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Qué ven mis ojos. Hay que cambiarlo todo para que se parezca a lo que debería ser -- Benjamín Prado

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La macroeconomía es la meteorología dada la vuelta, un mundo donde el frío y la niebla están abajo y el sol en la cumbre. El neoliberalismo consiste justo en eso, en que los pocos que ocupan los despachos más altos naden en la abundancia, mientras el resto vive a la vez con los pies en la tierra y con el agua al cuello; se basa en que el presidente de una compañía hidroeléctrica gane cuarenta y tres mil euros al día y la gente en paro o con una pensión ínfima, que no puede pagar su factura de la luz, viva a oscuras, sin poder encender la calefacción u obligada a elegir entre una de las dos cosas; o si preferimos hacer la comparación sin salir de Iberdrola, se trata de que él cobre dos mil cuatrocientos siete euros por cada hora trabajada y los operarios de su compañía, diez euros con seis céntimos por cada jornada de ocho. Se trata de que un banco obtenga unos beneficios de dos mil trescientos seis millones y para celebrarlo despida a cuatro mil novecientos ochenta y nueve empleados.

Se trata de que una multinacional como Coca-Cola, aparte de ganar cuatrocientos millones y a continuación pedir un ERE para echar a la calle a mil ochocientas personas, les ofrezca a éstas una indemnización de treinta y tres días por año trabajado, mientras a sesenta directivos les da cien. Hablamos de la España de hoy, aunque parezca que lo hacemos de la Edad Media y de una sociedad partida en dos, a un lado los señores feudales y al otro sus siervos. Hay que cambiarlo todo para que se parezca a lo que debería ser.

El neoliberalismo es la filosofía de la desigualdad; es la injusticia como punto de partida; es lo contrario de la democracia, una palabra que cada vez se parece menos a sí misma; que suena a hueco porque la usa como tambor gente que en el fondo no cree en ella; políticos que la han convertido en un antifaz, una coartada, un sermón que repiten una y otra vez para que se meta en nuestros oídos y circule por los titulares de los medios de comunicación igual que una anestesia por la sangre de una persona secuestrada.

La democracia se basa en la justicia, algo que no es posible si lo que hay no se reparte, y menos todavía cuando los que menos tienen se ven obligados a mantener a los que lo poseen todo, que es exactamente en lo que han consistido la crisis que se cocinó en los sótanos del Fondo Monetario Internacional, en algunos consejos de administración y en las sedes de los partidos conservadores de Europa, que dio lugar al rescate bancario que sufrieron países como el nuestro y que sirvió de disculpa para la toma al abordaje de nuestros derechos, que era el fin último de toda esta escaramuza. El resultado es que se le ha dado carta blanca a los defensores de la oligarquía, que es una aristocracia sin sangre azul pero con dinero negro. La recuperación y el crecimiento de los que hablan, se basan en que los que han sido derribados no levanten cabeza. La mejora del mercado laboral, en que se trabaje para malvivir. Nos pusieron al corriente de que se avecinaban unos tiempos líquidos, pero miramos para otro lado y no vimos llegar la ola. Los yates siguen a flote, las barcas han naufragado.

El último informe de la banca en nuestro país, según las cifras oficiales en poder de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, dice que las grandes entidades, Santander, Bankia, Sabadell, Caixabank, Bankinter y el propio BBVA, han ganado ocho mil millones en seis meses, han aumentado sus beneficios un veintidós por ciento y han subido sus ingresos obtenidos por comisiones otro doce por ciento, hasta embolsarse por ese motivo casi once mil millones. Un gran negocio para ellos y una ruina para nosotros.
El verano es la época del calor y la luz natural. Cuando lleguen el otoño y el invierno, habrá que encender de nuevo las calefacciones y las lámparas, y aquí muchos no podrán hacerlo, porque en España la electricidad se ha encarecido un sesenta y tres por ciento desde 2007, un treinta por ciento sólo en el último año y es la segunda más cara del continente. A los que no puedan hacer frente al recibo, se les cortará el suministro, un castigo innecesario, una simple demostración de fuerza y, sobre todo, un abuso de autoridad en toda regla.

Mientras tanto, por lo que pueda ocurrir, Iberdrola ha blindado a su cúpula en Estados Unidos con veinticinco millones en caso de que se prescinda de sus servicios y, de adelanto, le ha repartido otros dieciocho. Estamos involucionando hacia un sistema de castas. ¿Es todo esto admisible? Sí, pero sólo en un sistema donde el camino más recto entre lo público y lo privado sea una puerta giratoria. Porque se trata de eso: hoy por ti, mañana por mí y siempre contra todos los demás. El neoliberalismo no es ninguna de las dos cosas: ni nuevo, ni partidario de la libertad. Es un gran paso adelante para cuatro gatos y un gran paso atrás para la humanidad.

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