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«Qué queda del martirio de Monseñor Munzihirwa?» -- Antonio Trettel, Javeriano ( Bukavu )

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Umoya

La calurosa invitación del Grupo Munzihirwa de Madrid me obliga (¡pero lo hago encantado!) a reflexionar de nuevo sobre la figura gigantesca del Pastor, al que muchos llamamos ya el « Oscar Romero » de África.

Yo veo en Christophe Munzihirwa otro ejemplo extraordinario y moderno del Buen Pastor que intentaba proteger y defender a su pueblo y a los dos millones de familias ruandesas hutu que huyeron de las masacres de Ruanda. Munzihirwa denunció los principios de una sucia guerra de invasión destructora; una guerra camuflada como «guerra de liberación» de Mobutu, pero escondiendo una voluntad de destruir los campos de refugiados instalados en el Este del Congo y queriendo alcanzar el sueño de una ocupación estable con la perspectiva de fundar una gran «tutsilandia» a través de la violencia salvaje degradante y el saqueo sistemático.

Munzihirwa se opuso frontalmente a estos objetivos, sin más armas que su palabra, la no-violencia activa y su valentía profética, y empleando los pocos medios a su disposición: se le podría llamar « el obispo del fax ». Para denunciar a la opinión pública mundial los dramas de los pueblos congoleño y ruandés, y puesto que él ya adivinaba el proyecto infernal de destrucción que se preparaba, Monseñor empleaba, además de sus cartas y homilías en la catedral, el único medio técnico avanzado que tenía disponible en el Bukavu de entonces : ¡el fax ! Él mismo redactaba los textos y los traía aquí, exactamente donde yo estoy escribiendo ahora, porque el que estaba instalado en el arzobispado, estaba casi siempre averiado…

El último mensaje –el más dramático, porque veía precipitarse los acontecimientos- lo envió el 28/10/1996, justo la víspera de su asesinato.

Trece años después, ¿qué queda de su mensaje y de su figura profética de Pastor valiente y clarividente? ¿qué huellas dejó? ¿qué cambios provocaron su testimonio y su martirio ?
Corro el riesgo de aparecer muy pesimista, pero si quiero ser sincero, debo decir: nada… o casi. Aparentemente no hay cambios positivos ni en Bukavu, ni en el país en general. Al contrario, la situación es todavía más caótica. Sólo a nivel militar hay una relativa calma, pero no hay paz. No se ve por dónde puede llegar la paz con la reconciliación –en justicia y verdad- como pedía Mnr Munzihirwa.

Nadie, después de trece años, ve una señal de movilización y de compromiso colectivo y solidario para la reconstrucción de las estructuras sociales, culturales, morales y religiosas. Lo peor es la impresión de que pueda empezar a ceder lo más importante: la fuerza de resistencia moral del pueblo congoleño. La gente del pueblo, pero sobre todo las mujeres –verdaderos pilares de esta sociedad, capaces de resistir todos los golpes y de seguir luchando ante todas las tragedias- parecen haber quedado ya sin aliento, sin ánimos…

Y sin embargo… no puedo creer que la sangre de Munzihirwa, de los 4 Hermanos Maristas españoles y de los miles… millones de otros mártires anónimos haya corrido en vano: ¡no, no es posible, dentro de una perspectiva evangélica de fe! Sin duda la semilla está todavía en las entrañas de la tierra, y no la vemos… Pero un día u otro dará fruto y ofrecerá una cosecha abundante en las inmensas tierras de nuestro Congo (Jn 4, 35).

Pero ¿cómo? Sigo creyendo que el sueño de Munzihirwa, basado en la esperanza, no puede dejar de realizarse un día. Esta es la fe/esperanza inquebrantable, la que le sostenía y que expresó de forma dramática en el último grito que lanzó al mundo. en su último mensaje/fax : « (…) ¿Qué podemos hacer en estos días ? Permanezcamos firmes en la fe. (…)

Nosotros tenemos la esperanza de que Dios no nos va a abandonar y que desde algún rincón del mundo surgirá una pequeña luz de esperanza. Dios no nos abandonará si nos comprometemos a respetar a nuestros vecinos, sea cual sea su etnia » Yo veo en estas palabras una prueba de que, a pesar de todo, esta esperanza no nos ha abandonado. Y lo veo en que a pesar de todos los medios puestos en juego durante estos ya quince años: invasiones, violencias, masacres, violaciones, robos… a pesar de la corrupción, engaño, manipulación de la verdad ante la opinión pública mundial… a pesar de todo eso « las puertas del Infierno no han podido con el pueblo congoleño » (cfr. Mt 16, 18). Ésta es para mí la gran prueba de que el sueño y el sacrificio de Munzihirwa no han sido vanos ni inútiles.

Una luz que apenas vemos, pero que no fallará pues la esperanza cristiana no defrauda (Rom 5, 5 ; cfr 10,11 ; Lc 21, 28).

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