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Periodismo nauseabundo -- Jaime Richart, Antropólogo y jurista

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

La forma de abordar y de tratar el caso Monedero después de haber hecho de la anécdota prácticamente libelo algunos perio­distas predominantes, es nauseabundo. Incluso otros periodistas más ecuánimes, para responderles en vivo y en directo se ven obligados a empezar diciendo: «a mí tampoco me gusta cómo lo ha gestionado, pero…». Está claro que ningún periodista más o menos estrella quiere desentonar en esta interpretación de la melodía orquestada por periodistas y políticos miserables. Y el que razona de forma ponderada, a lo sumo lo que hace es decir que no lo tiene claro o que Monedero no aporta prue­bas convin­centes…

En suma, al igual que los economistas de relumbrón televisivo apenas discrepan entre sí y acaban siendo de la misma escuela, los periodistas solapan entre sí sus ba­jezas y dan rienda suelta al sensacionalismo subiéndose al ca­rro de la insidia, de la inven­ción y de la exacerbación de la irrelevancia puesto en ca­mino por colegas de entre ellos. ¿El pretexto que se encierra en una mente neolibe­ral como la de «ese» periodista y otros de su calaña que parecen hospedarse en Las Noches de la Sexta? Pues, por un lado, el dudoso mérito de haber destapado escánda­los cuyos logros, dada su catadura, no cabe duda de que tuvie­ron que ser con artimañas de macarra y tretas de narcotrafi­cante y sus fuentes turbias. Y por otro, hacer patente su olímpico desprecio hacia la noble misión de profesor. Noble misión, que incluye en el caso de este perseguido una gran am­plitud de miras que le hace «comprender» mejor las necesida­des y la filosofía social de los países latinoamericanos, y no se entrega a la política forajida de las élites económicas europeas y estadounidenses, a la que se apegan gran parte de los periodis­tas españoles y gran parte de los políti­cos que llevan en este país 37 años viviendo del cuento y medrando cuando no ro­bando…

El caso es que cuando nos hacen recorrer la larguísima pasa­rela por el que desfilan corruptos y sospechosos de lo mismo, no nos insinúan siquiera el caso de periodistas corruptos que se venden. Periodistas corruptos, no necesariamente por haber hecho alijos de dinero público para ellos solos ni por recibir sub­venciones su medio para apuntalar la Transición, la Constitu­ción y el statu quo entero de esta sociedad con el obje­tivo de que haya reformas que permitan que todo siga igual. No. Corruptos, porque la corrupción tienen muchas caras. Por eso, aun sin pruebas, está claro ya que demasiados periodistas se han acostumbrado a vivir entre la basura destilada por miles y miles de di­rigentes económicos, políticos, judiciales y empresa­riales que bullen en esta so­ciedad. ¿Qué harían ellos si este país fuese una balsa de aceite como Dinamarca, por ejem­plo? ¿De qué vivirían y escribirían y a quién perseguirían? Es­tos miserables, si no tienen carnaza la inventan. Y lo hacen con frecuencia. Y una manera de inventarse la reali­dad es agigantar la menudencia localizada en el «enemigo» ideológico, por la falta, por ejemplo, de un papel… Otra, mentir y exagerar bella­camente. Y otra, en fin, menospreciar al consa­grado a la peda­gogía, a la investigación y a la vida intelectual para, sin el más mínimo propósito de ir a la política «a fo­rrarse», como tantos y tantos hasta ayer, intentar sacar a este país del marasmo y de la pobreza en que se encuentran mi­llones de personas. ¿Y con qué motivo? Pues el sentimiento de deber del ciudadano responsa­ble a desempeñar dentro de la formación polí­tica.

Pues es cierto que nadie merece más respeto que otro pese a que el legislador y sus leyes blindan el respeto de tantos perso­najes públicos que en absoluto lo merecen. Y también lo es que el respeto se merece en cada circunstancia y tras probar en la ocasión que lo merece quien lo exige. Pero si hay una actividad digna de un respeto a priori, ésa es la enseñanza. Y los periodis­tas a que me refiero, como los fascistas de los años treinta en España, los desprecian y persiguen por motivos confe­sados en unos casos e inconfesables en la mayoría. El pe­riodismo es una superestructura. Y la primera superestructura que requiere una transformación profunda. La credibilidad de los periodistas en general, antes incluso de lim­piar al país de la corrupción política, empresarial y judi­cial que lo asfixian y an­tes que contribuir a recuperar la credibilidad de la que carecen los políticos, es quizá el primer y más urgente saneamiento que necesita este país…

24 Febrero 2015

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