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Santidad: ante tanta vergüenza hace falta más desobediencia -- Colectivo Noviolencia en acción (NenA)

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“Vergüenza”, decía el Papa. Y no es para menos. El naufragio de Lampedusa podría haberse evitado según el testimonio de algunos de los supervivientes. Hasta tres grandes pesqueros pasaron de largo. Decidieron no ver una nave en llamas, dejando desaparecer en el agua a cientos de seres humanos. ABC, 4-10-2013

Una vez que los sobrevivientes sean identificados, serán investigados por la Fiscalía de Agrigento por un supuesto delito de inmigración ilegal. Desde que entró en vigor la última ley en agosto de 2009, tras su aprobación por parte del Ejecutivo de Silvio Berlusconi, con la Liga Norte en el Ministerio del Interior, Italia cuenta con el delito de inmigración ilegal, que no conlleva penas de cárcel, pero sí multas y una más rápida expulsión de los indocumentados.

Según esta ley, con la que se obliga además a los funcionarios públicos a denunciar a los in-documentados, los inmigrantes que consiguieron sobrevivir (y que, en algunos casos, pagaron 500 dólares por la travesía) pueden enfrentarse a multas de hasta 5.000 euros. Y luego la expulsión.

A esta norma se suma la llamada ley “Bossi-Fini” de 2002, que adquiere ese nombre por sus ministros conservadores promotores y que prevé el delito de complicidad con la inmigración ilegal para quien lleve a Italia a inmigrantes sin permiso de entrada.
Otra polémica, en tanto, estalló por la mañana, cuando un diario local publicó que dos lanchas de la Guardia de Finanzas permanecieron atracadas en el muelle de Favaloro sin ser utiliza-das tras producirse la tragedia. Al tiempo que el propietario de uno de los pesqueros que acu-dió al rescate de los inmigrantes criticó la actitud de los agentes y desafío a las autoridades a que le apliquen la ley que penaliza a quien ayuda a indocumentados a llegar a Italia. “ La gente se moría en el agua mientras ellos pensaban en hacer fotografías y vídeos”, dijo. Diario Clarín, 6-10-2013

25En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó a Jesús, para ponerlo a prueba : Ma-estro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? 26Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? 27Él respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. 28Él le dijo: Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida eterna. 29Pero el maestro de la ley, para justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 30Respondió Jesús: Un hom-bre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo mo-lieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

31Por casualidad un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. 33Pero un samaritano que iba de viaje, llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, 34y acercándose, le vendó las heridas echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. 35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva. 36¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 37Él dijo: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo.

Santidad, cuando un ley como la ley Bossi-Fini sanciona a quienes sean misericordiosos con los desheredados de la tierra, es una que hay que desobedecer, ya nos lo dijo también, Martín Luther King,
“Tenemos obligación de hacer el bien, pero de igual manera, también tenemos la obligación de no colaborar con el mal”

Y es que la criminal ley Bossi-Fini debe ser desobedecida, ¿puede el legislador, legislar sobre la conciencia de los ciudadanos? ¿el ciudadano debe abdicar de su conciencia a favor del legislador? ¿por qué entonces los hombres tenemos una conciencia? ¿el ciudadano debe ser primero hombre o “Vergüenza”, decía el Papa. Y no es para menos. El naufragio de Lampedusa podría haberse evitado según el testimonio de algunos de los supervivientes. Hasta tres grandes pesqueros pasaron de largo. Decidieron no ver una nave en llamas, dejando desaparecer en el agua a cientos de seres humanos. ABC, 4-10-2013

Una vez que los sobrevivientes sean identificados, serán investigados por la Fiscalía de Agrigento por un supuesto delito de inmigración ilegal. Desde que entró en vigor la última ley en agosto de 2009, tras su aprobación por parte del Ejecutivo de Silvio Berlusconi, con la Liga Norte en el Ministerio del Interior, Italia cuenta con el delito de inmigración ilegal, que no conlleva penas de cárcel, pero sí multas y una más rápida expulsión de los indocumentados.

Según esta ley, con la que se obliga además a los funcionarios públicos a denunciar a los in-documentados, los inmigrantes que consiguieron sobrevivir (y que, en algunos casos, pagaron 500 dólares por la travesía) pueden enfrentarse a multas de hasta 5.000 euros. Y luego la expulsión.

súbdito?
La historia del hombre ha sido la historia de la obediencia. Esta es y ha sido una virtud, de ca-ra a la desobediencia; el mal.
Jean-Marie Muller, con respecto a la desobediencia escribe: “Si las injusticias están tan arraigadas en las sociedades, es porque se aprovechan de la obediencia de estas sociedades”. Así también se expresaba Gandhi: “Los responsables de nuestra sujeción, no son tanto los fusiles británicos como nuestra colaboración voluntaria. Frente a la injusticia, estamos muchos más acostumbrados a resignarnos y a colaborar que actuar incluso con violencia ante ella”

La desobediencia lleva a la puesta en práctica de los métodos de la no-cooperación, que inten-tan de coaccionar al adversario mediante la negativa deliberada a realizar una función cuya ejecución es esencial para el mantenimiento de su posición. Por tanto el mayor número de personas debe desobe-decer a las instituciones, leyes, estructuras, regímenes, etc, que mantengan las injusticias .

En el siglo III; Maximiliano, un joven africano fue convocado ante el procónsul romano para ser incorporado al ejército, (por ser hijo de un veterano, el servicio militar le era obligatorio), pero Maximiliano se negó alegando que era Cristiano y no podía hacer el mal. El procónsul trató de conven-cerle pero él persistió en su actitud, lo que le llevó a la ejecución.
Thoreau escribía: “No conviene cultivar un respeto por las leyes tanto como por la justicia, las leyes nunca han hecho a los hombres un ápice más justos; y mediante el respeto a ellas, incluso los de mejor voluntad son cada día agentes de las injusticias”

La desobediencia no es contra las personas, sino contra los sistemas que las personas imponen. Una cosa será abogar por el orden establecido y defenderlo cuando este es causa de injusticia, y otra será el promover el orden. La obediencia a la ley implica la responsabilidad del ciudadano, y el que se somete a una ley injusta carga con la responsabilidad de esta injusticia. Hitler fue posible gracias a la colaboración y obediencia de la gran mayoría de los alemanes. En los juicios de los “criminales de gue-rra”, todos han argumentado que “obedecieron órdenes” de un gobierno legalmente constituido.

Franz Jagenstätter, campesino austriaco que murió en 1943 ejecutado tras negarse a servir en el ejército de Hitler, no pudo impedir a este seguir su obra, sin embargo fue un testigo solidario, ante el cual, todo el mundo está de acuerdo que fue la actitud más responsable. Si nos preguntamos para qué sirvió su desobediencia, tendríamos que preguntarnos también, para qué sirvió la obediencia.

Se toma como pretexto a menudo, la incompetencia del simple ciudadano para mantenerse en la sumisión incondicional a las decisiones de los poderes establecidos. So pretexto de incompetencia se quiere obligar al ciudadano a la irresponsabilidad. Hoy más que nunca, los poderes establecidos se re-cubren con la autoridad de los tecnócratas para reducir todas las opiniones al silencio. Silencio que no debemos de mantener ante la ley Bossi-Fini.

La teoría tradicional de la democracia postula que el orden social no puede mantenerse más que mediante la obediencia a la ley, suponiendo que esta representa la opinión de la mayoría. Gandhi, con respecto a esto decía: “La experiencia me ha hecho ver que, si quiero vivir en un sociedad manteniendo mi independencia, tengo que limitarme a cuestiones de primera importancia para hacer valer las exigencias de una independencia total. En los demás terrenos en que no entra en juego ni la religión, ni la moral, hay que ceder a la mayoría; pero, la ley de la mayoría no tiene nada que decir donde le toca hablar a la conciencia”.

No es la ley quien debe dictar lo que es justo, sino que lo que es justo es lo que debe dictar la ley. Lo que debe de inspirar al hombre su comportamiento no es lo legal, sino lo que legítimo. El objeti-vo de la desobediencia civil no es el de abolir las leyes, sino el de mejorarlas de tal manera que puedan ser más conformes a las exigencias de la justicia y de la libertad. La desobediencia civil, decía Gandhi, es un derecho que la ley debería dar, pero que niega. Si la desobediencia criminal es efectivamente una amenaza para la democracia y puede conducir a la sociedad del caos; la desobediencia civil. es la garantía para defender a la sociedad de los abusos del gobierno. La desobediencia civil lleva consigo el estar preparado para la aceptación de las sanciones. Gandhi, ante el juez que le juzgaba, se pronunció así: “O dimite y deja así de asociarse con el mal, si considera que la ley que está encargado de adminis-trar es mala y que en realidad soy inocente, o me impone la pena más severa si cree que el sistema y la ley que tiene que aplicar son buenos para el pueblo y que mi actitud, por consiguiente es perniciosa para el bien público”.

La ley Bossi-Fini sería justa, y por consiguiente justificada su obediencia, en la medida que tu-viera por objetivo defender los intereses de los más desfavorecidos contra las ambiciones de los más ricos y poderosos, sin embargo, el objetivo de esta ley es bien distinto, por ello Santidad, hay que lla-mar a la desobediencia de dicha ley.

“La desobediencia civil, escribe Gandhi, es un derecho imprescindible de todo ciudadano. No se puede renunciar a ella sin dejar de ser hombre…El intento de prescindir de la desobediencia civil sería lo mismo que querer aprisionar la conciencia”. Unos actos individuales de desobediencia civil no podrán tener un impacto político que pueda orientar los acontecimientos de una manera decisiva; sin embargo, reciben su justificación y su significación de que son una expresión política de la fidelidad a una exi-gencia de justicia y de verdad. Por esto, Santidad, es necesario llamar a la desobediencia a la Ley Bos-si-Fini.

Entre 1960 y 1963, bajo la dirección del profesor Milgran, se realizaron en la Universidad de Yale (EE.UU), una serie de experimentos sobre la obediencia. Se trataba de comprobar hasta que pun-to una persona normal está dispuesta a obedecer las órdenes de una autoridad cuando tales órdenes son cada vez más absurdas, monstruosas e incluso criminales. Mediante anuncios en la prensa se bus-caban voluntarios de ambos sexos. Se les dice que se trata de estudiar los “efectos del castigo sobre el proceso de aprendizaje”

Intervienen tres personas:
 Un alumno, que debe tratar de aprender una serie de palabras por parejas
 Un monitor, que controla las respuestas del alumno y administra el castigo si son erróne-as
 Un experimentador, que supervisa y da instrucciones al monitor.

Al voluntario se le asigna el papel del monitor. El alumno, (que el monitor cree que es otro volun-tario como él), es instalado en un silla firmemente sujeto para evitar “movimientos incontrolados” y con un electrodo en la muñeca. El monitor (verdadero sujeto del experimento), tiene ante sí un cuadro de mandos que le permiten administrar descargas eléctricas desde 15 hasta 450 voltios. El montaje es ficticio. Las descargas eléctricas no existen, y el alumno es un actor profesional. Pero el monitor está convencido de la realidad del castigo claramente indicado en su cuadro de mandos, con advertencias que van desde “descarga ligera” hasta “atención, descargas peligrosa”.

Las reacciones del alumno co-rresponde a estas advertencias, a los 65 V. gime, a los 120 V. se queja, a los 150 V. pide que le suelten, a los 285 V. da gritos de agonía, a los 315 V. se desvanece. Cada vez que el monitor vacila el experi-mentador le ordena continuar: “el experimento exige que continúe”, “el alumno es un voluntario, ha aceptado someterse a la prueba”, “la Universidad asume toda la responsabilidad”, “debe Ud., seguir las instrucciones”, “la falta de respuesta equivale a una respuesta errónea”, “siga Ud.”.

El resultado fue: casi la mitad de los participantes fueron clasificados como “obedient4es”, ad-ministrando descargas de hasta 450 V., el máximo. Un 5,6 % siguieron pulsando hasta el desvaneci-miento y hasta 375 V., sólo el 45 % desobedecieron antes de los 33o V., sólo el 25,6 % desobedecie-ron antes de llegar a descargas clasificadas como muy fuertes.

Estos altos porcentajes de personas obedientes a órdenes que de modo manifiesto jugaban con la vida de una persona sorprendieron a Milgran. En frío, lo normal es tener un criterio recto. Si se pre-gunta ¿cuál es la respuesta adecuada desde la moral en un caso así? Todos responderían que la des-obediencia. Pero esas mismas personas en ciertas circunstancias para las que no están preparadas se someten a la autoridad y obedecen.

Pero la explicación principal a la obediencia a leyes criminales, como la Ley Bossi-Fini es la trans-ferencia de responsabilidad que el sujeto está dispuesto a aceptar de buen grado. La responsabilidad, como la libertad es una carga pesada en situaciones conflictivas. El individuo cuya personalidad no está suficientemente formada, que no es plenamente humano, se siente aliviado cuando en una situación angustiosa alguien que representa a la autoridad le dice: No te preocupes yo decido por ti; tú sim-plemente tienes que obedecer. Milgran dice: “La ironía es que las virtudes de lealtad, de disciplina de sacrificio, tan altamente apreciadas en el plano individual, son las mismas que conducen al hombre a crear en el plano de la colectividad organizada verdaderas empresas de destrucción… En su mayoría, la gente hace lo que se le ordena sin tener en cuenta la índole del acto prescrito y sin que su conciencia constituya un freno cuando la orden parece emanar de una autoridad o una ley legítima”.

Santidad, para E. Fromm; la gente se inclina a obedecer porque mientras obedecen al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión pública, se sienten seguros y protegidos. Mi obediencia me hace partícipe del poder que reverencio y por ello me siento fuerte.

Para desobedecer debemos tener el coraje de estar solos, de errar y de pecar. Pero el coraje no basta. La capacidad de coraje depende del estado de desarrollo de una persona. Sólo si una persona ha emergido como individuo plenamente desarrollado y adquirido así la capacidad de pensar y sentir por sí mismo, puede tener el coraje de decir “no” al poder, y desobedecer a una ley como la Ley Bossi-Fini.

No sólo la capacidad de desobediencia es la condición para la libertad y la justicia; la libertad y la justicia es también la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no”, no pue-do tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad, la capacidad de desobediencia y la justicia, son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la liber-tad y la justicia pero que reprima la desobediencia, no puede ser sincero. Santidad en la Iglesia que Usted dirige, hay mucho de esto, por eso la vergüenza de ver cientos de cadáveres, y pensar que mien-tras se ahogaban, había quienes miraban para otro lado, por temor a una ley que no se atrevía a des-obedecer, da que pensar ante la sinceridad de la vergüenza.

Mientras se siga reproduciendo la historia, y presentando a la obediencia como una virtud y a la desobediencia como un pecado, la creación seguirá perteneciendo a unos pocos, mientras que los mu-chos seguirán al servicio de los pocos que deberán de contentarse con las migajas; y para que esto siga siendo así, los muchos seguirán aprendiendo a obedecer.

Para que la obediencia surja del corazón del hombre y no tenga que ser impuesta por la fuerza, la autoridad asume la condición del Sumo Bien, de la suma Sabiduría, otorgándose el poder de procla-mar que la desobediencia es un pecado y la obediencia una virtud; y una vez proclamado esto, los mu-chos pueden aceptar la obediencia porque es buena, y detestar la desobediencia porque es mala, más bien que detestarse a sí mismos por ser cobardes.

Para el poder, para la organización, para el burócrata alienado, el hombre, la mujer y los niños se han transformado en números, ha perdido su capacidad de desobedecer. En este punto de la histo-ria, la capacidad de dudar, de criticar y de desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibili-dad de un futuro para la humanidad, y el fin de la civilización.

Esperamos y deseamos que las reformas que está Usted emprendiendo en su Iglesia, favorez-can que algún día, leyes como la Ley Bossi-Fini y otras, sean sólo papel mojado, que nadie esté dispues-to a obedecer.

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