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Para alimentar el debate abierto por Juan José Tamayo

Publicado en

De–construir el Estado de la Ciudad del Vaticano
Héctor Alfonso Torres Rojas
El artículo del teólogo Juan José Tamayo, “Vaticano, herejía del cristianismo”, ha despertado mucho interés, porque interpreta el sentir de muchas y muchos creyentes, altamente preocupados por el futuro del Evangelio y de la Iglesia. La cuestión de las reformas de la Santa Sede, del Estado de la Ciudad del Vaticano y de la Curia vaticana no fue tocada en el Concilio Vaticano II, porque se atravesaron múltiples intereses curiales, cardenalicios, episcopales y de esos múltiples monseñores que viven en los pasillos de los palacios vaticanos y diocesanos.

Es una cuestión pendiente, que clama otra vez, y sobre todo teniendo en cuenta los escándalos vaticanos de los dos últimos años. Es una cuestión urgente que será nuevamente aplazada, pero que ya no puede ser acallada. Es una cuestión que interesa a otras iglesias y a la opinión pública, creyente o no.

Para alimentar el debate, quiero enumerar otros temas que hacen parte de ese conjunto Santa Sede/Estado de la Ciudad del Vaticano. Esos temas-cuestiones configuran parcialmente la Segunda Parte del libro “¿Iglesia sin futuro”? o “¿Futuro sin Iglesia”?

A propósito del Estado de la Ciudad del Vaticano, se pueden hacer las siguientes afirmaciones:

** No lo propuso Jesús de Nazaret.

** No entra en el espíritu, la lógica y la letra del Evangelio.

** Es una estructura de PODER POLÍTICO, que recibe frecuentes críticas

desde la filosofía laica, la sociedad laica y el estado laico, porque se analiza

como la interferencia de un Estado confesional sobre los estados laicos.

** Desde el Evangelio, es necesario de-construir la Teocracia y

el Poder Monárquico del Pontífice.

El Pontífice debe ser ante todo “Padre” y no Jefe de Estado.

** Es un imperativo de-construir estructuras burocráticas y muy poco

o nada democráticas de las congregaciones o ministerios

de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano,

** Que, además, consumen un presupuesto enorme,

que riñe con la Iglesia Pobre y al servicio de los Pobres

** De-construir las nunciaturas. No deberían existir.

Es un gasto nada evangélico. Hacen contrapeso a las iglesias locales.

** Deconstruir la teología que super valora a la Jerarquía y al Obispo,

en detrimento de la Iglesia-Pueblo de Dios

Obispo Pedro Casaldáliga: “Cierta jerarquía de la Iglesia no aporta nada, sólo excomulgan y prohíben“.

Antonio Aradillas:

“La medianía del episcopado desvitaliza”

Obispos, ¿acólitos del Papa?

“El tipo de obispo que interesa es el dócil, obediente a la ortodoxia y nada abierto”.

“A los obispos los eligen e imponen hoy los Nuncios de los diversos países y la Curia romana. Sus nombramientos se les suelen atribuir a los Papas, pero a este se lo dan todo hecho” (31 de julio de 2012).

Si no se de-construyen esas y otras estructuras, la Iglesia no será, de verdad:

** Iglesia-Pueblo de Dios

** Sacerdocio Universal de los Fieles

** Comunión en la Fraternidad-Comunidad de Iguales

** No será Iglesia Pobre y Servidora

** No habrá colegialidad episcopal auténtica

** Los sínodos episcopales seguirán siendo controlados

** Las conferencias episcopales nacionales no tendrán

verdadera autonomía

** Hay demasiada Institución eclesiástica centralizada desde

la Santa Sede/Estado de la Ciudad del Vaticano

y poca Iglesia-Comunidad

** Deconstruir la teología clerical que causa detrimento a la teología y a

la praxis del Pueblo de Dios.

** Se hace necesario desclericalizar la Iglesia.

Parte de estos temas-cuestiones son analizados en artículos y/o columnas de opinión por diferentes autores, que ofrecemos a continuación, para alimentar el conocimiento, la reflexión y el debate.

La reforma de la Institución eclesiástica sigue pendiente

Teólogo Juan E. Estrada

…..
“Pablo VI recogió algunas demandas, procedió a internacionalizar la curia y a disminuir el peso de italianos y europeos; a poner un límite de edad a los obispos y a los cardenales electores; y a instaurar un sínodo episcopal que se reuniría regularmente y que sería autónomo de la curia romana. A estas iniciativas se opuso un sector importante de las congregaciones romanas, así como la minoría conciliar que se convirtió en mayoritaria durante el pontificado de Juan Pablo II. Las propuestas del Concilio quedaron a mitad de camino y se frustraron porque los encargados de llevarlas a cabo fueron muchos de los que se opusieron a las iniciativas conciliares.

Cincuenta años después, la necesidad de una reforma de la curia, de las congregaciones y del gobierno pontificio permanecen. Ha fallado la ansiada transformación de las estructuras y modo de gobierno, y se amontonan los escándalos, los problemas y el desconcierto de los católicos. Primero fue el escándalo de la pederastia: no solo los miles de casos que aparecieron, sino el silencio continuado y la protección de los causantes, a costa de las víctimas.

Ahora el panorama se complica y se publican cartas de nuncios que hablan de corrupción y de abusos económicos, de los cuales ha habido otros casos en los últimos decenios. Y se añaden ataques contra el secretario de Estado; anuncios de un supuesto plan para acabar con el papa, que vuelve a recordar a Juan Pablo I; filtraciones de documentos secretos por prelados; enfrentamientos y luchas de poder. L’Osservatore Romano se refirió al papa como el pastor entre los lobos.

Algo huele a podrido en la cúpula de la Iglesia. El poder corrompe a las personas en las instituciones, y las religiosas no se escapan. La necesaria reforma de hace 50 años sigue pendiente y es más necesaria que nunca. Incluso la internacionalización parece frenada y el reciente cónclave de cardenales es marcadamente europeo e italiano (casi la mitad de los cardenales electores pertenecen a la curia romana y África e Hispanoamérica han sido omitidas)…

Juan E. Estrada, teólogo español, columna de opinión

http://laicos.antropo.es/x806-Estrada.htm

Propuesta de carácter inmediato para empezar a salir de la crisis

El Vaticano en crisis

José María Castillo, teólogo

Redes Cristianas, Madrid, junio 11 de 2012

El Vaticano nunca se ha distinguido por su transparencia informativa. Por eso, en este momento, no sabemos lo que realmente está ocurriendo en el Estado cuyo jefe es el papa. Lo único que sabemos con seguridad es que, tal como está organizado el gobierno de la Iglesia, hay razones muy serias para temer con fundamento que esto seguramente tendrá consecuencias muy graves. Por supuesto, sabemos de sobra que la Iglesia ha tenido que soportar no pocos escándalos vaticanos. Pero éste se ha venido a presentar en unas circunstancias históricas que lo hacen más peligroso y de más sombrías consecuencias.

Cuando la crisis de la religión arrecia más en los países más industrializados del mundo. Cuando esa crisis se nos presenta en los años de la peor crisis económica y política de ámbito mundial que hemos tenido que soportar. Cuando los escándalos de orden moral, dentro de la Iglesia católica, la vienen azotando de forma que la desbandada de fieles que abandonan sus creencias y sus prácticas religiosas resulta cada día más preocupante. Cuando el episcopado católico, en no pocos países, da la impresión de andar desconcertado y, desde luego, no preparado para afrontar los problemas que acabo de apuntar.

En estas condiciones, nos enteramos de que los enfrentamientos por el poder – un asunto tan inhumano y tan anti-cristiano – están destrozando la lucidez, la serenidad y el clima espiritual que tendría que dominar en el cúpula del gobierno eclesiástico. ¿Qué hacer en estas condiciones?

Como es lógico, sería una ingenuidad presentarse ahora diciendo: “yo tengo la solución”. Si no sabemos, a ciencia cierta lo que ocurre, ¿cómo le vamos a poner la solución a un problema que no conocemos en sus raíces y sus aspectos más determinantes?

Sea lo que sea de todo esto, una cosa es cierta: esta crisis vaticana se produce en un momento que la agrava especialmente sobre todas las demás que se han dado en la historia. En otros tiempos, las crisis del papado surgieron cuando, en los llamados países cristianos, existía un “régimen de cristiandad”. Por eso el tejido social, por más deteriorada que estuviera la cúpula cardenalicia y el mismo papado, seguía vinculado a la religión y a la Iglesia.

Hoy ya no existe “régimen de cristiandad”, sino una secularización descarada y galopante, que, por sí sola, empuja a grandes sectores de la población a abandonar la religión, la fe, las prácticas sagradas, las tradiciones eclesiásticas, etc., etc. Por eso, hoy, un papado ejemplar sería una tabla de salvación para mucha gente. Pero, por desgracia, carecemos de esa ejemplaridad. Y por eso la Iglesia se hunde en la crisis.

¿Se puede hacer, en este momento, una propuesta audaz, que sirva de respuesta para una crisis apremiante? Con la debida modestia y humildad, me atrevo a proponer un camino de solución que se basa en los puntos siguientes:

1) El cardenalato no pertenece a la estructura jerárquica y sacramental de la Iglesia. Por tanto, se podría prescindir de él. El cargo de cardenal es una mera dignidad, que lo mismo que se da, se puede quitar. Y a la Iglesia no le ocurriría absolutamente nada por eso.

2) El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia (nº 22), dijo que “el orden de los obispos… junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice”.

3) En este momento, no se puede pensar seriamente en un Concilio Ecuménico, dado el tiempo y el gasto económico que eso llevaría consigo.

4) ¿No sería razonable que los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo católico propusieran al papa una reunión extraordinaria para programar un camino de solución a la situación presente, al margen del Colegio cardenalicio?

Habida cuenta de que, al hacer esta propuesta, no se toca para nada ningún dogma de la fe cristiana, ya que todo lo dicho son cuestiones jurídicas y organizativas, parece razonable que esta propuesta, con las matizaciones que fueran necesarias, se hiciera objeto de estudio en orden a adoptar las decisiones más urgentes que se pudieran tomar en el momento presente.

Nota. HATR colocó los párrafos en rojo.

De cuervos y mayordomos infieles

Por Juan María Laboa

Licenciado en Filosofía y Teología y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma – Religión Digital, Domingo, 17 de Junio de 2012

EL Vaticano provoca, a menudo, fascinación y deseos incontenibles de conocer los misterios que parece ocultar. Se trata, en el fondo, de una institución que parece heredar los excesos del Imperio romano, las pasiones de Bizancio, las intrigas medievales, el aparato deslumbrante renacentista y las exageraciones barrocas. En realidad, los cristianos podríamos resumirlo más modestamente afirmando que sigue habiendo mucha vasija de barro para contener y, a veces, ocultar el Espíritu.

Se sabe muy poco, todavía, de lo que tanto se habla y escribe en estos días. ¿Hay una intriga para desbancar al secretario de Estado? ¿Podemos presumir que hay cardenales y obispos manejando los hilos? ¿Detrás del conflicto existe un plan para poner en primera fila a candidatos aceptables para la próxima Sede vacante? …

Está claro que se han publicado bastantes docenas de documentos confidenciales y secretos gracias a un robo masivo perpetrado en la habitación privada del papa -probablemente, la más reservada y oculta de las existentes- por parte, al menos, del hombre de confianza de Benedicto XVI…

Descubrimos en los documentos un mundo cerrado de envidias, de lucha inmisericorde por escalar puestos, de denigración de personas respetables con el fin de conseguir sus intereses, ocultando irresponsable e interesadamente actuaciones que acabarían por dañar el prestigio de la Iglesia y, también, nos topamos con las entrecruzadas relaciones de obispos o cardenales con periodistas y políticos italianos en activo. Si tenemos en cuenta las acusaciones lanzadas en los documentos, muchos han utilizado con desenvoltura medios ilícitos o poco edificantes para conseguir sus propósitos.

En otro orden de cosas, pero en el mismo ámbito espacial, los aparentes desórdenes del IOR, el banco vaticano en el que depositan sus haberes tantas congregaciones misioneras, religiosos que gobiernan innumerables instituciones de educación o de sanidad, los organismos de gobierno de la Santa Sede, quienes trabajan en estas instituciones y un buen número de laicos, de alguna manera relacionados con esta inmensa maquinaria eclesial.

Dios nos libre de libertadores que han descubierto que Jesús era burgués y que ya no es necesario preocuparse tanto por los pobres y marginados. Para mafiosos, mejor los de siempre

Probablemente, un estudio comparado nos confirmaría que todas estas marrullerías son las mismas que se repiten en las administraciones de los diversos países. Solo que en Roma muchos de los protagonistas llevan solideos púrpura o morados. En la Iglesia no existen oficialmente partidos, ni campañas electorales ni ambiciones por lograr puestos o subir el escalafón, pero, dado que el corazón humano se mueve, casi siempre, por las mismas pasiones y ambiciones, los pecados y las infidelidades son las mismas. No olvidemos la insistente recomendación de Jesús, “no así vosotros”, tantas veces olvidada por sus discípulos.

Siempre habrá sido así, pero en nuestros días está adquiriendo una gravedad inusitada, a causa de las omnipresentes comunicaciones sociales y de una nueva sensibilidad que hace que el conocimiento de estas actuaciones golpee nuestras conciencias y se refleje dramáticamente en la falta de prestigio de una Iglesia que, por otra parte, dedica sus mejores miembros y gran parte de sus bienes al mundo de los pobres y de la marginación.

De todas maneras, tengo la impresión de que cuanto sucede hoy y desde hace siglos se debe fundamentalmente a las intrincadas relaciones entre eclesiásticos, políticos y negociantes, la mayoría italianos, que componen redes de clientelismo, amiguismo y chanchullos, de imprevisibles consecuencias, en una mezcla deletérea de un catolicismo muy politizado y una política menesterosa de una religión a la que manipular. El clericalismo, no siempre creyente, y los intereses bastardos, disfrazados de pietismo, conjuntados, constituyen las tentaciones del desierto, a menudo presentes en la historia de la Iglesia.

Un papa anciano y extranjero o un cardenal canadiense, parachutados en este ambiente, pueden ser esquilmados, engañados o ninguneados, pero no resulta fácil darse cuenta. “Aquí todo se decide y se hace en nombre del Santísimo (el Papa), pero éste no se entera”, solía decir Juan XXIII. Por otra parte, en el caso actual encuentro un agravante: la nueva costumbre de escribir directamente al Papa, saltándose los intermediarios y filtros habituales, y una manera de expresarse que manifiesta, con las habituales fórmulas melifluas y obsequiosas, una cierta reconvención al mismo Papa.

No cabe duda de que la situación del mundo y del cristianismo exige, sin embargo, un cambio radical y romper con el modelo medieval y decimonónico existente en Roma (y en algunas diócesis), romper con un estilo áulico, de monarquía absoluta y validos, con un talante casi mafioso de falta de respeto de los derechos individuales de los creyentes. Ha llegado la hora de una mayor participación de toda la Iglesia en su marcha, de un sínodo romano operante en las cuestiones importantes, de una efectiva colegialidad de los obispos, elegidos al margen de intereses de minorías. Si esto sucede, la Curia romana ya no sería un órgano mediador entre el Papa y los obispos, sino un órgano administrativo y ejecutivo al servicio del Papa y del colegio episcopal, salvándose así muchos de los inconvenientes actuales. Juan Pablo II indicó a los cristianos la necesidad de estudiar nuevas formas de ejercer el ministerio pontificio. El Concilio Vaticano II propuso algunos. Creo que ha llegado el momento de afrontar el tema con transparencia.

Cuentan que algunos grupos integristas de nuevo cuño, con nombre y apellido, están escandalizándose y denunciando cuanto sucede en Roma con la inocente intención de hacerse ellos con el poder. Dios nos libre de estos libertadores que han descubierto que Jesús era burgués y que ya no es necesario preocuparse tanto por los pobres y marginados. Para mafiosos, mejor los de siempre.

Fuente. WWW.religión digital.com. Madrid, Junio 17 de 2012.

Nota. El autor del libro, HATR, colocó en negro y en rojo, algunos párrafos.

Cómo nació la Curia Vaticana

Xavier Pikaza, teólogo, España

Redes Cristianas, junio 11 de 2012

Curia es la “casa del Kyrios” o Señor, con sus departamentos, habitaciones y servicios. En sentido estricto, en la Curia sólo hay un Kuros o Kyrios, y los demás son servidores. Ésta es una palabra que cuadra con la administración del Vaticano, que nació en su forma actual tras el Concilio de Trento.

Antes, la Iglesia de Roma tenía una administración patriarcalista, con sus valores y defectos, aunque en los últimos decenios había caído en un fuerte nepotismo, gobierno de clanes, nepotes, familias, según turnos papales. Pero, en un momento dado, en la segunda mitad del siglo XVI, cuando se organizaban los nuevos estados (España, Francia, Inglaterra), también el Vaticano quiso e instituyó un “gobierno racionalizado”, con el Kyrios-Papa y sus delegados y administradores, como indicaré.

Esa administración curial ha funcionado, pero ahora parece absolutamente en Crisis, y no sólo, ni principalmente, por las declaraciones del Cuervo (que son puramente marginales, asunto de navajas que se dan en todo círculo de poder cerrado…). La crisis es muchísimo más honda,en clave social y, sobre todo, evangélica. O todo cambia (cesa y se recrea) en aquella Curia barroca (del 1588) y absolutista, o mal futuro tiene el Estado Vaticano con ella.

Para alumbrar algo el tema, con mi pequeño candil de pueblo, quiero ofrecer una breve reflexión sobre el origen de la Curia Actual. Para otro día pueden quedar otros temas, como su prehistoria (Reforma Gregoriana), sus trece poderes actuales… y su posible “liquidación”.

(Ejemplos de liquidaciones recientes tenemos los viejos del lugar: la del Estado Franquista en España, la de la URSS, etc). Buen día a todos… incluido el Cuervo.

((Nota: El cuervo-paraguas negro de la imagen es demasiado claro para ser verosímil. Por eso, los expertos buscan agentes dobles. El cuervo que sigue es de teatro, quizá más hermoso)).

Introducción particular

Ayer dije que este Papa quiere hablar de Jesús (¿podrá terminar la tercera parte de su libro Jesús de Nazaret?), pero la Curia sigue su dinámica de monseñores y submonseñores… una rueda triste de comisiones y trabajos para salvar las apariencias de que se hace algo, cuando muchos pensamos que no es necesario que se haga de esa forma, ni en Roma, de manera centralizada, pues el 90% de las cosas que hace la Curia Vaticano no derivan del Evangelio, ni son convenientes para las Iglesia.

Algunas cosas no deberían existir ni hacerse (IOR, Estado Vaticano, nunciaturas…); otras deberían hacerse mejor, pero de otra forma (desde las mismas diócesis, o en forma de reuniones colegiadas…)

Ni el Papa anterior (Juan Pablo II), ni éste (Benedicto XVI) han sido capaces de entrar en la Curia, de eliminar todo aquello que sea directamente evangelio, de “gobernar” en transparencia y fraternidad…

Así, por ejemplo, todo el problema del Cuervo y los secretos del Vati-Leaks (a no ser los de normal privacidad) se arreglaría inmediatamente, publicando los papeles, directamente, sin esperar al pájaro negro, que también es de Dios. Se vería que las cosas no son tan malas, que la gente del Vaticano en general es buena, aunque el tipo de poder corrompe; son cuatro siglos y medio, en la misma línea, son demasiados y además responden al absolutismo post-tridentino del miedo, no a la libertad del evangelio

Lo mejor que pueden hacer el Papa y Bertone es poner todas las cartas sobre la mesa, todas (no esperar a que el Corvo la publique), menos aquellas que son de intimidad personal. Hace falta dejar de Gobernar como Curia, con un Kyrios superior con sus secretos y sus subordinados. La inmensa mayoría de los funcionarios del Vaticano podrían disolverse, pues sus funciones no responden al evangelio.

Por eso, me da gran tristeza el método del Corvo… pero probablemente es bueno y necesario. Que mañana el Papa y Bertone digan: Estos son los papeles, aquí los tienen todos… Esto es lo que hay, no tengamos miedo… Deben acabar 450 años de iglesia post-tridentina. Por eso me parece bueno recordar el origen de la Curia actual, con su administración centralizada… Nada, menos de 450 años, un ayer que puede pasar, para que encontremos caminos nuevos de administración evangélica. No para “no hacer”, sino para hacer más y mejor, de forma evangélica, en las iglesias del ancho mundo cristianos

Nota previa, tras el Concilio de Trento:

Acabado el Concilio de Trento (1445-1563), la Iglesia Católica se organizó, desde su centro de Roma, cuidando de un modo especial su administración, su unidad y su doctrina. En este momento empezaron a introducirse en las parroquias y diócesis los “libros” de matrimonios y bautismos, de forma que se inicia, una era de racionalización burocrática de la sociedad, a través de la Iglesia. Al mismo tiempo se cuidó la formación intelectual y moral (personal) de los sacerdotes, creando para ello “seminarios” adecuados, y vigilando de un modo consecuente el celibato del clero. En ese contexto se inscriben las reformas de Pío V y, sobre todo, la estructuración de la Curia Vaticana, como órgano de gobierno del papa, que realizó Sixto V.

Pío V (1566-1572). Catecismo, Breviario, Toros (todavía sin curia)

Fue el primer papa después del concilio. Pertenecía a la Orden de los Dominicos, y había sido profesor de teología y gran inquisidor, famoso por su autoridad y su firmeza. Volvió a proclamar la supremacía absoluta de la Sede Vaticano sobre el conjunto de la Iglesia y de la sociedad, en una bula titulada In Coena Domini (1568), que debía leerse y se ha leído en las iglesias católicas en la celebración de la “Cena del Señor”, del Jueves Santo, a lo largo de dos siglos (aunque ya no se lee, las mismas cosas eternas pasan).

Pío V se propuso no sólo la reforma de la fe, tal como está condensada en el Catecismo Tridentino, promulgado bajo su mandato (1566), sino que quiso superar también los “abusos” y singularidades litúrgicas, publicando un manual uniforme de oración clerical y monacal (Breviarium Romanum, 1568) y, sobre todo, un formulario litúrgico también unificado para la celebración eucarística (Missale Romanum, 1570). Ambos, breviario y misal, se han seguido utilizando, con ligeros cambios, hasta el Vaticano II.

Pio V promovió, sobre todo, la reforma del clero, insistiendo en la creación de seminarios para su formación. También quiso “moralizar” las costumbres de la sociedad, especialmente en Roma (prohibición de la blasfemia, expulsión de las prostitutas etc.). Entre sus documentos hay uno en el que prohíbe, bajo pena de excomunión, la fiesta de toros (De Salute Gregis Domini, 1567). De un modo lógico, consciente de su poder sobre la Iglesia de España, el rey Felipe II prohibió la difusión de esa bula en sus reinos, por lo que las fiestas de toros se siguieron celebrando.

Sixto V (1585-1590). Curia vaticana

Pero más importantes y duraderas que las reformas de Pío V fueron las de su sucesor Sixto V (1585-1590), un papa de la Orden Franciscana, que se propuso racionalizar el gobierno de la Iglesia. Ciertamente, los papas habían tenido ya una buena organización, pero de tipo más bien “familiar”, y, en los últimos tiempos, propensa al “nepotismo”, es decir, al encumbramiento de sobrinos y parientes. Pues bien, siguiendo el modelo de los nuevos estados centralizados que estaban triunfando (Francia, España, Inglaterra), Sixto V creó la administración unificada de la curia romana (Bula Inmensa Aeterni Dei, 1588), que se ha mantenido con pequeñas reformas hasta la actualidad. Éste es su preámbulo:

“La infinita sabiduría de Dios eterno, ha puesto en su creación una maravillosa armonía como arquitecto de todas las cosas, dando a cada una su propio fin, y uniendo todas entre sí en manera que todas se sirven recíprocamente. Así también ha dividido los habitantes de la Jerusalén celestial en diversos órdenes, de los cuales los más elevados iluminan a los otros para comprender mejor la voluntad de Dios. El ha dividido también el cuerpo de la Jerusalén militante a imagen de la triunfante en diversos miembros con su jefe, unidos por medio del vínculo de la caridad, que se ayudan recíprocamente.

El Romano Pontífice, que ha sido constituido cabeza visible del cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia…, llama a sí a muchos colaboradores, ya sea los obispos… ya los cardenales, como miembros los más nobles y próximos al jefe, como los apóstoles con Jesucristo. Por tanto el Romano Pontífice, a ejemplo de Moisés, que por orden de Dios instituyó el senado de los 70 ancianos para que éstos junto con él se hicieran cargo del pueblo, divide el peso pontificio con los cardenales, siempre guiado por el pensamiento de que todos los que buscan refugio en la Santa Sede, tanto por piedad como para tutelar los propios derechos, para obtener favores, etc. lleguen seguros y puedan negociar más fácil y prontamente sus propios asuntos…» (Texto en http://www2.fiu.edu/~mirandas/immensa.htm).

Este ideario de fondo ha guiado la constitución de las 15 Congregaciones (Ministerios) del Estado Papal de la Iglesia, presididas por cardenales (9 para asuntos espirituales y 6 para asuntos temporales, mezcladas entre sí).

Léanse de nuevo estas palabras de la Bula fundacional de la Curia… Son hermosas, me sumo a ellas y canto de gozo; son platónica (neoplatónicas), son de Antiguo Testamento, son muy buenas… Pero tienen el simple defecto de no ser cristianas. No provienen de Jesús ni de su evangelio… ni son ya actuales (año 2013)…, pues hay otras visiones de la Administración y del Derecho.

Pero sigo con el tema:

Las Congregaciones debían reunir cada semana para tratar de sus asuntos; y cada semana debía reunirse también el consistorio (formado por los cardenales presidentes de las congregaciones), formado así una especie de “consejo de ministros” de la Iglesia, siempre al servicio del Papa, que tenía por sí mismo toda autoridad. De esa manera ayudaban al Pontífice en el gobierno de la Iglesia. Éste era el nombre y función de las 15

congregaciones, que han seguido, con variantes, hasta el momento actual (recuérdese que estamos en los tiempos de Felipe II, el rey gobernador de las Españas):

1. Santa Inquisición. Había sido instituida por Pablo III (1542). La presidía directamente el Papa, y tenía la finalidad de mantener la fe. Vigilaba las herejías, iba en contra de los abusos en la administración de sacramentos, y se ocupaba de luchar en contra de los cisma y de los pecados en contra de la fe (apostasía, magia, adivinación…).

2. Signatura Apostólica. Llamada también “Congregación de gracia”. Estaba bajo la dirección del Papa. Actuaba como Tribunal Supremo y como “notaría apostólica” de la Iglesia. Preparaba los documentos (Breves apostólicos, Bulas…) que debían proponerse para la firma del Papa.

3. Congregación del Consistorio. Se encargada de la fundación de nuevas diócesis. Preparaba asimismo la agenda secreta del Papa, funcionando también como una especie de corte de justicia del Papa.

4. Congregación para asuntos económicos. Solía llamarse la “annona” (arca, almacén…) y estaba encargada de vigilar las cuentas económicas de la Santa Sede y de distribuir limosnas a los pobres.

5. Congregación de ritos y ceremonias. Era quizá la más significativa después de la Inquisición. Trataba de la canonización de los santos, de la preparación y corrección de los libros sagrados (pontifical, ritual, ceremonial, misales etc.) y organizaba todo lo relacionado con el culto.

6. Congregación para la defensa del Estado Pontificio. Se ocupaba del ejército del papa y especialmente de su flota, para limpiar la costa de piratas, defender a los peregrinos y garantizar de la seguridad pública.

7. Congregación del Índice de Libros prohibidos. Instituida ya por Pío V en 1571. Sus miembros debían completar y actualizar el elenco de libros prohibidos, para defensa de la fe católica, con ayuda de algunas universidades católicas más significativas (Salamanca, Lovaina, París y Bolonia).

8. Congregación para la interpretación del Concilio (de Trento). Sólo el Papa podría interpretar los decretos dogmáticos. Esta Congregación interpretaba los decretos disciplinares, teniendo que consultar con el Papa cada vez que lo hacía.

9. Congregación para los agravios en los Estados Pontificios. Recibía las quejas que los miembros del clero y los ciudadanos de los Estados Pontificios elevaban contra el funcionamiento del Estado.

10. Congregación para la Universidad de Roma. En principio regulaba el funcionamiento de la Universidad de Roma. Pero pronto recibió el encargo de ocuparse de todas las universidades católicas, vigilando sobre su ortodoxia, especialmente en el campo de la teología y del derecho canónico.

11. Congregación de religiosos. Regulaba las cuestiones relacionadas con las órdenes religiosas, dirigiendo su funcionamiento, el paso de los religiosos de unas órdenes a otras, la exclaustración etc.

12. Congregación de los obispos. Se ocupaba de todo lo relacionado con los obispos y demás “prelados” en el gobierno de las iglesias; proponía candidatos para visitadores apostólicos y para vicarios apostólicos, y se ocupaba de la inmunidad eclesiástica y de los bienes de la Iglesia.

13. Congregación de calles, puentes y aguas. Se encargaba de las obras públicas del Estado Pontificio, actuando como un ministerio de fomento.

14. Congregación para la Tipografía Vaticana. Estaba encargada de imprimir sin errores los libros eclesiásticos, en especial las biblias en hebreo, griego y latín; publicaba los decretos pontificios y los documentos de los concilios ecuménicos y de los Santos Padre.

15. Congregación de la consulta. Se ocupaba de resolver las dudas y conflictos, especialmente en causas civiles y criminales para los ciudadanos del Estado Pontificio.

De esa manera, con la ayuda de quince congregaciones o ministerios, la Curia Vaticana pudo racionalizarse, superando el peligro anterior del nepotismo y la improvisación, con un cuerpo de funcionarios estables. La iglesia romana con su Papa vino a convertirse de esa forma en un Estado Religioso bien establecido, con una burocracia eficiente, encargada de solucionar la mayor parte de los problemas de los católicos del mundo y del propio Estado Vaticano. Esa centralización administrativa resultaba necesaria, dentro de una visión absolutista de un papado, que debía resolver, de un modo directo, casi todos los aspectos de la vida de la iglesia.

Esta burocracia profesionalizada de la Curia hizo posible el surgimiento de una época de estabilidad para una iglesia que, libre ya de la tutela de los reyes bizantinos (siglos IV-VII) y de los carolingio-germanos (siglos IX-XV), pudo actuar con más independencia ante el resto de Europa y del mundo. De todas formas, por su misma falta de un ejército capaz de ganar grandes guerras, el Papa vino a quedar sometido, en otro plano, a las naciones católicas más significativas (España, Francia y Austria), que defendían sus propios intereses, tal como lo muestra claramente el derecho de veto que los reyes asumieron en el tema de las elecciones papales.

Pero el tiempo de la Curia ha terminado…

Ciertamente, algunas pequeñas oficinas pueden quedar, pero pequeñas, y no para intervenir en el mundo entero, sino sólo como signo de fraternidad entre las Iglesias….

Lo que ha de hacer el Papa, y ha de hacerlo bien, es ser buen obispo de Roma, dando así ejemplo a todas las iglesias…

Pero ¿cómo podrá empezar la reforma-refundición-abolición de la Curia? Deberá pensarlo el mismo Papa y los que andan por allí, si son capaces de auto-disolverse, para que la Iglesia sea comunidad de comunidades…

EL VATICANO, HEREJÍA DEL CRISTIANISMO


Juan José Tamayo

A principios del siglo XX el teólogo modernista francés Alfred Loisy escribió en El Evangelio y la Iglesia: “Jesús anunció el Reino y vino la Iglesia”. El papa no tardó en poner la obra en el Índice de Libros Prohibidos. Sin embargo, Loisy llevaba razón, como demostrara después el exegeta alemán Rudolf Schnackenburg en su influyente obra La Iglesia del Nuevo Testamento: “No la Iglesia, sino el Reino constituye la última intención del plan divino”. Schnackenburg es el teólogo de referencia de Benedicto XVI en sus recientes obras sobre Jesús de Nazaret de mane reiterada y elogiosa.

Yo creo que la Iglesia constituye el primer fracaso de Jesús el Galileo, que puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, nacido en la “Galilea de los gentiles”, contrahegemónico, ubicado en los márgenes de la sociedad y de la religión judía, que anunció el reino de Dios como alternativa al poder político-imperial y a la religión tradicional.

Luego surgió la Iglesia como organización jerárquico-patriarcal, aliada con el poder y ella misma detentadora de todo el poder, el espiritual y el temporal. Para ello tuvo que incumplir la orden del Maestro: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos, y sus grandes los oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos, 10,42-44).

La Iglesia se organizó al modo imperial y, con el paso del tiempo se convirtió en Estado bajo la autoridad del Papa, persona con más poder que los faraones egipcios, los emperadores romanos, los califas otomanos y los reyes católicos pero que osa llamarse “siervo de los siervos de Dios”. Si la Iglesia no es de institución divina, menos aún lo es el Vaticano. Este no es el centro de la Cristiandad, ni Roma, la ciudad santa y eterna, sino, un lugar de intrigas, maquinaciones, traiciones, luchas por poder, negocios turbios. No sé si nació para eso, pero, históricamente, ha actuado así, unas veces con nocturnidad y alevosía; otras, con luz y taquígrafos, hasta el punto de convertirse en ejemplo, o, mejor, mal ejemplo, de comportamientos oscuros, que con frecuencia se han justificado e imitado.

El papa no está libre de las intrigas, es parte de las mismas y, en ocasiones, su principal responsable. Es el caso de Benedicto XVI, que lleva treinta años en el centro de la intriga, primero como presidente de la todopoderosa poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, que condenó a teólogos y teólogas acusados de heterodoxos y sustituyó a obispos del concilio Vaticano II por obispos neoconervadores. Luego, en el Cónclave, donde movió todos los hilos para conseguir su elección papal con el apoyo de la mayoría de los cardenales que habían sido nombrados durante su mandato como Inquisidor de la Fe. Y ahora como Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, que, según la “Constitución” del Vaticano, detenta en su persona la plenitud de los tres poderes, y como Papa, que gobierna a más de mil católicos de todo el mundo, que no han participado en su elección y cuyas decisiones son inapelables.

Ayer conocimos la noticia del procesamiento del mayordomo del Papa Paolo Gabriele y del empleado de la Secretaría del Vaticano Claudio Sciarpelleti, acusados de robo y difusión de documentos secretos de la Santa Sede, según la sentencia del juez instructor del Tribunal del Estado Vaticano contra el mayordomo del papa Gabriele acusado de “robo con agravante”. El mayordomo ha reconocido los cargos que se le imputan alegando que su intención era “mejorar la situación eclesial vivida en el interior del Vaticano y nunca para dañar a la Iglesia”.

Yo creo que en la trama está implicada buena parte de Curia, incluido el Papa. Todos deberían ser investigados. Y, tras la investigación, proceder a la supresión del Vaticano como Estado, que es la gran herejía del cristianismo, y del Papa como Jefe de Estado, que es la encarnación del poder absoluto. Por ahí debe comenzar la Reforma de la Iglesia, como acaba de proponer Pére Casaldáliga, obispo catalán emérito de la Prelatura brasileña de Sâo Felix do Araguaia.

(EL PERIODICO DE CATALUÑA, 14 de agosto de 2012)

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