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Respuesta al cardenal Sarah contra la posibilidad de sacerdotes casados (13) -- Rufo González

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Ordenar hombres casados no “enturbia el modo de entender el sacerdocio”
Agrupa este supuesto enturbiamiento en cinco temas: ¿Qué es una excepción? El celibato eucarístico. El celibato sacerdotal y la inculturación. Hacia un sacerdocio radicalmente evangélico. La vocación sacerdotal: una vocación a la oración.

Fiel a su noción del sacerdocio (“vínculo ontológico sacramental entre el sacerdocio y el celibato”), dice que el caso de los pastores protestantes venidos a la Iglesia católica es una excepción transitoria. Pero la escasez de sacerdotes no puede ser excepción. Lo que ocurre en países de misión y en el Occidente secularizado ya lo vivió la Iglesia primitiva y “no por ello renunció al principio de la continencia del clero”. Ordenar hombres casados, dice, “es una brecha, una herida infligida a la coherencia del sacerdocio… En las comunidades cristianas jóvenes impediría suscitar vocaciones de sacerdotes célibes. La excepción se convertiría en un estado permanente perjudicial para una noción correcta del sacerdocio” (p. 127). No resuelve la falta de sacerdotes, separa los tres oficios (santificar, enseñar, gobernar) inseparables si sólo administran sacramentos, con clero casado y célibe se instala bajo y alto clero, “enturbia la auténtica noción del sacerdocio” (p. 128-129).

Respuesta:

– El celibato no surge vinculado al sacerdocio sino al monacato, opción de vida en común o en soledad. No procede de Jesús ni de la Iglesia primitiva. La continencia matrimonial se exige en el siglo III por ignorancia y superstición sobre el sexo y el celibato en el siglo XI.

– Lo que “enturbia la auténtica noción del sacerdocio” es la falsa noción del sacerdocio, basada en un principio falso: “hay un vínculo ontológico-sacramental entre el sacerdocio y el celibato”. El celibato “no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias orientales” (PO 16). Respetar la voluntad de Jesús supone respetar celibato y ministerio tal como lo da el Espíritu: juntos o separados. Comunidad y dirigentes deben discernirlos, no vincularlos por ley obligatoria.

“El celibato sacerdotal nace de una nupcialidad eucarística necesaria” (p. 130). Así “el sacerdote comprende la motivación teológica de la ley eclesial del celibato” (Juan Pablo II en PDV 29). Pablo VI: “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión (Sacerd. Coelibatus 26)” (p. 130-131). Cita la homilía de sus bodas de oro: “Un sacerdote es un hombre que ocupa el lugar de Dios.. Su lengua, de un pedazo de pan, hace un Dios… En cada misa el sacerdote se encuentra cara a cara, se identifica, se configura con Jesús. No se convierte solamente en `alter Christus´, en otro Cristo: es realmente `ipse Christus´, el mismo Cristo. Está investido de la persona del mismo Cristo, configurado por una identificación específica y sacramental con el Sumo Sacerdote de la Alianza eterna (cfr. Ecclesia de Eucharistia, nº 26)” (pp. 131-132). “El sacerdote aprende en la eucaristía la lógica del celibato… El vínculo entre la continencia y la celebración eucarística percibido desde siempre por el `sensus fidei´ de los fieles, tanto en Occidente como en Oriente, no tiene nada que ver con un tabú ritual en torno a la sexualidad: es una honda percepción de la `forma eucarística de la existencia cristiana´ (Benedicto XVI, `Sacramentum Caritatis ”, 81)” (pp. 134-135). Termina con una cita del cardenal Ouellet: “el celibato equivale a la oblación eucarística del Señor que, por amor, ha entregado su cuerpo una vez por todas, hasta el extremo de la distribución sacramental, y exige a quien ha sido llamado respuesta del mismo orden, es decir, total, irrevocable e incondicional” (Celibato e legame nuziale di Cristo alla Chiesa, LEV, 2016, p. 50). “Estoy profundamente convencido de que el pueblo cristiano `reconoce´ a sus sacerdotes gracias a este signo” (p. 136).

Respuesta:

– No es verdad que “el celibato sacerdotal nace de una nupcialidad eucarística necesaria”. El celibato por el reino de Dios es un don del Espíritu Santo. Compararlo con las nupcias de Cristo con la Iglesia sirve para el celibato de todo bautizado. Esta conexión con la Eucaristía no avala en absoluto su vinculación legal con ministerio alguno.

– No es verdad que “el vínculo entre la continencia y la celebración eucarística… no tiene nada que ver con un tabú ritual en torno a la sexualidad”. Basta leer las razones de la “continencia” en el argumento bíblico del papa Siricio: “`los que están en la carne no pueden agradar a Dios´ [Rm. 8, 8]”. Y en el 2º y 4º Concilio de Cartago (a. 390 y 419): “conviene que todos aquellos que sirven en los divinos sacramentos, sean continentes por completo para que puedan obtener sin dificultad lo que piden al Señor”.

– A la vida de todo bautizado la Eucaristía le “confiere un significado sacrificial”. La frase de Ouellet (“el celibato equivale a la oblación eucarística…”) es una equivalencia piadosa que en nada conduce al celibato sacerdotal obligatorio. Toda vocación cristiana “exige a quien ha sido llamado una respuesta del mismo orden, es decir, total, irrevocable e incondicional”, evangélica, pero no celibataria conjunta con el ministerio sacerdotal.

La reflexión sobre “el celibato sacerdotal y la inculturación” parte de su indignación al oír que “los pueblos de la Amazonía no comprenden el celibato o que dicha realidad sea ajena a su cultura. Vislumbro una mentalidad despectiva, neocolonialista e infantilizadora… Todos los pueblos del mundo son capaces de comprender la lógica eucarística del celibato sacerdotal. ¿Acaso estos pueblos carecen del instinto de la fe?…” (p.137). Cita al misionero salesiano Martín Lasarte: “pese a la ausencia de sacerdotes…, los ministros laicos tienen comunidades vivas… La propuesta de los `viri probati´… es una propuesta ilusoria, casi mágica, que no toca el problema real de fondo…” (p. 137). En los pueblos en torno al río Congo, en los últimos diez años las vocaciones sacerdotales han crecido un 32%. “¿Cómo es posible que en pueblos con tantas riquezas y similitudes antropológicoculturales, hayan florecido las comunidades y las vocaciones sacerdotales, y en unas partes de la Amazonía… hay una esterilidad eclesial y vocacional?… Donde hay una acción evangelizadora rigurosa, auténtica y constante, no faltan vocaciones sacerdotales” (p. 139-140). “Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas” (Ev. Gaudium 107). “Los cimientos del problema son la falta de fe y de fervor apostólico”. Con pretexto de inculturación, se defienden los derechos y se fomenta la economía, pero no se anuncia el Evangelio. “Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover encuentro del hombre con Dios…” (Benedicto XVI). “Queremos hacer visible mediante el celibato lo que el mundo no quiere ver: solo Dios basta” (p. 142).

Respuesta:

– ¿“Todos los pueblos del mundo son capaces de comprender la lógica eucarística del celibato sacerdotal” obligatorio? En la Iglesia hay infinidad de bautizados y “ordenados” que no lo comprenden ni comparten. Lo que Jesús dejó en libertad, no debería imponerse. Exigir dos carismas en la misma persona es obligar a Dios a darlos así, tentar y forzar su mano, ponerle a prueba, exigirle que se cumpla nuestra voluntad.

– La ley del celibato no pertenece a la esencia de la fe cristiana ni del sacerdocio, ni es principio fundamental del Evangelio. Es una ley eclesial muy discutida históricamente, que no viene de los orígenes, que Jesús no practicó al elegir apóstoles casados y solteros, que las comunidades neotestamentarias no exigieron, que el mismo san Pablo dijo que “acerca de los célibes no tenía precepto del Señor” (1Cor 7,25). Según el Evangelio, todos deben reconocernos por el amor mutuo (Jn 13,35), no por el celibato, signo discutible y ambiguo.

– Nadie pone en cuestión que el celibato por el Reino es un valor evangélico. Lo que se cuestiona es la ley que vincula sacerdocio ministerial y celibato.

Leganés, 6 de mayo de 2021

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