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SÍDROMES RELIGIOSOS CRISTIANOS. José Carlos Bermejo

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Humanizar
Dice el diccionario que un síndrome es un conjunto de síntomas y signos que existen a un tiempo y definen un estado morboso determinado. Obviamente, es un concepto relacionado con la salud y la enfermedad. Pero salud y enfermedad no se encuentran sólo en el cuerpo y en la mente. También en el ámbito de las creencias se producen manifestaciones de enfermedades vistas por el observador (signos) y fenómenos indicativos de patología percibidas por el mismo creyente (síntomas).

Nada nuevo bajo el sol. Las religiones son propuestas humanizadoras, que se sitúan en el ámbito de la adhesión libre a un modo de buscar la felicidad adhiriéndose a un grupo y a una persona que nos trasciende. Pero también pueden ser fuente de patología, de sufrimiento. Sólo el ciego no vería diferentes conjuntos de síntomas y signos indicadores de patología en el creer cristiano.

Fanatismo
El fanatismo es un concepto que suele llevar “apellido”. Hablamos de “fanatismo religioso”, “fanatismo racial”, “fanatismo político”, etc. Normalmente identificamos el fanatismo con manifestaciones de violencia. Pero eso no siempre es así: fanatismo es también la causa de los gritos y lloros de los adolescentes en presencia de sus ídolos musicales, por ejemplo.
El fanatismo es, básicamente, un ahorro de energía psicológica, es decir, ahorro de las sensaciones que producen las dudas. Una persona que experimenta dudas en una situación determinada se encuentra en la necesidad de realizar una elaboración compleja: ha de buscar las distintas posibilidades, estudiarlas, sopesarlas, calcular los factores que pueden intervenir, mirar el problema desde distintos puntos de vista, calcular las posibilidades de éxito y fracaso… Durante ese proceso el psiquismo trabaja mucho, se experimenta una sensación de inseguridad, las acciones son más lentas y la incertidumbre produce cierto temor (al fracaso, al error, a las consecuencias, etc).
Da igual de qué duda estemos hablando: ¿existe dios?, ¿vamos al cine?, ¿estudio derecho?, ¿me caso con esa persona? Como es lógico, a mayor trascendencia de la duda mayor es la tensión que se produce y más fuertes son las sensaciones de incertidumbre, inseguridad, lentitud de las acciones y temor. El fanatismo religioso elimina la incertidumbre propia de la fe.
Probablemente en una gran mayoría de las personas existe un cierto grado de fanatismo. De hecho, podemos reconocer fanáticos de equipos de fútbol y de otros personajes públicos; fanáticos religiosos capaces de flagelarse el cuerpo, fanáticos políticos, fanáticos de ciertos alimentos, etc.
El fanatismo religioso esconde terribles efectos secundarios: limita la libertad, empobrece el psiquismo, incomunica, limita la autocrítica y el afán de superación, reduce la riqueza de matices de la vida y en muchos casos desemboca en la negación de la dignidad humana.

Fundamentalismo
El fundamentalismo tiene muchas caras pero hay una que lo retrata: la seguridad desde la que habla. El fundamentalista no se limita a justificar sus ideas o sus acciones, cosa que todo el mundo ha de hacer sino que, sentado en la roca firme de su fundamento, juzga a los demás con arbitraria superioridad. El fundamento puede ser Dios, un libro, un líder, una palabra o el dinero.
La palabra fundamentalismo nació en EEUU y, curiosamente hoy los dirigentes de la nación más poderosa del planeta se muestran orgullosos de ser los bendecidos por Dios. Más aún, y es ése el auténtico rostro, su fundamentalismo se manifiesta en la obcecada concepción que tienen de su misión en el mundo, en la arrogancia de sus actos, en la mirada entre protectora e imperial al resto de los humanos.
Un fundamentalista es alguien que niega todo discurso, un fanático con el que no se puede hablar, un hombre para el que algo es sagrado, y que no está dispuesto a negociarlo. El fundamentalismo cristiano es un fenómeno en gran medida protestante. La historia enseña que de tales lecturas literales de determinados textos siempre han emanado impulsos de revitalización y renovación de tradiciones. La ortodoxia, en cambio, es una construcción intelectual católica. Presupone una instancia legitimadora de la evolución de la doctrina, es decir, una instancia que se remonta al origen y la tradición. El fundamentalismo es, por así decirlo, su contrafigura protestante.

Avestruz religioso
El síndrome del avestruz religioso lo padecen aquellas personas que, por pertenecer al grupo de creyentes, no se permiten ver problemas existentes a nivel tanto teórico como práctico en el grupo. Pensemos, por ejemplo, en aquellos teólogos que, en su trabajo, parten del punto de llegada con el que quieren oficialmente estar de acuerdo y acomodan sus investigaciones y sus reflexiones al mismo, en lugar de partir de tesis abiertas a su verificación o no por los caminos propios de la investigación teológica.
El avestruz religioso no ve que el hecho de que la mujer no tenga acceso al sacerdocio sea un problema, por ejemplo. Como tampoco ve que el celibato obligatorio de los presbíteros sea un problema. O que las cuestiones más importantes en el ámbito de la moral relacionada con el VIH estén en el ámbito de la moral social y del principio de justicia. El avestruz religioso sólo ve lo “políticamente correcto” y se instala en la defensa de la ceguera evitando el compromiso de pensar y ser coherente con los descubrimientos personales y comunitarios.

Marianismo
El marianismo define el papel ideal de la mujer tomando como modelo de perfección la Virgen María. De este modo, se concibe a la mujer como un ser sacrificado, sumiso y casto cuya misión es dar todo sin recibir nada a cambio, viviendo, tanto literalmente como metafóricamente, a la sombra del hombre (padre, marido, hijo) y de la familia.
El marianismo define el papel ideal de la mujer ¡Y qué ambicioso papel es éste, al tomar como modelo de perfección la mismísima Virgen María! El marianismo versa sobre la obligación sagrada, la abnegación, y la castidad. Sobre proporcionar atención y placer, sin recibirlos. Sobre vivir a la sombra… de tus hombres… de tus hijos, y de tu familia. Aparte de engendrar a los niños, la marianista tiene mucho en común con una monja de convento… pero la orden en la que entra es el matrimonio, y su novio no es Cristo sino un hombre demasiado real que instantáneamente se convierte en su único objeto de devoción durante el resto de su vida.
¿Y cuál es la recompensa terrenal por esta completa entrega de una misma, por ser una marianista?… Le permite a la mujer un nivel de protección como esposa y mujer, le otorga cierto poder y mucho respeto conjuntamente con una vida desprovista de soledad y necesidad
En nuestra realidad cultural latina, a mi juicio, la opresión y la exclusión de la mujer se manifiestan, en la construcción social, en por lo menos dos postulados. Uno, define la responsabilidad arbitraria y privilegios especiales de nosotros, los hombres, y se conoce como machismo. El otro, le exige a la mujer someterse, ser obediente, auto sacrificarse y buscar la perfección, éste se conoce como marianismo. Este último utiliza la figura de la Virgen María para desarrollar una ideología de control que nada tiene que ver con la Biblia ni mucho menos con María, la madre de Jesús.
Ambas adversidades -el machismo y el marianismo- tienen como meta final organizar y justificar la opresión y la exclusión de la mujer en el núcleo familiar, centros de trabajo, organizaciones políticas, lugares de adoración, o sea, en nuestra sociedad en general. Es de suma importancia que podamos comprender que la manifestación de la opresión y la exclusión en todo momento se da, por lo menos, en dos niveles: en lo personal y en lo estructural. Es como una especie de interrelación e interdependencia entre lo personal y lo estructural en la que no es correcto eliminar uno en favor del otro. Me parece que esto ha sido uno de los errores que hemos cometido. En este error están quienes han puesto sus energías en lidiar solamente con lo personal sin tomar en consideración la manera en que nuestras estructuras -políticas, económicas, educativas, religiosas, entre otras- producen, sustentan y reproducen la ideología sexista. Reitero, no me parece correcto el descartar la posibilidad de que las contradicciones económicas en nuestra sociedad, puedan ser también culpables de producir la opresión contra la mujer. Con esto me refiero a la lucha de clases que es producto de nuestro sistema capitalista patriarcal y neo-liberal, una realidad que muchas feministas en Estados Unidos se han empeñado en ignorar, dejando solamente al hombre como médula de análisis. La fuente de esa opresión tiene que buscarse no solo en nosotros los hombres, sino también en estructuras que promueven esa ideología machista y marianista como son las organizaciones religiosas, políticas y culturales, nuestro sistema educativo y los medios de comunicación, entre otros males. También me parece necesario el que descolonicemos la manera de pensar y de actuar de aquellas mujeres que se han convertido en defensoras, promotoras y reproductoras de la ideología sexista. Pero muy en particular, nosotros los hombres tenemos que tomar la responsabilidad en la destrucción del pecado y del crimen de la supremacía masculina y movernos en la construcción de relaciones saludables. Fundamentalmente, hay que entender cómo la propiedad privada reemplazó a la comunidad matriarcal -que nada tenía que ver con oprimir al hombre- por un patriarcalismo que tiene como fundamento el oprimir y excluir a la mujer. Que la bendición de nuestra madre celestial sea con ustedes. Paz con justicia.

El milagrero
Lo padecen aquellas personas que viven la religión como el ámbito en el que el devenir de las cosas puede cambiar sin que sea esperado ni explicable. Quien lo padece, entiende el milagro como una excepción de las leyes de la naturaleza y se olvida del sentido de la palabra “miraculum”, que en latín significa hecho admirable, algo digno de ser admirado.
Sabemos que en tiempos de Jesús no se cuestionaba la posibilidad del milagro como tampoco se conocían las leyes de la naturaleza como para poder determinar lo que las sobrepasa o las viola (y tampoco hoy). Más bien asumían y quizás deberíamos asumir hoy que conocemos poco, provisionalmente y sólo dentro de unos márgenes limitados. El que padece este síndrome piensa en Dios sobre todo, manifestándose quebrantando las leyes de la naturaleza, y apoya su esperanza en intervenciones especiales como signos aparatosos y prodigios que violan las leyes naturales. Se olvidan de que más que el hecho en sí, es el modo de realizarlo lo que da carácter de milagro a un determinado hecho y, sobre todo, el simbolismo o significado de dicha actuación que el protagonista reivindica o los presentes deducen.

Ob-sexión
Este síndrome consiste en un conjunto de signos y síntomas en el pensamiento y en la conducta que polarizan las implicaciones religiosas a nivel ético en el ámbito de la sexualidad.
No es indiferente, por ejemplo, la escasez de pronunciamientos y parece también que de interés generalizado por el fenómeno del sida cuando en Europa parece haberse congelado y convertido en una enfermedad crónica y en África continúa siendo una enfermedad que mata. Inicialmente se reclamaba la responsabilidad individual, particularmente en el ejercicio de la sexualidad y hoy, que sería necesario reclamar cada vez más fuerte valores de justicia, nos encontramos más silencio.

Sobreculpa religiosa
Padecen este síntoma aquellos creyentes que viven la religión sobre todo como fuente de culpa. Alcanza el máximo nivel en el escrupuloso, contemplado en la teología moral. Los escrúpulos son un trastorno de la conciencia que san Alfonso definía como aquella «que por motivos leves, sin causa o fundamento razonable, a menudo teme el pecado donde de hecho no existe». Y esto se manifiesta tanto en el discernimiento que precede a la acción como luego, en el miedo de haber cometido pecado mortal. Es siempre muy importante la distinción entre la escrupulosidad verdadera y la transitoria (que puede ser sólo un momento del crecimiento de la persona) y, sobre todo, de la conciencia timorata, que intenta evitar el mal incluso en sus formas menos graves. La conciencia timorata está libre de la angustia y de la incapacidad de conseguir la paz interior, que distingue, en cambio, a la conciencia escrupulosa.

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