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CURAS DE BARRIO. S. Hidalgo y A. Corcuera

Publicado en

El País

En Madrid hay 360 parroquias y sus sacerdotes se sienten más cerca de la gente que la jerarquía eclesiástica
El cierre de la parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías, por no atenerse a la jerarquía eclesiástica ha sacado a la luz el trabajo de sus tres sacerdotes con los más marginados. Como Enrique de Castro, Javier Baeza y Pepe Díaz, en Madrid hay decenas de sacerdotes que trabajan a pie de calle. Son los curas de barrio.

Muchos de ellos, además, comparten con los tres sacerdotes rebeldes la creencia de que la liturgia tiene que adaptarse a la realidad social. Este cristianismo de base surgió en Latinoamérica. A España llegó en la década de los años setenta y ochenta. Justo cuando la heroína empezaba a hacer mella en la generación de jóvenes de la periferia. Los sacerdotes desembarcaron en Entrevías, pero también en Carabanchel y Canillejas. Desde sus parroquias ayudan a los yonquis; también a sus madres o a los inmigrantes. También luchan por acercar a la población a los templos, cuando la estadística dice que aproximadamente sólo 4 de cada 10 españoles se consideran católicos practicantes.

Al frente de la parroquia de Pan Bendito (Carabanchel) trabaja el párroco Julio Yagüe. Él conoce de sobra a los curas de San Carlos Borromeo (Entrevías), a los que el arzobispado de Madrid ha prohibido dar misa por no atenerse a las reglas eclesiásticas. Con ellos ha compartido encierros y manifestaciones en los años ochenta contra el deterioro de los barrios por culpa de la droga.

La colonia de Pan Bendito tiene un 21% de población inmigrante. «En la parroquia damos apoyo a los marginados, pero ellos tienen que enfrentarse solos a la vida», argumenta el sacerdote, de 59 años. Una mujer, Paula, interrumpe la conversación. Está buscando un sitio donde pasar la noche: sus hermanos la han echado de casa. El cura le da el nombre de varios albergues.

La parroquia tiene mucho trabajo: en el barrio hay gente trabajadora, pero también droga y delincuencia. La mezcla de gitanos, payos e inmigrantes dificulta la convivencia. Como muestra, el cura enseña una pintada enfrente del templo. Alguien escribió primero: «Gitanos de mierda». Luego, otro la tachó y puso al lado: «Pallos de cagaos».

La iglesia de Pan Bendito tiene varios proyectos. Uno trabaja con menores para que no caigan en la droga. También hay talleres de reinserción laboral para chavales que han dejado los estudios. Allí aprenden diseño gráfico por ordenador y arreglo de computadoras. Otros servicios que ofrece la parroquia son el de la búsqueda de empleo, la alfabetización o la ayuda a drogodependientes. «A los que están en metadona todos los días les damos algo que hacer, y también hacemos un seguimiento a sus familias», explica Yagüe, que muestra un Cristo tallado en un tronco por un drogadicto.

Yagüe sí que viste alba y estola y da hostias en la eucaristía. Pero cree que la liturgia tiene que adaptarse a la realidad, «con respeto», y que cada uno puede entender la fe como le apetezca. «Cada sacerdote trata de responder a su público», señala. «Teníamos aquí una mujer, María Jesús, que hace unos seis meses fue hallada muerta en un banco de Arganzuela. Pues venía a misa, con su aspecto desaliñado, y se sentaba en primera fila. Alzaba las manos al cielo y gesticulaba, y todos la respetaban», dice. Él se sentaba muchas noches con María Jesús a hablar mientras ella bebía de su litrona.

A Julio Yagüe, lo ocurrido con la parroquia de Entrevías le parece «poco sensato». «La Iglesia tiene que ser dialogante. Me duele ver a unos sacerdotes amigos míos sentirse mal. Ante la sociedad hay que dar ejemplo de diálogo», critica el párroco. Muchos parroquianos de Pan Bendito están perplejos por la clausura de San Carlos Borromeo. «Hay gente que no entiende de profundidades teológicas, sólo de que son atendidos en sus iglesias», opina Pedro Gómez.

El mismo desánimo corre entre los feligreses de la parroquia de San Atanasio, en Tetuán. «Los siguientes vamos a ser nosotros», teme una feligresa. El sacerdote José Luis Morales, de 75 años, describe su parroquia «como un cacho de garaje». Y es que, efectivamente, el templo es un garaje que los feligreses comparten con un taller. En la puerta del local pone: «Parroquia de San Atanasio / Aluminios Vima». Y para entrar hay que bajar una cuesta y abrir una puerta metálica.

En esta iglesia sus parroquianos se vuelcan, entre otras acciones, en la ayuda social a los inmigrantes. Sobre lo ocurrido con el cierre de la parroquia de Entrevías, el sacerdote de este peculiar templo cree que, como los curas rebeldes, la liturgia tiene que adaptarse a la realidad social. En su misa, por ejemplo, no hay homilía «ni rollo del cura». «La gente comenta las lecturas desde lo que la palabra de Dios le dice al creyente, sobre cómo repercute en su vida diaria», explica el sacerdote. Él vivió seis años en Perú y allí estudió el movimiento de la teología de la liberación, al que pertenecen los curas de San Carlos Borromeo, y del que este sacerdote de Tetuán es «simpatizante y amigo». «La jerarquía eclesiástica está satisfecha aplaudiendo el paternalismo con los marginados, el limosneo. Y les parece peligroso que se ponga a los marginados en el centro de la Iglesia», opina.

En Madrid hay 360 parroquias y 4 de cada 10 vecinos se consideran católicos practicantes, según datos de 2006 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Muchos madrileños se han alejado de los templos al no sentirse identificados con la liturgia. Las iglesias de barrio buscan con sus signos sencillos volver a atraer a los feligreses. Estas comunidades de base surgieron después del Concilio Vaticano II, sobre todo en América Latina. En España nacieron en los años setenta y ochenta como reflejo del movimiento latinoamericano y tuvieron su máximo referente en la figura del padre José María Llanos, que luchó contra la marginación en el Pozo del Tío Raimundo.

Una época que coincidió con la entrada de la heroína en la vida de los jóvenes de los barrios de la periferia. Los curas más progresistas tomaron las parroquias de los barrios obreros para ayudar a los yonquis. Y también sus madres, y a las mujeres maltratadas, y a los chavales que abandonaron la escuela antes de tiempo, y ahora a los inmigrantes. Mientras, se han ido alejando de la jerarquía, aunque visto lo visto con Entrevías, muchos sacerdotes progresistas tienen miedo a represalias.

«Queremos otra Iglesia y ésta nos hace llorar», afirma Fabián Fernández de Alarcón, de 71 años y párroco de Santa María de Fontarrón (Puente de Vallecas). Sorprende mucho que lo haga él, precisamente un cura, pero seguramente representa el sentir de muchos compañeros suyos. La Iglesia, entendida como la jerarquía o el poder, está alejada de la gente. Ésa es la principal conclusión tras una conversación con él. La causa del abandono de «muchos es la decepción que sufren» por la jerarquía eclesiástica.

Con él coinciden otros curas. Como Julio Lois, de la parroquia de Santo Tomás de Villanueva (Puente de Vallecas), que afirma: «Entrevías es la expresión de los problemas de la Iglesia». Rafael Rojo, párroco de Canillejas, añade: «Si se cierra Borromeo por no hacer bien la liturgia, tendrían que cerrar otras 300 parroquias por lo contrario: por no cumplir su parte social».

Hostias de pan pagès
Fabián, el párroco de Santa María de Fontarrón, usa su túnica blanca los domingos, pero no lo hace en determinadas eucaristías con niños y jóvenes. Además, el pan que usa en las misas «es diferente al de las hostias normales». Y cuenta: «Para mí lo importante es partir el pan. Hoy [Jueves Santo] he comprado un pan de pagès». En sus misas se trata de dialogar. «No sé si es atípico, pero es lo que hacemos», dice. Esa costumbre también la sigue Julio Lois, de Santo Tomás de Villanueva: «Leemos la palabra de Dios y la gente reflexiona».

Fabián se siente algo incómodo si le preguntas por la liturgia antes que por la labor social de su parroquia. «Rehabilitación de drogadictos, bolsa de empleo, talleres para chavales con problemas, escuela de adultos…» son algunas actividades en las que se implica Santa María de Fontarrón. Este cura acude «personalmente a ver a jóvenes a la cárcel». Su única queja: la diferencia entre prisiones. Mientras que en Soto del Real nunca tiene problemas para ver a chavales reclusos de su barrio, «en alguna prisión, que prefiero no nombrar, no me facilitan las visitas».

Fabián recuerda cuando el barrio de Fontarrón era un mar de chabolas. «Es un barrio de realojamiento y había muchos problemas de droga». Está implicado en todas las actividades de su parroquia, pero tiene que delegar: «No puedo estar en todo».

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