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¿Qué iglesia para qué papa? -- Eduardo de la Serna

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Curas en la opción por los pobres

Así como en su momento declaré que no estaba sorprendido por la elección de Jorge Bergoglio al ministerio de Pedro, sí debo reconocer mi sorpresa -y desagrado, en muchos casos- por las reacciones suscitadas, muchas que van desde una especie de odio visceral hasta las que manifiestan una infantil necesidad de papá inmaculado. Algunos buscan la más pequeña mancha en el pasado, revisado con lupa; otros niegan toda sombra, aun tenebrosa del pasado, escudándose en que “recién empieza” como si Francisco Iº hubiera salido de la nada; casi parecieran que entrarían en pánico ante la menor duda, o que se les derrumbaría hasta el fondo la esperanza.

Por otro lado, los medios -muchos de los cuales no entienden mucho de temas eclesiásticos, y menos aun de la fe cristiana- preguntan cosas menores en uno u otro sentido. Ser crítico no debería implicar ser demoledor; ser confiado no debería implicar ser ingenuo.

Cuando uno escucha a muchos pensadores -muchos con los que en lo personal me siento plenamente identificado- y después ve las reacciones destempladas de lectores y comentadores, es allí donde aparece mi sorpresa (y desagrado).

Como he dicho, por ejemplo, escuché y creo en el relato de Orlando Yorio que es público y conocido, y repiten en estos días sus hermanos. Pero también he escuchado y visto el relato de los “curas villeros”, por ejemplo, que también es público y conocido. Sé que no es el de todos, y recuerdo bien, el del queridísimo Rodolfo Ricciardelli (“Richard”), pero lo conozco (más allá de mi molestia con la película “Elefante Blanco” y su trasfondo).

Los medios parecen querer marcar agenda al papa con ciertos temas “urgentes” y “fundamentales” (pederastia, aborto, divorcio, anticoncepción…). Y de ninguna manera voy a negar su gravedad e importancia, especialmente del primero. Pero seamos claros, que de Iglesia hablamos.

* Lo fundamental de la Iglesia es “Cristo”, es su fundamento, y allí debe estar fundamentada. Por ser pecadora, la Iglesia siempre se separa de ese fundamento, más o menos en determinadas ocasiones y circunstancia, pero ¡siempre! Y por tanto siempre debe estar en actitud de conversión hacia ese fundamento (“Ecclesia semper reformanda”). La genial formulación de Ignacio Ellacuría “conversión de la Iglesia al Reino de Dios” no nos debería dejar descansar nunca a los cristianos (repito, “cristianos”, porque ¡pobres de los que creen que la Iglesia es exclusiva responsabilidad del papa!). Por tanto, creo que lo fundamental que debe hacer el papa es poner todos los medios posibles y abrir todos los caminos para esa conversión de la Iglesia al reino (siguiendo aquella máxima de Ignacio de Loyola de hacer todo como si dependiera sólo de vos, sabiendo que todo depende solamente de Dios). No es el papa el fundamento de la Iglesia, sin ninguna duda, y cualquier fundamento que no sea Cristo nos pone en el terreno de la idolatría, aunque sea “eclesiolatría”, “papolatría” o latrías varias…

* Lo urgente, según la vieja versión latina de la Biblia es “el amor de Cristo” (“Caritas enim Christi urget nos”; aunque en castellano la traducción preferible del verbo griego “synéjô” sea “apremiar”). Pablo se refiere, en ese texto, al amor de Cristo y su relación con el “amor a todos”. Lo urgente en la Iglesia es el amor. Y también aquí hemos de decir que muchas veces no parece el amor lo que nos urge, y debemos ¡siempre! revisar nuestras urgencias, corregirlas, ¡convertirnos!

Pero sin duda me parece que aquí hay algo que se debe precisar. El amor, para que sea cristiano tiene características insoslayables: debe estar dispuesto a dar la vida, como Jesús (por eso los grandes “abanderados” son los mártires, a los que los “amigos del amor light” -o cómplice- intentan tapar o negar); debe caracterizarse por la misericordia, como indiscutiblemente la parábola del “Buen Samaritano” lo repite (de allí que Jon Sobrino, y muchos después, como también el documento de Aparecida, señalen que la Iglesia debe ser “samaritana”). Nos debe guiar un “principio misericordia” que es aproximarse al caído, al que está al borde del camino (que son tantos en nuestro tiempo). No podríamos negar que muchísimas veces la Iglesia ha mirado más sus rígideces, sus normas, que los caídos al borde del camino (y hay cientos de ejemplos de esto), como característico y emblemático olvido de que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”. Si la misericordia es el principio, y no “la ley” (matrimoniales, ministeriales, eclesiásticas) muchas cosas cambiarían. “Fundamentalmente”, “urgentemente”.

Sin duda que hay decenas de cosas importantes o muy importantes. Y en esto también quisiera evitar la “agenda” de las agencias europeas, preocupadas por temáticas europeas para audiencias europeas (o para las mentes colonizadas de alguna clase media latinoamericana). Me parece bien que ellos se preocupen de temas como anticonceptivos, divorcio y esas cosas… pero no me parece que sean problemas de los pobres de América Latina (y lo digo con conocimiento de causa). El hambre, la desocupación, la salud, la neo-esclavitud, el trabajo o para decirlo con palabras de Bartolomé de las Casas, “la muerte antes de tiempo” es tema realmente importante. Y lo cierto es que esas cosas no ocurren porque sí, ni porque Dios así lo quiere (tipo la lectura fundamentalista y aberrante que Menem -con “letra” dada por un amigo obispo, debemos decirlo, porque sino deberíamos sospechar que leyó la Biblia- hacía de la frase “pobres habrá siempre”).

El hambre y la muerte anticipada ocurren porque hay causas (y causantes). Con palabras del olvidado documento de Puebla podemos decir que los causantes son “los ídolos”, algo que ha sido fuertemente reflexionado en la teología de América Latina. En Europa y el Primer Mundo en general, el problema que enfrenta la Iglesia es el ateísmo, pero en el Tercer Mundo, el gran problema es la Idolatría, recordaba ya en 1970 el gran teólogo uruguayo Juan Luis Segundo. Lamentablemente un papa tan eurocéntrico como Benito 16 (y a pesar de sus viajes, Juan Pablo no lo era mucho menos) no pudo vislumbrar ese problema. Los dioses del dinero, el “Mercado”, el poder, la “mano invisible”, intocables e indiscutibles en sus dogmas (o la doctrina de la seguridad nacional, en tiempos de Puebla, silenciada por tantos en la Iglesia argentina después), son “emergencias”. Son lo importante sin dudas. Especialmente porque terminan negando “el fundamento”. Enfrentar la idolatría es, pues, fundamental para la Iglesia del presente (y del pasado… y del futuro), y no hubiera sido menor que un llamado “año de la fe” lo hubiera tenido en cuenta.

Sin duda que hay temas que requieren la atención ¡ya!, y no pueden siquiera ocultarse, o disimularse; problemas y caminos.

– La gravedad de la pederastia no se puede tapar, y se debe hacer todo lo que está al alcance para sancionar a los culpables y para poner todos los medios posibles para evitarlo en el futuro o que -en caso de que ocurriera- sancionar al responsable con todo el peso de la justicia.

– Los casos de corrupción al interno de la Iglesia deben transparentarse, ¡y sancionarse! La Curia romana no parece ajena a esto; ya provocó una inflexión importante en el final del pontificado de Pablo 6º, gobernó mientras Juan Pablo viajaba y Benito manifestaba su incapacidad de gobierno. Sin dudas se debe arrancar de raíz la causa de la corrupción, los desmanejos y -sobre todo- lo antievangélico del proceder.

– El lugar de la mujer es otra “injusticia que clama al cielo”, me parece patético que se repitan escenas como las que vimos en la visita del papa Benito a Barcelona, en la que un grupito de monjas “subió al altar” ¡para limpiarlo!, porque después el gran grupo de varones célibes debía celebrar la misa. Que la mujer debe participar en todas las instancias eclesiales, debería querer decir “todas”, desde la elección del papa hasta la celebración eucarística. Es verdad que el tema no sería bien recibido por muchas iglesias orientales con las que debemos urgentemente buscar la unidad, pero si de “comunión” y no de “uniformidad” hablamos, bien podrían ser temas en los que unos y otros tengamos miradas diferentes, como ocurre -por ejemplo- en el seno mismo de la comunión anglicana.

– Podríamos señalar mucho otros temas más, importantes y hasta imprescindibles (suprimir las nunciaturas, que no se ordenen obispos a los que no tendrán diócesis, lo que vale particularmente para la curia romana), pero quisiera detenerme en un tema más que me parece impostergable: la comunión episcopal. La insistencia de que el papa es en realidad el obispo de Roma creo que debería profundizarte, teórica y prácticamente. Uno escucha hablar del papa como “jefe de la Iglesia” y se cansa de aclarar a los que lo dicen, que eso “¡no existe!”. La Iglesia de Roma preside en la caridad, el obispo de Roma es primus inter pares, pero no jefe. Y todos los obispos en comunión dan “forma” a la catolicidad de la Iglesia. Lo que me pareció preocupante de los viajes de Juan Pablo fue que terminaba apareciendo como “el obispo” del cual el obispo del lugar sería una suerte de “auxiliar”.

En realidad quisiera que el papa no viaje sino a acontecimientos internacionales (como la jornada mundial de la juventud si estuviera bien organizada, cosa que dudo). Esto ayudaría a devolver a las conferencias episcopales lo que el Vaticano II les propuso y la curia y los papas les quitaron (fortaleciendo a los nuncios, que no se entiende teológicamente cuál es su rol). Si las conferencias episcopales volvieran a su rol deseado, aumentaría -algo- la democratización de la Iglesia, la catolicidad, serían -podrían ser- las responsables de las elecciones de nuevos obispos y hasta del papa, etc.

Con esto -concluyo- no le estoy “marcando la cancha” al papa Francisco (¿cómo podría?), sino expresando la Iglesia que sueño y espero. ¿Tengo esperanzas? ¡Todas! Porque la esperanza no se pone en Francisco (ni en Juan Pérez) sino en el Espíritu Santo. Obvio que el Espíritu Santo puede no ser escuchado (y la historia de la Iglesia lo confirma… y esto vale para ser o no escuchado desde en Cónclaves -Ratzinger dixit- hasta en modos y criterios de conducción. La historia que es “maestra” al decir de Cicerón, lo señala abundantemente). ¿Tengo confianza en que es posible? Bastantes. ¿Pienso que ocurrirá? Iremos viendo, “este partido recién empieza”.

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