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Respuestas a la pederastia: Papa, cardenales y jesuitas -- Sandro Magíster

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Reflexión y Liberación

A la ofensiva de los purpurados Schönborn y O’Malley contra Sodano, se une ahora la lúcida batalla de la «Civiltà Cattolica» contra la «cultura de la pedofilia»
Al escándalo de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, la jerarquía católica esta reaccionando en tres modos. El primero por iniciativa del Papa. El segundo por obra de unos cardenales. El tercero gracias a los jesuitas cultos de la «Civiltà Cattolica», con el imprimatur de la secretaría de Estado vaticana. La vía maestra es la trazada por el Papa.

La Iglesia – ha dicho Benedicto XVI en varias ocasiones, a partir de su carta del 19 de marzo a los católicos de Irlanda – debe entender que su más grande tribulación no nace de afuera, sino de los pecados cometidos dentro de ella. Y por lo tanto la penitencia es su primer deber, para abrirse a la conversión y en fin a la gracia renovadora de Dios.

El Papa ha dado los estímulos más fuertes para recorrer este camino en coincidencia con su peregrinación a Fátima. El mensaje de las apariciones de María a los pastorcillos se resume precisamente en esta palabra: «¡Penitencia!». Y el Papa teólogo no ha tenido temor, más aún, de unirse allí a la piedad popular.

Pero también después de su regreso a Roma de Portugal el Papa Joseph Ratzinger ha insistido en recorrer este camino. Lo ha hecho con un mensaje y con un saludo.

El mensaje es el dirigido al Kirchentag, la kermesse ecuménica de católicos y protestantes alemanes tenida en Munich del 12 al 16 de mayo. El texto papal está fechado el 10 de mayo y ha sido leído está fechado el 10 de mayo y ha sido leído en la apertura del evento. Pero vista la escasa atención que ha recibido en Alemania, la sala de prensa vaticana ha previsto distribuirlo a los medios de todo el mundo el sábado 15 de mayo, con traducción italiana del original alemán.

El mensaje está previsiblemente escrito de puño y letra. Es una invitación a «estar alegres en medio a todas las tribulaciones», porque si en la Iglesia hay tanta cizaña, esta no llegará nunca a ahogar al grano bueno. Y si bastaban diez justos para librar del fuego a Sodoma, «gracias a Dios en nuestra ciudad hay mucho más de diez justos».

En cuanto al saludo, es el que Benedicto XVI ha dirigido el domingo 16 de mayo a medio día, después del rezo del «Regina Cæli», a los 200 mil fieles que llenaban la plaza San Pedro y las vías adyacentes, llegados de toda Italia para manifestar su adhesión al Papa (ver foto).

«Nosotros cristianos no tenemos miedo del mundo, aunque debemos guardarnos de sus seducciones», les dijo Benedicto XVI, porque «el verdadero enemigo que temer y que combatir es el pecado, el mal espiritual, que a veces, lamentablemente, contagia también a los miembros de la Iglesia».

Es seguro que Benedicto XVI regresará sobre el mismo argumento el 10 y 11 de junio próximos, en la vigilia de oración y en la misa con la que cerrará el Año Sacerdotal querido por él precisamente para volver a darle vida espiritual al clero.

2. EL ENFRENTAMIENTO EN EL SACRO COLEGIO

Mientras el Papa Benedicto traza la línea maestra, entre sus cardenales hay quien extrae consecuencias a nivel del gobierno de la Iglesia.

Los purpurados salidos a la luz son el austriaco Christoph Schönborn, arzobispo de Viena y el estadounidense Sean O’Malley, arzobispo de Boston. El primero con declaraciones difundidas el 4 de mayo por la agencia Kathpress, el segundo con una entrevista del 14 de mayo a John L. Allen para el «National Catholic Reporter».

Uno y otro han golpeado duro al cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado de Juan Pablo II y luego del mismo Benedicto XVI en el primer año de pontificado. Lo han acusado de haber largamente obstaculizado la obra de limpieza emprendida por el entonces cardenal Ratzinger en relación a personalidades del peso de Hans Hermann Gröer, arzobispo de Viena y de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, ambos acusados de abusos sexuales, finalmente – demasiado tarde – reconocidos culpables.

Además, Schönborn y O’Malley han reprendido a Sodano por haberles restado importancia llamando a «habladurías» a las acusaciones lanzadas por los medios contra la Iglesia por motivo de la pedofilia, haciendo con eso un «daño inmenso» a las víctimas de los abusos. Sodano se expresó así en el acto de homenaje leído por él a Benedicto XVI el día de Pascua a nombre de todo el colegio cardenalicio: acto de homenaje no solicitado ni mucho menos «suplicado» por el Papa, como ha considerado necesario precisar el padre Federico Lombardi, director de la sala de prensa de la Santa Sede.

Estas acusaciones al insipiente Sodano, opuesto al prudente Ratzinger, arrojan una sombra también sobre el pontificado de Juan Pablo II, durante el cual los abusos sexuales entre el clero alcanzaron su pico, sin un eficaz obra de contraste.

Pero Schönborn y O’Malley no llegan a esto. El Papa Wojtyla, dicen, estaba demasiado viejo y enfermo para tomar en mano la cuestión. Y a su alrededor «le hacían de escudo protector» sus colaboradores, los cuales se ilusionaban con que el asunto afectaba a Estados Unidos y no al resto del mundo. A juicio de O’Malley, Sodano y otros jefes de la curia actuaban así «más por ignorancia que por malicia».

Es un hecho que Sodano es hoy el decano del colegio cardenalicio, como lo fue Ratzinger cuando murió Wojtyla. Ante la eventualidad de un cónclave, sería por lo tanto él quien presidiría en el ínterin, con los medios de todo el mundo que implacables harían escarnio público de él, con desgracia de imagen para toda la Iglesia. Es también para conjurar este final que dos cardenales de primer plano como Schönborn y O’Malley han metido fierro a fondo. Quieren que Sodano salga definitivamente de escena, lo antes posible.

Pero no es todo. La ofensiva de los dos cardenales encuentra apoyo en la curia, de hecho, del sucesor de Sodano en la secretaría de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone.

Bertone era secretario de la congregación para la doctrina de la fe, al lado de Ratzinger, cuando este era «obstaculizado» por Sodano y compañía. Y hoy muestra que quiere llegar también él a un ajuste de cuentas, contra la vieja guardia curial.

Se ve en la severidad con la que Bertone está conduciendo la operación de «limpieza» de los Legionarios de Cristo, la congregación fundada por el indigno Maciel, defendido y exaltado hasta el último no sólo por Sodano, sino también por el entonces secretario personal de Juan Pablo II, Stanislaw Dziwisz, y por otros jefes de curia.

Se ha notado además en el modo como el 15 de abril Bertone ha desautorizado – con un comunicado cortante del portavoz vaticano Lombardi – una carta escrita en el 2001 por el entonces prefecto de la congregación para el clero, cardenal Darío Castrillón Hoyos, apoyando a un obispo francés condenado por haber rechazado denunciar un sacerdote suyo culpable de pedofilia.

Castrillón Hoyos se defendió diciendo que hizo leer esa carta a Juan Pablo II y que obtuvo su aprobación para la misma. Pero es un hecho que hoy aquel comportamiento suyo ya no se admite. En el penúltimo número de la «Civiltà Cattolica», la revista de los jesuitas impresa con el previo control de la secretaría de Estado vaticana, son puestos como ejemplo de buena conducta las diócesis de Mónaco, Colonia y Bolzano, «donde los obispos han asumido una actitud que se podría definir ‘proactiva’, es decir, preventivamente colaboradora en relación a las autoridades civiles».

Y con este artículo de la «Civiltà Cattolica» nos encontramos con la tercera modalidad de reacción al escándalo de la pedofilia.

3. LA BATALLA CULTURAL

Los artículos propiamente son dos, al inicio de los números del 1º de mayo y del 15 de mayo del 2010 de la revista. Los autores, los padres jesuitas Giovanni Cucci y Hans Zollner, enseñan psicología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y enfrentan la cuestión de la pedofilia desde la perspectiva psicológico-social.

En el primero de los dos artículos los autores describen, sobre la base de la literatura científica, las características de la pedofilia, la personalidad de los autores de tales actos – que frecuentemente de niños fueron víctimas de abusos – y su incidencia entre el clero católico, en dramático contraste con el otro perfil moral y educativo que debería caracterizar tal vocación.

Entre las lecciones que se han de sacar del escándalo, los autores insisten sobre la preparación de los candidatos al sacerdocio, cuyo equilibrio y madurez deben ser seriamente verificados.

Desmienten que haya un nexo de causa-efecto entre el celibato y la pedofilia.

Y en cuanto a la solicitud de reducir al estado laical a los sacerdotes culpables de pedofilia observan:

«Cierto, este puede ser también un procedimiento necesario, previsto por el código de derecho canónico, pero quiere decir que eso sea la mejor medida para las potenciales víctimas, los niños, y para el mismo abusador, que frecuentemente reingresa a la sociedad sin ningún control y, dejado a sí mismo, vuelve a cometer abusos. Esto ha sido el caso de James Porter, sacerdote de la diócesis de Fall River (Massachusetts): una vez dimitido, de hecho no fue perseguido por las autoridades civiles, se casó y poco después fue incriminado por las molestias cometidas a la niñera de sus hijos».

En el segundo artículo, Cucci y Zollner denuncian el «extraño silencio» que se registra sobre la cuestión no sólo de parte de quienes se desenvuelven en el mundo de la educación (padres, maestros, etc.) sino sobre todo de quien sería el más autorizado para hablar de ello con conocimiento de causa: psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas.

La literatura científica sobre el tema parece reticente e incierta. Los más grandes diccionarios y enciclopedias dedican a la pedofilia pocas líneas en miles de páginas. Y lo mismo sucede para la efebofilia. En consecuencia, en el debate público, la competencia es sustituida por el «se dice». Y se alimenta ese «pánico moral» que distorsiona las reales dimensiones del problema.

En una opinión pública tan confusa, Cucci y Zollner remarcan que «se oscila entre la criminalización y la liberación». Citan numerosos casos en los que se ha defendido la pedofilia en nombre de la libertad sexual. Recuerdan un documento y un congreso con ese objetivo, cuyo organizador era el partido radical italiano, en 1998, en el palacio del senado. Hacen referencia a la constitución en Holanda, en el 2006, de un partido pro-pedofilia. Hacen notar que el actual ministro de justicia del gobierno federal alemán, Sabine Leutheusser-Schnarrenberger, hoy entre los más enardecidos críticos de la Iglesia, hacía parte del directivo de la Humanistische Union cuando esta organización se batía por la liberalización de todos los actos sexuales «consentidos», incluso aquellos realizados con menores.

«Estas observaciones – concluyen los dos autores – requerirían que se vuelva a poner en discusión un contexto cultural más amplio y frecuentemente acríticamente aceptado, que aprueba las trasgresiones y las perversiones como manifestaciones de libertad y de espontaneidad». Para ser reconocida como una perversión, la pedofilia «requiere el reconocimiento de una norma ética y psicológica, antes que jurídica».

Por lo tanto, dicen estos Jesuitas, la batalla debe ser también cultural. Una batalla en la que la Iglesia del Papa Benedicto está en primera fila.

Sandro Magíster / Roma, mayo de 2010

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