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Oración a la virgen de la Soledad -- Rufo González

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María, madre de Jesús:
acabamos de acompañarte en el entierro de tu hijo;
hemos contemplado tu dolor ante la pasión y la cruz;
hemos imaginado el desgarro de la separación del hijo;
vemos tu camino hacia la soledad…

Ya sabemos que aquello terminó en alegría desbordante,

y que tú participas ahora ya la vida resucitada.

Pero nosotros seguimos en la oscuridad:

nuestra fe es pobre;

nuestros dolores siguen pertinaces;

nuestros entierros, nuestras soledades… nos hieren lo más profundo.

¿Querrás tú, Señora nuestra de la Soledad, acompañarnos?

Necesitamos, Madre, tu fortaleza:

para cuidar a nuestros enfermos;

para querer y acompañar a los ancianos;

para dar aliento a los que luchan por un mundo mejor.

Tenemos muchas soledades, muchos silencios:

– mucho amor sin ser correspondido;

– muchos esfuerzos en el vacío;

– niños y niñas sin ser acompañados;

– padres que creen inútil el haber tenido hijos;

– educadores que sospechan estar perdiendo el tiempo;

– jóvenes que no pueden responder al impulso de la vida:

sin trabajo, sin horizonte cultural, enviciados sin salida…;

– sacerdotes en activo acompañados por la incomprensión:

sin comunidad viva que comparta su tarea misionera;

– sacerdotes casados esperando resucitar el ministerio,

recibido del Espíritu, pero sepultado e impedido por la ley eclesiástica;

– enfermos sin esperanzas, sólo acompañados por el silencio del sinsentido;

– ancianos almacenados en asilos sin alma;

– comunidades cristianas sin pastor, sin eucaristía, sin vida…:

no pueden decidir nada, ni organizar sus carismas, en silencio clerical…

Danos, Señora llena de soledad esta noche,

tu presencia,

tu consuelo,

tu amor reconfortante.

Que, al menos, no nos falte nunca tu esperanza:

la secreta esperanza que aquella tarde de viernes santo

ardía en tu corazón traspasado:

“la vida de mi hijo está en las manos de Dios,

del Padre al que él tanto quería”;

esperanza en el Espíritu que tiene capacidad de resucitar a los muertos:

de levantar el corazón adormecido por la rutina y el cansancio;

de suscitar profetas en medio del desierto legal y opresivo;

de abrir caminos cerrados por la tiranía y la sumisión…

Que esta esperanza, Señora de la Soledad,

nos acompañe siempre,

hasta el final de nuestra vida,

cuando tú, Señora nuestra, cierres nuestros ojos para esta vida

y los abras para la vida resucitada.

Así sea.

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