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Siete preguntas (Sacerd. Caelib. nº 3) en busca de respuesta evangélica (I) -- Rufo González

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celibato2“No hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”
1ª.- “¿Debe todavía hoy subsistir la severa y sublimadora obligación para los que pretenden acercarse a las sagradas órdenes mayores?” (Sacerd. Caelib. nº 3).
Jesús no impuso esta “severa y sublimadora obligación”
Su “yugo es siempre llevadero y su carga ligera” (Mt 11,30). De imposiciones nada: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así” (Lc 22,25-26; Mt 20, 25-26; Mc 10, 42-43). La misma encíclica lo reconoce:
“el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y los apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1Tim 3,2-5; Tit1,5-6)” (Sacerd. Caelib. nº 5).

“Ley de continencia”, preludio del celibato obligatorio

La historia dice abiertamente que las erróneas ideas sobre el sexo estuvieron en el origen de la antigua “ley de continencia”, preludio de la actual ley de celibato. Con esta ley prohibían ejercer a obispos, sacerdotes y diáconos la facultad de engendrar hijos, permitiéndoles vivir en matrimonio, “como un hermano y una hermana” (Carta del papa Siricio a Himerio. Sobre el celibato de los clérigos. D 185).

Amarres nada evangélicos

La estructura de poder divinizado, “el ídolo romano” del que hablaba Congar, exige un clero dominado y dominador de los fieles. El celibato se intenta compensar con poder y seguridad económica. Y con diversos amarres: promesa celibataria como obligación divina, prohibición de un trabajo civil, vivienda gratuita, distinción social, castigos en caso de desistir: prohibición de trabajar y enseñar en entidades eclesiales, alejamiento de sus comunidades, sospecha definitiva, etc.

El carisma no puede imponerse por ley

Jesús seguiría hoy acusando a los dirigentes: “lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros…” (Mt 23,4). La “sublimadora obligación” cristiana es el amor (Rm 13,8). El Espíritu insiste en “no imponer más carga que las indispensables” (He 15, 28). “Mi ley es el Mesías” es la orientación de Pablo (1Cor 9,21). “Cada cual tiene su propio don de Dios. Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor” (1Cor 7,7.25). Comparto la opinión de Hans Küng: “Los responsables de la Iglesia no tienen ningún derecho a hacer del carisma (`el que pueda con ello que lo acepte´, Mt 19,12) una ley para la totalidad del clero (`¡y el que no pueda con ello tiene que poder!´)” (Hans Küng: “Verdad controvertida. Memorias”. Ed. Trotta 2009, p.62).

2ª.- ¿Es hoy posible, es hoy conveniente, la observancia de semejante obligación?

Hoy, desde la valoración de los derechos humanos, no es éticamente bueno imponer una obligación que impide tales derechos como el ejercicio de la sexualidad y la fundación de una familia. Hasta la primera carta a Timoteo dice que se alejan de la verdad cristiana quienes, «inducidos por la hipocresía de unos mentirosos, que tienen cauterizada su conciencia, prohíben casarse” (1Tim 4,2-3). Es abuso de autoridad.

“Esta encíclica no resuelve los problemas…, los agudiza”.

Tras publicarse la encíclica “Sacerdotalis Caelibatus”, en el mismo año 1967, un gran teólogo, amigo de la verdad más que del Vaticano, Hans Küng, denunciaba en los periódicos de Europa el hecho y el modo de confirmar la ley del celibato:

– “Sin consultar a los obispos, o sea, en craso desprecio de la colegialidad que tan solemnemente había proclamado el concilio, el papa Pablo VI, de nuevo comprometido sin reservas con la línea de la Curia, promulga una gran encíclica… a favor del celibato: Sacerdotalis Caelibatus”…

– “el mérito de esta encíclica es que pone abiertamente sobre el tapete las dificultades que rodean al celibato. Sin embargo, no resuelve los problemas, sino que, por el solo hecho de formularlos, los agudiza”.

Sigue válida su “contra-argumentación teológica” de 1967

-“Nada hay que objetar al celibato libremente elegido según el espíritu bíblico, pero sí -¡y mucho!- a una medieval e impuesta ley del celibato… No hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”…

– “El evangelio conoce una vocación personal del individuo al celibato para servir a los seres humanos, tal y como Jesús y Pablo lo vivieron de modo ejemplar, incluso para nuestra época. Pero tanto Jesús como Pablo conceden de forma expresa plena libertad a toda persona. Una ley general del celibato contradice esta libertad explícitamente concedida: el celibato como carisma”.

– “Pedro y los Apóstoles estaban casados y siguieron estándolo incluso una vez dedicados plenamente al seguimiento de Jesús. Lo cual representó durante siglos el modelo para los dirigentes de las comunidades. Pero lo que tenía su lugar originario y libremente elegido sobre todo en las órdenes monacales se hizo extensivo -y en parte, fue impuesto- a la totalidad del clero en forma de expresa prohibición de contraer matrimonio”.

– “En nuestra época conciliar y posconciliar, se abre paso de forma creciente -dentro de la Iglesia católica, así en el clero como entre los laicos- la opinión de que esta injerencia legal en los derechos personales de los seres humanos, sobremanera restrictiva, no solo atenta contra la originaria libre ordenación de la Iglesia, sino también contra la actual comprensión de la libertad del individuo”.

– “esta ley es contraria a la Biblia y al espíritu católico, amén de intempestiva: la pérdida de sacerdotes, que asciende a decenas de miles, y de seminaristas, cuyo número decrece sin cesar… A la vista de la en parte inmensa escasez de sacerdotes y del notorio envejecimiento del clero, el interrogante: `¿casados o célibes?´, debe ceder el primer plano a la elemental obligación de la Iglesia de dotar a las comunidades de responsables” (Hans Küng, o.c. p.58-59).

Jaén, julio 2019

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