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Semana Santa y religión -- Juan A. Estrada, teólogo

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Diario de Cádiz

LA religión contra Cristo», éste podría ser un titular al celebrar la pasión. No cabe duda del protagonismo de los sacerdotes; de los escribas, doctos en la Escritura; de los fariseos, judíos piadosos y practicantes; y del mismo pueblo, que oscilaba entre la fascinación que despertaba Jesús y el miedo a los cambios que introducía en la religión. Al final se impuso un frente común, con grupos con intereses muy diversos, coaligados contra el adversario de todos.

Jesús no sólo representaba un problema para la religión, sino también para el Estado y las autoridades políticas; para los ricos, frecuentemente denunciados por él; para los comerciantes, vinculados al templo y culto de Jerusalén; y para otros grupos sociales. Todos se unieron para acabar con el profeta judío, que hablaba en nombre de Dios al denunciar los escándalos e hipocresía de la sociedad y religión de su tiempo. El poder mundano de los representantes de la religión les permitió utilizar el brazo estatal para acabar con él.

Dos mil años después recordamos el acontecimiento en un contexto que actualiza el eslogan de la religión contra Cristo. El contexto inmediato está, inevitablemente, marcado por el escándalo de la pederastia y del clero; de los silencios de parte de la jerarquía y del deseo de evitar el escándalo, anteponiendo la protección de los culpables a la justicia respecto de las víctimas. Como en otras ocasiones ha pasado a segundo plano el aviso evangélico: «el que escandalice a uno de estos pequeños, que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar» (Mt 18,6 par). Y esto es lo que ocurrió a los niños y sus familias que confiaron en los eclesiásticos y sus autoridades.

No cabe duda de las repercusiones que tiene el escándalo en los cristianos y en los que no lo son, en los sacerdotes y religiosos, y también en los seglares. E inevitablemente surgen preguntas y reflexiones acerca del celibato obligatorio y de si la estructura jerárquica de la Iglesia no se convierte en una mediación que favorece esos silencios y omisiones. Son cuestiones diferentes, pero es inevitable la pregunta acerca de si no son instancias que favorecen la difusión de estas conductas patológicas.

No es cuestión de simplificar el problema, pero tampoco se puede evadir en nombre de una «campaña contra el Papa y contra la Iglesia». Es verdad que la pederastia se da en todos los grupos sociales, como atestiguan las redes de pederastas que intercambian pornografía infantil en internet; o el turismo sexual y el tráfico de menores en el tercer mundo; o la connivencia y el silencio en el marco de la familia, parientes y amigos próximos. Es injusto también cargar a la Iglesia en su conjunto, eclesiásticos y seglares, con las desviaciones de una minoría, que se aprovechó de la connivencia y omisión de los conocedores.

Pero no cabe duda de que se protegió a los verdugos, a costa de las víctimas, y que la jerarquía falló en demasiadas ocasiones como para que se trate sólo de problemas individuales. Hay que cambiar las estructuras; desclericalizar la Iglesia; luchar contra el secretismo y las omisiones cómplices; potenciar a la comunidad y los laicos, y denunciar a los que quieren «matar al mensajero», en lugar de investigar los hechos. La Iglesia es pecadora en su conjunto y estructuras, no sólo en sus miembros, y necesita reformas acordes con la nueva sensibilidad y época histórica en que vivimos. Los derechos humanos, que hoy también reivindican la jerarquía, tienen que cumplirse dentro de ella, porque sólo así se puede tener autoridad moral para denunciar los abusos en la sociedad.

Cuando la Iglesia deviene un «poder de este mundo», es inevitable el conflicto entre Cristo y la religión que ha surgido del mismo Jesús. Ocurrió hace dos mil años y sigue siendo una realidad hoy, cuando los grupos religiosos anteponen sus intereses individuales y grupales a la protección y defensa de las víctimas, de los débiles, de los marginados y más indefensos de la sociedad. Por eso, la Semana Santa obliga a la autocrítica y la toma de conciencia, y a una revisión de todo lo que hay en la Iglesia actual que resulta antievangélico, además de obsoleto.

Amar a la Iglesia no es esconder lo antihumano y anticristiano que hay en ella, ni tampoco regodearse en sus heridas y pecados, personales y colectivos. «Sentir con la Iglesia» es luchar para que cambie y anteponer la justicia con las víctimas a todo lo demás. La misericordia con los pecadores del seno de la Iglesia debe subordinarse a la protección y solidaridad de los fieles que confían en ella, que no pueden sacrificarse a razones de prestigio o interés eclesial.

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