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OPCIÓN POR LA VIDA. Víctor Codina sj

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El lema de la V Conferencia “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida” debe interpretarse comenzando desde el final, que señala la finalidad última de la Conferencia: “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Si no se aclara lo que se entiende por la vida de nuestros pueblos, no se comprenderá el sentido del discipulado ni de la misión.

Todo el Documento de participación produce la impresión de que está preocupado sobre todo por la situación de la Iglesia en AL, por la falta de participación de los católicos en la vida de la Iglesia, por un debilitamiento de la fe, por una creciente tendencia a prescindir de Dios en la vida, por un laicismo militante, por una agresividad contra la Iglesia, por la aparición de otras denominaciones religiosas, por el crecimiento de las sectas, etc. En función de todo ello se quiere propugnar una Gran Misión, para la que se requieren discípulos y misioneros. Podríamos decir que está más preocupado del Pueblo de Dios que simplemente del “pueblo”, más preocupado de la vida cristiana que simplemente de la “vida” sin más connotaciones del pueblo. Es un Documento eclesiocéntrico más que orientado al Reino de Dios.

El mensaje bíblico nos anuncia al Dios de la vida, creador de la vida (Gn 1-2), amigo de la vida (Sab 11,26), al Espíritu de vida ( Ez 37), a Jesús como el que viene a darnos vida en abundancia (Jn 10,10) y Él mismo es la vida (Jn 14,6), es el pan de vida (Jn 6,35), es la resurrección y la vida (Jn 11,25). El Dios de la vida nos comunica por el Espíritu de Jesús su propia vida divina.

Pero este anuncio de vida que alcanza su plenitud en la escatología, se entendería mal si se comprendiese como un proceso creciente y progresivo que nos hace pasar lentamente de la vida terrena a la vida eterna. El Dios de la vida se ha manifestado primariamente como el Dios que salva la vida amenazada, la vida en peligro. No es simplemente un Dios que sacia el deseo humano y metafísico de felicidad. Dios se nos ha revelado en la historia concreta del pueblo.

La experiencia fundante de Israel es el Éxodo; liberación de la esclavitud y de una vida inhumana. Antes de establecer la alianza con Israel, Dios lo salva del peligro de muerte. Yahvé quiere que antes de ser pueblo de Dios, Israel se constituya como pueblo libre de toda esclavitud.

También Jesús, en la proclamación de su misión mesiánica en Nazaret, habla de liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos y libertad a los oprimidos. (Lc 4, 18, s). El Reino de Dios que Jesús anuncia se expresa y hace presente expulsando demonios, sanando enfermos, dando de comer a hambrientos, comiendo con pecadores, es decir dando vida a los que la tienen amenazada, de cualquier modo que sea. Jesús para instaurar el Reino de Dios y constituir el Pueblo de Dios (laós) comienza por dar vida al pueblo pobre y marginado (óchlos). Antes de anunciar el pan de vida de la eucaristía en Cafarnaum (Jn 6,28-71), da de comer a los hambrientos (Jn 6, 1-15). Jesús está preocupado por el sufrimiento del pueblo y busca aliviarlo, de modo que la misma noción de pecado es inseparable del daño propio o ajeno: lo que ofende a Dios es el sufrimiento causado al pueblo.

Y si Jesús muere es precisamente porque el anuncio de defender la vida del pueblo amenazada, es conflictivo para los defensores del sistema religioso y político que mantienen una situación de muerte. Jesús muere precisamente en manos de los dioses de la muerte, por haber defendido la vida amenazada. La resurrección de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte, la resurrección por parte del Dios de la vida de una victima de los dioses de la muerte.

Es decir la primera mediación del Reino es la vida, entendida no sólo como sobrevivencia sino como vida digna y plena, con garantías suficientes para vivir con seguridad y gozo. Evidentemente la vida humana se abre a la plenitud de la vida divina que nos comunica Jesús, pues no se vive de sólo pan (Mt 4,4; Lc 4,4), ni Jesús es un simple filántropo social, ni quiere ser proclamado rey al estilo de los reyes de este mundo.(Jn 6,15). Pero la vida plena divina incluye una vida digna humana.

A esta defensa de la vida se orientan el discipulado y la misión. Por esto Jesús al enviar a sus discípulos les dice que expulsen demonios y sanen enfermos (Mc 6, 12-13).

Como la Iglesia primitiva entendió muy bien, la fe es inseparable de la solidaridad (Hch 2), la gloria de Dios es la vida del ser humano (Ireneo) y no posible amar a Dios si no se ama al hermano (1 Jn). Como ha señalado Benedicto XVI, kerigma, liturgia y diaconía son inseparables.

Pero lamentablemente la Iglesia ha estado más preocupada del Pueblo de Dios (laós) que de la vida del pueblo pobre (óchlos), más preocupada del pecado que del sufrimiento del pueblo, separando ambos aspectos.

Si aplicamos esto a AL y el Caribe, hemos de afirmar que la Iglesia ante todo ha de procurar defender la vida de nuestros pueblos, la vida en el sentido más elemental, pues este mínimo no está asegurado para la gran mayoría de nuestros pueblos: pan, techo, agua, salud, escuela, respeto a las culturas, al género, a la tierra, a su dignidad humana y trascendente. Esta defensa de la vida no se limita a defender la vida de lo no nacidos (no al aborto) y a la vida en su situación terminal (no a la eutanasia), sino que abarca la defensa de toda la vida, del nacimiento a la muerte. E incluye también la defensa de la vida de la tierra, que también está amenazada.

Más aún, la Iglesia ha de discernir los signos positivos de vida que surgen del pueblo a través de movimientos populares, indígenas, por la tierra, a favor de la mujer, de la ecología, de los derechos humanos, los que postulan que “otro mundo es posible”…y ver en ellos la presencia del Espíritu de la vida, del Dios de la vida. Sólo desde estas premisas los discípulos y misioneros podrán anunciar que Jesús es la plenitud de esta vida, pues él es la Vida (Jn 14, 6).

Es sospechoso que el Documento de participación hable antes y más del discipulado y la misión que de la pobreza del pueblo y silencie estos signos de vida que surgen en nuestros pueblos. Parece querer construir una Iglesia al margen del pueblo y de sus sufrimientos.

Así como Medellín optó por la liberación de las estructuras injustas, Puebla optó por los pobres, y Santo Domingo por la inculturación de la fe en las culturas, Aparecida puede optar simplemente por la vida: defender la vida del pueblo ( y de la tierra) amenazada de muerte, acoger la vida que se manifiesta en el pueblo y desde allí anunciar la vida plena y abundante que Jesús nos comunica. En esto ha de consistir la Gran Misión.

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