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Obispos y ecología -- Pedro J. Larraia Legarra

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Cuando, de tanto en mucho, en la Iglesia católica el Espíritu les juega una mala pasada a los cardenales y propicia el surgimiento de un papa evangélico, como Juan XXIII o Francisco, los obispos españoles siempre afirman estar en comunión con él, pero llama la atención que esa sintonía no se corresponda con las actitudes y posiciones que esos obispos vienen manteniendo en sus iglesias locales desde mucho antes de la elección del papa.

González Faus comentó hace dos años que «hay obispos que ahora dicen cosas izquierdosas porque las dice el papa». Y Tarancón diagnosticó que los obispos españoles sufrían de tortícolis de tanto mirar a Roma.
Y es que todo es de mentirijillas. Dicen que el papa es fantástico porque es su jefe, y estos señores tienen tan introyectada la obediencia jerárquica que son capaces de decir que están de acuerdo con todo lo que hace o dice el papa, aunque ni lo sientan ni lo crean. Son actos reflejos propios de funcionarios eclesiásticos en los que el personaje que representan ha eclipsado a la persona.
Ahora se han deshecho en elogios ante la encíclica Laudatio si’, cuando, de siempre, la ecología les ha importado un soberano pimiento. No encajaba dentro del objeto de la teología (¡en su teología no encajan tantas cosas!).

Estos chicos siempre llegan tarde. Bien porque no se enteran, o bien porque no quieren enterarse, la cuestión es que siempre llegan tarde. O no llegan. A lo largo de la destructiva situación económica que estamos padeciendo, no han sido capaces de actuar como conciencia crítica y compasiva ante el empobrecimiento de la sociedad llevado a cabo por la tiranía de unos poderes financieros inhumanos y criminales. Y, mucho menos, han hecho algo (lo ha hecho Caritas y otras organizaciones cristianas, pero ellos no estaban ahí -impulsando, denunciando, actuando-, solo han llegado para colgarse las medallas). Ha sido vergonzoso. Su comportamiento quedará como una prueba, una más entre tantas, de su connivencia histórica con el poder político y económico de derechas.

Es muy difícil conciliar las adhesiones al papa de muchos miembros del episcopado español con su hacer. Por un lado siguen erre que erre con sus normas, prohibiciones y ritos, esa religión ontológico-cultual, en expresión de Díez-Alegría, que no tiene nada que ver con el evangelio de Jesús. Y por otro suscriben todo cuanto diga el papa.

Y es que estamos hablando de unas inercias de siglos que no se pueden cambiar solo con palabras y gestos, hacen falta conversiones y hechos no exentos de conflicto:
« [..La Iglesia-institución (…) lleva dos siglos llevando la contraria a todo avance social y humano. Sigue en la época del “anti”: anti-modernismo, anti-ilustración, anti-liberalismo… Está siempre en el “anti”» [de la ponencia presentada por Juan Antonio Estrada en la XIII Semana Andaluza de Teología celebrada en Antequera (Málaga), noviembre de 2006, titulada El futuro de Dios en una sociedad laica].

«En la Iglesia hay un ateísmo eclesiástico. La Iglesia habla mucho de moral, de doctrina…, pero no habla de Dios. Y cuando se habla de Dios se habla del Dios aprendido en los catecismos y en los libros, pero no de un Dios vivencial» [de la misma ponencia].
La socorrida imagen del iceberg, aplicada a la Iglesia, vuelve a ser de gran ayuda: en la parte visible, un porcentaje muy pequeño del iceberg en sí, casi todo son coincidencias (es el mundo de las formas); en la parte sumergida, la más voluminosa, es donde anidan las discrepancias, los miedos, las resistencias al cambio (es el mundo de lo desconocido y de lo reprimido, también el mundo del Espíritu).

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