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Reflexión 6 sobre la II Asamblea eclesial: Tres líneas para fundamentar acciones en el primer desafío: 3. Ser protagonistas de la vida social -- Agustín Cabré

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elcatalejodelpepe

Lo que pidió la II Asamblea eclesial de Chile fue exactamente “ser protagonistas de la vida social y no responder tardíamente, profundizando la dimensión social de la fe”. Reconocer que la fe tiene un compromiso de consecuencia con los temas sociales no es una novedad pero hay que remarcarla continuamente. Con demasiada naturalidad para muchos cristianas y cristianos la fe es algo redondo que no tiene puntas. ¡Y vaya que las tiene! Si la fe no está hecha vida en las obras es una fe muerta, dice la carta del apóstol Santiago.

Bastante tarde nos dimos cuenta de esto a nivel oficial en nuestra iglesia. Cuando el papa León XIII publicó el documento que dio inicio en los tiempos modernos a la llamada “doctrina social de la iglesia” (1891) ya hacía 23 años que Marx había entrado en el tema y había denunciado al dinero como causa de muchas maldades en el mundo (1867). Y aunque la encíclica de León XIII conocida por su nombre en latín “Rerum novarum” (“De las cosas nuevas”) habló del tema social y económico, lo hizo con un lenguaje tímido y poco novedoso en el concierto mundial. Tampoco la encíclica “Cuadragesimo anno” en 1931, publicada por Pío XI para recordar los cuarenta años de la Rerum Novarum, fue más allá de lo ya conocido. Los obreros del mundo no se sintieron interesados en ella. El lenguaje clerical que llamaba a los dueños del poder y los dineros a ser generosos y practicar la caridad como método para arreglar los problemas sindicales y proletarios no calentó a nadie. Fue recién el bueno de Juan XXIII, en 1963, quien publicó la encíclica “Pacen in terris” (La paz en la tierra) en donde se avanzaba en este tema al señalar las condiciones necesarias para que el mundo viviera en paz.

En años más recientes ha habido más denuncia de las causas que producen injusticias y empobrecimiento. Un lenguaje más claro y más fuerte. Pero el lenguaje oficial no cala en las mismas estructuras eclesiales. Cierta colusión de las jerarquías con el capitalismo económico, alguna participación en los negocios de las transnacionales, una estructura demasiado piramidal en la que el cono superior se afirma y sostiene sobre una base cada vez más amplia de los que solamente obedecen, todo eso ha dañado la imagen de una iglesia servidora del mundo. Lo que he dicho no lo he inventado. Por algo el papa Francisco expresa el anhelo de ser una iglesia sin grandes medios y ubicada entre los pobres. Si es un anhelo es porque se ha estado viviendo una realidad distinta. Por algo en estos días ha ordenado aclarar las cuentas de la banca vaticana (IOR) porque hay nebulosas que disipar.

Volviendo al historial en este campo, hay que reconocer que fue el papa Pablo VI el que incorporó definitivamente las grandes causas sociales de la humanidad como una misión evangelizadora de la iglesia. Si esa evangelización quiere ser integral debe incluir la promoción humana, la lucha por la dignidad, la justicia y la libertad y los derechos de las personas.

Hoy día cada vez de se con más claridad que existe un grave desorden establecido en la sociedad y que la ética individualista pregonada por el capitalismo salvaje, es una afrenta al plan de Dios porque hiere al ser humano y a toda la creación. No se equivocó Jesús cuando dijo que no se puede servir a Dios y al dinero. Tampoco se equivocó Carlos Marx cuando señaló al dinero como fetiche al que se le rinde culto. No se equivoca el axioma castellano: “poderoso caballero es don dinero”. La banca y el poder son un matrimonio humanamente exitoso. El dinero da poder y el que tiene poder domina a los demás. Esto lo acepta la sociedad como algo normal. A los cristianos nos debería indignar porque Jesús se enfrentó con todos los que de algún modo querían dominar a los demás: unos mediante el dinero (los ricos); otros mediante la religión (el templo de Salomón con toda su jerarquía sacerdotal); otros mediante la sabiduría (los escribas); otros mediante la política (los “ancianos”); otros mediante las normas de la Ley (los fariseos). Otros mediante la astucia (los mismos discípulos como es el caso de Juan y Santiago).

Pero ¿es tan malo el poder? Definitivamente no, si lo entendemos según la lógica del evangelio. Lo ha recordado el papa Francisco en uno de sus escritos, un libro que precisamente lleva por título “El verdadero poder es el servicio”, parafraseando las palabras de Jesús: “el que quiera ser mayor, que se haga el servidor de los demás”.
¿Es tan malo el dinero? Tampoco, si es un elemento que ayuda a la calidad de vida, si sirve para erradicar la miseria, para atender a los necesitados, para ser reconocido como medio y no como fin. Se vuelve perjudicial cuando es acumulado por unos pocos, cuando no se le reconoce su utilidad social, cuando se convierte en ídolo al que se sacrifica la naturaleza y al ser humano, cuando se vuelve insulto al darlo como una limosna a quien busca justicia.

Si nuestra iglesia quiere asumir protagonismo en la vida social tendrá que ser en base a sumar fuerzas con los que deben salir de la postración para sentarse a la mesa de la familia nacional con todos los derechos y deberes ciudadanos. Su protagonismo deberá ser por la dedicación al servicio de las necesidades populares. Será por hacer realidad una evangelización integral que abarque al ser humano en su totalidad, aquí y ahora, y no solamente a sus consolaciones espirituales.

Por eso extraña que aparezca como preocupación de ciertas jerarquías y entidades católicas el que exista una buena organización para que cientos de jóvenes asistan a la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil próximamente. Hay otras preocupaciones que afectan a miles y miles los jóvenes: ellos están luchando por una educación de calidad que no sea negocio de empresarios; ellos están codo a codo con las demandas de los trabajadores; ellos están en la denuncia del robo que hacen con toda “legalidad” las instituciones previsionales en los bolsillos de la gente. Ellos están en la calle y no en el avión que va a la jornada de Brasil.

Está bien que se asista a la gran fiesta de la juventud católica del mundo. Pero el acento no debe ponerse ahí sino en las urgencias. Si queremos una iglesia con protagonismo social…es evidente el camino por el que debe transitar.

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