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No basta denunciar el “trato como a un menor de edad” dado al Pueblo de Dios -- Rufo González

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Los fieles “ordenados” de la Iglesia son los más responsables de la situación
En el portal digital de Redes Cristianas del 4 de Agosto de 2021, Faustino Castaño, miembro de las Comunidades de Base de Gijón y del Foro Gaspar García Laviana,
bajo el título de “ESPÍRITU TRIDENTINO” describe el tipo de fieles que acuden a las celebraciones cristianas católicas de modo habitual. Su conclusión es muy triste: los fieles habituales mantienen “absoluta indiferencia sobre lo que se estaba diciendo desde el presbiterio, se oyese o no, se comprendiese o no”.

Empieza denunciando unos hechos incomprensibles en una parroquia madrileña, sin concretar ni referir acción alguna para corregirlo. Este hecho inicia su reflexión:

“Por motivos familiares estuve recientemente durante dos semanas en una zona de la periferia de Madrid. Asistí, junto con mi esposa, a las misas que tuvieron lugar en la parroquia del distrito en los correspondientes fines de semana, en concreto los sábados, 24 y 31 de julio. El primero de esos días constatamos, mi esposa y yo, que la acústica del templo era fatal; no se entendía nada de lo que se decía desde el presbiterio. El sábado siguiente nos situamos cerca de uno de los altavoces de la sala, pero el resultado era el mismo. Se oía el ruido de las voces pero era imposible saber lo que estaban diciendo el celebrante y los lectores de los textos litúrgicos.

Yo me preguntaba cómo era posible que ninguno de los feligreses de esa parroquia hubiese informado al párroco sobre esa anomalía acústica del local. Me dediqué a mirar los rostros de los asistentes al culto para ver si daba la impresión que ellos estaban oyendo lo que yo no oía, y lo que me pareció percibir es lo mismo que cuando miro el semblante de los asistentes al culto en otras parroquias y en otros lugares: una absoluta indiferencia sobre lo que se estaba diciendo desde el presbiterio, se oyese o no, se comprendiese o no”.

Yo tengo experiencia bien distinta. Varias veces me ocurrió que los altavoces no estaban bien ajustados, se oía de forma distorsionada, o no se oían. Y enseguida una o varias personas se le levantaban, me hacían señas de que no se entendía… Sufrir una misa en las condiciones, que se cuentan de la parroquia madrileña, es inhumano y me extraña muchísimo que haya sacerdotes y fieles que toleren semejante experiencia.

El segundo hecho me parece más verosímil:

“La predicación que oí en otras dos fiestas de Santiago… En una, el predicador explicó a los asistentes que el apóstol Santiago jamás estuvo en España, ni vivo ni muerto, y que los restos que se veneran en Compostela pertenecen, en realidad, a Prisciliano, un obispo que fue condenado como hereje y decapitado hacia finales del siglo IV… En la otra celebración, al predicador sólo parecía interesarle el Santiago de la Batalla de Clavijo, del que dice una leyenda medieval que apareció allí cabalgando un caballo blanco, enarbolando una bandera con una cruz y matando a espada a gran cantidad de moros… Repitió varias veces que la cruz y la espada son una tradición que expresa la esencia de España… El público recibió la lección con la misma indiferencia que si le hubiesen vuelto a contar la leyenda de Santiago que vino a España a predicar y al que luego trajeron a enterrar en Galicia… El caso es que el público de todas esas lecciones sobre la figura de Santiago reaccionaba de la misma manera indiferente y pasiva a lo que se decía desde el presbiterio, fuese lo que fuese… Lo verdaderamente preocupante es la deformación religiosa que la Iglesia estuvo fomentando durante muchos siglos… Podríamos llamarla “Espíritu Tridentino”, aunque quizá le cuadrara mejor la expresión `Mentalidad Constantiniana´, pues el origen del mal no fue el Concilio de Trento sino el siglo IV, la época de los Césares Constantino y Teodosio”.

Comparto que este público “pasivo y descomprometido es un producto acabado de diecisiete siglos de magisterio eclesiástico de tipo constantiniano…, acostumbrado a que le traten como a un eterno menor de edad. Durante siglos le estuvo vedado el acceso a las escrituras bíblicas… El culto que se genera… ignora a la comunidad y mata o anula el espíritu asambleario, así como los impulsos proféticos que pueden surgir en la base eclesial. Concibieron la monstruosa idea de que el culto litúrgico administrado por la jerarquía eclesial… es eficaz por sí mismo al margen de la participación… El celebrante hace todo: consagra, predica, a veces incluso realiza todas las lecturas de la celebración. No hay sitio ni necesidad de la participación de la comunidad. A los fieles basta con que asistan y escuchen en silencio…”.

La Iglesia (fieles “ordenados” y “no ordenados”) es responsable de la situación. Más responsables los fieles “ordenados” porque ellos debían “saber que no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su preclara función es pastorear a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, para que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común” (LG 30). “Cooperar” es compartir trabajos y responsabilidades.

El 29 de junio de 2020, la Congregación del Clero, hizo pública una Instrucción sobre “La conversión pastoral de la comunidad parroquial…”. Se recuerdan las bases de la comunidad cristiana. Luminoso me parece el nº 37. Ahí, citando párrafos de la Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018), del papa Francisco, se pone de manifiesto la centralidad que tiene la comunidad cristiana en la misión:

“La conversión pastoral de las estructuras implica la conciencia de que «el Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción… Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial… El clero no realiza solo la transformación requerida por el Espíritu Santo, sino que está involucrado en la conversión que concierne a todos los miembros del Pueblo de Dios. Por tanto, se requiere «buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación, para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse»”.

El próximo Sínodo intenta reavivar el Espíritu sinodal en la Iglesia. Dios quiera que sea real. He visto un rayo de esperanza en las declaraciones de la teóloga española, Cristina Inogés Sanz, una de los nueve integrantes de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Su denuncia clara de la crisis actual de la Iglesia está apoyada en su compromiso vital con la Iglesia:

“Debemos reconocer que la situación que se ha vivido en la Iglesia ha desembocado en una crisis absoluta y que es necesario ser Iglesia de otra manera. Eso sí. Pero no hay que convertirse ni en profetas de calamidades ni en vendedores de humo y de sueños que no se puedan cumplir… Tenemos que ser realistas, sinceros, y sobre todo, invitarnos unos a otros, sobre todo los laicos y laicas que tenemos que llevar la voz cantante en este proceso, aunque a algunos no les haga gracia, en nombre de esa corresponsabilidad a la que nos llama nuestro bautismo, a ser absoluta y totalmente generosos. Porque, o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra. Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor, Kairós News 09.08.2021).

Jaén, 13 agosto 2021

Los fieles “ordenados” de la Iglesia son los más responsables de la situación

En el portal digital de Redes Cristianas del 4 de Agosto de 2021, Faustino Castaño, miembro de las Comunidades de Base de Gijón y del Foro Gaspar García Laviana,

bajo el título de “ESPÍRITU TRIDENTINO” describe el tipo de fieles que acuden a las celebraciones cristianas católicas de modo habitual. Su conclusión es muy triste: los fieles habituales mantienen “absoluta indiferencia sobre lo que se estaba diciendo desde el presbiterio, se oyese o no, se comprendiese o no”.

Empieza denunciando unos hechos incomprensibles en una parroquia madrileña, sin concretar ni referir acción alguna para corregirlo. Este hecho inicia su reflexión:

“Por motivos familiares estuve recientemente durante dos semanas en una zona de la periferia de Madrid. Asistí, junto con mi esposa, a las misas que tuvieron lugar en la parroquia del distrito en los correspondientes fines de semana, en concreto los sábados, 24 y 31 de julio. El primero de esos días constatamos, mi esposa y yo, que la acústica del templo era fatal; no se entendía nada de lo que se decía desde el presbiterio. El sábado siguiente nos situamos cerca de uno de los altavoces de la sala, pero el resultado era el mismo. Se oía el ruido de las voces pero era imposible saber lo que estaban diciendo el celebrante y los lectores de los textos litúrgicos.

Yo me preguntaba cómo era posible que ninguno de los feligreses de esa parroquia hubiese informado al párroco sobre esa anomalía acústica del local. Me dediqué a mirar los rostros de los asistentes al culto para ver si daba la impresión que ellos estaban oyendo lo que yo no oía, y lo que me pareció percibir es lo mismo que cuando miro el semblante de los asistentes al culto en otras parroquias y en otros lugares: una absoluta indiferencia sobre lo que se estaba diciendo desde el presbiterio, se oyese o no, se comprendiese o no”.

Yo tengo experiencia bien distinta. Varias veces me ocurrió que los altavoces no estaban bien ajustados, se oía de forma distorsionada, o no se oían. Y enseguida una o varias personas se le levantaban, me hacían señas de que no se entendía… Sufrir una misa en las condiciones, que se cuentan de la parroquia madrileña, es inhumano y me extraña muchísimo que haya sacerdotes y fieles que toleren semejante experiencia.

El segundo hecho me parece más verosímil:

“La predicación que oí en otras dos fiestas de Santiago… En una, el predicador explicó a los asistentes que el apóstol Santiago jamás estuvo en España, ni vivo ni muerto, y que los restos que se veneran en Compostela pertenecen, en realidad, a Prisciliano, un obispo que fue condenado como hereje y decapitado hacia finales del siglo IV… En la otra celebración, al predicador sólo parecía interesarle el Santiago de la Batalla de Clavijo, del que dice una leyenda medieval que apareció allí cabalgando un caballo blanco, enarbolando una bandera con una cruz y matando a espada a gran cantidad de moros… Repitió varias veces que la cruz y la espada son una tradición que expresa la esencia de España…

El público recibió la lección con la misma indiferencia que si le hubiesen vuelto a contar la leyenda de Santiago que vino a España a predicar y al que luego trajeron a enterrar en Galicia… El caso es que el público de todas esas lecciones sobre la figura de Santiago reaccionaba de la misma manera indiferente y pasiva a lo que se decía desde el presbiterio, fuese lo que fuese… Lo verdaderamente preocupante es la deformación religiosa que la Iglesia estuvo fomentando durante muchos siglos… Podríamos llamarla “Espíritu Tridentino”, aunque quizá le cuadrara mejor la expresión `Mentalidad Constantiniana´, pues el origen del mal no fue el Concilio de Trento sino el siglo IV, la época de los Césares Constantino y Teodosio”.

Comparto que este público “pasivo y descomprometido es un producto acabado de diecisiete siglos de magisterio eclesiástico de tipo constantiniano…, acostumbrado a que le traten como a un eterno menor de edad. Durante siglos le estuvo vedado el acceso a las escrituras bíblicas… El culto que se genera… ignora a la comunidad y mata o anula el espíritu asambleario, así como los impulsos proféticos que pueden surgir en la base eclesial. Concibieron la monstruosa idea de que el culto litúrgico administrado por la jerarquía eclesial… es eficaz por sí mismo al margen de la participación… El celebrante hace todo: consagra, predica, a veces incluso realiza todas las lecturas de la celebración. No hay sitio ni necesidad de la participación de la comunidad. A los fieles basta con que asistan y escuchen en silencio…”.

La Iglesia (fieles “ordenados” y “no ordenados”) es responsable de la situación. Más responsables los fieles “ordenados” porque ellos debían “saber que no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su preclara función es pastorear a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, para que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común” (LG 30). “Cooperar” es compartir trabajos y responsabilidades.

El 29 de junio de 2020, la Congregación del Clero, hizo pública una Instrucción sobre “La conversión pastoral de la comunidad parroquial…”. Se recuerdan las bases de la comunidad cristiana. Luminoso me parece el nº 37. Ahí, citando párrafos de la Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018), del papa Francisco, se pone de manifiesto la centralidad que tiene la comunidad cristiana en la misión:

“La conversión pastoral de las estructuras implica la conciencia de que «el Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción… Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial… El clero no realiza solo la transformación requerida por el Espíritu Santo, sino que está involucrado en la conversión que concierne a todos los miembros del Pueblo de Dios. Por tanto, se requiere «buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación, para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse»”.

El próximo Sínodo intenta reavivar el Espíritu sinodal en la Iglesia. Dios quiera que sea real. He visto un rayo de esperanza en las declaraciones de la teóloga española, Cristina Inogés Sanz, una de los nueve integrantes de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Su denuncia clara de la crisis actual de la Iglesia está apoyada en su compromiso vital con la Iglesia:

“Debemos reconocer que la situación que se ha vivido en la Iglesia ha desembocado en una crisis absoluta y que es necesario ser Iglesia de otra manera. Eso sí. Pero no hay que convertirse ni en profetas de calamidades ni en vendedores de humo y de sueños que no se puedan cumplir… Tenemos que ser realistas, sinceros, y sobre todo, invitarnos unos a otros, sobre todo los laicos y laicas que tenemos que llevar la voz cantante en este proceso, aunque a algunos no les haga gracia, en nombre de esa corresponsabilidad a la que nos llama nuestro bautismo, a ser absoluta y totalmente generosos.

Porque, o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra. Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor, Kairós News 09.08.2021).

Jaén, 13 agosto 2021

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