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PRIMACÍA DE LOS POBRES EN LA MISIÓN DE JESÚS Y DE LA IGLESIA. Teófilo Cabestrero

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Influencias del Concilio Vaticano II en el Magisterio Episcopal de Medellín, Puebla y Santo Domingo ante la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil. La tradición eclesial latinoamericana de las Conferencias Generales del Episcopado, se inició, como es sabido, con la I Conferencia convocada por Pío XII que se celebró en Rio de Janeiro en 1955. Fruto de aquella Conferencia fue la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, instrumento de la colegialidad episcopal latinoamericana anterior al Concilio Vaticano II.

Desde entonces el CELAM ha organizado otras tres Conferencias Generales: «Medellín», inaugurada por Pablo VI en 1968; y «Puebla» (1979) y «Santo Domingo» (1992) inauguradas por Juan Pablo II. Y va a celebrarse la V Conferencia General, «Aparecida», que inaugurará Benedicto XVI el 13 de mayo de este año 2007.

Las Conferencias Generales de Medellín, Puebla y Santo Domingo, fueron preparadas por el CELAM en comunión con Roma, bajo diferentes fórmulas de trabajo conjunto entre el CELAM y la «Pontificia Comisión para América Latina», CAL. Cada una de esas Conferencias fue convocada e inaugurada por los sucesivos Papas, quienes luego en la Curia Romana examinaban y aprobaban los Documentos finales, que tienen por tanto autoridad de Magisterio Episcopal para las Iglesias de América Latina.

Entre Roma y Medellín: «la Iglesia ante la transformación de América Latina, a la luz del Vaticano II»

Como indica el tema general de la II Conferencia, celebrada en Medellín del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1968, el Magisterio de los Obispos latinoamericanos aplicaba a las Iglesias particulares de América Latina el Concilio Vaticano II, para evangelizar a los pueblos del continente en sus procesos de transformación.

La directiva del CELAM en pleno y los 600 obispos latinoamericanos que fueron miembros del Concilio, recibieron en Roma durante las cuatro etapas conciliares (de 1962 a 1965) muchas de las luces con que discernieron en Medellín los «signos de los tiempos» que vivían las Iglesias y los pueblos de América Latina.

En el otoño europeo de 1965, cuando el Concilio se acercaba a su clausura, Don Manuel Larraín, obispo de Talca (Chile) que fue reelegido presidente del CELAM en Roma mismo, confiaba a los compañeros y amigos su sentir y sus preocupaciones con estas palabras: «Lo que hemos vivido es impresionante, pero, si en América Latina no estamos muy atentos a nuestros propios signos de los tiempos, el Concilio pasará al lado de nuestra Iglesia, y quién sabe lo que vendrá después» (1)

Señalaba el presidente del CELAM, dos factores muy determinantes en la «inspiración» de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: «lo que hemos vivido» (en Roma durante el Vaticano II) y «la atención a nuestros signos de los tiempos en América Latina».

Hay que tomar muy en serio el hecho de que los directivos del CELAM y cuantos obispos latinoamericanos participaron en el Concilio, «vivieron» una experiencia eclesial y espiritual que les marcó profundamente. En aquellos cuatro años, dentro y fuera del aula conciliar (en las 168 Congregaciones Generales de las 10 Sesiones del Concilio, y en sus celebraciones y oraciones, lecturas, consultas, diálogos, encuentros y foros) Roma fue un hervidero de luces prendidas en la experiencia espiritual vivida como un Pentecostés.

Entre los puntos de luz que «impresionaron» más a los obispos latinoamericanos, han destacado ellos la insistencia con que, dentro y fuera del aula conciliar, se hablaba de la»Iglesia de los pobres» y de la «eminente dignidad de los pobres en la Iglesia». Les asombraba oír hablar en Europa de la «Iglesia de los pobres» cuando, al comenzar los años 60, en Latinoamérica no se hablaba de ella (pero existía) y aún no había nacido la «teología de la liberación».

El 11 de septiembre de 1962, cuando hacían maletas para viajar a Roma los obispos latinoamericanos, oyeron al Papa Juan XXIII hablar por la radio de algunos «puntos luminosos» en vistas al Concilio. Y, en el contexto de que «la Iglesia siente el deber de hacer honor a sus responsabilidades frente a las exigencias y necesidades actuales de los pueblos», le oyeron decir: «Otro punto luminoso: Frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta tal como es, y quiere ser la Iglesia de todos, pero, particularmente, la Iglesia de los pobres» (2)

Ese «punto luminoso» de Juan XXIII suscitó comentarios y desarrollos dentro y fuera del aula conciliar, llegando a inspirar un «Foro sobre la Iglesia de los pobres», en cuyas sesiones romanas a lo largo de las cuatro etapas del Concilio participaron obispos, cardenales, peritos y teólogos, con asidua presencia latinoamericana. De ese Foro brotaría uno de los signos eclesiales más históricos del Vaticano II, que luego reseñaremos.

La resonancia de mayor impacto en el aula conciliar sobre la «Iglesia de los pobres», fue la intervención del cardenal arzobispo de Bolonia (Italia) Giácomo Lercaro, cuando el Concilio buscaba aún su rumbo al final de su agitada primera sesión, exactamente el día 6 de diciembre de 1962.

En su extensa intervención, el cardenal Lercaro reclamó que al Concilio le faltaba «un principio vivificador y unificante» de todos sus temas. Y propuso uno con estas tres dimensiones: «el Misterio de Cristo en los pobres, la eminente dignidad de los pobres en el Reino de Dios y en la Iglesia, y el anuncio del evangelio a los pobres». Lo razonó teologal, eclesial e históricamente, y dijo: «Esta es la hora de los pobres, de los millones de pobres que están por toda la tierra: esta es la hora del Misterio de la Iglesia madre de los pobres, esta es la hora del Misterio de Cristo en el pobre». Y pidió al Concilio, «que el centro articulador de todas las temáticas» fuese «el Misterio de Cristo en los pobres de la tierra y el Misterio de la Iglesia madre de los pobres». Reclamó «prioridad para formular la doctrina evangélica sobre la eminente dignidad de los pobres en el Reino de Dios y en la Iglesia», y pidió que el Concilio estableciera «el primado eclesial de la evangelización de los pobres» (3)

El excelente cronista del Concilio que fue José Luis Martín Descalzo, calificó la intervención del cardenal Lercaro como «el gran momento de la sesión de hoy: se podía cortar el silencio con un cuchillo, me comentaba uno de los asistentes; y al concluir, la asamblea estalló en uno de los más vivos aplausos que ha conocido el Concilio» (4)

Pero, aunque el Concilio Vaticano II invitaba a la «Iglesia-Pueblo de Dios» ungida toda ella con la unción mesiánica de Jesús y urgida por «la caridad pastoral», a «volver los ojos a Jesús y abrazar su estilo» (como pidió Pablo VI) para ir con su Espíritu al mundo humano «no a dominarlo, sino a escucharlo, acogerlo y servirle», el mundo humano del Concilio era sobre todo el mundo moderno centroeuropeo que vivía buscando su «estado de bienestar». En cambio en los pueblos de América Latina, los procesos de toma de conciencia generalizada de la injusticia, dependencia, miseria y opresión, hacían imposible no escuchar el clamor de los millones de empobrecidos que irrumpían en la sociedad y en la Iglesia reclamando salir de su «estado de malvivir». Este era el segundo factor que haría que los puntos luminosos vividos en el Concilio Vaticano II, iluminaran en Medellín la irrupción histórica de los pobres como un apremio del Espíritu a las Iglesias del continente. Ir al «mundo humano» en esos pueblos, a evangelizarlo con el Espíritu de Jesús, era entrar en el submundo de las mayorías y minorías pobres como «Iglesia madre de los pobres».

Un preanuncio de eso hubo en Roma, cuando, tres años después del reclamo del cardenal Lercaro, impactó como un eco del mismo en la última sesión conciliar, el gesto de un grupo anónimo de obispos que se comprometieron a ser servidores de los pobres en sus diócesis. Renunciaron a todo título de grandeza y poder, a privilegios y favores, y a riquezas en vivienda, bienes y cuentas bancarias personales; y se obligaron a promover la justicia, la solidaridad y el servicio a los pobres. La mayoría eran obispos de Iglesias del Tercer Mundo; varios latinoamericanos junto a Don Helder Cámara, miembro de la directiva del CELAM, que fue de los inspiradores de ese grupo fraguado en el «Foro de la Iglesia de los pobres» (5)

Pablo VI y el CELAM, de Roma a Medellín

La directiva del CELAM y el episcopado latinoamericano en el Concilio, tuvieron en el Papa Pablo VI acogida e inspiración. En su primer discurso al abrir la segunda sesión del Concilio, afirmó el nuevo Papa: «La Iglesia, abierta al mundo humano, mira con especial interés a los pobres, a los necesitados, a los afligidos, a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados; mira a toda la humanidad que sufre y llora; ésta le pertenece por derecho evangélico, y Nos complacemos en repetir a cuantos la integran: ‘Vengan a mí todos los que sufren’ (Mt 11, 28)» (6)

Más incisivo aún fue para los obispos latinoamericanos la exhortación de Pablo VI a la asamblea conciliar, cuando regresó a Roma después de su histórico discurso ante la ONU sobre la paz del 5 de octubre de 1965: «La paz», dijo a los obispos, «debe tener por fundamento la justicia, hagámonos, pues, abogados de la justicia porque el mundo tiene una gran necesidad de justicia y Cristo quiere que estemos sedientos de justicia. Y la justicia es progresiva: cuanto más progrese la sociedad más se despierta en ella la conciencia de lo imperfecta que es su estructuración, porque salen más a la luz las desigualdades estridentes e implorantes que afligen a la humanidad. ¿No son esas desigualdades entre los ciudadanos y entre las naciones la mayor amenaza para la paz? Es preciso que nos preocupemos de la situación de los pueblos en vías de desarrollo. Digámoslo más claro: nuestro amor para con los pobres del mundo, cuyo número es in contable, tiene que ser más solícito, más eficaz, más generoso (…). Al testimonio de la palabra, permítanos el Señor añadir ahora el testimonio de la acción».

Dos afirmaciones de Pablo VI en su alocución al clausurar el Concilio el 7 de diciembre de 1965, resonarían en las dos siguientes Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: «Quizás nunca como durante este Concilio se había sentido la Iglesia tan impulsada a acercarse a la humanidad que le rodea, para comprenderla, servirla y evangelizarla en sus mismas rápidas transformaciones». Y «En el rostro de cada ser humano, sobre todo si se ha hecho transparente por sus lágrimas y dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (Mt 25,40)» (7)

Y hay que reseñar, finalmente, que, con motivo el décimo aniversario de la creación del CELAM, el 24 de noviembre de 1965 (dos semanas antes de la clausura del Vaticano II) Pablo VI reunió a la directiva y equipos del CELAM y a todos los obispos latinoamericanos que participaban en el Concilio. Y les exhortó a asumir como Iglesia en Latinoamérica, el desafío de «una sociedad en movimiento, sujeta a cambios rápidos y profundos», donde «defender lo que existe ya no basta» porque «la masa de la población cobra conciencia cada vez mayor de sus difíciles condiciones de vida, y cultiva un deseo irrefrenable y bien justificado de cambios satisfactorios».

En esa exhortación, se lamentó el Papa por «quienes permanecen cerrados al soplo renovador de los tiempos, y se muestran faltos de sensibilidad humana y de una visión crítica de los problemas que se agitan a su alrededor». Dijo a los obispos que «la fe del pueblo latinoamericano debe alcanzar mayor madurez», y les animó a orientar la evangelización a «transformar las parroquias en verdaderas y auténticas comunidades eclesiales en las que nadie se sienta extraño y de las que todos sean parte integrante», y a pasar a la «acción social»: «La súplica dolorosa de tantos que viven en condiciones indignas de seres humanos, no pueden dejar de afectarnos, venerables hermanos, y no pueden dejarnos inactivos, ya que no puede ni debe quedar desoída e insatisfecha. Debemos asumir un compromiso solemne a fin de que la Iglesia, movida e inspirada siempre por la caridad de Cristo que cierra la vía a soluciones de desorden y violencia, tome sus responsabilidades para la consecución de un sano orden de justicia social para todos» (8)

Ya estaban los obispos latinoamericanos asomándose al horizonte de «Medellín». Y es oportuno traer a ese horizonte romano de Medellín, un dato final de la Crónica de Medellín con que el Dr. Hernán Parada documentó el antes, el durante y el después de la II Conferencia General: «Los Documentos elaborados (en la Conferencia de Medellín) fueron entregados a Mons. Samoré, quien voló con ellos a Roma, donde fueron entregados a Pablo VI. Y una vez que las Congregaciones Romanas comprobaron la ortodoxia de los Documentos, emitieron sus opiniones por escrito. Entonces el Papa dio su aprobación». Y «el mismo día de la aprobación papal (24 de octubre de 1968) Pablo VI recibió a Mons. Pironio y le manifestó ‘el agrado con que había aprobado los Documentos de Medellín’, agregándole que dichos Documentos ‘constituyen un verdadero monumento histórico’. Y el Papa confió al Secretario General del CELAM, que ‘la Iglesia de América Latina ha llegado a un grado de madurez y a un equilibrio extraordinario, que la hacen capaz de asumir plenamente su propia responsabilidad» (9)

Hay que decir que el cronista no oculta que Roma transmitió al CELAM tres «deseos»: aclarar más la expresión «violencia institucionalizada»; que al exhortar en la solidaridad con los pobres a «hacer nuestros sus problemas y sus luchas» (Pobreza de la Iglesia 10) eso de «las luchas» podría «sonar a marxismo»; y, en general, que al diagnosticar los males del Continente, se indiquen las eventuales soluciones.

Lo que recupera el Magisterio Episcopal Latinoamericano

De los puntos luminosos de Juan XXIII, de Pablo VI y del Cardenal Lercaro, que iluminaron la experiencia eclesial y espiritual del Concilio Vaticano II en Roma, quedaron pocas huellas en los Documentos conciliares (10) Pero su luz se extiende por los Documentos de Medellín, de Puebla, e incluso por los de Santo Domingo ya con menor intensidad.

Esos puntos luminosos se concentran en bastantes páginas de los Documentos de Medellín, sobre todo en «Pobreza de la Iglesia», «Paz» y «Promoción humana».
En el Documento de Puebla, dan luz profética a la «Visión socio-cultural de la realidad de América Latina» y «de la realidad eclesial»; y la acentúan en los números 24-50, con los rostros latinoamericanos que son «rasgos sufrientes del rostro de Cristo; y en otros números; pero sobre todo en la «Opción preferencial por los pobres» (1.134-1.165).

Y en el Documento de Santo Domingo, están en «Los nuevos signos de los tiempos en el campo de la promoción humana»; sobre todo en «empobrecimiento y solidaridad», con los «nuevos rostros sufrientes» (178-181). También en «los desafíos de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas» (228-262); y en las «Líneas pastorales prioritarias», de manera particular en «Una promoción humana integral de los pueblos latinoamericanos y caribeños» y «Una evangelización inculturada» (296-301).

Quien lee en sintonía de fe con el Evangelio de Jesucristo los Documentos de esas Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, ve en su Magisterio la primacía de los pobres en la misión de Jesús y de la Iglesia. Lo que el cardenal Lercaro llamó «el Misterio de Cristo y de la Iglesia en los pobres» o «la eminente dignidad de los pobres en el Reino de Dios y en la Iglesia». El punto luminoso que Juan XXXIII presentó diciendo que «en los pueblos subdesarrollados, la Iglesia de todos ha de ser particularmente Iglesia de los pobres». Algo sin lo cual, la «Tradición eclesial» dejaría de ser la Tradición de la Iglesia de Jesucristo.

La V Conferencia General en Aparecida debe asumirlo y proclamarlo.

Notas:

(1) G. Gutiérrez, «La recepción del Vaticano II en Latinoamérica», en G. Alberigo-J. P. Jossua, La recepción del Vaticano II, Madrid (1987) 227, nota 27.
(2) Un comentario de Gustavo Gutiérrez a ese punto luminoso de Juan XXIII, en Alberigo-Jossua, op. cit. 221-225.
(3) G. Lercaro, intervención en la Congregación General del 6 de noviembre de 1962: Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Ecumenici Vaticani II Vol I, Periodus Prima, Pars IV, 327-330. Traducción española, T. Cabestrero «En Medellín la semilla del Vaticano II dio el ciento por uno», Revista Latinoamericana de Teología 46, Enero-Abril 1999, pp. 65-67.
(4) J. L. Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio I, Madrid (1964) 326-327.
(5) Martín Descalzo reseñaba así ese gesto en su crónica del 30 de noviembre de 1965: «El documento reúne firmas episcopales y sé que ayer sobrepasaba el centenar. Es un documento significativo y quiero recogerlo en estas crónicas porque estoy seguro de que permanecerá como uno de los ‘símbolos’ de este Concilio Vaticano II y de su espíritu»; Un periodista en el Concilio IV, Madrid (1966) 490-493.
(6) Pablo VI en la apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, en Concilio Vaticano II, BAC 252, Madrid (1966) 773.
(7) Alocución de Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, op. cit., 490-493.
(8) Pablo VI, Exhortación Apostólica al Episcopado de América Latina en Roma, en op. cit., 851-862.
(9) H. Parada, Crónica de Medellín, Bogotá (1975) 237-238.
(10) Tres alusiones puntuales significativas se ven en LG 8; AG 3; PO 6.

* Teófilo Cabestrero es misionero claretiano, teólogo, profesor y periodista

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