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Otoño 15 – Panel 6 -- Benjamín Forcano, teólogo

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Benjamín Forcano11. La religión puede hacer el bien mejor y también el mal peor. (Leonardo Boff).
2. La guerra es una violación del mandamiento “no matarás” (B. Forcano)
3. Un enigma humano: la violencia por la violencia del Estado Islámico (Leonardo Boff).
4.Muertes en París, noviembre 2015 (José I. Glez Faus).
5. Frente el Yihadismo (Fernando Bermúdez)
6. Quien siembra vientos, recoge tempestades (Benjamíbn Forcano) .
7.Proclama sobre la paz del Vaticano II (Benjamín Forcano)

Los atentados del 14 de Noviembre en París nos llegan como mazazo consternador. ¿Son un acto aislado, de individuos fanatizados? El estruendo de su metralla lleva cruzada mucha trama, – larga trama-, de imperios, pueblos, culturas, religiones, políticas, intereses, que se relacionan entre sí. ¿Los unos contra los otros? ¿Por qué? ¿ Dónde y entre quienes colocar la barbarie o la civilización? ¿Paga sólo una parte o paga también la otra y lloramos todos?

¿Cuándo la violencia y la maldita guerra se convertirán en razón?

Hay un 11 de septiembre de 2001 en Nueva Yort.
Hay un 11 de marzo de 2004 en Madrid.
Hay un 7 y 21 de julio de 2005 en Londres.
Y hay un 13 de Noviembre de 2015 en París.
Y hay…
Mismos escenario, mismos actores, mismas lágrimas, mismas ruinas
¿Por qué? ¿Para qué?
1
La religión puede hacer el bien mejor y también el mal peor
Leonardo Boff
2015-11-04

  Todo lo que está sano puede enfermar. También las religiones y las iglesias. Hoy particularmente asistimos a la enfermedad del fundamentalismo contaminando a sectores importantes de casi todas las religiones e iglesias, inclusive de la Iglesia Católica. A veces hay una verdadera guerra religiosa. Basta seguir algunos programas religiosos de televisión especialmente, de tendencia neopentecostal, pero también de algunos sectores conservadores de la Iglesia Católica, para oír que condenan a personas o de grupos de ciertas corrientes teológicas o satanizan a las religiones afrobrasileñas.

La mayor expresión del fundamentalismo guerrero y exterminador es el representado por el Estado Islámico que hace de la violencia y del asesinato de los diferentes, expresión de su identidad.

Pero hay también otro vicio religioso, muy presente en los medios de comunicación de masas especialmente en la televisión y en la radio: el uso de la religión para reclutar gente, predicar el evangelio de la prosperidad material, sacar dinero a los feligreses y enriquecer a sus pastores y auto-proclamados obispos. Tenemos que ver con religiones de mercado que obedecen a la lógica del mercado que es la competencia y el reclutamiento del mayor número posible de personas con la máxima acumulación de dinero líquido posible.

Si nos fijamos bien, en la mayoría de estas iglesias mediáticas el Nuevo Testamento raramente es mencionado. Lo que predomina es el Antiguo Testamento. Se entiende el por qué. En el Antiguo Testamento, excepto los profetas y otros textos, se resalta especialmente el bienestar material como expresión del agrado divino. La riqueza gana centralidad. El Nuevo Testamento exalta a los pobres, predica la misericordia, el perdón, el amor al enemigo y la solidaridad ilimitada con los pobres y caídos en el camino. ¿Dónde se oye, hasta en los programas católicos, las palabras del Maestro: “Felices vosotros, pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”?

Se habla demasiado de Jesús y de Dios como si fuesen realidades disponibles en el mercado. Tales realidades sagradas, por su naturaleza, exigen reverencia y devoción, silencio respetuoso y unción devota. El pecado que más se da es contra el segundo mandamiento: “no usar el santo nombre de Dios en vano”. Ese nombre está pegado en los vidrios de los automóviles y en la propia cartera del dinero, como si Dios no estuviese en todos los lugares. Y Jesús para acá y Jesús para allá en una banalización desacralizadora irritante.

Lo que más duele y escandaliza verdaderamente es que se use el nombre de Dios y de Jesús para fines estrictamente comerciales. O peor, para encubrir desfalcos, robo de dineros públicos y blanqueo de dinero. Hay quien tiene una empresa cuyo título es “Jesús”. En nombre de “Jesús” se amasan millones en sobornos, escondidos en bancos extranjeros y otras corrupciones que atañen a los bienes públicos. Y esto se hace con el mayor descaro.
Si Jesús estuviera todavía entre nosotros, sin duda haría lo que hizo con los mercaderes del templo: tomó el látigo y los puso a correr además de derribar sus puestos de dinero.

Por estas desviaciones de una realidad sagrada, perdemos la herencia humanizadora de las Escrituras judeocristianas y especialmente el carácter liberador y humano del mensaje y la práctica de Jesús. La religión puede hacer el bien mejor pero también puede hacer el peor mal.
Sabemos que la intención original de Jesús no era crear una nueva religión. Había muchas en aquel tiempo. Tampoco pensaba reformar el judaísmo vigente. Quería enseñarnos a vivir guiados por los valores presentes en su mayor sueño, el reino de Dios, hecho de amor incondicional, misericordia, perdón y entrega confiada a un Dios, llamado «papá» (Abba en hebreo) con características de madre de bondad infinita. Él puso en marcha la gestación del hombre nuevo y de la mujer nueva, eterna búsqueda de la humanidad.

Como lo muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Cristianismo inicialmente era más movimiento que institución. Se llamaba el «camino de Jesús», realidad abierta a los valores fundamentales que él predicó y vivió. Pero a medida que el movimiento fue creciendo, se convirtió inevitablemente en una institución con reglas, ritos y doctrinas. Y entonces el poder sagrado (sacra potestas) pasó a ser el eje organizador de toda la institución, ahora llamada Iglesia. El carácter del movimiento fue absorbido por ella. Por la historia sabemos que allí donde prevalece el poder, desaparece el amor y se desvanece la misericordia. Eso es lo que por desgracia pasó. Hobbes nos advirtió de que el poder sólo se asegura buscando más y más poder.
Y así surgieron iglesias poderosas en instituciones, monumentos, riquezas materiales e incluso bancos. Y con el poder la posibilidad de corrupción.

Estamos presenciando algo nuevo que hay que saludar: El Papa Francisco nos está recuperando el cristianismo más como movimiento que como institución, más como encuentro entre las personas y con el Cristo vivo y la misericordia sin límites que como disciplina y doctrina ortodoxa. Ha puesto a Jesús, a la persona en el centro, no el poder, ni el dogma, ni el marco moral. Con eso permite que todos, aun los que no se incorporan a la institución, puedan sentirse en el camino de Jesús en la medida en que optan por el amor y la justicia.

2
LA GUERRA ES UNA VIOLACIÓN DEL MANDAMIENTO “NO MATARÁS”

(Publicado en El Mundo,  14 de Febrero de 2003)
Benjamín Forcano     
       El Ministro de Defensa, Federico Trillo, ha afirmado hace unos días que  “Las materias sociales no son de fe “ y, por lo tanto, las palabras del Papa a favor de la paz y en contra de la guerra “no son vinculantes para un  católico. Yo no tengo ningún  problema de conciencia”.
            Las palabras del Ministro plantean una cuestión viva, pero que  acaso a él no se le ha dado por sopesar: ¿Qué entendemos, Sr. Ministro,  por fe?

            Pero, hay otra vertiente, que es seguramente desde la que habla el Ministro. Los católicos saben o han oído alguna vez que el Papa y los obispos tienen  autoridad para proponer la doctrina cristiana, sobre todo en lo que se refiere “a la fe y costumbres”. Hay, pues, una constante  en la tradición eclesial  que hace que la jerarquía eclesiástica trace unos principios que iluminen y ofrezcan soluciones concretas a multitud de problemas relacionados con la persona y la sociedad. Así lo hizo el Concilio Ecuménico Vaticano II. Concretamente en el documento denominado Gaudium et Spes, se abordaron los temas de la dignidad de la persona humana y sus derechos, del matrimonio y de la familia, del progreso y de la cultura, de la vida económico-social, de la comunidad política, del fomento de la paz y de la promoción de la comunidad de los pueblos. Este último capítulo resulta, para el momento presente, de una lucidez  y valentía impresionantes, pero como tantas otros, se ha “perdido” sin pena ni gloria.

            Voy a hablar un lenguaje directo: yo sé que hay muchas cuestiones, seguramente las más, en las que el católico, mientras no haya una definición ex cathedra (magisterio infalible), puede opinar libremente llegando incluso a disentir de la doctrina del Papa, como ocurrió, por ejemplo, con  la encíclica “Humanae Vitae”, sin que por eso deje de ser católico.

            Pero, esto nos lleva a preguntarnos si no hay cuestiones en las que la vinculación o no con las palabras del Papa, no depende tanto de las palabras del Papa cuanto de la misma cuestión y de sus argumentos internos. Argumentos que, si brotan de la ética natural, serán vinculantes para todos, creyentes y no creyentes, por la sencilla razón de que “hay en todos una conciencia que nos dice que debemos practicar el bien y evitar el mal”. Y  la fidelidad a esta conciencia es lo que “une a los cristianos con todos demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto  los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad” (Gaudium et Spes, 16).

            Esto quiere decir que, cuando un cristiano cree, no deja a un  lado su dignidad personal ni pone en paréntesis los dictados   de la ética natural. La fe cristiana incluye, yo diría como artículo primero, la fe en la dignidad de la persona y sus derechos, y esta fe sería común a creyentes y no creyentes y, por ende,  vinculante para todos, también para el Papa. La vinculación, en este caso,  es previa al mandato o autoridad del que la anuncia y respalda.
            Aparece entonces claro que la enseñanza del Papa cuando se refiere “a la fe y costumbres”  puede incidir en estos campos de la ética natural  y su enseñanza no hace sino enunciar y robustecer ciertos principios de esa ética.

            Por otra parte, me siento  ajeno a una fe abstracta, vacía de contenido ético,  que sirviera de tapadera para un vano  pietismo o espiritualismo. El seguimiento de Jesús de Nazaret exige una fe llena de obras, como son la justicia, la igualdad, la sinceridad, el amor, el aborrecimiento de toda mentira y soberbia, la predilección por los empobrecidos, etc. “¿De qué, nos sirve, escribe el apóstol Santiago, decir que tenemos fe si no tenemos obras?… La fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2,14-17).
            Las obras son la proyección de nuestras convicciones, la expresión viva de nuestra fe y muchas de ellas pertenecen al ámbito social. Ahora viene mi pregunta al Sr. Ministro: ¿Vd. cree, Sr. Trillo, que las materias sociales no son de fe?,¿de fe en sentido estricto? ¿No cree Vd. que hay materias sociales, las que tratan del “no matar”, que son vinculantes para todos y también para Vd.  como persona y como persona creyente?

            Me imagino que suscribirá, de corazón, estas palabras del Vaticano II: “La paz, que nace del amor al prójimo, es fruto de la justicia, requiere respeto  a los demás hombres y pueblos  y exige un ejercicio apasionado de la fraternidad. La paz surge de la mutua confianza de los pueblos  y no del terror impuesto por las armas. La paz exige de todos ampliar la mente más allá de las fronteras  de la propia nación, renunciar al egoísmo nacional  y a la ambición de dominar a otras naciones, alimentar un  profundo respeto por toda la humanidad. Los gobernantes trabajarán en vano por la paz mientras no pongan todo su empeño  en erradicar los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas, que dividen a los hombres y los enfrentan entre sí?” (Gaudium et Spes, Nº 77 al 93).
            Sinceramente, ¿cree Vd. que estas exigencias son  propias de todo corazón humano y que es de imperativo natural atenerse a ellas? ¿Cree Vd. que es ésta la filosofía que guía la política del Sr. Bush?

            Me imagino que  Vd., en su meditación de cada día, tiene algún tiempo para meterse un poco en la catarata de miserias, quebrantamientos y desgracias que va a atraer esta guerra a la que Vd. parece no tener motivos para oponerse: una población entera arrasada con miles y miles de inocentes, con una hecatombe de destrozos materiales, culturales,  morales y un sin fin de desquiciamientos físicos, psicológicos y personales. Todo ese ataque  infernal, ¿ por qué y para qué? Ese aplastamiento tan gigantesco, supertecnológico, fulminante, desproporcionado, apocalíptico,  ¿qué otra cosa es  sino una acción deliberada de asesinato masivo? ¿En verdad, ese genocidio que Vd. y Gobierno apoyan, legitiman y en el que nos quieren implicar a todos,  no lo ve Vd. como una brutal violación del mandamiento natural de “no matar” y que resulta para todos vinculante, con fe o sin fe, con palabras o sin palabras del Papa? ¿Qué otra acción más execrable –social por supuesto- resultaría vinculante para su fe de católico?

            Si Vd. considera “obligado todo esfuerzo del Papa a favor de la paz”, tiene que pensar que esa su obligación no le viene dada al Papa a priori, sino que se la imponen consistentes,  grandes e ineludibles razones. Y para Vd. las obligaciones de parar esta guerra, que le impone su conciencia, son todavía mayores. Porque las razones del Sr. Bush son puro pretexto y  restallan contra  lo que establecen la ONU y el Derecho Internacional.

            Como católico que es, me permito recordarle estas frases del concilio Vaticano II, en el que Vd. se mira seguramente para guiar  su fe: “No hay que obedecer las órdenes que mandan actos  que se oponen deliberadamente al derecho natural de gentes y sus principios, pues son criminales y la obediencia ciega  no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un  pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar tales actos como crímenes horrendos. Los Estados pueden invocar el derecho a la legítima defensa  cuando son injustamente atacados, tras haber agotado los otros medios, pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella”.

            El marco ético de las Naciones Unidas, que Vd. considera como la “institucionalización de toda la doctrina moral sobre la paz y la justicia”, es coincidente con el Vaticano II y  recoge literalmente estos mismo principios, como puede leer en la Carta de las Naciones Unidas (Capítulo I, Artículo 1).

             Sr. Trillo: como católico, le hago patente mi rechazo a su laxa conciencia, que dice no  sentirse vinculada en una materia de ética natural, de tanta y tan  transcendental importancia.
            Casi espontáneamente, me vienen  a la mente los sucesos de la conquista española. En aquel siglo de oro, en una sociedad  menos avanzada científica y tecnológicamente, sonaron fuertes las voces de teólogos de la universidad de Salamanca, la más principal la de Vitoria, que cuestionaban públicamente la legitimidad de la conquista.

            Si fray Antonio de  Montesinos, en 1511, increpaba a los gobernantes: “Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes? ¿Cómo los tenéis tan opresos,… que de los excesivos trabajos que les dais…los matáis para sacar  y adquirir oro cada día?”, ¿qué no dirían hoy,  siglo XXI, cuando la razón de la guerra –admitida sin ambages por el mismo presidente  Bush- no es  sino el robo del petróleo y con un cinismo que apenas uno puede imaginar?

            Sr. Trillo: a Vd. le han enseñado a ser cristiano en medio de la ciudad secular  y a no abdicar de su dignidad y principios, por muy alto que esté en el poder. Espero que, aún sintiéndose tentado de cerca por las sirenas  del imperio, no se avergüence de reconocer –si no de vivir- estas palabras del Vaticano II: “ El respeto de la dignidad humana, el ejercicio de la fraternidad universal, la convocación de todos a una convivencia  en la justicia, la libertad, el diálogo y la cooperación, brota en nosotros como un imperativo del amor, que nos remite a Dios como principio y fín de todos. Y todos, en consecuencia, estamos llamados a ser hermanos”. O dicho con palabras de su fundador, San Josémaría: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oirte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”, “Agranda tu corazón, hasta que se universal, “católico”. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas” (Camino 2 y 7).
3
Un enigma humano: la violencia por la violencia del Estado Islámico
Leonardo Boff
2015-10-27

  El Estado Islámico de Siria y de Irak es tal vez uno de los acontecimientos políticos más misteriosos y siniestros de de los últimos siglos. En la historia de Brasil, como nos relata el investigador Evaristo E. de Miranda (Quando o Amazonas corria para o Pacífico, Vozes 2007) hemos tenido genocidios innombrables, «tal vez uno de los primeros y mayores genocidios de la historia de la Amazonia y de América del Sur» (p. 53): una tribu antropófaga advenediza devoró a todos los primeros habitantes del litoral, llamados sambaqueiros, que vivían en la costa atlántica de Brasil.

Con el Estado Islámico está ocurriendo algo semejante. Es un movimiento fundamentalista, surgido de varias tendencias terroristas. El 29 de junio de 2014 proclamó un califato, intentando remontarse a los inicios de la aparición del islam con Mahoma. El Estado Islámico reivindica autoridad religiosa sobre los musulmanes del mundo entero para así crear un mundo islámico unificado que siga la charia (leyes islámicas) al pie de la letra.
No es aquí el lugar para detallar la compleja formación del califato; vamos sólo a restringirnos a lo que nos deja confusos, perplejos y escandalizados por usar la violencia por la violencia como marca identitaria. Entre los muchos estudios sobre este fenómeno cabe destacar el de dos italianos que vivieron de cerca esta violencia: Domenico Quirico (Il grande Califfato 2015) y Maurcio Molinari (Il Califfato del terrore, Rizzoli 2015).

Quirico narra que se trata de una organización exclusivamente masculina, compuesta por gente en general entre 15 y 30 años. Al adherirse al Califato borran todo su pasado y asumen una nueva identidad: la de llevar la causa islámica hasta la muerte, dada o recibida. La vida personal y la de los demás no tienen ningún valor. Trazan una línea rígida entre los puros (su tendencia radical islámica) y los impuros (todos los demás, también de otras religiones, como los cristianos, especialmente los armenios). Torturan, mutilan y matan sin ningún escrúpulo. O te conviertes o mueres, normalmente degollado. Los combatientes secuestran y se pasan entre sí a mujeres, usadas como esclavas sexuales. El asesinato es ensalzado como un «un acto dirigido a la purificación del mundo».

Molinari cuenta que los jóvenes, iniciados mediante un video sobre las decapitaciones, enseguida piden ser decapitadores. Parte de los jóvenes son reclutados en las periferias de las ciudades europeas. No sólo pobres, sino hasta un titulado de Londres con buena situación financiera, y otros del mundo árabe. Parece que la sed de sangre reclama más sangre y la muerte fría y banal de niños, personas mayores y de todos los que dudan en adherirse al islamismo.

Se financian con el secuestro de todos los bienes de las ciudades conquistadas de Siria y de Iraq, muy especialmente con el petróleo y el gas de los pozos arrebatados, que les proporciona, según los analistas, una ganancia de casi tres millones de dólares al día, al ser vendido generalmente a precios mucho más bajos en los mercados de Turquía.
El Estado Islámico rechaza cualquier diálogo y negociación. El camino sólo tiene una vía: la violencia de matar o de morir.

Es un hecho inquietante, pues plantea la cuestión de qué es el ser humano y de qué es capaz. Parece que todas nuestras utopías y sueños de bondad se anulan. Preguntamos en vano a los teóricos de la agresividad humana, como Freud, Lorenz, Girard. Sus explicaciones nos resultan insuficientes.
Para Freud, la agresividad es expresión del dramatismo de la vida humana, cuyo motor es la lucha reñida entre el principio de vida (eros) y el principio de muerte (thánatos). La tensión se descarga con fines de autorrealización o de protección. Según Freud, es imposible para los humanos controlar totalmente el principio de muerte. Por eso, siempre habrá violencia en la sociedad. Pero mediante leyes, la educación, la religión y, de manera general, mediante la cultura, se puede disminuir su virulencia y controlar sus efectos perversos (cf. Para além do princípio do prazer, Obras Completas. Rio de Janeiro: Imago, 1976).

Para Konrad Lorenz (1903-1989), la agresividad es un instinto como los demás, destinado a proteger la vida. Pero ha ganado autonomía, porque la razón construyó el arma mediante la cual la persona o grupo potencia su fuerza y así puede imponerse a los demás. Se ha creado una lógica propia de la violencia. La solución es encontrar sustitutivos: volver a la razón dialogante, a los sustitutivos, como el deporte, la democracia, el autodominio crítico del propio entusiasmo que lleva a la ceguera y, de ahí, a la eliminación de los otros. Pero tales expedientes no valen para los miembros del Califato. Sin embargo, Lorenz reconoce que la violencia mortífera solamente desaparecerá cuando se dé a los seres humanos, por otro camino, lo que trataban de conseguir mediante la fuerza bruta (cf. Das sogenannte Böse: Zur Naturgeschichte der Aggression, Viena 1964).

René Girard con su “deseo mimético negativo”, que lleva a la violencia y a la identificación permanente de “chivos expiatorios”, puede transformarse en “deseo mimético positivo” cuando, en vez de envidiar y apoderarse del objeto del otro, decidimos compartirlo y disfrutarlo juntos. Pero para él la violencia en la historia es tan predominante que le evoca un misterio insondable que no sabe cómo descifrar. Y nosotros tampoco.
En la historia hay tragedias, como bien vieron los griegos en sus teatros. No todo es comprensible mediante la razón. Cuando el misterio es demasiado grande, es mejor callar y mirar hacia lo Alto, de donde tal vez nos venga alguna luz.

4
MUERTES EN PARIS, NOVIEMBRE 2015

Jose I. Glez Faus
Escribo estas reflexiones sobre todo para mí mismo: por necesidad de serenarme ante la barbarie del atentado del viernes en París. Temo que muchos no las acepten. Pediría que intenten reflexionarlas antes de condenarlas.

1.- Hay al menos una cosa en la que todos estaremos de acuerdo: los autores de semejante salvajada son unos verdaderos monstruos. Agrava esta constatación el que no se trata de seis o siete monstruos excepcionales sino de decenas o centenas de miles; y sin duda más monstruosos los organizadores que los pobres ejecutores.

2.- Pero no es eso todo lo que cabe decir: porque todos los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor: podemos llegar a ser santos pero también podemos llegar a ser monstruos. Y entonces, queda la pregunta: ¿cómo estos muchachos han podido llegar a semejantes niveles de inhumanidad? Al intentar comprenderlo me encuentro con los siguientes datos:

3.- El profeta Isaías dejó escrito que «la paz es fruto de la justicia». Parece lógico entonces que el fruto de un mundo tan injusto como el nuestro y donde las diferencias entre los seres humanos son escalofriantes, haya de ser, necesariamente, la guerra y la violencia.

4.- Todo ser humano muerto antes de tiempo violentamente, es una tragedia que debe ser llorada. Y no cabe establecer aquí unos muertos de primera clase (que son los nuestros), y otros muertos sin importancia que no merecen ni un día de luto.

5.- Hablando de monstruos, recuerdo un célebre cuadro de Goya: «el sueño de la razón produce monstruos». Esos monstruos del 13N ¿no habrán sido producidos, en parte al menos, por el sueño de nuestra razón económica? ¿Por esa razón del máximo beneficio, del mínimo salario, de nuestra monstruosa «reforma» laboral, de las jubilaciones de 3 millones para los banqueros, del saqueo del tercer mundo, del lujo, el despilfarro y la ostentación como motores de la economía, del acaparamiento del petróleo y del armamento cada vez mayor, para defensa de ese todo desorden?… ¿Son esos en realidad nuestros verdaderos valores, o los otros a los que apelamos para justificarnos? No cabe olvidar que, en la historia, cuando las cosas se han torcido y no se enderezan a tiempo, acaban llevando a situaciones insolubles, o cuya solución sólo puede venir de un cambio radical de rumbo que sólo puede hacerse poco a poco y a largo plazo.

6.- Según la moral cristiana, todo lo que una persona tiene de más, una vez ha cubierto suficiente y dignamente sus necesidades, deja de pertenecerle y pasa a ser de quienes lo necesitan. La propiedad privada no es un derecho absoluto sino un derecho secundario que sólo vale en la medida en que sirva para realizar «el destino común de los bienes de la tierra» que es el verdadero derecho primario (ver p. e. Populorum progressio n. 22). De acuerdo con esto, muchos emigrantes a quienes rechazamos de mil maneras, no vienen a quitarnos lo nuestro sino a recuperar lo que es suyo. ¿No sería entonces más seguro, en vez de cerrar nuestras fronteras, poner fronteras a nuestra avaricia?

7.- Ignacio Ellacuría hablaba con insistencia de «una civilización de la sobriedad compartida» como única salida para nuestro mundo (él lo formulaba aún más duramente: una civilización «de la pobreza»). El ensueño de un crecimiento constante de la riqueza está destrozando el planeta: en estos momentos destruimos anualmente casi un 50% más de lo que la tierra puede reponer. Por eso, además de las medidas urgentes que haya que tomar ahora (de investigación y protección) ¿no parece imprescindible encaminarnos a largo plazo hacia esa nueva civilización? No creo que ningún cristiano que se oponga a ese proyecto de Ellacuría pueda merecer con verdad el nombre de cristiano.

8.- Ese «desorden establecido» (E. Mounier) o ese «pecado estructural» de nuestro mundo desarrollado, del que nosotros disfrutamos y que otros padecen ¿no será uno de los progenitores de ésos y otros monstruos? Porque cuando el odio se junta con la religión, ésta se corrompe, el odio se potencia y se acaba cumpliendo el sabio refrán latino: «la corrupción de lo óptimo es lo pésimo». Por eso, dado lo infinitamente manipulable que es el nombre de Dios, es necesario recuperar lo que escribió antaño José A. Marina: la ética nace de las religiones, pero luego ésta debe criticar a la madre: para evitar que algo tan valioso como la fidelidad se confunda con algo tan monstruoso como el fanatismo.

9.- Todo esto debería ayudarnos a no reaccionar con odio, para no entrar en aquella espiral de violencia que tanto temía Helder Camara. Habrá que hacer justicia, por supuesto. Pero sin que llamemos justicia al placer de hacer daño: porque entonces estaríamos poniéndonos al mismo nivel humano que esos monstruos.
10.- Afirman algunos sociólogos que hoy estamos ya, en «la tercera guerra mundial». Sólo que hoy las guerras se hacen de otra manera, para evitarnos bajar a pelear al campo de batalla. Por eso puede ser bueno concluir recordando que la humanidad ha salido de catástrofes y calamidades aún peores que la que nos amenaza hoy. El pueblo judío, tras el desastre del exilio, donde se sintieron abandonados por Dios, pudo regresar, reconstruir el Templo y preservar su monoteísmo. En el siglo pasado, tras la atrocidad del holocausto y la segunda guerra mundial, la humanidad vivió, según muchos economistas, una pequeña edad de oro. No siempre es posible hacerlo todo, pero siempre es posible hacer algo. Y ese algo, por poco que sea, se convierte hoy, para todos nosotros, en una obligación grave.
José I. Glez. Faus sj, teólogo. 15 Noviembre 2015
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FRENTE AL YIHADISMO

Fernando Bermúdez

Estos días ha aparecido una gran variedad de artículos y comentarios sobre los atentados terroristas de París. Todos estamos consternados y preocupados por el auge del terrorismo yihadista. Sin embargo, desde una postura ética y evangélica, contemplo como descentradas las medidas que los gobiernos europeos, y entre ellos el nuestro, están asumiendo frente a esta amenaza. Parecen enfocadas hacia la confrontación y la venganza, con lo cual se corre el riesgo de generar una espiral de violencia de incalculables consecuencias. Estas medidas y “pactos” favorecen, asimismo, el crecimiento de la islamofobia, que es caldo de cultivo para el radicalismo yihadista. Por este camino nos estamos exponiendo a posibles acciones terroristas en un futuro no muy lejano. No es la venganza, ni la guerra, ni el armamentismo, ni la construcción de vallas y concertinas la solución a este conflicto.

Para frenar esta amenaza es necesario abordar con sensatez y con un criterio ético las causas que dieron origen al yihadismo. Todo empezó con la prepotencia de Occidente frente a los países musulmanes, el control de sus yacimientos petrolíferos y, sobre todo con la infeliz invasión a Irak, país que después de esta criminal intervención, ha quedado destrozado y desangrado por las acciones terroristas de los vencidos. Todos hemos condenado los atentados de París y nos hemos solidarizado con las víctimas, pero ¿quién se conmueve y condena los atentados que a diario ocurren en Siria, Irak y África donde han muerto, y siguen muriendo, millares de hombres, mujeres y niños? Son tragedias que permanecen desapercibidas ante la opinión pública de Occidente. ¿Acaso un sirio, un iraquí o un africano no tienen la misma dignidad que un europeo o norteamericano? No es humano poner a las víctimas europeas, blancas y cristianas, como las únicas que merecen atención.

Por todo ello, como cristiano rechazo la aplicación de la Ley del Talión “ojo por ojo y diente por diente” que Jesús de Nazaret censuró. La situación está exigiendo una seria reflexión política por parte de los gobiernos de Occidente para analizar las causas del conflicto y sentar bases que conduzcan a una política de respeto y de diálogo. Urge un desarrollo de la educación para la tolerancia y el respeto a la diversidad cultural y religiosa como camino para la convivencia entre los pueblos.
Los gobiernos y toda la comunidad internacional deben revisar y poner control a la industria armamentista que, según muchos analistas, es el gran negocio que está detrás de las guerras, beneficiándose a expensas de los muertos.
Urge, asimismo, un cambio ético-espiritual en la conciencia ciudadana frente a los inmigrantes musulmanes que conviven entre nosotros. El Islán es una religión de paz, como lo es el cristianismo o el judaísmo, aunque en la realidad histórica haya posturas personales fundamentalistas y radicales que tergiversan la esencia de la religión. Antes que creyentes somos personas, como antes que españoles o europeos somos ciudadanos del mundo. El Papa Francisco, en su encíclica Laudato Si nos llama a vivir y sentirnos como hermanos más allá de las culturas, nacionalidades y creencias religiosas, cuidando juntos la Tierra, nuestra Casa Común, haciendo de ella un espacio de convivencia y de paz.

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 Quien siembra vientos, recoge tempestades
14 de marzo de 2004
Benjamín Forcano

A mi amigo y compañero
Martín José Sanz Belarra,
capellán del Hospital del Niño Jesús,
una de las víctimas de la barbarie.
Escribo con el alma pegada en Irak y en Madrid. En Irak, sin poder quitarme de encima el infierno de aquella guerra que se avecinaba, tramada con deliberada arrogancia; en Madrid, reflejo lacerante hoy de aquel caos de bombas, heridos, muertos y ruinas interminables.

Fueron millones las gargantas, millones los corazones, millones las manos, millones las plumas que, unidas a la voz del Papa, se afanaban en detener la insensatez de aquella agresión militar, hecha porque sí, porque el imperio la necesitaba, y la decidía con los demás o sin los demás, con la ONU o contra ella. Nuestras pulilas pudieron contemplar miles de aviones marcando estelas en el cielo, lanzados con precisión matemática a objetivos de destrucción masiva: edificios, cuarteles, barrios, fábricas, gentes, todo calcinado en una espiral de fuego y humo. Pero, sin que al parecer hubiera dolor y lágrimas, sin ver las convulsiones de la gente, sin ver como lo hemos visto en Madrid, el horror de cuerpos reventados, de cabezas desfiguradas, de brazos y piernas destrozados, de miembros esparcidos, de seres humanos atrapados terminalmente en la red de una violencia despiadada. Gente normal, de la calle, trabajadora, desgarrada o acabada inmisericordemente.

Necesitamos comprender, necesitamos una explicación. Precisamente porque esta barbarie es inusitada y la rechazamos universalmente, sin fisuras. La muerte de inocentes es indigerible, no metabolizable mentalmente. Yo no puedo pensar que hay seres humanos que matan por matar, como si un instinto letal devorase sus entrañas. Cuando un ser humano mata, tiene sus motivos; cuando un ciudadano se sacrifica hasta el extremo de dar la vida, tienen sus motivos. Una muerte sin razón, sería absurda, negadora de la condición humana. Y nosotros no podemos vivir en el absurdo.

No me basta, pues, condenar la muerte producida por terrorismo. La barbarie de la Madrid la condenamos todos, sin remisión. Nada la puede justificar. Pero yo tengo que explicarme el por qué de esa barbarie, necesito una clave, una luz que me aclare ese antro abominable. De no ser así, me encuentro perdido, sin racionalidad humana posible, para valorar y para dirimir sobre lo bueno o lo malo, y se me acabaría el andar con sentido en la vida.

¿Por qué? ¿Por qué en Madrid? ¿Por qué de esa forma?

La convivencia humana, en este caso internacional, tiene un escenario, unos actores y un guión escrito de antemano, por quienes quieren controlar y dirigir esa convivencia. Las relaciones de unos pueblos con otros sabemos cómo son, sabemos quién ejerce de amo, de aliado o de esclavo. Sabemos que los que ejercen de amos se llaman imperios, y hoy el imperio número uno es Estados Unidos de la Administración Bush. Este imperio determinó, de acuerdo con sus intereses, invadir Irak, adueñarse de su petróleo, controlar la zona y establecer un nuevo régimen que le fuera adicto. Y esta determinación la revistió de grandilocuentes palabras: derrocar la tiranía de Sadam, devolver la democracia al pueblo, implantar los derechos humanos, impulsar la prosperidad y la paz. La determinación estaba tomada y se llevó a cabo con toda exhibición de armas y poder, con una superioridad apabullante, queriendo incluso justificarla con el aval de la ONU y del Consejo de Seguridad. ¡Imposible! Pero Bush sí que obtuvo la alianza y la sumisión incondicionales de los presidentes Blair y Aznar: Inglaterra y España.

Y la guerra se hizo, con una prepotencia insolente, dejando un reguero de sangre y destrucción, más de 30.000 muertos, sin que haya decrecido el dolor y la desesperación, y sin que la mayoría de nosotros, occidentales, hayamos percibido de cerca aquel infierno de ruinas y privaciones, de desolación y lágrimas. Quizás hoy, desde este Madrid en llanto, hemos podido comprender la barbarie, el espanto y la impotencia de un pueblo entero bombardeado, roto, agredido por todas las junturas de su existencia.

No esto sin aquello. Aquello fue contra Derecho, contra un clamor universal que detestaba la guerra, contra una ciudadanía mayoritaria alzada contra la guerra. Los «señores de la guerra» creyeron que, por poseer las mejores armas, eran dueños del mundo, de los pueblos, de las conciencias, de imponer su «orden y pax norteamericanos». No oyeron el clamor de la gente, ni les preocupó la tragedia de miles de vidas reventadas, de miles de familias quebrantadas, de miles de niños, mujeres y ancianos aterrorizados, de toda una sociedad desestructurada y vilipendiada.

No esto sin aquello. Esto es la consecuencia del dinero idolatrado, de la fuerza hecha ley, del derecho violado, de la vida despreciada, de un nivel de vida sacralizado, de toda una política imperialista que ignora el derecho internacional, la igualdad de las naciones y la colaboración recíproca en el respeto y diálogo.

No han pasado dos años. Y aquel pueblo, Irak, vive, no olvida, en sus carnes lleva clavados los garfios de la prepotencia y de la muerte, del desprecio, del cruento e interminable dolor. Ese pueblo no puede morir, no puede resignarse a ser un don nadie bajo la dictadura omnipotente de una nación extraña, no tiene tanto progreso ni tantas armas sofisticadas, pero tiene una voluntad indomable, una dignidad propia, que le hacen sobreponer a su individual vida la dignidad y sobrevivencia de su país. Y en eso es superior al imperio que lo circunda y somete.

No esto sin aquello. El gobierno español se fue solo a la guerra. Actuó de marioneta cómplice; justificó, colaboró y apoyó una guerra injusta e inmoral y se hizo responsable de tanta ruina, saqueo, dolor, muerte y humillación.

Golpeado hoy en su pueblo, ese Gobierno debe relacionar lo sucedido aquí con lo hecho allí. Nada hay sin causa, nada es fortuito. Y el dolor, la muerte y la humillación del pueblo de Irak no fue fortuita, sino fruto de una terrorismo de Estado, por más que ese Estado sea, o precisamente por serlo, el primero y más poderoso del mundo, secundado por otros.

Yo lloro, detesto, maldigo con todo mi corazón la salvajada de los atentado en Madrid; pero lloro, detesto y maldigo con igual fuerza la política salvaje del más fuerte y que se impuso con las bombas en Irak. Al fín y al cabo, no hay efectos sin causa, como no habría habido en Madrid atentados, si no hubiera habido políticas de invasión y dominio de Irak.

«Quien siembre vientos, cosecha tormentas». Me duele Madrid, y me duele quien abandera políticas de robo, destrucción y de muerte.
7
Proclama sobre la paz del Vaticano II
Todos estamos llamados a ser hermanos
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Benjamín Forcano
          (10 de Febrero de 2003)
Sé que apelar, en estos momentos, a la paz suena a ilusión. No sólo porque la realidad inmediata nos diga que lo que se avecina es la guerra, sino porque hay intelectuales que califican de simplistas e irresponsables a las posiciones pacifistas. Nos vamos a encontrar con una de la más duras experiencias de nuestra vida y, acaso, se pongan a prueba nuestras convicciones y nuestras reservas de esperanza. ¿Será preciso pensar que esta guerra se va a hacer posible porque en la vida cotidiana de estos últimos decenios hemos ido erosionando las bases de una convivencia ética, alimentada del respeto, de la justicia y del amor a las personas y los pueblos? Sea como sea, y consciente de que la indignación y el dolor se nos convierte en impotencia, no podemos dejar de sintonizar con el clamor de esa conciencia universal que, desgarradoramente, aún siendo contundentemente mayoritaria, va a sentirse humillada por la imposición de un poder endiosado. Y, tratándose de un clamor universal, en que lo cristiano va inextricablemente unido con lo humano, vuelvo a recordar entre utópico y decepcionado, la proclama que el concilio Vaticano II lanzó sobre la paz, hace ya casi 50 años, con el transfondo rojinegro, de una guerra que sembró tristeza, ruina y llanto en el mundo.

PROCLAMA POR LA PAZ DEL VATICANO II

(Me limito a indicar que los párrafos siguientes son una transcripción casi literal del documento Gaudium et Spes, Nº 77 al 93, siendo más de mi cosecha el ordenamiento dado).

Los cristianos, al anunciar que «son bienaventurados los que construyen la paz» conectan con los anhelos más profundos de la humanidad. La familia humana es cada vez más consciente de su unidad y está convencida de que un mundo más humano será imposible sin una conversión de todos a la verdad de la paz.

La humanidad debe liberarse de la antigua esclavitud de la guerra. La crueldad de la guerra reviste hoy tal magnitud en sus avances y refinamientos técnocientíficos que pueden llevar a los que luchan a una barbarie sin precedentes y a cometer delitos y determinaciones verdaderamente horribles. Por parte de no pocos responsables de la vida política, se parte del supuesto de que la acumulación de armas es necesaria para aterrar a los adversarios y se está acrecentando «la plaga de la carrera de armamentos, las más grave de la humanidad y que perjudica a los pobres de una manera intolerable. Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar tantas miserias del mundo entero. En vez de restañar verdadera y radicalmente las disensiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan afectadas por ellas. El mantenimiento de la antigua esclavitud de la guerra es un escándalo».

La verdadera naturaleza de la paz
» La paz, que nace del amor la prójimo, es fruto de la justicia , requiere respeto a los demás hombres y pueblos y exige un ejercicio apasionado de la fraternidad. La paz surge de la mutua confianza de los pueblos y no del terror impuesto por las armas. La paz exige de todos ampliar la mente más allá de las fronteras de la propia nación, renunciar al egoísmo nacional y a la ambición de dominar a otras naciones, alimentar un profundo respeto por toda la humanidad».

Los gobernantes trabajarán en vano por la paz mientras no pongan todo su empeño en erradicar «los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas , que dividen a los hombres y los enfrentan entre sí». Educadores y responsables de la opinión pública «tienen como gravísima obligación formar las mentes de todos en nuevos sentimientos pacíficos».
Es un deber de todos el proceder a un cambio de los corazones que nos haga fijar los ojos en el orbe entero.
Los caminos de la paz

Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de las discordias entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Deben desaparecer las injusticias, que brotan en gran parte de las excesivas desigualdades económicas y el deseo de dominio y del desprecio por las personas. -«No hay que obedecer las órdenes que mandan actos que se oponen deliberadamente al derecho natural de gentes y sus principios, pues son criminales y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un pueblo , raza o minoría étnica: hay que condenar tales actos como crímenes horrendos. Los Estados pueden invocar el derecho a la legítima defensa cuando es de justicia, tras haber agotado todos los otros medios, pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otra naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella».

.La cooperación internacional en el orden económico exige acabar con una serie de dependencias inadmisibles, introducir cambios en las estructuras actuales del comercio mundial, regular las relaciones económicas según justicia, conseguir que estas relaciones atiendan al bien de los más pobres hasta lograr ellos mismos el desarrollo de su propia economía, acabar con las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de dominación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones para difundir e imponer las ideologías. Otro mundo con paz es posible Debemos procurar, por tanto, con toda nuestras fuerzas preparar una época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra.

.Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Todos necesitamos convertirnos con espíritu renovado a la verdad de la paz. Jesús de Nazaret, al hacer del amor universal la clave de su vida, luchó por la unidad de todos los hombres, dio muerte al odio, sobrepasó todo particularismo y acabó con toda discriminación.

.Los cristianos, conscientes de que los pobres hacen las veces de Cristo, cooperen de corazón en la cooperación del orden internacional con la observancia auténtica de las libertades y la amistosa fraternidad de todos. «Que no sirva de escándalo a la humanidad el que algunos países, generalmente los que tiene una población cristiana sensiblemente mayoritaria, disfrutan de la opulencia , mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias». El respeto de la dignidad humana, el ejercicio de la fraternidad universal, la convocación de todos a una convivencia en la justicia, la libertad, el diálogo y la cooperación, brota en nosotros como un imperativo del amor, que nos remite a Dios como principio y fín de todos. Y todos, en consecuencia, estamos llamados a ser hermanos.
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