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Nuevo Papa negro: Un profeta con las raíces en Occidente y el corazón en Oriente -- José Manuel Vidal

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Religión Digital

Asia es el gran reto de la Iglesia del futuro. Un continente donde el catolicismo sigue siendo una gota en el océano del budismo, hinduismo e islamismo. Roma no fue capaz de conquistar el continente de la espiritualidad. Lo intentaron hace siglos los jesuitas, capitaneados por Mateo Ricci y compañeros.

Pero Roma, temerosa de que diluyesen la fe en la inculturación se lo prohibió. Siglos después, los jesuitas vuelven a Asia, a China, a la India y al Japón de manos de su nuevo y flamante Prepósito General, Adolfo Nicolas. Español de nacimiento y asiático de adopción y corazón. Una figura que reúne dotes de gobierno, un carisma arrollador y una espiritualidad pasada por el crisol oriental.

Su elección sorprende. No tanto porque no estuviese entre los candidatos mejor colocados (su nombre venía sonando desde hacía años), cuanto por el coraje del que hicieron gala los 217 electores a la hora de designarlo. Exhibiendo una obediencia “perinde ac cadaver” (hasta la muerte), como les pedía el Papa, y una total libertad.

Con la santa libertad de los hijos de Dios, los jesuitas han optado por un Arrupe bis. Han cogido al vuelo la oportunidad que les brinda la Historia de completar el generalato del Prepósito vasco, interrumpido por la enfermedad y por el Papa, que nunca lo quiso ni lo entendió. Y, ahora, años después, los jesuitas cierran el círculo con Adolfo Nicolas. Otro Arrupe, para colocar a la Compañía en la parrilla de salida de la conquista del siglo XXI. Siempre AMDH (ad maiorem Dei gloriam).

Siempre proféticos, arriesgados y en vanguardia. Cuando la Iglesia se cierra más que nunca. Cuando la segunda involución hace furor. Cuando, en Roma y en Madrid, los jerarcas cierran filas, escorados a la derecha, negados al pluralismo y con las orejeras puestas en los privilegios del pasado y de la Iglesia de cristiandad, la Compañía rompe filas, se abre al mundo y elige como piloto a un Prepósito experimentado, con raíces europeas pero cuerpo asiático.

Como el árbol de Jesé, los jesuitas florecen de nuevo. Pero en Oriente. Con las raíces en Roma, en Europa y en Occidente, donde tienen sus grandes obras, su pasado, su gloriosa historia, su poder y su influencia. Pero también sus mitos y sus enormes errores. Y con las ramas, grandes y frondosas, en Asia.

El árbol de Jesé plasmado en su Prepósito General. Con raíces palentinas, de la Castilla profunda, de Roma y de Europa. Pero encarnado toda su vida en Asia. Sobre todo en Filipinas, corazón católico asiático y en Japón, eterno sueño ecuménico de San Francisco Javier. En la Asia que mira a La India, donde más crecen, y con la vista puesta en la China, el otro sueño de la enculturación, que casi consigue el otrora matemático jesuita del emperador, Mateo Ricci, frustrado por Clemente XI en 1704.

Desde entonces, la China sigue en el corazón de los jesuitas como un imán. Dispuestos siempre a reconquistarla para la Iglesia. Siguiendo las huellas de Ricci y compañeros. Pero, esta vez, con la bendición o, al menos, con la anuencia del Papa Benedicto XVI. Un Papa hecho de la misma pasta que los jesuitas. Un Papa que admira a sus grandes teólogos. Un Papa consciente de que los soldados de Dios tienen que abrir brecha. Y para eso tienen que estar en vanguardia.

Y el Papa Ratzinger los sabe. Lo único que les pide es prudencia. Para acompasar el paso lento del común de los fieles al galope de los marines de Cristo. Eso fue lo que les pidió en una carta dirigida al anterior Prepósito, padre Kolvenbach: obediencia ciega a Roma, comunión total y sana doctrina. En tres campos concretos: el diálogo interreligioso, la opción por los pobres de la Teología de la Liberación y la moral sexual, centrada en la indisolubilidad del matrimonio “natural” (entre hombre y mujer y, por lo tanto, cerrado a las parejas del mismo sexo). Esos serán temas tabúes durante este pontificado. En lo demás, a volar en alas del soplo del Espíritu.

Y como no podía ser de otra manera, los jesuitas han cerrado filas en torno al Papa sabio y teólogo. Pero haciendo gala de libertad suma y de independencia total. Sin falsas adulaciones. Apostando por el bien de la Iglesia del futuro. Sin mirar atrás. Dispuestos a llevar a la institución por el camino de la levadura en la masa, tras renunciar a los privilegios de la Iglesia sociedad perfecta.

Y con esa santa libertad eligieron como General al más “progresista” de todos los eventuales candidatos al cargo. Un profeta, como Arrupe, con los pies en el suelo, el equilibrio de un hombre sabio, la madurez de sus ya muchos años, la espiritualidad que Oriente rezuma como nadie y el arrojo de los que confían en Dios. Un magnífico puente entre las dos grandes culturas, entre Oriente y Occidente, con capacidad de Gobierno contrastada y absolutamente fiable para la Compañía. Quizás no tanto para la Curia romana y para su ala cardenalicia más conservadora que ya le vetó, hace unos años, para rector de la Universidad Gregoriana. Siete tazas para los guardianes inmovilistas de la fe.

La Compañía se lanza al futuro asiático, sin romper amarras con el pasado occidental. Con un generalato pensado para una década más o menos. Después de 25 años de Kolvenbach, se quería un mandato más breve, que tome medidas y decisiones. Un hombre que no sea demasiado romano, pero que sepa lidiar con la sala de máquinas de la Iglesia. Con tacto y diplomacia. Sin ceder, pero sin romper.

De su mano, los jesuitas encaran el nuevo siglo dando un arreón hacia delante. Para tirar de la Iglesia. Para abrirla a los nuevos vientos. Para trazar caminos de futuro después de Wojtyla. Porque la gran cuestión para la Iglesia sigue siendo, 40 años después, la aplicación del Concilio Vaticano II. Para unos, culpable de todos los males. Para otros, puerta apenas entreabierta. Y cuando la Iglesia se enroca, los jesuitas buscan un nuevo “aggiornamento”. Y una Iglesia en la que se pueda respirar y en la que quepamos todos. Y, entre todos, como decía San Ignacio, “ir al fondo de las cosas”.

Sin salirse de madre y sin pisar el acelerador a fondo, los jesuitas piden a la Iglesia que retire el freno de mano, que el Papa Wojtyla le puso al Concilio. Sin dejar de escuchar el latido del mundo moderno y secularizado, con los pies bien anclados en una sólida espiritualidad. Sin convertir a la modernidad en el chivo expiatorio de todos los males de la Iglesia actual. Sin ser “profetas de calamidades”, como decía el Papa Bueno.

Sin olvidar la prudencia, la Compañía ha optado por la audacia. Por un profeta, que no deja de ser sabio. Por un innovador, que no deja de ser moderador. Por un contemplativo en la acción. Por una punta de lanza, bien anclada en la tradición. Un Arrupe para los tiempos nuevos. El nuevo Papa negro es blanco y amarillo a la vez. Blanco de nacimiento y amarillo de adopción. Con luminosa y carismática sonrisa. Y con un mantón de Manila o toquilla multicolor con la que suelen tocarse los ancianos filipinos. Un General que no renuncia a sus raíces de acá ni de allá.

A la misma hora que, en Madrid, un jesuita “conservador” de la vieja escuela, padre Martínez Camino, era consagrado obispo por el cardenal Rouco Varela y otros 70 prelados en la catedral de La Almudena, sus compañeros, en Roma, optaban por otro jesuita “progresista” para dirigir la Compañía. Signo elocuente de que una Iglesia plural y de todos es posible. Y deseable.

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