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Palestina -- Gabriel Mª Otalora

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Israel es más de la mitad de lo que los británicos, durante su ocupación, bautizaron como Palestina cuando lograron echar a los turcos (otomanos) de la zona al finalizar la Primera Guerra Mundial. Pero los británicos habían hecho las mismas promesas sobre los territorios a los árabes, a los judíos e incluso a los franceses para que les ayudaran a echar a los otomanos; promesas que luego no cumplieron, entre otros motivos porque habían dividido el Medio Oriente con regla y cartabón; uno de los puntos más oscuros del estadista Churchill. Esto provocó un clima de tensión entre nacionalistas árabes y sionistas que desencadenó enfrentamientos entre grupos paramilitares judíos y bandas árabes nada homogéneas, por cierto.

Un Estado judío de un tamaño apenas como dos Navarras, enclavado entre decenas de pueblos de origen árabe con mayorías y sistemas de gobiernos islámicos, que reclaman también su derecho a existir. Mientras tanto, Jerusalén sigue siendo el punto de encuentro y discrepancia entre las culturas árabes, cristiana y judía. Pero me ha sorprendido la convivencia en medio de los radicalismos que pretenden mantener odios milenarios, como he podido comprobar en la oportunidad que he tenido de visitar la zona en esta semana de la Pascua judía y, a la vez, Semana Santa ortodoxa cristiana.

El nombre de Palestina, sin embargo, viene de mucho más atrás, de cuando el emperador Adriano (año 135) quiso borrar todo vestigio judío cambiando incluso el nombre de la provincia romana de Judea por el de Palestina, sabiendo lo que esto les dolía a aquellos judíos israelitas. Pocos recuerdan que el término Palestina es una versión latinizada de la Filistea ya extinta, que mil años antes había ocupado una estrecha franja costera, hoy llamada franja de Gaza. Los filisteos (del término plishtim, que significa «invasores») eran griegos originarios de la isla de Creta. Llegaron a Canaán por mar en el siglo XII a.C., y se encontraron a los hebreos que habían llegado casi al mismo tiempo desde el este. Ambas naciones estuvieron en constantes guerras, hasta que David los venció. Y desde entonces la zona vive en permanente conflicto.

Esta región de Palestina, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, es considerada sagrada para musulmanes, judíos y católicos, y reivindicada como Estado por los dos primeros, aunque los islamistas nacieron con Mahoma y la conquista musulmana que, a su vez, originó las Cruzadas para liberar los que hoy se llama Tierra Santa. El Holocausto prendió el sionismo y en la Guerra de Independencia de Israel, los judíos residentes en los países árabes emigraron (el éxodo) o fueron expulsados, llegando al actual Israel; los árabes huyeron a los países árabes fronterizos. Más de 700.000 huyeron a países vecinos o fueron expulsados por tropas judías: la llamada Nakba o «catástrofe”. Los judíos, llamados «palestinos» en 1948, hoy son llamados «israelíes». Los árabes de la Cisjordania, llamados «sirios» o «jordanos en 1949, hoy son los palestinos; El conflicto se vive con un odio que no permite ejercer el derecho real a ser dos Estados muy teocráticos los dos ni el derecho a vivir en cristiano, ante la cada vez mayor presión del radicalismo musulmán. Me impresionó la realidad de la minoría árabe cristiana de Belén, encajonada entre el muro físico israelí (condenado por la Corte Internacional de Justicia de La Haya) y el muro sociológico musulmán.

No se puede seguir por más tiempo negando la realidad del Estado judío ni el derecho a un Estado gobernado por la llamada Autoridad Nacional Palestina, con liderazgos que parecen dirigidos no tanto a construir sino a destruir al contrario. Ni tampoco rechazar el derecho a que las tres comunidades sientan como propios aquellos lugares como santos: para los cristianos y judíos, Jerusalén es la primera ciudad religiosa; para los musulmanes, la tercera. Y todo a escasos metros, en una amalgama milenaria de culturas, historia, religiones y política.

Es preciso recordar los acuerdos de paz y los intentos para reconducir este disparate milenario que ha estado cerca de una solución satisfactoria en más de una ocasión. Si lo miramos con perspectiva histórica, la maldad no es más que una gran ineptitud demasiadas veces oculta por el manto de la ideología fundamentalista. El rechazo al diferente y sus resultados de muerte, se contrapone al hecho de que el mundo se sostiene por la bondad, silenciada demasiadas veces como noticia y esperanza cierta. A pesar de que el mal es muy radical, la bondad puede serlo aún más. El Dios de Jesús lo asegura como mensaje capital. Y la vida nos dice que para restaurar la paz no es necesario destruirlo todo y comenzar de cero. Basta con escuchar al otro de corazón y desprendernos ¡todos a la vez! del miedo al diferente.

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