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Respuesta al cardenal Sarah contra la posibilidad de sacerdotes casados (12) -- Rufo González

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“Un importante desafío eclesiológico”
Comento hoy el último apartado de la “confusión eclesiológica”, a que da lugar “la posibilidad de ordenar a hombres casados”, según el cardenal Sarah. Afirmación rotunda: “Estas confusiones revelan un profundo error eclesiológico” (p. 117). Dichas confusiones son: -transmitir una señal lamentable de clericalización del laicado; -debilitar el celo misionero de los laicos al entender que la misión está reservada al clero…; – confusión de los estados de vida; -enturbiar el significado del matrimonio; -debilitar el apostolado de los bautizados; -impedir entender Iglesia como la Esposa de Cristo; -confusión del verdadero lugar de la mujer” (p. 115-116). En el artículo anterior demostré que “estas confusiones” no son reales en la Iglesia actual. Luego el “profundo error eclesiológico” no es tal.

Su “importante desafío eclesiológico” es la tentación de “razonar de modo meramente funcional” (p. 116). La Iglesia no puede considerarse como “una institución sociológica”. Es el “cuerpo místico de Cristo vivificado por los carismas, los dones gratuitos concedidos por el Espíritu Santo” (p.c.). Se apoya en textos de J. Ratzinger con una gran cita de “Los movimientos en la Iglesia. Nuevos soplos del Espíritu” (Madrid. San Pablo 2006). Texto de una conferencia, coloquio con otros obispos y la homilía, siendo Papa, del encuentro de movimientos y comunidades eclesiales en Roma en Pentecostés de 2006.

Estas son sus ideas clave recogidas del texto del cardenal Ratzinger:

– “el sacramento del Orden es la única estructura permanente y vinculante que da a la Iglesia su estructura estable originaria y la constituye como `Institución´… Que sea un `sacramento´ significa… que este debe ser continuamente actualizado por Dios… La Iglesia no dispone autónomamente de él… Solo secundariamente se realiza por una llamada de la Iglesia; primariamente se actúa por una llamada de Dios dirigida a estos hombres, digamos en modo carismático-pneumatológico” (p. 117).

– La Iglesia “debe esperar a la llamada de Dios. Es por esta misma razón -y, en definitiva, solo por esta- que puede tenerse penuria de sacerdotes… Este ministerio no puede ser producido por la Institución, sino que es impetrado a Dios… `Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies´ (Lc 6,12ss)” (p 118).

– “La Iglesia latina ha subrayado explícitamente tal carácter rigurosamente carismático del ministerio presbiteral, y lo ha hecho vinculando la condición presbiteral con el celibato, que con toda evidencia puede ser entendido solo como carisma personal, y no simplemente como cualidad ministerial” (p.118).

– “La pretensión de separar la una de la otra se apoya sobre la idea de que el estado presbiteral pueda ser considerado no carismático, sino… como puro y simple ministerio que toca a la Institución misma conferir” (p. 119).

Respuesta

– Según la eclesiología del Vaticano II, no es “el sacramento del Orden la única estructura permanente y vinculante que da a la Iglesia su estructura estable originaria y la constituye como `Institución´”. La estructura “permanente y vinculante” que constituye en Pueblo de Dios, y fundamenta la participación en la misión de Cristo de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo es la consagración bautismal (LG 31). La Exhortación “Christifideles Laici” (1988) lo deja muy claro: por el don del Espíritu Santo, la Iglesia se estructura como comunión orgánica de la diversidad y complementariedad de ministerios y carismas. Todo ministerio “participa del ministerio de Jesucristo” (n. 21). Todos nacen del Bautismo, de la Confirmación, del Orden y del Matrimonio (n. 22-23).

– Todos los sacramentos deben ser actualizados por el Espíritu. Todos tienen elemento carismático. “La penuria de sacerdotes” no es sólo por “la llamada de Dios a la que debe esperar la Iglesia”. La vinculación ministerio-celibato es causa, no de Dios, sino de la Institución. Hay que orar por todas las vocaciones: por la vocación cristiana (primera y fundamental), y por las ministeriales o de servicio a la propia Iglesia y al mundo.

– La vinculación de “la condición presbiteral con el celibato” es vincular por ley dos carismas del Espíritu para el bien común. Vinculación que impide ejercer uno de ellos si no se tiene el otro. Eso obliga a Dios a darlos a la misma persona. Eso es tentar a Dios, forzar la mano de Dios, poner a prueba a Dios, exigir a Dios que se cumpla nuestra voluntad. “El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1Cr 12,11). Y añade un falsedad: “La pretensión de separar la una de la otra se apoya sobre la idea de que el estado presbiteral pueda ser considerado no carismático, sino… como puro y simple ministerio que toca a la Institución misma conferir” (p. 119).

De estas premisas deduce estas conclusiones:

– “la ley del celibato, piedra de toque de una sana eclesiología. El celibato es la muralla que permite a la Iglesia evitar comprenderla como una institución humana cuyas leyes son la eficacia y la funcionalidad. El celibato sacerdotal abre la puerta a la gratuidad… Protege la iniciativa del Espíritu e impide que nos creamos dueños y creadores de la Iglesia” (p. 120).

– Recuerda a Juan Pablo II: “el celibato sacerdotal no se puede considerar simplemente como una norma jurídica ni como una condición totalmente extrínseca para la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación, que configura con Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia” (PDV 50). El celibato expresa y manifiesta en qué medida la Iglesia es obra del Buen Pastor antes que nuestra” (p. 121).

– “La propuesta de crear `ministerios´ se inserta en el marco institucional `de derecho humano´… Los ministerios no ordenados no son en sí una vocación personal a un estado de vida. Son servicios que todo bautizado puede prestar temporalmente… Es necesaria mucha prudencia a la hora de plantearse la creación de `ministerios laicos´. Corremos el riesgo de quitarle a Dios el sitio y de organizar la Iglesia de un modo exclusivamente humano. Hemos de tener el valor de perseverar en la oración por las vocaciones” (p. 121-125).

Respuesta:

– La ley del celibato no supone “una sana eclesiología”, ni es “

” que evita la incomprensión de la Iglesia, ni “la puerta a la gratuidad en el cuerpo eclesial”, ni “protege la iniciativa del Espíritu Santo”, ni “impide creerse dueños y creadores de la Iglesia”. Justo al revés: quien impone cargas no evangélicas suplanta al Espíritu (He 15,28).

– El celibato “no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1, 6) y la tradición de las Iglesias orientales…” (PO 16). Por ejemplo, la iglesia persa, visitada poco ha por el papa Francisco, reaccionó pronto. El concilio de Beth Edraï (a. 486), rechazó prohibir el matrimonio a los clérigos. Esta norma, dijo, es una de “esas tradiciones nocivas y gastadas a las que debían poner fin los pastores”. Demostró la falsedad de la presunta “tradición apostólica”. “Matrimonio y procreación de hijos, ya sea antes o después del sacerdocio, son buenos y aceptables a los ojos de Dios” (H. Crouzel: “Sacerdocio y Celibato”; AA. VV., Dir. J. Coppens, BAC 1971, p. 292-293).

– Todos los ministerios son “participación en el ministerio de Jesucristo” (CL n. 21). “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1Cor 12,7-11). Los responsables eclesiales “no deben apagar el Espíritu, ni despreciar las profecías, sino examinar todo y quedarse con lo bueno” (1Tes 5,19-21).

Leganés, 8 de abril de 2021

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