicionales políticos. Era previsible que la superioridad, casi prepotencia, con la que el presidente del Gobierno ha tratado al joven líder socialista, e incluso a todo el PSOE, hasta hace poco tiempo, iría a provocar un respuesta adecuada, o incluso más que eso, un ataque desmesurado, como lo han interpretado algunos analistas, que, de repente se han convertido en «hermanitas de la caridad», como tanos correligionarios de Don Mariano. Quiero decir con esto lo siguiente: hemos visto situaciones mucho más duras, denigrantes, hasta llegar, en ciertos casos a humillantes, y en un marco mucho más digno que un plató de televisión, como es el Parlamento. Y no he visto ni leído el rasgar de vestiduras que ha causado la actitud agresiva, totalmente previsible políticamente, del secretario socialista, en el debate de ayer «cara a cara». Una tertuliana, en TVE, poco después del careo, porque de eso se trató, calificó de Sánchez de matón. ¡Vamos, señorita!, que no fue para tanto.

Generalmente soy muy sensible ante los insultos, y puedo ser duro en una polémica discusión, pero huyo, casi siempre de la ofensa directa, -recuerdo una vez que eso no sucedió, y lo recuerdo con tristeza y remordimiento, después de ofrecer mis disculpas al ofendido-, y me apena presenciar, directamente o por las ondas, insultos y tratamientos injustos y ofensivos. Y, sobre todo, me indignan los comportamientos de los que, ocultos en el número, o el tumulto, o la masa, se aprovechan de esa circunstancia para tratar sin misericordia, llegando incluso a la humillación vejatoria, al adversario político, en el Congreso de los Diputados, por ejemplo. Me da pena, tristeza, y, en muchos casos, vergüenza ajena, el que los diputados de la mayoría se basen en ésta para abuchear, acallar, o sacar de quicio a oradores de otra mentalidad, ideología política, o simple persona brillante que está dejando en apuros al jefe. Considero estos comportamientos no sólo de una pésima educación, sino de una cobardía miserable. Muchos de esos que se aprovechan del mogollón no se atreverían a comportarse de esa manera al descubierto, y cara a cara.

Una de las condiciones más positivas de la actuación del joven secretario socialista en el debate de ayer fue, justamente, que era un cara a cara, sin la ayuda ni la bulla de la claque, sino mirándose a los ojos los dos adversarios políticos. Y la acusación de «indecencia», en el contexto, y hasta en las propias palabras, se refería a indecencia política. Lo malo de nuestros políticos, cuando suben a las alturas, es que sus colaboradores, asesores, fámulos, amigos y paniaguados, por lo que se ve, no los acostumbran a oír las verdades, esas que, pronunciadas en privado, o en «petit comité», no deberían molestar ni ofender. Que es vox pópuli entre los españoles que los casos de Gurtel, Púnica, y los desmanes del PP valenciano, la renovación de la sede de calle Génova, etc., etc., han sido casos flagrantes, continuados, de corrupción, que han alcanzado a muchos miembros del partido, y que los dirigentes han mirado hacia un lado durante mucho tiempo, es, para casi todos los ciudadanos, evidente. La palabra «indecencia», para esas prácticas lucrativas bajo el pretexto de la política, no es descabellada. Y hacer partícipe de esa denominación al jefe de todo el colectivo, tampoco es desmesurado.

De verdad que no sé por qué hacen como que se escandalizan, porque de hecho es para tanto, el uso de ciertas calificaciones, que puedan resultar ofensivas, cuando ellos, me refiero a los miembros del PP, las han usado con profusión, con frecuencia, y casi con ensañamiento. ¿O no recuerdan que, entre otras flores, al presidente Zapatero lo llamaron de todo, hasta acusarlo de ser asesino y cómplice de ETA? Pues entonces ninguno, que yo recuerde, se quejó a los cuadros dirigentes del partido, y tampoco la ¿periodista? que ayer llamó «matón» a Sánchez. Debía de ser porque estaban en la oposición, y para llegar al poder todo valía. Ahora el jefe de la oposición ha usado, dirigiéndose al candidato de otro partido a la presidencia del gobierno, palabra gruesas, desde luego más de más fácil comprensión para aplicarlas en la actual situación de campaña electoral, que la de asesino y terrorista con las que obsequiaron al presidente del anterior Gobierno de España.

Recuerdo con indignación, pero todavía más con pena, el trato, ¡maltrato!, con que la bancada del PP pretendió escarnecer y humillar, riéndose de su mochila, llamándolo «cantautor de mierda» a un hombre bueno, creativo, artista, y pedagogo de las tierras de España, como José Antonio Labordeta. Pero no lo logró, y sólo consiguió que este señor, noble e hidalgo hasta el final, sin perder su dignidad y su elegancia increíbles, los mandara exactamente a revolverse con los excrementos antes mencionados.

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