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Ocho años de papado: sólo el amor es digno de fe -- José M. Castillo, teólogo

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CastilloLo mejor y más grande, que yo sé y puedo decir, en el octavo aniversario del papado del P. Jorge M. Bergoglio, nuestro papa Francisco, es lo que explico a continuación.
En 1963, cuando se estaba celebrando el concilio Vaticano II, un teólogo del más alto nivel de aquel tiempo, Hans Urs von Balthasar, publicó un pequeño libro que dio mucho que hablar. El título de aquel librito era elocuente: Glaubhaft ist nur Liebe, que, traducido al francés, apareció con un título evocador y ambiguo: L’amour seul est digne de foi. No sé si este libro ha sido traducido al castellano. En todo caso, el título se presta a un equívoco importante. ¿Por qué?

Como cualquiera lo puede entender, este pequeño libro es un elogio al amor. Pero, ¿a qué amor? Dado que fue escrito por un teólogo, ¿es un elogio del amor de Dios a los seres humanos? O, por el contrario, ¿se trata del amor de seres humanos a Dios? Pero también puede suceder que Dios no entre en este asunto para nada. Porque también podría suceder que estemos hablando del amor entre los seres humanos, sin tener que echar mano de Dios para nada. Aunque lo cierto es que, si el libro fue escrito por un teólogo, lo lógico es pensar que Dios esté en este asunto, sea como sea.

Y efectivamente, Dios está en el centro y en lo más hondo de este problema capital. Lo está seguramente mucho más de lo que imaginamos. Porque si empezamos diciendo que “solo el amor es digno de fe”, y si a esto le añadimos que esto lo dice uno de los grandes expertos en las cosas de Dios y de la religión, entonces no cabe duda de que lo que aquí se está diciendo es que sólo el que ama a todo ser humano, sea quien sea, ése es quien puede creer en Dios. Lo que, en definitiva, viene a decir que solamente donde hay bondad, perdón, cariño y amor, solamente en quien busca eso y vive así, únicamente tal persona puede creer en Dios.

En consecuencia, no se puede decir que la fe nos prepara y capacita para amar. La realidad es justamente al revés: la bondad y el amor, a todo ser humano, en eso está la fuerza que nos capacita para creer en Dios y relacionarnos con Dios. Lo cual quiere decir que quien causa sufrimiento, maltrata o daña a sus semejantes, mantiene resentimientos y odios, una persona así, por más religiosa, observante y piadosa que sea, no cree – ni puede creer – en Dios.

Por esto se comprende que, en el juicio final, Dios les dirá a los que se salvan: “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). De la misma manera que dirá a los que se condenan: “lo que dejasteis de hacer con uno de estos tan insignificantes, dejasteis de hacerlo conmigo” (Mt 25, 45). La conducta con mis semejantes, eso es lo que determina mi verdadera relación con Dios. Y esto mismo es lo que explica cómo y por qué, en la última cena, el “mandamiento nuevo”, que Jesús impuso a sus discípulos, se redujo al amor mutuo, sin hacer mención alguna del amor a Dios (Jn 13, 34; cf. 1 Jn 2, 7-11). Con la añadidura decisiva: “En esto se reconocerá que sois discípulos míos: en que os queréis entre vosotros” (Jn 13, 35).

Efectivamente, “sólo el amor es digno de fe”. Y esto es justamente lo que explica, cómo y por qué, Jesús dijo, refiriéndose a un militar romano (que tenía obligatoriamente su propia religión) que “no había encontrado una fe tan grande en ningún israelita” (Mt 8, 10). ¿Por qué tenía tanta y tan admirable fe aquel militar romano? Porque aquel pagano tenía un cariño enorme a un siervo que se le moría. Donde había tanto cariño a la vida y la salud de un sirviente, sin duda alguna, aquel amor a un extraño, no tenía otra posible explicación que la inmensa fe que, sin saberlo, tenía aquel pagano. Efectivamente, el amor es digno de fe.

Y esto, ni más ni menos, es lo que está haciendo el papa Francisco. La forma de entender la vida y la fe, en la sencillez, la bondad y la profunda humanidad de este hombre singular, que es el papa Francisco, esto – y no las leyes o los cargos que se nombran o se dejan de nombrar – esto es lo que le está dando un giro nuevo a la Iglesia.

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