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Negado al teólogo Pagola el “Doctorado Honoris Causa” -- Benjamín Forcano, teólogo

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Benjamín Forcano1LA VERDAD DENUNCIA AL PODER
Hay obispos que creen tener la verdad por tener el poder.
Es un hecho: hay en nuestra España obispos que todavía olvidan que su misión es de SERVICIO y no PODER. Y, como el poder cobra , en la pirámide eclesiástica actual, su punto más alto en la diócesis, nadie ni nada puede cuestionárselo si se empeñan. Es lo que le ha pasado a Juan Carlos Elizalde Espinal, de 57 años, navarro, nombrado obispo de Vitoria en marzo de 2016.
En cualquier institución democrática de nuestro tiempo, los sujetos pertenecientes a cualquiera de ellas, suelen contar con un supervisor, coordinador o “jefe” que, ante cualquier problema importante, escucha, dialoga, respeta y asume en general la decisión de la mayoría. Porque la mayoría son personas con derecho a pensar, exponer y pronunciarse sobre temas que les conciernen.

En La Iglesia católica, institución no precisamente democrática, no siempre es así. Los miembros de la Facultad de Teología de Vitoria, decidieron otorgar a José Antonio Pagola, el “Doctorado Honoris Causa” en atención a su eminente labor teológico-pastoral como investigador, profesor y escritor. Pagola ha sido en nuestra sociedad uno de los teólogos más conocidos y leidos por decenas de miles de cristianos y no cristianos. Reconocimiento que , en años anteriores algunos jerarcas pretendieron negarle e intentaron impugnarle sometiendo a censura su libro JESUS, una aproximación histórica. No lo lograron y hubieron de aceptar, deslegitimados, el dictamen de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, que sentenció no tener dicho libro doctrina alguna errónea o peligrosa para los lectores.

Sería vano hacer recuento ahora de los méritos de Pagola y de la adhesión otorgada por numerosos teólogos. El problema, y es lo que merece subrayar, no es doctrinal, sino de poder, de colisión del poder con la verdad. Una colisión que, a quien la haya seguido, es fácil descifrar , a la luz de la renovación emprendida por el concilio Vaticano II y de quienes de una u otra manera decidieron ignorarla y aun enterrarla. Colisión que no ha cesado y que en el momento actual se ha reavivado con el Papa Francisco, por su compromiso de asumir, completar y difundir la verdad del del magisterio del Vaticano II.

Digo que el problema no es doctrinal, sino de poder. Para consternación de muchos, la sombra oculta de este poder ha aparecido ahora en la decisión del obispo Elizalde contra Pagola. Pagola representaba una línea disconforme con la teología oficial que, más que crear y ser libre, se ciñe a repetir y justificar la posición de la Jerarquía y que, en otro plano, mostraba probablemente otra línea política. En el fondo , al obispo Juan Carlos Elizalde, le correspondía escuchar, dialogar y , si no había razón en contra, respaldar la decisión de la Corporación Académica de la Facultad de Teología.
No lo hizo, porque él pertenece a un estamento donde el cargo se recibe y mantiene obedeciendo a quien está por encima y no con un tratamiento de igualdad, inspiradora del respeto a quienes decidieron otorgarle el Doctorado a Pagola.

Consultó, dice el obispo Elizalde, al obispo de Bilbao, al de San Sebastián y a alguna otra jerarquía. Sin embargo, la orden de la designación para el Doctorado a Pagola le llegaba directamente de la comunidad –profesorado e indirectamente de la comunidad -pueblo de Dios. El obispo Elizalde escuchó a los por él consultados y, ante su disgusto y desaprobación , optó por esquivar tensiones. Obedeció al dictamen del poder, no de la verdad. La voz de la Comunidad y del dictamen de Roma, no contaban para nada.
Conviene desentrañar lo que, por dentro, se cuece en todo este modo de proceder. Se trata nada menos que de verificar la fuente de ese proceder, que lleva a decretar decisiones o normas a una comunidad. Las normas son necesarias y las admitimos todos, pero no porque procedan de una ciega voluntad sino de una inteligente decisión que fundamente el contenido y bien de las mismas.

La persona humana, con las diversas comunidades a que puede pertenecer, es una realidad de significado propio: dignidad, propiedades, derechos y responsabilidades que pre- existen ante cualquiera que haya de relacionarse y tratar con ella.
Tarea indispensable para todo aquel que actúe en un mundo de personas es atender a este significado y contar con la experiencia y saber de cuantos pueden aportar luz antes de tomar una decisión o establecerla como norma.
Todo el mundo comprende que la realidad de la persona no está a merced del capricho o voluntad del que tiene “autoridad”, sino a merced del conocimiento y respeto de todos. Sirve en este caso recordar algo que es clásico para un buen enfoque del proceder moral:
Nadie puede decir: – ESTO es bueno o malo porque lo mando o lo prohíbo yo.
No. La realidad preexiste a la voluntad del que manda y es la comprensión de la realidad la que funda, inspira y configura el valor de cualquier mandato.

Entonces, la formulación correcta es otra: -ESTO porque es bueno o malo, lo mando o lo prohíbo yo. Es decir, lo bueno o malo no depende de mi voluntad sino que hay que estudiarlo y determinarlo en cada realidad que enfrentamos.
La fuente, por tanto, que da obligatoriedad a un mandato no depende de la voluntad de nadie, -DESPOTISMO- , sino que nos religa a la realidad misma, que nos impone deslindar lo que de apropiado o inapropiado, bueno o malo, justo o injusto, verdadero o falso, es de ella y se lo atribuimos o denegamos.

Y esta atribución pertenece a la inteligencia, no a la voluntad.
Nada hay que corroa tanto la arbitrariedad del poder como el pensar y el razonamiento, que le exigen fundamentar las normas que intenta promulgar. Y nada hay que teman tanto los dictadores o autoritarios como un saber y un discernir que limitan su arbitrariedad.
En todo caso, la “autoridad” -la que sea- no detenta el saber, y por tanto debe dialogarlo y compartirlo con quienes en cada caso pueden y tienen derecho a hacerlo. Y con las razones de unos y otros, surgen las decisiones o normas que mejor sirven para el bien y armónica convivencia de todos.

Hágase, pues, la consulta a quien corresponde, valórese y determínese la decisión más acertada, seguros de que en ese proceso de búsqueda se extingue todo despotismo, que en definitiva lo que pretende es regular la convivencia por vias irracionales.
Los obispos, si proceden y sirven a la comunidad, no pueden obrar sin ella o contra ella. Científica, racional y evangélicamente hay que dar luz a esas normas que la comunidad necesita y deben guiarla. Pero, la verdad está en todos, por todos puede ser buscada y determinada.¿ Por qué entonces, a un obispo dentro de la comunidad eclesial en el nivel y grado que le corresponda, hay que suponerle que tiene toda la sabiduría necesaria y no necesita de la aportación de la comunidad? Ciertamente, el saber no lo recibe por el mero cargo de ser obispo, sino en la medida en que lo cultive y adquiera con el esfuerzo e investigación, la dedicación y el estudio que se requiere, al igual que los demás. Y resulta normal que en la comunidad pueda haber otros que acumulen más saber que él, y no puede desperdiciar o anular ese saber porque no provenga de él.

Su misión es presidir, coordinar, potenciar los dones de todos, atenderlos y someterlos a un acuerdo mayor entre todos. Una decisión unilateral, excluyente, como ha hecho el obispo Juan Carlo Elizalde, se sale del cauce marcado por la dignidad y derechos de la comunidad.

Es ésta, a mi modo de ver, la cuestión radical que hay que revisar: ¿por qué un obispo por sí y ante sí, sin razones incluso, se cree autorizado para que la comunidad cumpla una decisión o norma que ella desconoce o rechaza? ¿Qué es lo que le lleva a autoposeerse de esa certeza y no apearse de ella? ¿No es el hecho de partir de un supuesto gratutito: creerse superior por haber sido investido por Dios de un poder excepcional para proceder así?
Nada ocurre al azar, y es preciso bajar al fondo para alumbrar el sostén ficticio de todo autoritarismo. Todos tenemos el único poder de nuestra dignidad, derechos y responsabilidades otorgados por Dios, y nadie puede erigirse en representante o mediador de gracias divinas a él únicamente concedidas.

Denuncia y propuestas de Jesús de Nazaret
Rara vez nos detenemos a contrastar nuestra postura con la postura de Jesús ante el poder. Y no creo haya en los evangelios tema que tan clara y radicalmente sea abordado por Jesús. Lo trata públicamente en confrontación directa con las autoridades religiosas de entonces.

Habla a la multitud, convencido del impacto de sus palabras y de las consecuenciasds que le pueden acarrear:
-INCOHERENCIA: Haced lo que os dicen los fariseos y letrados pero no imitéis sus obras, porque ellos dicen y no hacen; lian pesadas cargas sobre los demás y ellos ni las tocan con un dedo.
-VANIDAD: están llenos de vanidad y pompa y les gusta exhibirlas con cintas anchas en la frente y borlas grandes en el manto. Les encantan los primeros puestos, los asientos de honor y la reverencias en las calles y que les llamen con nombres de grandeza.
-HIPOCRESIA : cierran las puertas a los que desean entrar en el Reino de Dios, pero ellos no entran ni dejan entrar a los demás.
-Exigen el cumplimiento de cosas nimias y descuidan el cumplimiento de la justicia y lealtad que son las más importantes, filtran el mosquito y se tragan el camello, son implacables legalistas y olvida la ley principal que es la justicia.
-APARIENCIA: Hacia fuera presumen de honradez y por dentro están repletos de hipocresía y de crímenes.
COMPLICIDAD: reiteran que ellos no matarían a los profetas como sus padres y sin embargo lo rubrican lo contrario con la sangre de nuevos perseguidos y crucificados.

La cara opuesta a la ocultada y aquí dibujada por Jesús, es la que deben mostrar sus discípulos: cara limpia, sin dobleces, con disponibilidad y ternura, con alejamiento de todo tipo de grandeza , de títulos , de atuendos, de tratatamientos vacuos y excéntricos.
A los seguidores de Jesús les espera ser coherentes, humildes, sinceros, sencillos,
Lejos de toda discriminación, firmes en la igualdad como hermanos y universales en la acogida, el amor y la integración.

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