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Papa Francisco, ¿Nuevo profeta Jeremías? -- Pepe Mallo

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Papa Francisco10Cardenal Porras: “El Papa no es sólo un reformador que viene a cambiar cosas, sino un profeta en el sentido más prístino de la realidad profética” (Congreso de Teólogos –Venezuela – 21.11.2019). Aprovecho estas afirmaciones del Cardenal para desarrollar mi reflexión de hoy.

“Desde hoy mismo te constituyo en autoridad sobre los pueblos y sobre las naciones para erradicar y derruir, para recuperar y remover, para edificar y plantar” (Jer. 1,11). Con estas palabras Jeremías es consagrado profeta. Desde entonces, Jeremías estará dirigido por la fuerza del Espíritu. A pesar de su timidez, el novel profeta escucha las palabras tranquilizadoras de Yahvé: “Tú ahora, renueva tu valor y ve a decirles todo lo que yo te inspire. No temas enfrentarlos. Este día hago de ti una fortaleza, un pilar de hierro y una muralla de bronce frente a los reyes de Judá y a sus ministros; frente a los sacerdotes y el pueblo.” (Jer. 1,18)

¿Podríamos aplicar este “llamamiento de Dios” a nuestro papa Francisco?

La vocación profética se percibe bajo la influencia de una elección personal de Dios. En muchos casos se especifica que “son elegidos desde el vientre de su madre”. Este llamamiento va siempre ligado a un servicio a los hombres y mujeres del pueblo. El profeta es un “servidor de Dios”; y como servidor de Dios es llamado también a “servir a los hombres”. Su talante no es el de la soberbia, el poder o la dominación; es la actitud humilde del servicio al pueblo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, han aparecido personas, hombres y mujeres, que sintieron la necesidad de renovar la vida eclesial conformándola más específicamente al evangelio de Jesús. Entre estas personas contamos a san Francisco de Asís, de quien el papa Francisco ha tomado su nombre y su “ideario”. La historia actual de la Iglesia necesitaba un profeta, dirigido por el Espíritu, capaz de “derruir” el mastodóntico edificio eclesial y “edificar” la verdadera “casa de Dios”.

¡Qué verbos más acertadamente seleccionados los que definen la misión del profeta Jeremías: erradicar- recuperar, derruir-edificar, remover- plantar…!

Creo que Francisco ha dejado bien clara cuál es su actitud en el gobierno de la Iglesia en esta situación tan trascendente para recuperar, con riesgo de provocar un cisma, la quebrantada credibilidad de la Institución. El pontificado de Francisco, desde su elección a la sede de Roma el 13 de marzo de 2013, ha venido marcado por un magisterio firme y claramente orientado hacia la reforma de la Iglesia, la vida cristiana y la justicia social. Y ha tomado decisiones significativas. Ha comenzado por “erradicar”, por “remover” y, sobre todo, por “recuperar” y restaurar el proyecto evangélico: “una Iglesia pobre y para los pobres”.

Francisco “remueve” los pilares de la Curia romana, “erradica”, con tolerancia cero, los escándalos de pederastia; arremete contra el fraude y la corrupción con el saneamiento y la transparencia de las finanzas vaticanas. Francisco zarandea con fuerza al «capitalismo salvaje, causante de la crisis» arremetiendo contra los despotismos financieros y propiciando la solidaridad y la justicia social. Está en juego la credibilidad de la Iglesia de Jesús, y Francisco ha propiciado la oportunidad de forzar un cambio en la relación entre dominio y servicio en la Iglesia y de desmontar el círculo vicioso del soberanismo y la corrupción. Francisco promueve la defensa de la Naturaleza, apuesta por una “ecología integral”. En su encíclica “Laudato si” denuncia valientemente la degradación ambiental de “nuestra casa común”. Y el Sínodo de la Amazonía “ha resultado ser una asamblea sin precedentes en la historia de la Iglesia”. Eficaz forma de “edificar” la verdadera Iglesia de Jesús.

Jeremías se enfrentó duramente a los sacerdotes de su época. También Jesús censuró los valores religiosos y las formas con que se vivía la religión de su tiempo, y las renovó. Jesús sale fuera de las fronteras raquíticas del judaísmo. Francisco estimula incesantemente a los creyentes a “salir a las periferias al encuentro de los más pobres y menesterosos”. Por eso, “remueve” el clericalismo, el funcionariado de lo sagrado, una estirpe acomodada en la fastuosidad, en la ostentación, en el lucimiento; instalada con frecuencia en la hipocresía; inclinada más a la condena que a la comprensión y la tolerancia; que busca el poder para trepar… Francisco quiere “pastores que huelan a oveja”.

Estamos percibiendo que el espíritu reformador del papa Francisco va tomando cuerpo en pequeños gestos y actitudes. Francisco provoca desconcierto, no deja a nadie indiferente. Por una parte están los apocalípticos, indignados por su doctrina “herética” y encrespados ante sus gestos poco papales, escandalosos a veces; por otra, quienes ven en sus expresiones y palabras la esperanza de una “revolución” en la Iglesia. De la reforma de mentalidades Francisco camina hacia la reforma de las estructuras. El papado, en su concepción absolutista y autocrática, divinizado en épocas anteriores rozando la latría, se humaniza ahora en Francisco con sus gestos sencillamente cercanos a los más débiles…

Los profetas denuncian una política, una sociedad, unas costumbres tradicionales contrarias al espíritu de Dios. Por otra parte, anuncian tiempos nuevos. Francisco nos está demostrando, con su vida y con su ejemplo, que es posible, incluso, cambiar la imagen de una institución milenaria como la Iglesia católica: “edificar y plantar”.

«No hay que tener miedo de renovar las estructuras de la Iglesia. En la vida cristiana, y también en la vida de la Iglesia, hay estructuras antiguas, estructuras caducas: ¡es necesario renovarlas! La Iglesia siempre ha seguido adelante, dejando al Espíritu que renueve estas estructuras. Pidamos la gracia de no tener miedo a la novedad del Evangelio, de no tener miedo a la renovación que hace el Espíritu Santo, no tener miedo de dejar caer las estructuras obsoletas que nos aprisionan.”(Homilía en Sta. Marta, 5 julio 2013)

¿Será, de verdad, Francisco nuevo profeta Jeremías?

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