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Sobramos en el mundo. Los conspiradores -- Jaime Richart

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Decía Einstein que el mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad.
Que se dejen de pamplinas los que conspiran contra nosotros, contra la población mundial. Ya somos muchos los que les hemos descubierto. Hay que decirlo alto y claro para que sepan que lo sabemos. Todo lo relativo a la privatización está relacionado con los mismos propósitos, aparte de beneficiar a unos puñados de individuos, que para aquellos es lo de menos.

Lo que se han propuesto los gobiernos controlados por el neocons, espíritu del Armagedón, es ir diezmando severamente la demografía. Los Estados deben desaparecer y pasar sus potestades a manos del poder financiero: otro modo depravado de gobernar, haciendo del dinero y del poder el fin y el medio sin mediadores. De ese modo los pueblos retornarán al yugo de toda su historia. La conspiración no es imaginaria y fruto de cerebros reblandecidos. La conspiración es real. El poder es insaciable y no le basta con poseerlo todo: necesita controlarlo todo y, como Luzbel, sentirse que es Dios. Aquí está la sencilla explicación del proceso galopante de la degradación descarada y ultrajante de la política. Decía Marx que la política es una mera superestructura cambiante de lo económico. Ahora es una ramera que se deja gustosamente manejar por los proxenetas financieros.

A cada país corresponde un proceder. En España es prohibir el aborto, sustraer al estudio a cuantos más mejor, ordenar la enseñanza inexcusable de la religión para contentar a los mulahs de aldea. Encargarse del reparto de alimentos a los hambrientos forma parte de la cortina de humo protectora. Pero el objetivo real es privatizarlo todo y hurtar masivamente la salud y la esperanza de vida a millones de individuos en cada país y miles de millones en todo el mundo. El «espíritu de la época» lo exige. Somos demasiados… dice los complots de la Trilateral, de Bildeberg y del Nuevo Orden Mundial.

La sociedad humana siempre ha sido la resultante de un conglomerado de contradicciones y de falsedades. Por ejemplo, si la ciencia en general y la médica en particular avanzan gracias al esfuerzo de superación del ser humano genéricamente considerado, pero luego, en la práctica, sólo una pequeña parte de la humanidad, la que pueda pagarse su salud y otros logros de la ciencia, se beneficia del progreso. Ahora toca morir en espera inútil de un quirófano…

Lo cierto es que está claro que, desde hace cuatro décadas, tras la segunda guerra mundial y después de ofrecer al mundo lo mejor, Occidente ha vuelto a mostrar su faz inequívocamente depredadora. Ya no están las excusas de recuperar el santo sepulcro para enmascarar el control de la ruta de las especias, ni las de evangelizar el Nuevo Mundo para apoderarse de las inmensas riquezas de éste, ni las de llevar el pudor a Africa para potenciar los paños de las hilaturas de Manchester… Con la Dama de Hierro, hace más de cuarenta años, llega un invento crucial para el siglo XXI: el terrorismo islámico y el terrorismo internacional. Ambos dan el impulso preciso a la estrategia del dominio mundial a cargo de los grandes conspiradores. El «descubrimiento» llega nada más iniciarse el siglo XXI, con la destrucción de las Torres Gemelas a cargo de la administración yanqui y de sus ávidos conspiradores. Así como con la conquista de Constantinopla empieza la Edad Moderna, y la Contemporánea con la Revolución Francesa, aquel día de septiembre comienza la Edad Ultramoderna Aquella perversa idea justifica todo lo injustificable que ha llegado después: las inmediatas invasiones sangrientas, los guantánamos repartidos por el planeta, la creación de ejércitos privados y el paso al primer plano de la seguridad pública y privada.

Todo mezclado con un auge inusitado de las finanzas y de los financieros, que dan cobertura y son efecto y causa al mismo tiempo de los siniestros propósitos finales del Poder Mundial. Los gobiernos nacionales no son más que títeres. Y los recipiendarios de la privatización, sus aliados. Todas las medidas políticas adoptadas obedecen a motivaciones económicas que explican por qué se van achicando rápidamente los espacios de lo público. Pero las razones son más profundas: reducir la población mundial y, pese a lo que oficialmente se aparenta, restringir la natalidad a base de inestabilidad y ausencia de garantía de supervivencia de la prole.

El propio ministro de economía japonés, no hace mucho ya hizo un llamamiento a la sociedad para que se fueran provocando la muerte los provectos cuanto antes para salvar la economía del país (y de paso engrosar las cuentas de los poseedores). La cultura del nipón por tradición es muy sensible al sacrificio, y a buen seguro, aunque todavía no sea noticia, no serán pocos los que han sabido interpretarle.

Es cierto que el planeta ya no da para más. Es cierto que el mercado y la privatización progresiva de todo cuanto ofrece el más mínimo beneficio para unos cuantos apuntan a que debemos ir preparándonos a tener que pagar hasta el aire que respiramos. Y es cierto que la única solución que hay para retrasar lo que parece un cercano fin de los tiempos, es repartir espacio y recursos con calibrador. Pero esa inteligencia sólo anida en el espíritu del socialismo real, el único sistema capaz de hacer el reparto adecuado. Lo que sucede es que ya ni siquiera es el enemigo a batir, tan débil es.

Los mil quinientos millones de habitantes de China se aprestan a integrarse en poco tiempo en el magma del capitalismo financiero. Y en último término bastarían unos cuantos «drones» para derrotar a una inmensa nación de condición pacífica. La excusa del terrorismo inexistente con sus múltiples variantes para masacrar a las turbamultas, siempre estará ahí para completar la faena de los demonios.

En todo caso da la impresión de que la suerte de los desheredados y la de los que van a ir siendo desposeídos, está echada. Sólo cabe rezar… o que la Humanidad reaccione tumultuosa y sincronizadamente.

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