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Para acabar con la crisis: ¿autoridad o ejemplaridad? -- José M. Castillo, teólogo

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Nadie duda que, para salir cuanto antes de la crisis, necesitamos gobernantes con autoridad, políticos inteligentes, economistas que tengan la competencia necesaria y sepan tomar las decisiones más eficaces para superar lo antes posible la calamitosa situación en que nos han metido los responsables de la catástrofe que estamos sufriendo. Todo esto, por supuesto, es importante y urgente. Pero más necesaria y más urgente que toda la autoridad y todo el poder de gobernantes, políticos y economistas, es la ejemplaridad de todos, de los gobernantes y de los gobernados.

Al hablar de ejemplaridad, me refiero lógicamente a la vida ejemplar en cuanto se refiere a la utilización del dinero, por poco que sea. Con lo cual quiero decir que hay ejemplaridad, en una persona o en una institución, cuando esa persona o esa institución no tienen nada que ocultar ante los demás en todo cuanto afecta o roza el comportamiento en asuntos de economía. Hay, pues, ejemplaridad donde hay transparencia. O sea, no hay nada que callar en el dinero que se ingresa y en el que se gasta. Diciendo, sin pelos en la lengua, de dónde y por qué se gana. Y explicando en qué y cómo se gasta ese dinero. Sólo el día que todos podamos tener la sinceridad de poner las cuentas, bien claras, encima de la mesa, sólo ese día podremos decir que empezamos a salir de la crisis.

Los que entienden de economía nos han explicado que la raíz de la crisis que soportamos está en la codicia humana. Lo cual quiere decir que uno de factores más decisivos de la economía es la rectitud ética. Hay que decirlo con firmeza: más importante que saber cuadrar las cuentas es comportarse de forma que las cuentas puedan cuadrar sin hacer trampas y sin llevar doble contabilidad. La rectitud ética es tan importante, en estas cosas, que el comportamiento transparente y ejemplar en todo esto es mucho más decisivo para la economía que los movimientos de capitales, la estabilidad o inestabilidad de Wall Street, el PIB, lo que opinen las agencias de calificación, etc, etc.

Pero la ejemplaridad económica, tal como se han puesto las cosas, es mucho más que la transparencia en las cuentas. Es, además de eso, tomar decisiones que puedan motivar a los demás a producir y compartir, en lugar de acumular. España produce ahora mismo bienes de consumo más que suficientes para satisfacer las necesidades básicas de todos los españoles. Por tanto, si en este país hay ahora mismo cientos de miles de personas que no tienen ni lo indispensable para seguir tirando de la vida, es una inmoralidad grave tolerar privilegios económicos que permiten a determinados grupos privilegiados seguir ingresando lo que ingresaban, o quizás más de lo que ingresaban, antes de la crisis actual.

No se trata de que nos quedemos tranquilos porque la gente que se ve en apuros puede acudir a Cáritas o a los comedores de beneficencia. Esas instituciones benefactoras son importantes. Pero tendrían que serlo solamente en situaciones de excepción y para contadas personas. Todos los españoles tenemos derecho a un suelto o a una pensión digna. Como tenemos derecho a una vivienda digna. Y estas cosas tan básicas no tendrían que estar supeditadas a los vaivenes inestables del mercado laboral. Y menos aún a la codicia o generosidad de los patronos o los magnates de las finanzas.

Lo más urgente, en este momento, es que todos cambiemos de mentalidad. Y que los gobernantes equilibren los impuestos y los presupuestos de manera que se corte de raíz con la vergonzosa situación que tantas familias están viviendo y que se ha agudizado en los últimos años. No entro en cuestiones técnicas de economía de las que no entiendo. Lo que defiendo es que pensemos menos en caridad y beneficencia y pongamos en el centro de la vida un proyecto de responsabilidad y justicia del que carecemos en nuestra cultura tan engañosamente cristiana. Por eso, entre otras cosas, yo me pregunto si la Jerarquía española no debería tener, en este momento tan decisivo para España y para Europa, el coraje y la audacia de renunciar a los privilegios fiscales de que goza la Iglesia según los acuerdos del Estado español con la Santa Sede.

¿No sería eso mucho más eficaz que todos los sermones sobre las posibles soluciones que podemos ofrecer ante la crisis económica? Y conste que, si digo esto aquí, no es por denigrar a la Iglesia, sino exactamente por todo lo contrario. La Iglesia es tan importante para mí, que quiero lo mejor para ella. Y lo mejor es, sin duda alguna, la ejemplaridad que le puede devolver la credibilidad que ha perdido. Esa ejemplaridad será más eficaz apostólicamente que todo el dinero del mundo.

Artículo publicado en El Ideal de Granada

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