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Semana Santa de 2010 -- José María Castillo, teólogo

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Todos los años, cuando llega la semana santa, pero especialmente este año, los cristianos deberíamos recordar que el cristianismo nació a partir de un jucio o, para ser más exactos, nació de de varios juicios y sus consiguientes condenas, con la ejecución final del reo. Jesús, en efecto, fue denunciado a las autoridades civiles y religiosas. Por eso, según nos dicen los evangelios, Jesús tuvo que pasar por el juicio (informal) de Anás y luego de Caifás. A continuación vinieron los juicios civiles: Herodes, en priper lugar, y finalmente el juicio ante Pilatos.

Aquella cadena de juicios, como todo juicio, fueron una vergüenza, una humillación, un descrédito. En el juicio ante Anás, le pegaron una bofetada sin que Jesús diera motivo para ello. En el juico ante Caifás, lo declararon blasfemo, que era seguramente lo peor que le podían decir a un judío. En el juicio ante Herodes, se vió despreciado y se rieron de él. Y en el definitivo juicio ante el procurador romano, Pilatos, fue insultado por los acusadores; fue excluido cuando se le comparó con el bandido Barrabás; fue torturado por los legionarios romanos; fue acusado de cosas muy graves que no había hecho. Y, después de todo eso, fue condenado y ejecutado.

El cristianismo, pues, nació de un fracaso ante los tribunales. Un fracaso tan tremendo que, durante más de dos siglos y medio, no hay rastro alguno de que los cristianos hicieran cruces y crucifijos; o de que los cristianos dieran muestras de respeto y devoción ante una cruz. De hecho, antes del emperador Constantino (s. IV), no se han encontrado crucifijos con figura, ni siquiera cruces sin figura (J. D. Crossan, J. L. Reed).

La única excepción, que se ha podido encontrar es humillante y vergonzosa: un dibujo con «graffiti», que data de alrededor del año 200, en el monte Palatino de Roma, donde Augusto tuvo su palacio, que representa a un hombre delante de una cruz en la que está crucificado un hombre con cabeza de burro. El grabado, en girego, que hay debajo de esa imagen dice: «Alejandro adora a Dios». Sin duda, se trata de un criado pagano (del palacio imperial) que ridiculizaba así la fe de un compañero, que sería cristiano, y que se veía así humillado por la vergüenza que, en aquellos tiempos, depresentaba la cruz.

Me parece que es bueno recordar estas cosas, precisamente ahora. Porque tenemos el peligro de que pase toda la semana santa y no caigamos en la cuenta de lo que realmente representa, de lo que nos viene a decir; y de lo que nosotros, los que decimos que creemos en el Crucificado, debemos aprender cuando pretendemos actualizar la «memoria subversiva» de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La Iglesia está pasando por una situación vergonzosa.

Muchos sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales y hasta el mismo papa, se ven señalados con el dedo amenazante de quienes denuncian hechos delictivos y humillantes. Hay sacerdotes que han sido llevados ante los tribunales, algunos han sido condenados, los hay que ya cumplen su condena en cárceles o se ven obligados a pagar multas cuantiosas.

Es verdad que las situaciones (de Jesús, por una parte, y de los clérigos pederatas, por otra) son tan diametralmente opuestas, que parece una frivolidad, una contradicción o incluso una falta de respeto, comparar una cosa con otra. Se trata de dos hechos tan contradictorios, que, mientras en uno se trata de la condena injusta del gran defensor de la dignidad humana, que es lo que hizo Jesús, en el el hecho actual, se trata de la condena de individuos que han pisoteado la dignidad de criaturas inocentes. Todo esto es cierto, claro está.

Pero, en ambos casos, hay una realidad tremenda que es exactamente la misma. Jesús, en su momento hiostórico, fue condenado y ejecutado brutalmente por las autoridades competentes y por hechos delictivos que, en el s. I, según las leyes de aquel tiempo, eran cosas mucho más graves que lo que ahora es abusar sexualmente de un niño.

En tiempo de Jesús, y en las culturas mediterráneas del s. I, era normal encontrar bebés vivos, tirados en los basureros , de los que eran recogidos por gente sin escrúpulos que los vendía como esclavos. Hoy vemos, con toda razón, que eso un crimen horrendo. Pero en aquel momento las cosas se veían de otra manera. Con lo cual estoy indicando que la Iglesia del s. XXI, como el Jesús del s. I, coinciden en verse enfrentados a la vergüenza y al fracaso de una condena que deseautoriza y hunde a una persona o a una institución.

Pero los cristianos sabemos que la cruz, con todo lo que tiene de fracaso, humillación y desprestigio, es fuente de vida y de futuro. Y conste que los cristianos decimos esto, no porque seamos unos masoquistas indeseables. Ni porque estemos en las nubes sin poner los pies en el suelo. Dios quiso que Jesús pasara por la cruz, no porque el sufrimiento en sí sea una bendición divina. No es eso. Se trata de que, en esta vida, todo el mundo quiere triunfar, ser importante, tener fama, tener poder, aparecer como intachable, como ejemplar. Y eso, bien lo sabemos, suele ser fuente de enfrentamientos, confrontaciones, luchas, divisiones y deshumanización.

Por supuesto, que los curas pederastas son unos delincuentes, que tienen que dar cuenta ante la justicia y pagar sus delitos, según las leyes. Pero, dado que las cosas han sucedido así, volvemos la mirada al Crucificado, no sólo ni principalmente para pedir perdón y misericordia. Eso es bueno. Pero con eso nada más no se arreglan las cosas. El que ha cometido delitos, que pase por los tribunales. Pero, además de eso, yo pienso que a la Iglesia, a los cristianos, a todos, nos viene bien bajar los humos, dejarnos de andar diciendo que somos ejemplares o que somos los mejores.

No y mil veces no. Los cristianos creemos que en el Crucificado hay vida. No sólo por los motivos divinos que enseñan los teólogos. Sino, más a ras de tierra, porque la experiencia nos dice que nuestros orgullos y nuetras pretensiones de ejemplaridad son una miseria de la que tenemos que liberarnos de raíz y cuanto antes. He aquí, me parece a mí, una enseñanza clave de la semana santa de este año.

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