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Pastores malhumorados, obispos felices -- Pedro Miguel Lamet, jesuita y escritor

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Religión Digital

Rouco51.jpgEl epískopos u obispo, según la etimología griega, es el que «mira por encima», no en la acepción popular de «engreído», sino del que vigila y cuida de la grey en sentido evangélico. Con el tiempo se le fueron asimilando términos del judaísmo y del paganismo helénico, como «sumo sacerdote» o «pontífice», que, por cierto, no le gustaban nada al llorado Juan XXIII, quien decía: «Yo no me siento nada de eso, sino simplemente un pastor».
Que a estas alturas las elecciones episcopales se equiparen al juego de fuerzas de unos plebiscitos civiles me parece grave.

Es cierto que siempre hubo una correlación de tendencias, que más que de izquierdas y derechas, correspondían a las diversas ópticas que provocó el Concilio y los nombramientos del demócrata y lúcido Pablo VI. Se dijo en cambio que el restauracionista Juan Pablo II sembró la Iglesia de prelados «más devotos, obedientes y ortodoxos que inteligentes y dialogantes».

Fue precisamente un obispo -rara avis, con bastante sentido del humor- quien en la intimidad me definió la mitra como «la prolongación de un vacío, o el apagavelas de la inteligencia». Añadía: «A veces son hombres capaces y estudiosos, pero en cuanto les dan un báculo, no sé qué les pasa que se les nubla la vista».

Más allá de bromas -bendito humor que desengrasa-, no se puede decir que en estas elecciones episcopales haya ganado la derecha, porque conservadores, en el sentido amplio del término, son casi todos los obispos. Los hay, sí, algo más tolerantes y que no están de acuerdo con el alineamiento político que últimamente ha caracterizado a buena parte de la cúpula episcopal; que les parecen intolerables las soflamas partidistas e insultantes de algunas voces de la Cope, hasta el extremo de llamar «masón» por sus micrófonos al mismísimo nuncio apostólico -por cierto un amable y templado portugués-, sólo por haberse atrevido a cenar con el presidente del Gobierno.

No faltan incluso los miembros de la Conferencia que están en profundo desacuerdo con la orientación de la última nota emitida a raíz de las elecciones. Que yo sepa, se han pronunciado comedidamente críticos Uriarte y Fernando Sebastián, especialmente por la referencia al diálogo político con ETA y la escasa incidencia de la misma en temas sociales. Aunque tal escoramiento venía ya de Suquía, que rompió con el taranconismo, el último documento apenas permite a un católico literalista otra opción que votar a la derecha. Es tanto, dada la nimia diferencia por la que ganaron Blázquez antes y Rouco ahora, como decir que la distancia entre conservadores y moderados viene a ser de dos o tres votos, que sin duda se ha inclinado por el cardenal de Madrid gracias al otorgado por algún que otro flamante prelado.

Pero ése no es el fondo de la cuestión. La verdad es que aquí no ha cambiado nada. El trío cardenalicio, compuesto por los arzobispos de Madrid, Toledo y Valencia -este último reforzado, en edad de jubilación, con la presidencia de la Comisión de la Doctrina de la Fe-, ha mandado en la Iglesia también durante la presidencia de un Blázquez que, con excelentes intenciones, apenas pudo impulsar su sincero estilo de sencillez y apuesta por el diálogo.

En medio de esta situación, lo que más me preocupa como cristiano es que en la España de hoy está resurgiendo un neoanticlericalismo cerril, en parte suscitado por intervenciones y actitudes de los propios obispos, en parte aprovechado por una miope clase política que tampoco cree de veras en la libertad religiosa. La desafección de un fuerte sector de la gente joven, la distancia de intelectuales y artistas, que parece estar dando a la Iglesia por imposible, entristece a muchos que hemos luchado por acercarnos a ellos hombro con hombro en el fragor de la cultura y la plaza pública.

Todo ello nos invita a pedir desde dentro y sin la menor inquina: dejen, por favor, la imagen de pepitos grillos y apaleadores de los males de la sociedad, señores obispos. Ya mamá televisión se encarga de calentarnos los oídos con las múltiples calamidades que hay en el mundo. Dejen esa actitud adusta y malhumorada que está muy lejos de ser un reclamo para atraer seguidores, y, por favor, aprendan a sonreír. No para hacer publicidad o vender mejor en la tienda, sino para que nos creamos que son ustedes felices.

Da la sensación de que entre todos nos hemos olvidado de que la traducción literal de «evangelio» es buena noticia. Que Jesús habló muy poco de moral sexual, y mucho menos intentó reformar las leyes civiles con su predicación, sino para mostrar un camino de vida y defensa de los más pequeños, aunque dicha política acabara por matarlo.

Al final, el ejemplo y la alegría son lo único que convence. Hasta Juan Pablo II nos dijo en su último viaje a España que esta verdad «se ofrece, no se impone». Como hizo también Benedicto XVI cuando vino a Valencia, frente a un sector que esperaba que diera más caña al Gobierno. Quizás a nuestra Iglesia le sobre algo del lastre histórico nacionalcatólico, que tanto daño nos hizo y que desearían resucitar algunos fundamentalistas. Una absurda necesidad de conducir a la grey a golpe de báculo y no con los amables silbidos del Buen Pastor, que decía: «Venid a mí los que estáis agobiados, que yo os aliviaré».

(El Pais)

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