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Semana Santa en la cárcel de Navalcarnero: Jesus resucitado devuelve la dignidad de hijos de Dios -- Javier Sánchez

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Si tuviéramos que resumir en una frase lo que ha sido la semana santa de este año en nuestra cárcel de Navalcarnero, quizás podría ser esta “ahora eres un Hijo de Dios”, porque todos, voluntarios, presos, funcionarios, hemos sentido que Jesús, el crucificado que ahora vive entre nosotros nos ha hecho ser hijos de Dios porque nos ha hecho reconciliarnos, asumir nuestra vida, hemos sentido que el crucificado contaba con nuestras miserias y nuestros pecados para poder hacer un mundo nuevo y mejor para todos. El crucificado se ha hecho presente en nuestras cruces y dolores y cada día y nos ha devuelto la dignidad de Hijos e Hijas de Dios. Eran las palabras que una monja le dice a un reo condenado a la pena capital, en Estados Unidos, cuando él confiesa su delito de haber matado a un hombre. Y desde sentirnos hijos de Dios hemos podido mirar también a los demás, nuestros hermanos.

Como siempre comenzamos nuestra semana santa el jueves santo por la mañana, porque en la cárcel todas las celebraciones tienen que ser por la mañana, incluida la vigilia pascual, evidentemente lo de menos es la hora, lo más importante es la vivencia que como cada año queríamos experimentar juntos con nuestros hermanos los presos. Y confieso que todos al empezar la semana estamos quizás un poco nerviosos por lo que vamos a vivir, es una experiencia densa pero llena de Dios, y por tanto, llena de humanidad, porque lo que sí descubrimos a diario yendo a la cárcel, es que todo lo humano es divino y todo lo divino es humano. Además las tres celebraciones de la semana santa son el salón de actos para todos los módulos, lo que hace que seamos más personas y que a veces pueda crear más dificultades, este año hemos sido en torno a 130 personas las que nos hemos reunido a celebrar y quizás el leiv motiv de todos los días ha sido uno: el silencio, un silencio expresivo, un silencio conmovedor que ha llenado de vida todas nuestras celebraciones.

Cada día motivábamos las celebraciones relatando los acontecimientos históricos que sucedieron en esos días y que vivió Jesús de Nazaret, pero intentando no hacer arqueología o mera historia, sino intentando actualidad y hacer presente el paso de ese Jesús por nuestra vida en ese momento, intentado descubrir la frescura de un Dios que no está anquilosado en el tiempo sino que es vida y fuerza para nuestro hoy y que ilumina lo que vamos viviendo cada día, asumiendo nuestros fracasos, dolores y sufrimientos. El jueves santo lo centramos, evidentemente, en el gesto del lavatorio de los pies y en lo que supone el amor de Jesús a todos en la Ultima Cena que él celebra con sus amigos. Centramos la reflexión y la celebración en la Eucaristía primera que Jesús celebra y en que las Eucaristías son la expresión del compartir con los demás nuestra vida, si queremos que sean al estilo del Maestro. Y junto a eso también la llamada de Jesús a los curas a realizar el gesto que el mismo hace de amor a todos sin ningún tipo de distinción hasta el final. Después de leer el evangelio, cada uno fuimos repitiendo diferentes frases del texto que nos llamaban la atención: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo”. “lavarme tu a mí los pies”, “si no te lavo no tienes parte conmigo”… pero escuchadas en boca de los muchachos como siempre cobran un especial sentido. Les hicimos ver que el servicio es algo identificativo de nuestro ser cristianos, y que a veces también lo de dejarnos servir y lavar es complicado; les comentaba que Pedro desde su orgullo y autosuficiencia característica, le cuesta dejarse lavar, y que no entiende el gesto de Jesús, porque en el fondo él parece que lo puede hacer todo, pero Jesús es muy claro: si no te dejas lavar no eres de los mios. Por eso el lavar los pies a los demás no puede convertirse en algo que nos hace ser buenos, sino en algo que nos hace ser seguidores de Jesús, y el signo fundamental de su seguimiento; ese lavar los pies no significa sentirse esclavo en el sentido de sentirse inferior sino de sentirse servidor desde el amor, Jesús nos dice que todos somos iguales, que nadie hay mejor que nadie, que no tenemos que ser serviles sin servidores, porque Jesús sirve pero desde el amor

Y después de toda esta reflexión, explicamos el gesto del lavatorio de los pies y cómo podíamos lavarnos todos, lo hicimos presos, voluntarios y yo que en ese momento estaba como cura en la celebración. Y en un silencio espectacular, quizás como ningún otro año, todos fuimos meditando el gesto que estábamos haciendo; unos pedían que les laváramos los pies, otros nos los lavaban a nosotros, pero en cada pie que lavábamos estaban las huellas de una vida, unos eran pies más atrayentes, otros eran pies cansados, unos negros otros blancos, los pies eran imagen de los rostros, y cuando conocíamos las historias de cada persona a la que íbamos lavando sin duda el gesto ganaba en intensidad, porque eran decirles desde Jesús que abrazábamos también su vida, que probablemente no bendecíamos sus actos como tampoco los bendecía Jesús, pero sí que en el cariño de lavar los pies, secárselos y darles un beso después estaba el decirles que Dios les abrazaba, que Dios contaba con ellos, que Dios les invitaba a cambiar de vida; muchos nos sonreían, otros se quedaban sin saber que decir; cuando me lavaron los pies a mí también sentí la experiencia de Pedro: si soy yo el que tengo que lavarles los pies a ellos, pero recordé las palabras de Jesús, si no te lavo no tienes parte conmigo; en el fondo era besar, como diría después el papa Francisco “las heridas de guerra” de cada uno de las personas que allí estaban. Incluso para mí fue especial el lavar los pies a uno de los presos que quizás más me cueste aceptar porque su delito es de guante blanco, es un empresario y yo tenía especial interés en lavarle los pies ese día y en demostrarme a mí mismo que yo tampoco hago distinciones, que sea como sea es un preso más, y sobre todo que más que un preso es un ser humano, al que Jesús me invita a servir; para mí fue una cura de humildad muy importante y yo creo que para él también. Una vez más fue una experiencia de gratuidad la que todos vivimos en aquella mañana porque no fue un gesto vacío, no fue algo que hay que hacer por hacer sino que fue tomar conciencia de la llamada que nos hace cada día Jesús. El papa Francisco por la tarde también lavaba los pies a doce presos en la cárcel y les decía “yo tengo también necesidad de ser lavado por el Señor,, y para eso rezad durante esta misa, para que el Señor lave mis suciedades, para que yo sea más esclavo de vosotros, más esclavo al servicio de las gentes, como lo fue el Señor”.

Fueron casi dos horas de celebración en este jueves santo, y todos salíamos fortalecidos de aquel momento, fueron dos horas de encuentro intenso con Jesús y con los hermanos, y comprendimos que desde dejarnos lavar por Jesús podíamos lavar a los demás; un día más experimentamos lo de siempre: que no había presos ni voluntarios, que en aquel gran salón había seres humanos.

El viernes santo hacemos una celebración también un tanto diferente, centrada en la lectura de la pasión, la celebración del perdón y la adoración de la cruz. Todos estos momentos cobran gran intensidad por el sitio donde lo estamos celebrando. Después de leer el relato impresionante de la pasión por los propios presos y, dejarnos conmover por los gritos de “crucifícalo, crucifícalo”, pusimos el final de la película “pena de muerte”, donde un reo condenado a la pena capital por haber asesinado a un muchacho y después de negar en todo momento haberlo hecho, unas horas antes de ser ejecutado, confiesa ante la monja “hermana, yo lo maté”, y ante esas palabras, que arrancan una vez más las lágrimas más hermosas que un ser humano pueda derramar, la monja le dice que “es un hijo de Dios “ y que ha recuperado su dignidad; sigue confesando el muchacho “ anoche cuando apagaron las luces, me arrodillé y rece por esos dos muchacho”. Ver esa confesión en la cárcel donde estábamos cobró un sentido muy especial y el silencio invadió toda nuestra sala. Y a continuación, vimos también el final de la película, cuando antes de ejecutarle, al reo le dicen que si quiere decir algo, y sus palabras son de perdón “quiero pedir perdón a las familias y quiero decir que matar es un error, lo haga quien lo haga”; y de nuevo con un nudo en la garganta contenido todos contemplamos la escena. Ese silencio sin duda nos hizo penetrar en lo más profundo de nuestro propio ser y nos hizo reconocer también nuestra propia vida delante de Dios que no nos condenaba, sino que nos amaba profundamente y nos invitaba a seguir. Un Dios que como el padre del hijo pródigo “salía todas las mañanas a buscar a su hijo”, un Dios que como a Zaqueo nos decía “ hoy ha llegado la salvación a esta casa, un Dios que como a la mujer adúltera nos invitaba a cambiar de vida y a no pecar más. En definitiva, un Dios que contaba con todos nosotros para hace un mundo mejor, un mundo más feliz, un Dios que contaba con nuestras miserias y con nuestras grandezas para construir el Reino de Dios al estilo de Jesús de Nazaret

Después de ver esa confesión, y en ese silencio conmovedor, nos preguntamos a quién queríamos pedir perdón, quién queríamos que nos perdonase y de qué queríamos pedir perdón en esa mañana, y desde el silencio, poniendo nuestra vida delante de Dios y de los hermanos, reconocimos nuestros pecado y nuestras ganas de querer cambiar. Era un silencio muy expresivo, muchos como en otras ocasiones pidieron perdón en voz alta a las victimas, a sus propias familias, a sus madres, a sus hijos… eran los crucificados los que desde su propia cruz del pecado pedían perdón a Dios y a los demás Y quizás más de uno escuchamos en nuestro interior las palabras de Jesús al buen ladrón “te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”, y sentimos que ese Jesús tierno, también crucificado como nosotros, nos decía que no tuviéramos miedo y que podíamos hacer de nuestra cárcel un paraíso de humanidad, un paraíso de fraternidad y de expresión de algo nuevo y distinto.

Descubrimos que el sacramento de la penitencia que después recibimos significa dejarse amar por un Dios que acepta nuestra vida y que nos hace asumir lo que somos desde ese mismo amor. Nos dejamos reconciliar por Dios, como dice San Pablo y sentimos, en palabras del Obispo San Romero de América que “la justicia quiere decir la intervención misericordiosa de Dios, manifestada en Cristo, para borrar del hombre su pecado y para darle la capacidad de obrar como Hijo de Dios”. Se fueron acercando ante los dos curas que ese día estábamos para recibir la imposición de manos como gesto de transmisión y acogida del amor de Dios, y luego también los dos curas nos impusimos las manos uno a otro para recibir ese perdón divino. Recibimos la absolución general de nuestros pecados y pudimos descubrir en este viernes santo, desde nuestra cruz, la invitación a la vida, la resurrección, descubrimos que asumir nuestro pecado nos devuelve la dignidad de ser hijos de Dios y por eso el poder mirar a los demás también, desde ahí, como hermanos

Tras la oración universal que la hicimos con diferentes gestos y símbolos, donde pedimos sobre todo por las familias, por la paz, por los jóvenes y por todos los presos, pasamos al otro momento importante de la celebración: la adoración de la cruz. Esta vez habíamos pensado hacer una procesión de entrada de la cruz más larga que otros años para dar más tiempo a la reflexión; al sonido de la música de Vangelis, 1492, comenzamos la procesión llevada por tres de nuestros muchachos y uno de los curas detrás, lentamente fuimos pasando por toda la sala, y la sorpresa estuvo en que fueron uniéndose diferentes muchachos a la procesión de manera espontánea lo cual le dio también un sentido especial; en esa cruz que había dado muerte al justo Jesús de Nazaret estaba también crucificado nuestro pecado y nuestro propio dolor.

Dejamos la cruz en el centro, y fuimos pasando a adorarla; de nuevo la experiencia de cada año: el beso de crucificado a crucificado, era como si entre cada uno de ellos se entendiera de manera especial, como si besando al crucificado sintieran que el mismo crucificado les besaba a ellos, besaba su dolor, besaba su vida y se hacia presente en todos sus sufrimientos. Cada uno la besaba de manera diferente, unos se arrodillaban, otros la tocaban, otros besaban al Cristo, otros la cruz… era expresión de amor en todos ellos. Para mí también fue un momento especial porque sentí y recordé las palabras que un buen amigo cura me dijo cuando comencé a ir a la prisión y después de que el obispo de mi diócesis con despecho me dijera que fuera a visitar a los encarcelados, este amigo cura me dijo “ no te preocupes, el obispo te ha dado la mejor de las misiones, te ha puesto a los pies de los crucificados”; y esas palabras, que muchos días recuerdo cuando estoy con los muchachos, resonaron en mi de modo especial, y me levanté, me puse al pie de la cruz de Jesús, la agarré con fuerza, y le pedí que estuviera siempre a los pies de esos crucificados a los que me había enviado, que estuviera siempre a su servicio y que fuera siempre un servicio que transmitiera el amor de Dios a cada uno de ellos; confieso que para mí también fue un momento especial el de este viernes santo.

Terminada la adoración de la cruz reconocimos que muchas personas también dan la vida por los demás al estilo de Jesús, que muchas personas son “como el grano de trigo que cae en tierra y da mucho fruto”; y así recordamos al obispo San Romero de América, pusimos en una película el final de su vida, su asesinato celebrando la eucaristía, y sus palabras “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, y quizás fue también como una especie de anticipo de la gran fiesta de la resurrección que íbamos a vivir en el sábado. En el asesinato de San Romero descubrimos la entrega de tantas personas que dan la vida por los demás a diario como el mismo Jesús de Nazaret.

Fue un viernes santo lleno de esperanza, no de muerte sino de vida, no de tristeza sino de alegría y de apertura a una nueva vida. Como siempre en ese momento, ya no había en aquel salón presos, voluntarios, funcionarios… había solo hijos e hijas de Dios que desde su confesar su pecado habían recuperado su dignidad como tales hijos, y desde ahí habían recuperado la fraternidad y el sueño de Jesús de Nazaret: el Reino de Dios, un nuevo mundo, en el que ese Jesús contaba con todos nosotros, y sobre todo contaba con nuestras miserias, no quería santos, quería seres humanos que se equivocan, que rectifican pero que se abren cada día al amor misericordioso y entrañable de un Dios crucificado y clavado en la cruz solo por una cosa: por su locura de amor hacia todos, especialmente a los más débiles y crucificados de nuestro mundo.

Por fin el sábado santo vivimos la experiencia de la resurrección del Maestro, que allí también celebramos por la mañana; les dije que quizás era un signo, porque igual que del nacimiento de Jesús se enteraron primero los pobres, los pastores, como nos dice el evangelio de San Lucas, quizás también era un signo que donde antes íbamos a celebrar la resurrección era entre los crucificados, entre los pobres y presos de la cárcel de Navalcarnero. Explicamos primero como siempre la celebración y luego pasamos a las diferentes partes de ella. No hicimos el fuego pero si explicamos el sentido del fuego como elemento que mata y que después da vida. Hicimos un gesto diferente.

Cada uno de nosotros tenia un posic donde podía escribir qué es lo que quería quitar de su vida o de la vida del mundo porque estorbaba, porque le hacia infeliz a él y a los demás; y en el silencio característico de toda esta semana así lo hicimos, los chicos pensaban y luego escribían, otros simplemente pensaban pero concentrado en lo que hacían; y después en un papel continuo colocado en la pared nos fuimos levantando para pegar allí los posic signo de la vida que no nos gustaba y que queríamos romper; después de pegar todos los posic, entre todos rompieron el papel signo de esa ruptura de la vida antigua y apertura a la nueva vida del resucitado. Después encendimos el cirio y lo trajimos en procesión por todo el salón, reconociendo que la luz del resucitado es la que podía iluminar nuestras vidas de miserias y de dolor. Tras la procesión del cirio, el pregón pascual intercalado por cantos, leído por dos hermanos empresarios muy conocidos para los que la semana santa estaba siendo también una vivencia muy especial como después nos dijeron: ellos que han tenido todo de pronto pasan por lo que pasan todos, por los chabolos, por los recuentos, por pedir permiso… estaba siendo, confesaron una gran cura de humildad, escuchar de sus labios la proclamación del pregón pascual era de nuevo reconocer que todos somos iguales, que todos somos hijos de Dios y como dice San Pablo “que ya no hay distinción entre esclavos y libres, hombres y mujeres”, y añadiríamos entre ricos y pobres, entre empresarios y trabajadores…

Después escuchamos la lectura del profeta Ezequiel donde reconocemos que como aquel pueblo de Israel exiliado y machacado, es el Espíritu del resucitado el que también a nosotros nos contagia y comunica vida. Y después el gran anuncio de la resurrección del Evangelio de Marcos, donde Jesús dice a las mujeres que si los discípulos quieren verle tienen que ir a Galilea, a la Galilea de los gentiles, a la Galilea de los pobres, a esa Galilea en la cual Jesús quiso especialmente vivir y resucitar; y de nuevo caímos en la cuenta de que ahí también nos quería a nosotros Jesús, y que en esa Galilea de cada día teníamos que descubrir su presencia y su huella. Y después nos preguntamos que significa la resurrección en nuestra vida, y cómo podíamos hacerla presente en la cárcel; al principio nos costaba entenderlo porque ciertamente a veces cuesta descubrir vida en un lugar de muerte. Yo les dije que en nuestra cárcel, donde tanta muerte hay, es donde muchas veces yo descubro más vida, y que todos podemos poner la vida del resucitado en cada abrazo, en cada encuentro, en cada expresión de cariño y amor hacia los otros, y sobre todo que el Dios de la vida sigue apostando por todos nosotros para que pongamos vida en cada rincón de aquel lugar de muerte. Y les hablé de que a veces los que tienen menos vida, menos salud son los que nos dan lecciones de vida; así les conté que el domingo de ramos habíamos ido a ver a Lucia, nuestra monja voluntaria de casi 91 años, que lleva ya tres meses sin poder ir a ver “ a sus presos” porque debido a una cadera apenas puede caminar, pero hasta navidad, ella sin poder, a su edad, iba todos los sábados desde el centro de Madrid a Navalcarnero, en autobús para visitar a sus presos, ella apenas sin salud y anciana, ponía toda la vida del resucitado en cada abrazo y en cada sonrisa que daba a sus muchachos; cuando la visitamos se la llenó el rostro de alegría y no paraba de decirnos “qué he hecho yo de bueno para tener esta visita, si no la merezco”, era todo un signo de vida y de esperanza para nosotros, y por eso nosotros en la cárcel podemos también hacer lo mismo, contagiar esa esperanza a los demás y poner vida en medio de tanto dolor desde las pequeñas cosas; y les dije que eso todos lo veíamos cada día allí dentro, que todos éramos testigos, de que entre “los supuestamente malos de la cárcel” había gestos especialmente tiernos y de vida que a veces los “supuestamente buenos de la calle” no hacíamos, gestos solidarios, de preocupación por el otro, de fraternidad, de cercanía, en definitiva gesto de resurrección y de esperanza para todos.

Continuamos con la bendición del agua y la renovación de nuestro compromiso bautismal como gesto de apertura a la nueva vida que nos proponía el resucitado, en silencio pudimos participar de ese momento y recordamos que no queríamos ser como Pilato, que no queríamos lavarnos las manos, sino que queríamos mojarnos con la misma causa de Jesús. Y después seguimos la Eucaristía normal dando gracias por toda la vida que cada día Dios nos comunicaba. En el abrazo de la paz sentimos de nuevo la llamada a abrazar a los demás desde la vida recién estrenada de Jesús. Y después de comulgar terminamos con la canción Viva la gente, como expresión de que para nosotros lo más importante era vivir la vida con la gente desde el resucitado. De nuevo fueron más de dos horas de celebración, de silencio, de reflexión, de vida y de esperanza.

Un año más al terminar nuestra semana Santa en la cárcel solo podemos decir juntos una palabra: GRACIAS, gracias al Dios de la vida que nos permite seguir sintiendo vida en cada persona, en cada hijo de Dios, gracias por poder estar a los pies de los crucificados, gracias por sentir que todos tenemos la misma dignidad, que todos nos merecemos lo mismo y que nadie hay mejor que nadie. Gracias porque ese Dios cuenta con todos nosotros cada día y nos hace sentir su amor en todo lo que hacemos.

“Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va delante de vosotros a Galilea, allí lo veréis, tal como os dijo”( Marcos, 16, 7).

NAVALCARNERO, SEMANA SANTA ABRIL 2015

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