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Qué es para los cristianos laicos la comunidad (II) -- Salvador Mendoza

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La comunidad cristianaDespués de lo expuesto en el artículo anterior, me gustaría destacar ahora algunas cosas que considero parte de nuestros logros comunitarios: 1º.- El valor de la vida comunitaria en sí misma. Considero un don de Dios el que nos haya llamado a vivir esta experiencia y que a pesar, incluso de nuestros propios defectos, sigamos empeñados en hacer visibles los valores comunitarios como uno de los objetivos prioritarios de nuestra vida. Creo que ese feliz empeño –algo habrá tenido que ver Dios en ello- y el sentido de pertenencia que se ha ido desarrollando en nosotros, ha hecho que nuestra Comunidad sea para nosotros como “tierra sagrada”… a la que tenemos que mimar y acceder con los pies descalzos, porque es donde Dios se nos manifiesta y nos muestra el camino que debemos seguir en la tarea de construir y vivir los valores del Reino en fraternidad.

2º.- La Comunidad ha hecho posible que cada uno haya redescubierto su propio don, su carisma. Con el tiempo hemos ido comprendiendo que ejercer el propio don poniéndolo al servicio de los demás, era el mejor modo de construir la Comunidad, pues si todos éramos imprescindibles para el crecimiento y buen funcionamiento de la misma, debíamos estar convencidos de que los demás tenían necesidad de conocer el carisma de cada uno, lo mismo que tenían derecho a experimentar cómo lo ejercíamos…
Esto que parece tan obvio, no es tan fácil de aceptar cuando son los demás los que descubren en tí algo en lo que uno mismo quizá no había pensado nunca. Puede haber dones que sorprenden… Y no fue difícil descubrir que hay quien tiene el don de sentir y vivir con más solicitud el sufrimiento de los otros. Quien tiene el don de percibir cuando algo va mal y puede poner enseguida el dedo en la llaga. Quien ve más claro en lo que atañe a las opciones fundamentales de la comunidad. Quien tiene el don de animar y crear una atmósfera propicia a la alegría, al descanso y al crecimiento de cada uno. Quien tiene el don de la acogida… Cada uno redescubrimos nuestro propio don y todos nos sentimos llamados y urgidos a ejercerlo para bien y crecimiento de la comunidad.

3º.-La Comunidad nos ha permitido vivir la experiencia enriquecedora del perdón y de la aceptación fraterna. Nuestra comunidad no sólo ha tenido gozos y esperanzas. También hemos pasado por momentos de dolor -cuando se ha desgajado alguno de sus miembros- o cuando hemos tenido que poner sobre la mesa comunitaria algún desencuentro entre hermanos… Aunque posiblemente no sea deseable, no es malo experimentar que somos una mezcla de luz y tinieblas, de cualidades y defectos, de amor y desamor, de madurez e inmadurez … Porque cuando se clarifican las causas de esas tensiones mediante un serio discernimiento comunitario y se las lleva a la oración comunitaria para que sea el Señor quien las juzgue, acaban siendo motivo de encuentro y de reconciliación.

Se ha dicho que la relación entre personas no es auténtica y estable si no se funda en la aceptación de las debilidades, el perdón y la esperanza de un crecimiento… Pues os puedo asegurar que en la vida comunitaria, el roce con los hermanos, el contraste de pareceres, los propios egoísmos, nos han permitido experimentar y vivir el perdón como un auténtico don de Dios. Si decimos que el punto álgido de la vida comunitaria es la celebración, podemos decir con la misma convicción que su corazón es el perdón y la vivencia del amor mutuo.

4º.- La Comunidad nos ha llevado a hacer nuestra la causa de los pobres. Os comentaba antes que, queriendo ser realista, tuvimos que renunciar a muchas utopías y sueños comunitarios, tales como vivir juntos, poner nuestros sueldos en común, etc., etc. Pero a lo que no renunciamos nunca es a vivir siempre de cara al mundo de los empobrecidos y a asumir como nuestras sus propias causas.

No somos como la viuda del evangelio que entra en el templo y da lo que necesita para comer… Pero tampoco hemos sido nunca de los que miran para otro lado ante el samaritano herido o dan un rodeo para no encontrarse en el camino… Y esto es ¡el milagro de la comunidad en cada uno de nosotros!

Siendo conscientes de que damos de lo que nos sobra, hemos experimentado el gozo de que, privándonos de algunas cosas lícitas y no engrosando nuestras cuentas bancarias, con nuestro Fondo Común Solidario se ha podido repetir el milagro de la multiplicación de los panes y los peces….

De esto saben mucho algunos proyectos solidarios de Granada (Nicaragua), San Salvador, India, la diócesis de Dapaong en Togo, la Casa de Acogida de Niños sin familia en Lamu (Kenia), Alternativa en Marcha y Acope aquí en Madrid, por citar algunos más recientes…

Si menciono todo esto, no es porque nos creamos especiales o porque pensemos que hacemos algo fuera de lo normal. Es simplemente, porque conviene recordarnos que, aunque parezcan parches, podemos ayudar a solucionar muchos problemas, ¡simplemente con lo que nos sobra!. Pero lo más importante, es que acercándonos a los pobres mediante estos gestos y mezclándonos con ellos en sus organizaciones, sentimos que “los pobres nos evangelizan”, (no en vano son ellos sacramento de la presencia de Dios) obligándonos a revisar nuestras actitudes evangélicas; y su cercanía nos enriquece, porque descubrimos en ellos su gran dosis de esperanza, sus luchas por salir de situaciones esclavizantes y su alegría y ganas de vivir a pesar de las carencias y necesidades que padecen.

5º.- La Comunidad nos ha permitido optar por un tipo de Iglesia diferente. Nuestra apuesta ha sido siempre por una Iglesia abierta, participativa, autocrítica, corresponsable y democrática. Una Iglesia donde todos sus miembros formemos la Gran Comunidad de Hermanos sin que nadie se sienta excluido o condenado
Por eso y porque no queríamos encerrarnos en el ámbito parroquial, nos vinculamos desde el principio a realidades eclesiales como “Iglesia de Base de Madrid”; no sólo porque es un enriquecimiento para nosotros, sino porque sentimos la obligación de colaborar a que la voz de los seglares tenga alguna resonancia dentro de la Iglesia y de la Sociedad, por lo menos como “Otra voz distinta” de la “oficial”. Más tarde nos unimos también a la “Corriente Somos Iglesia”, como actualmente a “Redes Cristianas”, pues lo mismo que creemos necesario un cambio en nuestra Iglesia, también pensamos que es deber nuestro ayudar “desde dentro” a que dicho cambio se convierta algún día en gozosa realidad.

Al releer lo escrito y volver la vista a mí mismo y a los miembros de mi propia comunidad, me quedo sorprendido de la cantidad de cosas que se nos quedan en el camino…; quizá por eso la Comunidad sea un proyecto inacabado y siempre mejorable, como lo somos las personas que lo intentamos vivir.

Soy consciente de que es difícil transmitir las vivencias y experiencias que vivimos los que tenemos la suerte de pertenecer a alguna comunidad cristiana. En cualquier caso doy gracias a Dios por el don de la comunidad y, a pesar de estar viviéndola tan pobremente, confío que, lo mismo que me ha ayudado a crecer junto a mis hermanos, me permita envejecer en su seno, empeñado en seguir construyéndola y haciéndola visible en nuestra Iglesia.

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