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Reflexión ingenua sobre fe y magia -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Fe o magia, … (¿superstición?)
Ayer me sucedió algo que no sé muy bien cómo describir. Tuvimos una celebración penitencial comunitaria, y, escamado de las premuras de la última celebración el miércoles de Ceniza. Este día hubo tanta gente que nos quedamos cortos con los folletos que hicimos para poder seguir cómodamente y con claridad toda la celebración. Así que ayer editamos bastantes más boletines para seguir mejor la penitencia comunitaria y la misa. Pero resulta que los papeles se quedaron largos, es decir, la gente se quedó corta, porque vinieron mucho menos de la cuarta parte que en la celebración de la ceniza. Así que me pregunté por la razón de este comportamiento, aparentemente contradictorio, y he llegado a la siguiente conclusión que paso a comentar.

Los fieles de mi parroquia suelen ser leales, y cumplidores fieles, de las celebraciones comunitarias de la penitencia, que la hacemos privilegiando totalmente los aspectos comunitarios, y no dando protagonismo a los personales, como la acusación de los pecados, etc. Pero tras un concienzudo examen y estudio de la poca asistencia de ayer, con varios miembros del equipo de Liturgia, y de mis deducciones, hemos llegado a la siguiente explicación: si sucedió que en el miércoles de ceniza hubo tanta gente, y los fieles llenaron de tal modo el templo no debió de ser por la celebración, más o menos agradable, participada y comunitaria del sacramento de la Penitencia, sino porque las personas acudían a recibir la ceniza. Evidentemente, sabedores de que, al mismo tiempo, comenzaban la Cuaresma con una celebración sacramental que les hacía sentirse felices por cumplir puntualmente con sus deseos, más que obligaciones, de conciencia.

Todos sabemos, y unos se dan cuenta de ello más que otros, de que al ser humano le atraen los signos, y el mundo fantástico de los símbolos, algo que podemos contemplar todos los días. Sobre todo, en las celebraciones festivas colectivas, en los rituales matrimoniales y familiares, y en el confuso mundo, a veces luminoso, a veces proceloso, de los signos religiosos. En las celebraciones festivas recordemos todos los rituales de los grandes enfrentamientos deportivos, de fútbol, de rugbi, de beisbol, o en el supersticioso, misterioso y casi sacrosanto ritual del mundo del toreo. Y en el largo capítulo de la simbología religiosa, del fuego, del agua, de la ceniza, del incienso, etc.

Así que he llegado a una conclusión: aun en el caso de los fieles de mi parroquia, acostumbrados a una celebración penitencial, llena de llamadas a la experiencia de la comunidad, y despojados del ambiente peligrosamente sospechoso, exotérico y proclive al escrúpulo de la confesión auricular, aún así creo tener motivos y argumentos para pensar lo siguiente: que la afluencia masiva del día de la ceniza es más por la atracción entre mágica y supersticiosa que la recepción de la misma pueda eventualmente producir, que por la participación activa, consciente, comprometida y serena en un signo sacramental, que por naturaleza es sensible, es decir, detectable por los sentidos, pero carente del fácil atractivo de las cosas cuya simbología se piensa dominar, aunque este extremos falle, tantas veces, por la base.

E insinúo lo de superstición, o magia, porque igual que gente crédula evita objetos o acciones de carga supersticiosamente negativa, como derramar la sal, o brindar con agua, o pasar debajo de una escalera, o cruzarse con un gato negro, del mismo modo procura el encuentro con otros objetos o símbolos con una carga contraria, especialmente positiva, como las velas encendidas, el agua bendita, o, en nuestro caso, la imposición de la ceniza. De cualquier manera es bueno recordar que un sacramental, como la recepción piadosa de la ceniza, siempre será de menos hondura y categoría que la celebración de un sacramento, como la Penitencia, que es un encuentro personal con Cristo.

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