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Reportaje a Clelia Luro: «Muchos curas deben elegir: la parroquia o la mujer que aman» -- Magdalena Ruiz Guiñazú

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Enviado a la página web de Redes Cristianas
Vivió una larga historia de amor con Jerónimo Podestá, obispo de Avellaneda, que dejó todo por ella y fundó el movimiento de curas casados. Por qué el caso de Bargalló muestra que la jerarquía católica atrasa 200 años.

«Muchos curas deben elegir: la parroquia o la mujer que aman»
Dilema. «Muchos curas viven una doble vida. Si se enamoran, deberán poder casarse y fundar su familia».
En una semana de turbulencias en las que una venganza política permitió que la opinión pública tomara conocimiento de la relación amorosa del renunciante obispo de Merlo, a través de fotografías tomadas en el Caribe, surge en el recuerdo otra historia de amor y lucha como fue la relación del entonces obispo de Avellaneda Jerónimo Podestá con Clelia Luro.

Para recordarla es indispensable, claro, volver a una discusión que Benedicto XVI parece querer ignorar. Nos referimos, desde ya, a la urgencia de aceptar, dentro de la Iglesia Católica, el celibato optativo. Todas las religiones aceptan, efectivamente, el matrimonio de sus ministros. Los rabinos, los ministros protestantes, los miembros del rito oriental dentro del catolicismo etc., nos recuerdan que, por ejemplo, los apóstoles de Cristo eran casados y que recién muchos siglos más tarde algún Concilio decidió que tener una familia propia no era conveniente para alguien que había elegido el camino de Dios.

Fuimos entonces en busca de hechos que conmovieron a la sociedad de los años sesenta cuando el entonces presidente Onganía hacía prohibir, en el Teatro Colón, La consagración de la primavera de Stravinsky con la puesta de Oscar Araiz por considerarla pecaminosa.
Hoy, Clelia Luro vive como siempre, en la avenida Gaona, en la casa que compartió con el obispo Podestá. Una casa vetusta, llena de encanto, pintada en color ocre y como desprendida (en su propio silencio) del tránsito incesante que circula por su puerta.

En el interior fluyen los recuerdos: artesanías peruanas, fotografías, palmeras apacibles, el báculo y la mitra de quien fuera obispo de Avellaneda. Todo recuerda un momento muy especial en la vida de estas dos personas: Clelia y Jerónimo Podestá. Ella, una inteligente madre de seis hijas. Él, como decíamos, obispo de Avellaneda y su encuentro, su opción y sus incesantes luchas relatados a lo largo de varios libros que Clelia ha ido publicando a lo largo de los años.

—¿Cómo empieza tu historia con Jerónimo?. Se produce un pequeño silencio. Si es que tenés ganas de hablar de esto.
—No es que no tenga ganas, lo que ocurre es que es muy… muy largo. Empieza cuando yo llego a Avellaneda a pedirle al obispo que interceda por un cura alcohólico, borracho, que estaba en falta. Y bueno, ahí, como yo era una militante desde siempre, me di cuenta que tenía frente a mí a un obispo que estaba consagrado a la gente. Me gustó su forma de pensar, a tal punto que me dije: “yo por este hombre me juego la vida”.

Pero no pensé en otras cosas ¿viste? Si no, en cambio, que había dado con un obispo como siempre había soñado y que jamás había encontrado. Entonces Jerónimo, poco a poco, me puso a trabajar con él. Me nombró secretaria privada. Aquí Clelia se ríe dulcemente. Imaginate yo no tenía todavía cuarenta años, Jerónimo había cumplido cuarenta y cinco y la edad canónica para que un obispo tenga una secretaria es de sesenta años. Claro, yo no tenía edad canónica. Pero él igual me nombró porque sintió que yo iba a caminar con él, a su lado. Los dos sentimos lo mismo. No era el tema de si me enamoré o no. Para nada. Era, en cambio, una cuestión de piel, saber que podía quemar mi vida al lado de él… siempre luchando. Y bueno, así fuimos trabajando mucho en Avellaneda sobre todo en las villas. Yo lo acompañaba a todos lados. En aquel momento salió la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, una encíclica muy revolucionaria dentro de la Iglesia católica.
Clelia se detiene a pensar en silencio y luego:
—¿No sé por qué la han silenciado…? Bueno, sí sé por qué. Como te decía, era una encíclica muy revolucionaria.

—Cosa que, naturalmente, no concuerda con la mentalidad muy conservadora del papa Benedicto XVI?
—Sí, claro. De Roma no se puede esperar otra posición. Están con el Opus Dei, los Heraldos de Cristo… El Papa tiene su mentalidad y, te repito, ha silenciado el Concilio Vaticano II que fue una reunión mundial de obispos y dio a conocer muchas resoluciones muy importantes. Los que estamos viviendo la realidad del mundo hemos protestado contra esto. Jerónimo empezó a predicar la Populorum… y realmente se comprometió absolutamente con ella.

Era un hombre de resoluciones profundas. Empezó a viajar por el país, recorrió distintas provincias siempre predicando. Por supuesto que se quiso utilizarlo políticamente. Los peronistas, que no eran tontos, lo seguían cantando la Marcha y tirando panfletos. Estábamos bajo el gobierno de Onganía y Onganía empezó a enojarse con este obispo que le molestaba. Jerónimo estaba comenzando a convertirse en un líder político sin buscarlo. Pero esto ocurría porque hablaba con la verdad. El entonces presidente Onganía le pidió entonces al Nuncio Apostólico que, como embajador del Vaticano, hiciera callar a ese obispo molesto. Y ahí apareció la figurita tan linda de Monseñor Plaza que recomienda a un Vicario para Avellaneda y este Vicario desconfiaba de mí.

Los dos teníamos el manejo de la Agenda del Obispo y él ocultaba determinadas situaciones y luego alegaba que Jerónimo no había concurrido a tal o cual misa porque estaba atrás mío. Cosas de ese estilo y de ese nivel. Finalmente Plaza y el Nuncio Apostólico, comenzaron a tejer calumnias. Recuerdo tambien que Monseñor Plaza tenía (tipo Marcinkus) un problema serio con un banco platense. Se iba a armar un escándalo y le pidió entonces a Jerónimo que hablara con el presidente Onganía para solucionar ese problema. Obviamente Jerónimo se negó a ese tipo de pedido. ¿Cómo iba a defender algo que era incorrecto? Públicamente Plaza, entonces, anunció:”Yo, a Podestá, lo liquido”. Un terrible mar de fondo.

—Los que hemos cumplido unos cuantos años recordamos la resonancia que tuvo la relación de ustedes. Incluso, fue monseñor Helder Cámara, el famoso obispo de Recife, que los ayudó particularmente.
—En el año 1966, cuando fui a Mar del Plata a la reunión del Celam (Conferencia Episcopal Latinoamericana) me encontré con Helder Cámara. El gobierno de Onganía no lo quería y el episcopado argentino, tampoco. Pero Monseñor Helder fue igual a esa reunión porque, según me dijo luego, sentía que debía estar presente. Yo deseaba absolutamente conocerlo. Asistí entonces como periodista puesto que trabajaba en la revista Imagen del país y Jerónimo quedó en presentármelo cuando salieran de la reunión. Pero el Nuncio me tenía fichada y no me quitaba los ojos de encima. Por lo tanto Jerónimo no se animó a presentarme a Helder Cámara y, luego de finalizada la reunión, esperé junto a los otros periodistas que salieran los obispos. De pronto vi a Helder Cámara que subía la escalera y venía hacia mí. Me tomó las manos y me dijo varias cosas.

—¿Por ejemplo?
Clelia se sonríe levemente:
—Me da cierto pudor repetirlo pero tambien fue muy reconfortante escuchar sus palabras. Entre otras cosas me dijo que yo tenía la señal de Dios… qué sé yo. Cuando Jerónimo se acercó nos tomó las manos, las unió y dijo: “Usted nunca debe tenerle miedo a Clelia. Porque ella va a ser su fuerza y su libertad. Usted tiene una misión que cumplir. Y van a cumplirla juntos en Argentina y en América latina y, luego, en el mundo entero…”. Bueno, nos dejó un poco azorados porque no esperábamos estas palabras.

Y menos aún, Jerónimo. Pero no me asustó. Me gustó porque esas palabras para Jerónimo fueron una gran fuerza, una lealtad. Una cosa era la posición del Vaticano y otra, monseñor Helder Cámara que quería acompañarnos y le estaba abriendo un camino a Jerónimo. “Hay obispos que caminan con todos, decía, otros, en cambio, caminan para atrás mientras que, algunos, van para adelante rompiendo con lo que sea…”. Era un mensaje para Jerónimo. Te diría que es ahí cuando empieza nuestra historia. En Avellaneda entonces, los dos ya estábamos comprometidos en una lucha que iba mucho más allá de lo que pudiera pensar la gente.

Que si estábamos enamorados o no. Nosotros nos sentíamos como si Helder Cámara nos hubiera marcado realmente el camino. No estábamos pensando si eramos pareja o no éramos pareja. Ni qué nada. Nosotros empezamos a caminar por donde nos fue tocando y la vida nos fue abriendo el camino.

—Ustedes fueron perseguidos, sufrieron mucho,pero lograron que en el mundo, la tesis del celibato optativo para los sacerdotes, tomara fuerza.
—Sí, porque nosotros, una vez que ya se iba abriendo nuestro camino, cuando lo sacan malamente a Jerónimo del obispado de Avellaneda, habíamos ido a Roma. Jerónimo había hablado con el Papa y yo, durante una hora y media, con el Secretario de Estado el Cardenal Benelli.

—Y ¿qué te dijo?
—Bueno, si ustedes se aprecian…bueno, que no la vean en público con él porque una mujer no puede influenciar a un obispo. Cuando escuché eso advertí que la cosa venía por ahí porque tontos no eran. La verdad es que yo lo ayudaba a Jerónimo a liberarse y para él yo era su fuerza. Entonces ellos luchaban para sacarme a mí de Avellaneda. Querían que Jerónimo me pidiera la renuncia. Cuando hablara con el Papa Pablo VI ya Jerónimo le había dicho que, bajo ningún aspecto, iba a pedirme la renuncia puesto que no había ninguna razón para hacerlo. Sin embargo, el Vaticano se lo siguió exigiendo.

—¿En qué términos?
—El Papa le dijo que arrancara esa mitad de su corazón. Jerónimo salió muy molesto de la entrevista preguntándose “¿Con qué derecho me pide el Papa una cosa así?”. Luego, empezó a darse cuenta del juego sucio que le habían hecho en el Vaticano. Se sintió muy molesto: “Si el Papa no me tiene confianza y no me quiere…”, decía. Monseñor Plaza sostuvo luego que el Papa pedía la renuncia de Jerónimo. Como te he contado, por mi parte, cuando fuimos al Vaticano, estuve una hora y media con el Secretario de Estado Benelli que me insistió sobre aquello de que “si ustedes se aprecian ayude a su obispo, pero que no la vean a su lado porque una mujer no puede estar influenciando a un obispo”.

Y ahí también me di cuenta que el problema no pasaba sólo por si Jerónimo me amaba o no, sino que el tema central era por la influencia de lo femenino dentro de la Iglesia.

—Es verdad. Las mujeres siguen muy postergadas incluso dentro de la liturgia: sólo como diáconos distribuyendo la comunión etc., pero no oficiando misa, por ejemplo.
—Todo sigue igual y hasta que este Papa no finalice su mandato las cosas seguramente no van a cambiar. O serán aún peores. Se ha transformado la Iglesia en Poder. El Vaticano II era el Evangelio de la Iglesia. Este Papa ha roto todo eso y ha desconcertado en el mundo a la mayoría de los católicos porque ¿cómo se puede decir (como lo afirmó hace un tiempo) que los divorciados vueltos a casar están excomulgados? No se puede decir una cosa así Sobre todo cuando, quien se casó de nuevo, tiene hijos que van, por ejemplo, a colegios religiosos y escuchan estas cosas.

—Y, a propósito, cómo te arreglabas vos con tu propia familia numerosa?
—Efectivamente, tengo seis hijas mujeres. En realidad, lo conocí a Jerónimo después de 6 años de separación con el padre de mis hijas. La que me ayudó mucho fue una monja, Ester Sastre, religiosa del Sagrado Corazón, que consiguió becas para las chicas. Tuve un juicio de divorcio bastante largo porque el padre no quería que yo tuviera la tenencia de mis hijas. Finalmente la obtuve.

—¿Dónde trabajabas?
—En la empresa Ahorro y Préstamo para la Vivienda y para el Automotor. Me nombraron como jefa de los grupos de empleados que trabajaban en distintas operaciones. Yo conocía bien el problema de la vivienda por haber tenido que salir de Tabacal sin saber adónde ir. Llegué finalmente a ganar más plata que el papá de mis hijas. Esa era una de las razones por las que no me quería dar la tenencia. Decía que no tenía un trabajo para mantenerlas. Por suerte no fue así. En aquel entonces, cuando una mujer se separaba, todo conspiraba contra ella.

—Claro, todo eso ahora parece mítico, pero eran situaciones terriblemente difíciles.
Observamos que, en todos los cálidos ambientes de esa antigua casa, hay fotografías familiares que se mezclan con algunas en las que aún Jerónimo lleva la sotana clásica de ese tiempo.

—¿Cuántos sacerdotes casados hay en el mundo? Nos han dicho que alrededor de 100.000.
—Hoy deben ser más. Muchos dejan el sacerdocio y no se registran.

—Más allá de no aceptar la influencia femenina, ¿por qué pensás que la Iglesia se opone tanto al tema del celibato optativo?
—Mirá, fundamentalmente te diría que la causa es el machismo. El miedo a lo femenino dentro de la Iglesia a pesar de que Dios creó a un hombre y a una mujer. No creó al hombre solo. Ahora bien, si un muchacho que ha vivido con su mamá, resuelve casarse ¿qué le pasa?. Se va de la casa, se libera también de su madre. Por supuesto que la sigue queriendo, pero ya no depende de la madre. Entonces, para la Iglesia manejar a un grupo de curas libres, le resulta muy difícil. Lo debe tener bajo su control y entonces, los curas que no se casan, en cierto sentido no terminan de madurar. No se liberan. Son obedientes.

—Vos no creés (por lo menos para empezar) que sería bueno que el que desee un celibato total, pueda tener alguna orden religiosa que así lo disponga, y que el resto pueda optar?
—Yo pienso que debería ser como en las otras iglesias donde los pastores se casan. Entonces, el sacerdote que se hace sacerdote, al dejar de lado a esa Ley (creo que del siglo XII) sabrá que, si lo desea, podrá seguir siendo soltero pero que, si se enamora, podrá casarse y fundar su propia familia. Por supuesto que también hay otras cuestiones: el cura casado tiene hijos y aquí aparece una dificultad económica.

Bueno, las razones son varias, pero hay que buscar una solución. Los escándalos de pedofilia son gravísimos. También hay muchos que tienen una doble vida y, como no son libres, tienen que elegir entre tener la parroquia y atender a la mujer que aman. Todo eso es muy difícil. Si un cura tiene que salir a trabajar le pedirán un currículum. Estudió teología… bueno… pero, ¿quién le dará empleo a un teólogo?. Hay una serie de cosas muy difíciles, repito, y tampoco puede decirse que los problemas provengan sólo del celibato aún cuando tanto para el varón como para la mujer la primera escuela del amor es el diálogo.

El hombre solo no tiene diálogo con una mujer y, si lo tiene, quizás se enamora. Y allí: o cortan el diálogo o inician una doble vida. No les queda otra. Si no, dan un salto como hizo Jerónimo y todos los curas casados que aceptan, con madurez, el castigo que les cae encima y, como decíamos con Jerónimo, el movimiento de curas casados es un movimiento profético. Y te explico por qué: para tener profecía hay que tener esperanza y nosotros tenemos esperanzas de que las cosas cambien porque el tiempo madura tal como lo anuncia el Vaticano II.

Hay que tener en cuenta el signo de los tiempos. La Iglesia no tiene en cuenta cuánto está cambiando el mundo. No se puede gobernar con un mundo que ya ha quedado 200 años atrás. Yo amo a la Iglesia. Me duele lo que pasa en la Iglesia, pero para mí, la Iglesia es el pueblo de Dios en marcha. Es la jerarquía la que está fallando.

—Sin embargo, dentro de la jerarquía, vos contaste una vez que el cardenal Bergoglio había sido particularmente afectuoso con Jerónimo.
—Es cierto. Ellos no se conocían y, un mes antes de morir, Jerónimo me anunció: “Clelia, lo voy a ir a visitar al cardenal…”. “Para qué vas a ir?”–le dije–. “Sabés que la jerarquía no te quiere recibir”. Pero Jerónimo argumentó: “No, no… este es un jesuita inteligente que me va a entender”. Y fue a verlo. Estuvo una hora conversando con Bergoglio. Después no se vieron más. Cuando volvió Jerónimo me comentó: “Es un hombre muy inteligente que vale mucho.

Hay que cuidarlo.” Y cuando, un mes después, ya en coma, Jerónimo tuvo que ser llevado a terapia, Bergoglio largó la audiencia que tenía y se fue al sanatorio San Camilo. Lo tomó de la mano y yo le pregunté después: “Qué te dijo?”. “No me dijo nada”–contestó Bergoglio–. “Pero cuando le anuncié “he venido a darte la unción de los enfermos no para que te mueras, sino para que te levantes,” me apretó fuertemente la mano.”

Nos quedamos en silencio mientras los leños de la estufa se consumen. Y luego, Clelia retoma:
—A todos les digo “no saben lo que significó para Jerónimo ver que la Iglesia, a través del Cardenal, se acercaba a estrecharle la mano en el momento en que estaba partiendo de este mundo”.
—Esto decías a los amigos, pero si, por ejemplo, por un hecho increíble se presentara ahora Jerónimo, ¿cuáles serían las palabras para él?

Clelia se sonríe ampliamente y sin dudarlo contesta:

—“¿Por qué te fuiste tan pronto?”

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