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Panel – abril 2016 (1) -- Benjamín Forcano

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Benjamín Forcano1La cara ocultada de la crisis terrorista actual
Hay un 11 de septiembre de 2001 en Nueva Yort; un 11 de marzo de 2004, en Madrid; un 7 y 21 de julio de 2007 en Londres; una guerra subsidiaria en Siria desde 2011 con participación de potencias extranjeras; un 13 de noviembre de 2015 en Paris; un 22 de marzo de 2016 en Bruselas; un… Es decir, un mismo escenario de siempre, unos mismos actores, una misma resistencia, unas mismas lágrimas, una misma desesperación, unas mismas ruinas… ¿Por qué? -La espiral de la violencia es imparable. Y terrorífica. ¿Quién está en ella como causa primordial?

1.No ha terrorismo sin causa.
2.Una voz profética: nos odian porque hacemos cosas odiosas.
3. Yo ayudé a crear ISIS.
4. La guerra que apoyó Aznar y su Partido.
5. Quien siembra vientos, recoge tempestades.
6. Carta abierta a Ana Botella
7. La igualdad soberana de todas las naciones

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No hay terrorismo sin causa
La globocolonización impide una justa redistribución de la riqueza

Benjamín Forcano
El terrorismo no se entiende si lo sacamos de su contexto y nos ponemos a hacer elucubraciones abstractas. Su contexto es, en palabras de Frei Betto, la globocolonización, no la globalización. Globocolonización que reposa sobre la desigualdad e injusta redistribución de la riqueza, practicada por la invasión, explotación , usurpación y dominación de unas naciones sobre otras, con desprecio del Derecho y de la Etica.

El escenario sobre el que transcurre la acción es claro: hay un 11 de septiembre de 2001 en Nueva Yort; un 11 de marzo de 2004, en Madrid; un 7 y 21 de julio de 2007 en Londres; una guerra subsidiaria en Siria desde 2011 con participación de potencias extranjeras; un 13 de noviembre de 2015 en Paris; un….Es decir, un mismo escenario de siempre, unos mismos actores, una misma resistencia, unas mismas lágrimas, una misma desesperación, unas mismas ruinas… ¿Por qué?
La espiral de la violencia es imparable. Y terrorífica.¿Quién está en ella como causa primordial?
– En 1945, escribía el estadounidense George Kennan, jefe del grupo del Departamento de Estado: “Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea consiste en el próximo período en diseñar sistemas que nos permitan mantener esta posición de disparidad sin ningún detrimento positivo de nuestra seguridad nacional”.

-En fechas posteriores, añadía Albert J. Berberidge, uno de los máximos exponentes de la ideología del “Destino Manifiesto”: “El destino ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro; lo adquiriremos como nuestra madre (gran Bretaña) nos enseñó. Estableceremos despachos comerciales en toda la superficie del mundo como centro de distribución de los productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestros barcos mercantes. Construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza. De nuestros establecimientos comerciales saldrán grandes colonias que desplegarán nuestra bandera y traficarán con nosotros. Y la ley americana, el orden americano, la civilización americana y la bandera americana se plantarán en lugares hasta ahora sepultados en la violencia y en el oscurantismo”.

– Y por si aún a alguien le quedara duda, que ea estas palabras del senador Brown: “Manifiesto la necesidad en que estamos de tomar a América Central ; pero si tenemos necesidad de ello, lo mejor que podemos hacer es ir a esa tierra como señores”.
La línea histórica de esta política nos hacen entender las palabras de Noam Chomsky, al referirse a la quinta libertad de que dispone su país: “Cuando en nuestras posesiones se cuestiona la quinta libertad, (la libertad de saquear y explotar) los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla”.

Sería ilustrativo barajar las cifras de lo que la política occidental, con Estados Unidos a la cabeza , ha supuesto para el Tercer Mundo en términos de colonización, expolio y robo, solamente en el último siglo.
Las acciones terroristas no ocurren por casualidad, ni vienen de la nada , ni son efecto de una locura o de un odio ciego inmotivado. Terrorismo no es sólo el de un mulsumán fanático, sino el de otros sujetos colectivos.
Detrás de la muerte de 200.000 gualtemaltecos, no hay un individuo religioso fanático sino unos ejércitos oficiales y unos cuerpos paramilitares y detrás de esos ejércitos hay unos gobiernos.

¿Quién inspiró, apoyó y financió el golpe de Estado en Chile contra el régimen democrático de Salvador Allende? ¿Quién apoyó y financió el terrorismo contra el gobierno legítimo de Nicaragua? ¿Quién denunció la acción terrorista de Estados Unidos de no pagar a Nicaragua 15.000 millones de $ cuando el Tribunal de La Haya y el Consejo de Seguridad lo condenaron con esa sanción? ¿Cuántos Estados movieron un dedo para sancionar este terrorismo?
No hay, pues, que pensar que terrorismo es sólo cuando nosotros sufrimos el zarpazo. La venganza, el patriotismo, el afán de domino son malos consejeros y pueden cegar a la hora de señalar a los responsables de una acción terrorista.

Para entender el terrorismo no valen los planteamientos maniqueos, sino dialécticos. Cierto que muchos, de ayer y de hoy, se negarán a analizar el por qué de la odiosidad de la civilización occidental.
Me parece advertir que, en el momento actual, el análisis del terrorismo se hace con otros acentos y miras al que prevaleció cuando el atentado de las Torres Gemelas. Por entonces, era casi unánime escuchar testimonios como estos:

-“Tendremos que ser igualmente atrevidos y unánimes en nuestra determinación, escribe Jeremy Rifkin, para mantener el espíritu democrático de apertura y tolerancia , y para abordar las injusticias económicas que permiten que florezcan los pensamientos extremistas y el terrorismo”.
– “La vida también puede volver un infierno por otras causas que los occidentales hemos olvidado: sufrir bombardeos de castigo, padecer humillaciones diarias, ver cómo desaparece lo que daba sentido a las cosas, … La historia reciente viene siendo un enfrentamiento entre los occcidentales poderosos y ricos, dispuestos a matar paro no a morir, y los pobres impotentes a quienes sólo cabe morir matando”. Piensan que en Palestina, en Irak, en Africa y en otros sitios, los poderoso llevamos años matando sin morir”. (Carlos Alonso Zaldívar)

-“La espiral del terrorismo, de los terrorismos, se alimenta con más muertos, sean del color que sean, y ese aumento de víctimas garantiza la justificación de su actitud e incluso le otorga ´legitimidad´´ para continuar su acción delictiva….La respuesta no es desde luego militar, sino aquella que parte necesariamente del derecho mediante la elaboración y la aprobación urgente de una Convención internacional sobre el terrorismo… Creo que ha llegado el tiempo en que lo princpios de soberanía territorial, derechos humanos, seguridad, cooperación y justicia penal universal se conjuguen en un mismo tiempo y con un sentido integrador . Este, y no otro, debe ser el fín de la gran coalición de Estados frente al terrorismo” (Baltasar Garzón) .

Quiero finalmente traer un testimonio del todo singular. Se trata del obispo de Melbourne Beach (Florida), Robert Bowman, que antes de ser obispo había sido piloto de cazas militares y realizó 101 misiones de combate en la guerra de Vietnam y escribió una carta abierta al entonces presidente Bill Clinton, que ordenó el bombardeo de Nairobi y Dar es-Salam, donde las embajadas norteamericanas habían sido atacadas por el terrorismo. Su contenido es aplicable también a Bush, que llevó la guerra a Afganistán y a Irak, guerra continuada por Obama.
“Vd. ha dicho que somos blanco de ataques porque defendemos la democracia, la libertad, los derechos humanos. ¡Eso es absurdo! Somos blanco de terroristas porque, en buena parte del mundo, nuestro gobierno defiende la dictadura, la esclavitud y la explotación humana. Somos blanco de terroristas porque nos odian. Y nos odian porque nuestro gobierno hace cosas odiosas. ¡En cuántos países agentes de nuestro gobierno han destituido a líderes escogidos por el pueblo cambiándolos por dictaduras militares fantoches que querían vender su Pueblo a sociedades multinacionales norteamericanas.

Hemos hecho eso en Irán, en Chile y en Vietnam, en Nicaragua, y en el resto de las «repúblicas bananeras» de América Latina. País tras país, nuestro gobierno se opuso a la democracia, sofocó la libertad y violó los derechos del ser humano. Esta es la causa por la cual nos odian en todo el mundo. Por esta razón somos blancos de los terroristas.
En vez de enviar a nuestros hijos e hijas por el mundo a matar árabes y obtener así el petróleo que hay bajo su tierra, deberíamos enviarlos a reconstruir sus infraestructuras, beneficiarlos con agua potable, alimentar a los niños en peligro de morir de hambre. Esta es la verdad, señor Presidente. Esto es lo que el pueblo norteamericano debe comprender». ( National Catholic Reporter,l 2 de octubre de 1998: ¿Por qué es odiado Estados Unidos? (Why the US is hated? )

La espiral de la violencia terrorista es una bomba que tiene sus causas y consecuencias. Esa espiral se rompe desactivando las bombas de la desigualdad, de la injusticia, del analfabetismo, de la pobreza, de la enfermedad, del hambre, de la marginación y sometimiento, todas ellas lanzadas por países colonizadores e imperialistas, que no entienden que cada nación es soberana, con igual dignidad y derechos .
Ante la tragedia de los atentados de ayer y de hoy, podemos afirmar que el ciudadano medio, estadounidense o europeo, jamás había pensado que él podría ser víctima, pues siempre ha sido agresor, simplemente por estar imbuidos de que sus países no sólo son los países más ricos del mundo sino los más buenos. Ese sería el primer aldabonazo: despertar del sueño imperialista y ponerse a reflexionar que en el mundo existen otros países a los que han reportado muchos males y que, por eso, los detestan. ¿No habrá detrás de tanta crueldad de los atentados algunas causas que si no los justifican aportan por lo menos una explicación?

Termino con estas palabras admonitorias del teólogo Leonardo Boff: “El imperio está marcado por tantas contradicciones que no consiguen imponer su orden, a no ser por la violencia militar y por el terror económico…Hemos defendido la tesis de que la única guerra que pueden ganar los pequeños es ésta, la del terror. Los pequeños son imbatibles cuando aceptan morir y se hacen personas-bomba. Contra un hombre/mujer bomba no hay defensa posible. Es difícil para el actual orden mundial (que es desorden para la mayoría de la humanidad) entender que el terrorismo es primeramente consecuencia y sólo después causa de la inseguridad actual. De continuar arrogante y ciego, Occidente no va a tener solución, y cada vez más será un accidente”.

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Una voz profética: nos odian porque hacemos cosas odiosas

Robert Bowman, obispo

.EL obispo de Melbourne Beach (Florida), Robert Bowman, que antes de ser obispo había sido piloto de cazas militares y realizó 101 misiones de combate en la guerra de Vietnam, escribió una carta abierta al entonces presidente Bill Clinton, que ordenó el bombardeo de Nairobi y Dar es-Salam, donde las embajadas norteamericanas habían sido atacadas por el terrorismo. Su contenido es aplicable también a Bush, que llevó la guerra a Afganistán y a Irak, guerra continuada por Obama. La carta, muy actual, fue publicada en el National Catholic Reporter del 2 de octubre de 1998 con el título: ¿Por qué es odiado Estados Unidos? (Why the US is hated? ) y dice así:

«Usted ha dicho que somos blanco de ataques porque defendemos la democracia, la libertad, los derechos humanos. ¡Eso es absurdo! Somos blanco de terroristas porque, en buena parte del mundo, nuestro gobierno defiende la dictadura, la esclavitud y la explotación humana. Somos blanco de terroristas porque nos odian. Y nos odian porque nuestro gobierno hace cosas odiosas. ¡En cuántos países agentes de nuestro gobierno han destituido a líderes escogidos por el pueblo cambiándolos por dictaduras militares fantoches que querían vender su pueblo a sociedades multinacionales norteamericanas!

Hemos hecho eso en Irán, en Chile y en Vietnam, en Nicaragua, y en el resto de las «repúblicas bananeras» de América Latina. País tras país, nuestro gobierno se opuso a la democracia, sofocó la libertad y violó los derechos del ser humano. Esta es la causa por la cual nos odian en todo el mundo. Por esta razón somos blancos de los terroristas.
En vez de enviar a nuestros hijos e hijas por el mundo a matar árabes y obtener así el petróleo que hay bajo su tierra, deberíamos enviarlos a reconstruir sus infraestructuras, beneficiarlos con agua potable, alimentar a los niños en peligro de morir de hambre. Esta es la verdad, señor Presidente. Esto es lo que el pueblo norteamericano debe comprender».

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Yo ayudé a crear ISIS
¿Por qué nos odian?

Vincent Emanuele (ex marine de EEUU en Irak)

Sin lugar a dudas, las organizaciones contra la guerra intentaron articular los horrores de la guerra en Irak, pero los medios de comunicación, el mundo académico y las fuerzas político-corporativas de Occidente nunca permitieron un examen serio del mayor crimen de guerra del siglo 21. 
Por los últimos años, gente de todo el mundo se ha preguntado: «¿De dónde viene ISIS?» Las explicaciones varían, pero en gran medida se centran en la geopolítica (hegemonía), (refugiados climáticos) orígenes religiosos (suníes y chiíes), ideológicos (wahabismo) o ecológicos. Muchos comentaristas y hasta ex funcionarios militares sugieren correctamente que la guerra en Irak es la principal causa de la existencia de las fuerzas que hoy conocemos como ISIS, ISIL, Daesh, etc. Espero poder añadir algunas reflexiones y anécdotas útiles.
 
Pesadillas Mesopotámicas             
 
Cuando estaba acuartelado en Irak con el 1er Batallón, 7mo de Infantería de Marina, desde 2003 hasta 2005, no sabía cuáles serían las repercusiones de la guerra, pero sabía que habría un ajuste de cuentas. Esa retribución, también conocida como retroceso, se está experimentando actualmente en todo el mundo (Irak, Afganistán, Yemen, Libia, Egipto, Líbano, Siria, Francia, Túnez, California, etc.), sin un final a la vista.
 
En aquel entonces, yo vi y participé rutinariamente en obscenidades. Por supuesto, la maldad de la guerra nunca fue debidamente reconocida en Occidente. Sin lugar a dudas, las organizaciones contra la guerra intentaron articular los horrores de la guerra en Irak, pero los medios de comunicación, el mundo académico y las fuerzas político-corporativas de Occidente nunca permitieron un examen serio del mayor crimen de guerra del siglo 21.
 
A medida que patrullábamos la vasta región de la provincia iraquí de Al-Anbar, tirábamos la basura que quedaba de nuestra comida, MRE (Meal Ready to Eat), por la ventana de nuestros vehículos, nunca imaginé cómo íbamos a ser recordados en los libros de historia; yo simplemente quería hacer algo de espacio extra en mi HUMVEE. Años más tarde, sentado en un curso de Historia de la Civilización Occidental, en la universidad, escuchaba a mi profesor hablar de la cuna de la civilización, y pensé en la basura de nuestra MRE, en el suelo del desierto mesopotámico.
 
Al examinar los recientes acontecimientos en Siria e Irak, no puedo dejar de pensar en los niños pequeños a los que mis compañeros marines tiraban caramelos de esos paquetes de MRE. Pero los caramelos no fueron los únicos objetos arrojados a los niños: botellas de agua llenas de orina, piedras, escombros y otros artículos fueron lanzados también. A menudo me pregunto, ¿cuantos miembros de ISIS y de varias otras organizaciones terroristas recuerdan también estos eventos?
 
Por otra parte, pienso en los cientos de prisioneros que tomamos cautivos y que torturamos en centros de detención improvisados y ​​atendidos por adolescentes de Tennessee, Nueva York y Oregon. No tuve la desgracia de trabajar en ningún centro de detención, pero recuerdo las historias. Recuerdo vívidamente a los marines hablándome de puñetazos, bofetadas, patadas, codazos, rodillazos y cabezazos a los iraquíes. Recuerdo los relatos de las torturas sexuales: obligando a los hombres iraquíes a realizar actos sexuales el uno con el otro, mientras los marines presionaban cuchillos contra sus testículos, y a veces eran sodomizados con las porras.
 
Sin embargo, para que estas abominaciones tengan lugar, los que estábamos en las unidades de infantería teníamos el placer de capturar a los iraquíes durante las redadas nocturnas, atarles de manos, embolsar sus cabezas con fundas negras y tirarlos en la parte posterior de los Humvees y de los camiones, todo esto mientras sus esposas y niños se derrumbaban de rodillas y gemían. A veces los capturábamos durante el día. La mayor parte de las veces no ponían resistencia. Algunos de ellos se tomaban de las manos mientras los marines los golpeaban en la cara. Una vez que llegaban al centro de detención, eran retenidos durante días, semanas e incluso meses a la vez. Sus familias nunca eran notificadas. Y cuando eran puestos en libertad, les soltábamos en el medio del desierto a varias millas de sus hogares
 
Después cortábamos las ataduras y removíamos las bolsas negras de sus cabezas, varios de nuestros infantes de marina más desquiciados disparaban rondas con sus AR-15 al aire o a tierra, asustando a los cautivos recién liberados. Todo para reírnos. La mayoría de los iraquíes corrían, todavía llorando por su largo calvario en el centro de detención, con la esperanza de un cierto nivel de libertad que les esperaba en el exterior. Quién sabe cuánto tiempo sobrevivieron. Después de todo, a nadie le importaba. Sabemos de un ex prisionero que sobrevivió: Abu Bakr al-Baghdadi, líder de ISIS.
 
Sorprendentemente, la habilidad de deshumanizar al pueblo iraquí fue en aumento después de que las balas y las explosiones llegaron a su fin, ya que muchos marines pasaban su tiempo libre tomando fotos de los muertos, a menudo mutilando cadáveres por diversión o pinchando con palos sus cuerpos hinchados con el fin de conseguir algunas risas baratas. Debido a que los iPhones no estaban disponibles en ese momento, varios marines llegaron a Irak con cámaras digitales. Esas cámaras contienen una historia no contada de la guerra en Irak, una historia que Occidente espera que el mundo olvide. Esa historia y esas cámaras también contienen imágenes de masacres sin sentido y numerosos otros crímenes de guerra, realidades que los iraquíes no tienen el placer de olvidar.
 
Por desgracia, yo podría recordar innumerables anécdotas horribles de mi tiempo en Irak. Mucha gente inocente no era únicamente detenida, torturada y encarcelada de forma rutinaria, sino que también fueron incinerados por cientos de miles, algunos estudios sugieren por millones.
 
Sólo los iraquíes entienden la maldad en estado puro que se desató en su nación. Ellos recuerdan el papel de Occidente en la guerra de ocho años entre Irak e Irán; recuerdan las sanciones de Clinton en la década de 1990, las políticas que resultaron en la muerte de más de 500.000 personas, en su mayoría mujeres y niños. Luego, llegó el 2003 y Occidente terminó su trabajo. Hoy, Irak es una nación totalmente devastada. La gente está envenenada y mutilada, y el medio ambiente natural es tóxico por las bombas con uranio empobrecido. Después de catorce años de la Guerra contra el Terror, una cosa está clara: Occidente es muy bueno para fomentar la barbarie y la creación de estados fallidos.
 
Vivir con los fantasmas                   
 
Los ojos cálidos y vidriosos de niños y jóvenes iraquíes me persiguen perpetuamente, como deberían. Los rostros de los que he matado, o al menos aquellos cuyos cuerpos estaban lo suficientemente cerca para examinar, nunca escaparán de mis pensamientos. Mis pesadillas y reflexiones diarias me recuerdan de donde viene ISIS y por qué exactamente nos odian. Ese odio, comprensible pero lamentable, será dirigido hacia Occidente durante años y décadas por venir. Como no podía ser de otra manera.
Una vez más, la magnitud de la destrucción que Occidente ha infligido en el Medio Oriente es absolutamente inimaginable para la gran mayoría de las personas que viven en el mundo desarrollado. Este punto no puede ser nunca exagerado cuando los occidentales constante e ingenuamente preguntan: «¿Por qué nos odian?»

Al final, las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones se llevan a cabo y las generaciones venideras viven con los resultados: civilizaciones, sociedades, culturas, naciones e individuos sobreviven o perecen. Así es como funciona la Historia. En el futuro, la forma en que Occidente enfrente el terrorismo dependerá en gran medida si Occidente continúa o no su comportamiento terrorista. La manera obvia de prevenir que futuras organizaciones tipo ISIS se formen es oponerse al militarismo Occidental en todas sus terribles formas: golpes de Estado de la CIA, guerras de poder, ataques aéreos, campañas de contrainsurgencia, guerra económica, etc. 
Mientras tanto, aquellos de nosotros que participamos directamente en la campaña militar genocida en Irak viviremos con los fantasmas de la guerra.  
Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección: http://www.telesurtv.net/opinion/Yo-ayude-a-crear-ISIS-20160104-0009.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net

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LA GUERRA QUE APOYO Aznar, PP y Trillo
Benjamín Forcano 

   (Publicado en El Mundo,  14 de Febrero de 2003)
       El Ministro de Defensa, Federico Trillo, ha afirmado hace unos días que  “Las materias sociales no son de fe “ y, por lo tanto, las palabras del Papa a favor de la paz y en contra de la guerra “no son vinculantes para un  católico. Yo no tengo ningún  problema de conciencia”.

            Las palabras del Ministro plantean una cuestión viva, pero que  acaso a él no se le ha dado por sopesar: ¿Qué entendemos, Sr. Ministro,  por fe?
            Pero, hay otra vertiente, que es seguramente desde la que habla el Ministro. Los católicos saben o han oído alguna vez que el Papa y los obispos tienen  autoridad para proponer la doctrina cristiana, sobre todo en lo que se refiere “a la fe y costumbres”. Hay, pues, una constante  en la tradición eclesial  que hace que la jerarquía eclesiástica trace unos principios que iluminen y ofrezcan soluciones concretas a multitud de problemas relacionados con la persona y la sociedad.

Así lo hizo el Concilio Ecuménico Vaticano II. Concretamente en el documento denominado Gaudium et Spes, se abordaron los temas de… la vida económico-social, de la comunidad política, del fomento de la paz y de la promoción de la comunidad de los pueblos. Este último capítulo resulta, para el momento presente, de una lucidez  y valentía impresionantes, pero como tantas otros, se ha “perdido” sin pena ni gloria.
            Voy a hablar un lenguaje directo: yo sé que hay muchas cuestiones, seguramente las más, en las que el católico, mientras no haya una definición ex cathedra (magisterio infalible) puede opinar libremente llegando incluso a disentir de la doctrina del Papa, como ocurrió, por ejemplo, con  la encíclica “Humanae Vitae”, sin que por eso deje de ser católico.

            Pero, esto nos lleva a preguntarnos si no hay cuestiones en las que la vinculación o no con las palabras del Papa, no depende tanto de las palabras del Papa cuanto de la misma cuestión y de sus argumentos internos. Argumentos que, si brotan de la ética natural, serán vinculantes para todos, creyentes y no creyentes, por la sencilla razón de que “hay en todos una conciencia que nos dice que debemos practicar el bien y evitar el mal”. Y  la fidelidad a esta conciencia es lo que “une a los cristianos con todos demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto  los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad” (Gaudium et Spes, 16).

            Esto quiere decir que, cuando un cristiano cree, no deja a un  lado su dignidad personal ni pone en paréntesis los dictados   de la ética natural. La fe cristiana incluye, yo diría como artículo primero, la fe en la dignidad de la persona y sus derechos, y esta “fe” sería común a creyentes y no creyentes y, por ende,  vinculante para todos, también para el Papa. La vinculación, en este caso,  es previa al mandato o autoridad del que la anuncia y respalda.
            Aparece entonces claro que la enseñanza del Papa cuando se refiere “a la fe y costumbres”  puede incidir en estos campos de la ética natural  y su enseñanza no hace sino enunciar y robustecer ciertos principios de esa ética.

            Por otra parte, me siento  ajeno a una fe abstracta, vacía de contenido ético,  que sirviera de tapadera para un vano  pietismo o espiritualismo. El seguimiento de Jesús de Nazaret exige una fe llena de obras, como son la justicia, la igualdad, la sinceridad, el amor, el aborrecimiento de toda mentira y soberbia, la predilección por los empobrecidos, etc. “¿De qué, nos sirve, escribe el apóstol Santiago, decir que tenemos fe si no tenemos obras?… La fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2,14-17).
            Las obras son la proyección de nuestras convicciones, la expresión viva de nuestra fe y muchas de ellas pertenecen al ámbito social. Ahora viene mi pregunta al Sr. Ministro: ¿Vd. cree, Sr. Trillo, que las materias sociales no son de fe?, ¿de fe en sentido estricto? ¿No cree Vd. que hay materias sociales, las que tratan del “no matar”, que son vinculantes para todos y también para Vd.  como persona y como persona creyente?

            Me imagino que suscribirá, de corazón, estas palabras del Vaticano II: “La paz, que nace del amor al prójimo, es fruto de la justicia, requiere respeto  a los demás hombres y pueblos  y exige un ejercicio apasionado de la fraternidad. La paz surge de la mutua confianza de los pueblos  y no del terror impuesto por las armas. La paz exige de todos ampliar la mente más allá de las fronteras  de la propia nación, renunciar al egoísmo nacional  y a la ambición de dominar a otras naciones, alimentar un  profundo respeto por toda la humanidad. Los gobernantes trabajarán en vano por la paz mientras no pongan todo su empeño  en erradicar los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas, que dividen a los hombres y los enfrentan entre sí?” (Gaudium et Spes, Nº 77 al 93).
            Sinceramente, ¿cree Vd. que estas exigencias son  propias de todo corazón humano y que es de imperativo natural atenerse a ellas? ¿Cree Vd. que es ésta la filosofía que guía la política del Sr. Bush?

            Me imagino que  Vd., en su meditación de cada día, tiene algún tiempo para meterse un poco en la catarata de miserias, quebrantamientos y desgracias que va a atraer esta guerra a la que Vd. parece no tener motivos para oponerse: una población entera arrasada con miles y miles de inocentes, con una hecatombe de destrozos materiales, culturales,  morales y un sin fin de desquiciamientos físicos, psicológicos y personales. Todo ese ataque  infernal, ¿ porqué y para qué? Ese aplastamiento tan gigantesco, supertecnológico, fulminante, desproporcionado, apocalíptico,  ¿qué otra cosa es  sino una acción deliberada de asesinato masivo? ¿En verdad, ese genocidio que Vd. y Gobierno apoyan, legitiman y en el que nos quieren implicar a todos,  no lo ve Vd. como una brutal violación del mandamiento natural de “no matar” y que resulta para todos vinculante, con fe o sin fe, con palabras o sin palabras del Papa? ¿Qué otra acción más execrable –social por supuesto- resultaría vinculante para su fe de católico?

            Si Vd. considera “obligado todo esfuerzo del Papa a favor de la paz”, tiene que pensar que esa su obligación no le viene dada al Papa a priori, sino que se la imponen consistentes,  grandes e ineludibles razones. Y para Vd. las obligaciones de parar esta guerra, que le impone su conciencia, son todavía mayores. Porque las razones del Sr. Bush son puro pretexto y  restallan contra  lo que establecen la ONU y el Derecho Internacional.

            Como católico que es, me permito recordarle estas frases del concilio Vaticano II, en el que Vd. se mira seguramente para guiar  su fe: “No hay que obedecer las órdenes que mandan actos  que se oponen deliberadamente al derecho natural de gentes y sus principios, pues son criminales y la obediencia ciega  no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un  pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar tales actos como crímenes horrendos. Los Estados pueden invocar el derecho a la legítima defensa  cuando son injustamente atacados, tras haber agotado los otros medios, pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella”.

            El marco ético de las Naciones Unidas, que Vd. considera como la “institucionalización de toda la doctrina moral sobre la paz y la justicia”, es coincidente con el Vaticano II y  recoge literalmente estos mismo principios, como puede leer en la Carta de las Naciones Unidas (Capítulo I, Artículo 1).
             Sr. Trillo: como católico, le hago patente mi rechazo a su laxa conciencia, que dice no  sentirse vinculada en una materia de ética natural, de tanta y tan  transcendental importancia.
            Casi espontáneamente, me vienen  a la mente los sucesos de la conquista española. En aquel siglo de oro, en una sociedad  menos avanzada científica y tecnológicamente, sonaron fuertes las voces de teólogos de la universidad de Salamanca, la más principal la de Vitoria, que cuestionaban públicamente la legitimidad de la conquista.
            Si fray Antonio de  Montesinos, en 1511, increpaba a los gobernantes: “Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes? ¿Cómo los tenéis tan opresos,… que de los excesivos trabajos que les dais…los matáis para sacar  y adquirir oro cada día?”, ¿qué no dirían hoy,  siglo XXI, cuando la razón de la guerra –admitida sin ambages por el mismo presidente  Bush- no es  sino el robo del petróleo y con un cinismo que apenas uno puede imaginar?
            Sr. Trillo: a Vd. le han enseñado a ser cristiano en medio de la ciudad secular  y a no abdicar de su dignidad y principios, por muy alto que esté en el poder. Espero que, aúnsintiéndose tentado de cerca por las sirenas  del imperio, no se avergüence de reconocer –si no de vivir- estas palabras del Vaticano II: “ El respeto de la dignidad humana, el ejercicio de la fraternidad universal, la convocación de todos a una convivencia  en la justicia, la libertad, el diálogo y la cooperación, brota en nosotros como un imperativo del amor, que nos remite a Dios como principio y fín de todos. Y todos, en consecuencia, estamos llamados a ser hermanos”. O dicho con palabras de su fundador, San Josémaría: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oirte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”, “Agranda tu corazón, hasta que se universal, “católico”. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas” (Camino 2 y 7).

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Quien siembra vientos, recoge tempestades
Benjamín Forcano

Escribo con el alma pegada en Irak y en Madrid. En Irak, sin poder quitarme de encima el infierno de aquella guerra que se avecinaba, tramada con deliberada arrogancia; en Madrid, reflejo lacerante hoy de aquel caos de bombas, heridos, muertos y ruinas interminables.

Fueron millones las gargantas, millones los corazones, millones las manos, millones las plumas que, unidas a la voz del Papa, se afanaban en detener la insensatez de aquella agresión militar, hecha porque sí, porque el imperio la necesitaba, y la decidía con los demás o sin los demás, con la ONU o contra ella. Nuestras pupilas pudieron contemplar miles de aviones marcando estelas en el cielo, lanzados con precisión matemática a objetivos de destrucción masiva: edificios, cuarteles, barrios, fábricas, gentes, todo calcinado en una espiral de fuego y humo. Pero, sin que al parecer hubiera dolor y lágrimas, sin ver las convulsiones de la gente, sin ver como lo hemos visto en Madrid, el horror de cuerpos reventados, de cabezas desfiguradas, de brazos y piernas destrozados, de miembros esparcidos, de seres humanos atrapados terminalmente en la red de una violencia despiadada. Gente normal, de la calle, trabajadora, desgarrada o acabada inmisericordemente.

Necesitamos comprender, necesitamos una explicación. Precisamente porque esta barbarie es inusitada y la rechazamos universalmente, sin fisuras. La muerte de inocentes es indigerible, no metabolizable mentalmente. Yo no puedo pensar que hay seres humanos que matan por matar, como si un instinto letal devorase sus entrañas. Cuando un ser humano mata, tiene sus motivos; cuando un ciudadano se sacrifica hasta el extremo de dar la vida, tienen sus motivos. Una muerte sin razón, sería absurda, negadora de la condición humana. Y nosotros no podemos vivir en el absurdo.

No me basta, pues, condenar la muerte producida por terrorismo. La barbarie de la Madrid la condenamos todos, sin remisión. Nada la puede justificar.Pero yo tengo que explicarme el por qué de esa barbarie, necesito una clave, una luz que me aclare ese antro abominable. De no ser así, me encuentro perdido, sin racionalidad humana posible, para valorar y para dirimir sobre lo bueno o lo malo, y se me acabaría el andar con sentido en la vida.

¿Por qué? ¿Por qué en Madrid? ¿Por qué de esa forma?

La convivencia humana, en este caso internacional, tiene un escenario, unos actores y un guión escrito de antemano, por quienes quieren controlar y dirigir esa convivencia. Las relaciones de unos pueblos con otros sabemos cómo son, sabemos quién ejerce de amo, de aliado o de esclavo. Sabemos que los que ejercen de amos se llaman imperios, y hoy el imperio número uno es Estados Unidos de la Administración Bush. Este imperio determinó, de acuerdo con sus intereses, invadir Irak, adueñarse de su petróleo, controlar la zona y establecer un nuevo régimen que le fuera adicto. Y esta determinación la revistió de grandilocuentes palabras: derrocar la tiranía de Sadam, devolver la democracia al pueblo, implantar los derechos humanos, impulsar la prosperidad y la paz. La determinación estaba tomada y se llevó a cabo con toda exhibición de armas y poder, con una superioridad apabullante, queriendo incluso justificarla con el aval de la ONU y del Consejo de Seguridad. ¡Imposible! Pero Bush sí que obtuvo la alianza y la sumisión incondicionales de los presidentes Blair y Aznar: Inglaterra y España.

Y la guerra se hizo, con una prepotencia insolente, dejando un reguero de sangre y destrucción, unos 500.000 muertos, con exacerbado crecimiento de dolor y la desesperación, y sin que la mayoría de nosotros, occidentales, hayamos percibido de cerca aquel infierno de ruinas y privaciones, de desolación y lágrimas. Quizás hoy, desde este Madrid en llanto, hemos podido comprender la barbarie, el espanto y la impotencia de un pueblo entero bombardeado, roto, agredido por todas las junturas de su existencia.

No esto sin aquello. Aquello fue contra Derecho, contra un clamor universal que detestaba la guerra, contra una ciudadanía mayoritaria alzada contra la guerra. Los «señores de la guerra» creyeron que, por poseer las mejores armas, eran dueños del mundo, de los pueblos, de las conciencias, de imponer su «orden y pax norteamericanos». No oyeron el clamor de la gente, ni les preocupó la tragedia de miles de vidas reventadas, de miles de familias quebrantadas, de miles de niños, mujeres y ancianos aterrorizados, de toda una sociedad desestructurada y vilipendiada.

No esto sin aquello. Esto es la consecuencia del dinero idolatrado, de la
fuerza hecha ley, del derecho violado, de la vida despreciada, de un nivel de vida sacralizado, de toda una política imperialista que ignora el derecho internacional, la igualdad de las naciones y la colaboración
recíproca en el respeto y diálogo.

Apenas ha pasado doce años. Y aquel pueblo, Irak, vive, no olvida, en sus carnes lleva clavados los garfios de la prepotencia y de la muerte, del desprecio, del cruento e interminable dolor. Ese pueblo no puede morir, no puede resignarse a ser un don nadie bajo la dictadura omnipotente de una nación extraña, no tiene tanto progreso ni tantas armas sofisticadas, pero tiene una voluntad indomable, una dignidad propia, que le hacen sobreponer a su individual vida la dignidad y sobrevivencia de su país. Y en eso es superior al imperio que lo circunda y somete.

No esto sin aquello. El gobierno español se fue solo a la guerra. Actuó de marioneta cómplice; justificó, colaboró y apoyó una guerra injusta e
inmoral y se hizo responsable de tanta ruina, saqueo, dolor, muerte y
humillación.
Nada hay sin causa, nada es fortuito. Y el dolor, la
muerte y la humillación del pueblo de Irak no fue fortuita, sino fruto de
un terrorismo de Estado, por más que ese Estado sea, o precisamente por serlo, el primero y más poderoso del mundo, secundado por otros.

Yo lloro, detesto, maldigo con todo mi corazón la salvajada de los atentado en Madrid; pero lloro, detesto y maldigo con igual fuerza la política salvaje del más fuerte y que se impuso con las bombas en Irak. Al fín y al cabo, no hay efectos sin causa, como no habría habido en Madrid atentados, si no hubiera habido políticas de invasión y dominio de Irak.

«Quien siembre vientos, cosecha tormentas». Me duele Madrid, y me duele quien abandera políticas de robo, destrucción y de muerte.

6
Carta Abierta a Ana Botella (5–ENERO–2003)
Benjamín Forcano

Respetada señora y apreciada amiga:

Nunca pensé escribirle esta carta. Pero hoy, ante el terrible ciclón de la guerra, me he cordado de usted. Y lo he hecho porque quizá usted me ofrezca una esperanza que ya no me ofrecen los políticos. Los políticos, en su borrachera de poder, se autodeniegan el derecho a seguir celebrando la vida y se convierten en comparsas de la muerte.
Veo que es inútil escribirle a nuestro presidente Aznar, como a los demás señores de la guerra. Ellos saben que esta guerra es innecesria e inmoral. Pero, sólo ellos, ante la conciencia del mundo, son capaces de enarbolar razones que pretenden justificarla. La sinrazón del belicismo pretenden encubrirla con sutiles o descarados quiebros de la diplomacia, con chantajes del fuerte sobre el débil, siendo en el fondo una insolente soberbia y egoísmo quien les empuja inexorablemente hacia el abismo. ¿Qué necesidad tienen estos señores de provocar a la humanidad con sus espeluznantes armas sino es porque por encima de la vida adoran al dios de sus intereses económico-políticos?

A usted no habrá, en nuestros días, quien le pueda convencer de la legitimidad de ésta y de ninguna otra guerra. Porque la guerra es un anacronismo y una esclavitud imperdonable.
Usted, como mujer y como madre, antepone a todo otro valor el valor de la vida. La vidad es, en usted, más que tarea, misión sagrada: soñarla, gestarla, cuidarla, desarrollarla, prendido siempre su corazón de aquel ser que anidó y se fraguó en sus entrañas. ¡Cuántas solicitudes, desvelos y esperas al acecho de la vida!
También el varón siente el hecho de la vida, pero ignora la consustancial simbiosis del hijo con su madre. Entre madre e hijo hay íntima inseparabilidad, larga dependenciq , reciprocidad única. El niño, ante el peligro, busca instintivamente el regazo materno, y la madre lo defiende y no lo abandona jamás: es su vida.
Ustedes, las madres, jamás entenderán una guerra. Y menos aún harán una guerra. La política del poder se opone a la política de la vida; el poder es la muerte, la madre es la vida.

Usted a compaña a su marido en esta hora terriblel. Lo verá sufrir, en angustiosa preocupación, pero, ¿mira al espectáculo dantesco de la muerte que van a provocar? Entre los maridos-políticos y sus mujeres se abre aquí un profundo abismo. La guerra no es inevitable, quien de verdad quiere la paz, evita la guerra. Amar la paz y trabajar por ella es aborrecer la guerra y compometerse a que no sea jamás un medio de solución de los conflictos entre los hombres y los pueblos.
No la voy a convencer de cuanto alimenta ese clamor universal por la paz. Irak no es un peligro para la humanidad. Sólo hay una razón, que lo hace maldito. Tiene el petróleo y el petróleo es cuestión vital para el imperio y las multinacionales , para su geopolñitica futura. Fíjese: vital para sus intereses económicos, no para las vidas humanas. Estos “señores” hacen profesión de particularismo y racismo, de hegemonía imperialista , de desprecio humano y de exclusión de la humanidad.

Sabe usted muy bien , y eso le ha de conmover aún más, que estas no es una guerra, es una masacre. Desde el 91 han venido muriendo 6.000 niños iraquies por mes. En las últimas guerras las víctimas han sido, en un 98 por cien, civiles. Se calcula que en esta guerra morirán un 30 por cien de los niños iraquies. Este pueblo arruinado, defendido por millones de mentes y gargantas de todo el mundo, será atacado de la manera más impune y humillante: será agredido por bombas inteligentes, lanzadas desde 16.000 metros de altura, con batallones terrestres de armas supermodernas, sin que les quede más suerte que morir en la más desesperada impotencia.
¿Podrá usted, señora y amiga, genio de las vida, interponer su corazón frente a la locura del presidente Aznar y de los otros señores de la guerra?
Sé que lo hará, sé que acompaña desde lo más hondo la justísima causa de la paz y que abomina hasta el simple pensamiento de caer en las trampa de la guerra.
Todavía tenemos tiempo. Nuestras armas son las armas de la vida. EL amor, la confianza, el respeto, la cooperación, el pluralismo, la tolerancia, la real democracia, la integración de todos en la igualdad y la justicia.
¡Qué triunfo para la humanidad si, sin misiles, sin cañones y sin ejércitos fuéramos capaces de acabar para siempre con la barbarie de la guerra!
Le saluda con afecto y amistad

Benjamín Forcano Madrid, 5 de enero de 2003

7
LA IGUALDAD SOBERANA DE TODAS LAS NACIONES

BENJAMÍN FORCANO

No tengo duda de que el clamor creciente contra la guerra sale del corazón de  los pueblos, que son quienes sufren sus duras consecuencias. Ese clamor enlaza espontáneo con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 24 de junio de 1945 en San Francisco.
 
Voy a explicar enseguida por qué he leído por primera vez esa Carta, pero puedo asegurar que cuanto en ella se dice  brota de la  amarga experiencia de la guerra recién terminada y se expresa como contundente determinación y esperanza de no reincidir nunca más en semejante locura. ¿Habremos de pasar por  los sufrimientos de esta nueva guerra, -¡cruel, inhumana e  inmoral como ninguna otra!- para volver a formular propósitos y principios que luego, gradualmente, vamos desactivando en la práctica de nuestra convivencia diaria?
 
Desde que comenzó a agitarse el fantasma de la guerra contra Irak, he venido oyendo dos voces: la de quienes afirmaban su decisión de atacar, sin  importarles las razones, y la de quienes rechazaban ese ataque si no iba avalada por la aprobación de las Naciones Unidas. Pero, unos y otros, daban como supuesto que Irak, en el supuesto de tener armas destructivas masivas, debía desarmarse. Y, como no había seguridad  de que lo hiciera por la buenas, se le obligó a aceptar, como condición para evitar la guerra, la inspección impuesta por el Consejo de Seguridad.
 
Nadie pedía que Francia, Pakistán, EE.UU., India, Israel, Inglaterra, Rusia, etc. debían desarmarse y que, de no hacerlo, estarían  obligados a aceptar la inspección de las Naciones Unidas. A mí, esto me chocaba mucho, porque mostraba una evidente desigualdad. Me rondaba la cabeza de que algo  muy grave se había colado, inexplicablemente, en este punto de partida. Y esto me llevaba a no admitir que esto  quisiera justificarse con razones. Yo ya tenía claro que la única razón era la de dominar y conseguir con  la fuerza, lo que no se podía legitimar y conseguir con el Derecho. Obviamente, no se necesitaba ser un  lince para descubrir todo el montaje ideológico y mediático orientado a ocultar la cara obscena de los intereses de los belicistas. Sin embargo, me resultaba aún más preocupante que no se cuestionara el planteamiento mismo del problema: ¿por qué Irak sí y las demás naciones no? Y aún hoy, con la cortina de humo cada vez más espesa, estamos en lo  mismo: si no se  desarma, es un peligro – ¿cuál?- y el peligro debe conjurarse con  la acción de la guerra.
 
Pero, resulta que lo cierto de verdad es que otras naciones  tienen armas destructivas masivas, que sí están siendo una amenaza y un  hecho real de agresión, que explotan y dominan y  esta dominación la implantan con el uso de las armas. A estas naciones, nadie les exige desarmarse y nadie les impone inspectores. ¿Vds. se imaginan, es un ejemplo, a EE.UU. admitiendo de buena ley que otras naciones : Nicaragua, Chile, Panamá,  El Salvador, Venezuela, Francia, Filipinas, El Congo, China, … le demandasen desarmarse, destruir  su arsenal atómico y, en caso contrario, amenazarle con mandarle inspectores, imponerle una investigación  en toda regla por  toda su geografía y  constreñirle a ello con la  guerra?
 
¡Qué bufa para los señores más belicistas de toda la tierra! ¡Hasta ahí podríamos llegar!, a que la política de unas naciones, que no han hecho sino medrar esquilmando y  dominando (colonizando) a otros pueblos, se sometieran a un Derecho Internacional válido para todos. La desigualdad es la piedra angular de toda la historia colonizadora  y la clave que sustenta la ventaja y superioridad  de unas naciones sobre otras. Como botón de muestra  no tengo sino rememorar estas frases: «Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea principal consiste  en el próximo período en diseñar  sistemas de relaciones que nos permitan mantener esta posición de disparidad  sin ningún detrimento para nuestro intereses» (Goerge Kennan, jefe del grupo  del Departamento de Estado en 1945). «El destino nos ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro. Lo adquiriremos como nuestra madre  (Gran Bretaña) nos enseñó» (Alberto J. Beberidge, exponente de la ideología del «Destino Manifiesto»).
 
Con estos datos en mi cabeza, pensé que sería bueno saber si existía algo que daba razón y fundamento a las Naciones Unidas. No hice más que pedir un poco de información, tiré enseguida de internet y dispuse de una Carta de las Naciones Unidas (19 páginas). Me la leí, sobre todo en lo referente a los dos artículos primeros de su primer Capítulo: propósitos y principios de las Naciones Unidas.
 
Me bastan, para mi empeño, estos párrafos:
«Los propósitos de las Naciones Unidas son: 1. Mantener la paz y seguridad internacionales, y con tal fín: tomar medidas colectivas para prevenir y eliminar amenazas a la paz y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos , y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamiento de la paz. 2. Fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de igualdad de derechos  y de la libre determinación  de los pueblos, y tomar medidas adecuadas para fortalecer la paz universal»(Capítulo, 1, artículo 1).
 
«Para la realización de estos propósitos la Organización y sus Miembros procederán de acuerdo con los siguientes principios: 1. La Organización está basada en el principio de la igualdad soberana de todos su Miembros» (Capítulo, 1, artículo 2).
Nadie podrá negar que en el momento presente una Nación , Estados Unidos, pretende agredir a Irak, no respeta la justicia y el derecho internacional y no le importa absolutamente nada fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de derechos y de la libre determinación de los pueblos.
 
Pero, no hay aspecto más importante e iluminador que el del artículo primero que establece que la»Organización está basada en el principio de la igualdad soberana  de todos sus Miembros». La observación de la praxis histórica de la política nos lleva a concluir que, en realidad de verdad, esa igualdad soberana es humo de pajas. Y no es por tanto descabellada la preocupación de quienes preguntamos: ¿Por qué Estados Unidos puede tener armas de destrucción masiva y no otras naciones? ¿Por qué él puede exigir el desarme e imponer inspectores y los demás no pueden ni siquiera proponer a él semejante cosa?
 
Que vengan los juristas y  nos digan lo que significa, en teoría y de hecho, esa igualdad soberana  de todas las naciones, si no es hora de remover la anestesia en que nos han metido o nos hemos dejado meter, y comenzar a airear con la fuerza que nos da la razón, el sentido común y el buen sentir de todos los pueblos por qué unas naciones, de igualdad soberana, no pueden decidir ellas mismas quiénes han de componer el Consejo de Seguridad, y aceptar que se les imponga  de una manera selectiva y excluyente: «El Consejo de Seguridad se compondrá de quince miembros de las Naciones Unidas. La República de China, Francia, la Unión de las Repúblicas Socialistas  Soviéticas, el Reino Unido e la Gran Bretaña e Irlanda y los Estados Unidos de América, serán miembros permanentes del Consejo de Seguridad» (Capítulo V, artículo 23).
 
De nuevo, unas preguntas: ¿En qué queda en este punto la igualdad soberana? ¿Qué presupuestos y motivaciones hacen que se determine digital y rígidamente esa composición del Consejo de Seguridad? ¿Qué garantías de cumplimiento de los propósitos y principios  de la Carta ofrece un Consejo de Seguridad monopolizado por los intereses de las grandes Naciones?
 
Se lo mire por donde se lo mire, los malabarismos diabólicos para hacer efectiva esta guerra, parten de unas cabezas que  muestran a qué grado de soberbia, inhumanidad y ambición de poder han llegado. Conocía muy bien  la política de su país el estadounidense Noam Chomsky cuando escribía: «Cuando en nuestras posesiones se cuestiona la quinta libertad (la libertad de saquear y explotar) los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla».
 
Hablar, pues, actuar,  presionar, movilizar todo lo posible contra esta guerra es deber moral nuestro. Una agresión de ese tipo, representaría la muerte de valores éticos y jurídicos, básicos e imprescindibles para una convivencia internacional justa, libre y pacífica.

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