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Reflexiones de Isabel Allende

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Nota previa: Las reflexiones de Isabel Allende que ofrecemos a continuación me hicieron recordar unas muy sabias palabras de San Francisco de Asís que decía: “Necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco”, que a su vez me evocaron un interesante artículo de la excelente escritora asturiana Angeles Caso en la Vanguardia el 16/01/13 con esas
mismas palabras de San Francisco como título, que entre otras cosas dice: “Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad… Y ahora, en este momento de mi vida, no
quiero casi nada… Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos… Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila”.

Isabel Allende:
Encerrada en su casa junto a su marido y dos perros, la escritora chilena
que desde hace 30 años vive en Estados Unidos, sostuvo que los tiempos de
oscuridad existían antes de la pandemia: «Estaba el tiempo ‘del antes’, ahora
estamos viviendo el ‘del medio’ y después será el tiempo ‘de mañana’.
Vamos a ver si el último es un poco más liviano y más claro del que
vivíamos antes».

Creo que vivíamos en una situación insostenible, de un abuso contra el
planeta, del clima, de la naturaleza, de otras especies… una sociedad de
consumo sin ninguna vida interior y sin satisfacción interior tampoco.
Creo que no vivimos en un mundo feliz, ni mucho menos. Es la primera
vez, posiblemente en la historia, que hay una sensación de que somos una
sola humanidad, que lo que le pasa a uno les pasa a todos.
Estamos todos metidos en este virus, en cuarentena».

Consultada por el principal miedo que conlleva el virus, que es la muerte,
la escritora contó que desde que murió su hija Paula, hace 27 años, le
perdió el miedo para siempre: «Primero, porque la ví morir en mis brazos, y
me dí cuenta de que la muerte es como el nacimiento, es una transición, un
umbral, y le perdí el miedo en lo personal.

Ahora, si me agarra el virus, pertenezco a la población más vulnerable, la
gente mayor, tengo 77 años y sé que si me contagio voy a morir. Entonces
la posibilidad de la muerte se presenta muy clara para mí en este momento,
la veo con curiosidad y sin ningún temor».

Lo que la pandemia me ha enseñado es a soltar cosas, a darme cuenta de lo
poco que necesito. No necesito comprar, no necesito más ropa, no necesito
ir a ninguna parte, ni viajar. Me parece que tengo demasiado. Veo a mi
alrededor y me digo para qué todo esto. Para qué necesito más de dos
platos.

Después, darme cuenta de quiénes son los verdaderos amigos y la gente
con la que quiero estar.
¿Qué crees que la pandemia nos enseña a todos? Nos está enseñando
prioridades y nos está mostrando una realidad. La realidad de la
desigualdad. De cómo unas personas pasan la pandemia en un yate en el
Caribe, y otra gente está pasando hambre.

También nos ha enseñado que somos una sola familia. Lo que le pasa a un
ser humano en Wuhan, le pasa al planeta, nos pasa a todos. No hay esta
idea tribal de que estamos separados del grupo y que podemos defender al
grupo mientras el resto de la gente se friega.

No hay murallas, no hay paredes que puedan separar a la gente.
Los creadores, los artistas, los científicos, todos los jóvenes, muchísimas
mujeres, se están planteando una nueva normalidad. No quieren volver a lo
que era normal. Se están planteando qué mundo queremos. Esa es la
pregunta más importante de este momento. Ese sueño de un mundo
diferente: para allá tenemos que ir.

Y reflexionó: «Me di cuenta en algún momento de que uno viene al mundo
a perderlo todo. Mientras más uno vive, más pierde. Vas perdiendo primero
a tus padres, a gente a veces muy querida a tu alrededor, tus mascotas, los
lugares y tus propias facultades también.
No se puede vivir con temor, porque te hace imaginar lo que todavía no ha
pasado y sufres el doble. Hay que relajarse un poco, tratar de gozar lo que
tenemos y vivir en el presente».

Isabel Allende

26/6/2020
Epílogo: El gran problema es que unos 600 millones de personas viven en
este mundo en extrema pobreza, es decir, que no tienen ni eso poco.

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