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QUÉ SE DICE, QUIÉN LO DICE, CÓMO LO DICE…Emilia Robles y Javier Malagón

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Religión Digital

El arzobispo Milingo ha dicho en Estados Unidos que “es tiempo de que la Iglesia se reconcilie con los sacerdotes casados. No existe curación más importante que la reconciliación de más de 150 mil sacerdotes casados con la Iglesia Católica».
Dejemos a un lado quién, cómo, en qué contexto y por qué lo haya dicho. Al fín y al cabo, tampoco es el único arzobispo, ni obispo católico, que, a lo largo de la reciente historia de la Iglesia hayan planteado este tema, no como abolición del celibato, pero si como de opcionalidad del mismo.
Si ésta es una preocupación que, desde hace décadas, clama en la Iglesia y en muchas sociedades, el hecho de que durante siglos, no desde los inicios, la disciplina de la Iglesia haya sido la obligatoriedad del celibato para los presbíteros, no debería ser el argumento con el que cerrar para siempre las puertas de un debate que preocupa a muchos y a muchas.

La apertura y actualización de un proceso participativo de reflexión sobre la opcionalidad del celibato sacerdotal y sobre los ministerios en la Iglesia, puede ser vivida como un gesto de reconciliación, necesaria y saludable, con esos sacerdotes, más de una cuarta parte en el mundo, que han podido sufrir mucho en sus procesos de secularización. Pero, no sería el único gesto, ni tampoco habría que mirar sólo hacia el pasado, ni siquiera – pensamos- hacia los sacerdotes como principales protagonistas.

Podemos dar pasos de manera propositiva, situándonos ante los nuevos retos de la historia. En ese sentido, el que este tema se replanteara y se dialogara sobre él en la Iglesia, con apertura y transparencia, sería también signo de compartir preocupaciones con las comunidades que se ven privadas de unos presbíteros, a veces, incluso, en ausencia de otros más idóneos en su contexto, que se sienten llamados a seguir acompañándolas.

Podría significar también escucha y dialogo respetuoso con aquellas culturas que no ven en el celibato de por sí un valor, sino incluso la posibilidad de incurrir en error, o de renuncia a un bien social, como ocurre con comunidades de América y África.

Tal vez sirviera para mostrar el reconocimiento práctico, desde la institución eclesial y la revalorización de un sacramento y de un modo de vida que no es para todos, pero tampoco es de bautizados de segunda categoría. Podría entenderse como una muestra de acercamiento a unas sociedades a las que, se les habla del inmenso valor del matrimonio y de la familia, mientras que esta opción les cierra las puertas de acompañar como presbíteros la fe de las comunidades; y queda cerrada como posibilidad, a los sacerdotes que les orientan en la fe y en el compromiso cristiano en su vida familiar.

Seguramente, este camino de diálogo, si al fin decide iniciarse, de manera formal y colegiada en la Iglesia, no será una tarea fácil; y habrá que escuchar con respeto, empatía y caridad, a quienes, a veces, con argumentos de mucho peso, muestren disonancias con lo que a cada cual le parece mejor. Pero tal vez sea tiempo de empezar a considerar este tema, junto con otros, en el proceso conciliar. No es la panacea, no será la solución a la crisis de la institución eclesial, pero es un deber y un derecho de los creyentes preguntarnos y dialogar sobre qué ministerios necesitamos para qué Iglesia, en un intento de fidelidad al Evangelio y al mundo en el que nos toca vivir y construir el Reino.

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