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Necesitamos a Dios -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

En algunos de los comentarios, que se han hecho en este blog, a lo que yo escribí, hace dos días, sobre «Hablemos de Dios», se viene a decir (poco más o menos y con la debida delicadeza) que yo, en definitiva, lo que hago es negar la existencia y la necesidad que tenemos de Dios. Porque, si nos quedamos sólo con nuestra «inmanencia» y afirmamos que no tenemos acceso a la «trascendencia», entonces, ¿con qué nos quedamos? O mejor dicho: ¿no equivale este discurso a una afirmación descarada de ateísmo tan disimulado como puro y duro?

A ver si nos aclaramos. Posiblemente yo no me he explicado con la debida claridad y precisión en un asunto tan serio y delicado como éste. Si así es, pido las debidas disculpas. En cualquier caso, lo que quiero dejar claro es que no es lo mismo el ámbito del «ser» que el ámbito del «conocer». El «ser» pertenece a la ontología. El «conocer» es propio de la epistemología. Yo no he pretendido, en modo alguno, poner en duda (y menos aún, negar) el «ser» de Dios y, por tanto, la existencia de Dios. Si desde el principio titulé el post «Hablemos de Dios», ¿voy a ser tan besugo como para estar invitando a los lectores a que hablamos de «nada», o sea de lo que «no es» y, por tanto, de lo que «no existe»?

Yo me refería – y me refiero – al ámbito del «conocer». En este caso, la pregunta no es si Dios existe. La pregunta es: «¿cómo podemos nosotros conocer a Dios?» El problema está en que Dios es Dios porque no pertenece, ni se puede situar, en el ámbito de la «inmanencia». Si Dios es Dios, por definición, se sitúa en el ámbito de la «trascendencia». Y la diferencia, entre esos dos ámbitos, no es cuestión de «cantidad» (Dios puede más que nosotros, sabe más que nosotros, dura más que nosotros…), sino de «cualidad»: Dios no es un «otro», todo lo perfecto e infinito que queramos, pero, a fin de cuentas, «otro».

Nada de eso. Dios es el «Absolutamente-Otro». Y eso ya excede de tal manera nuestra capacidad y nuestras posibilidades de «conocimiento», que lo que nosotros podemos conocer de Dios no es a «Dios-en-sí», sino que lo que conocemos son las «representaciones» (o «imágenes» mentales) que nosotros nos hacemos de Dios. Pero resulta que, como nosotros pertenecemos y estamos siempre en el ámbito de la «inmanencia», de forma que (en este mundo) no podemos jamás salir de nuestra «inmanencia», entonces por eso digo que a Dios sólo podemos conocerlo en nosotros y en los demás. Por eso, el gran teólogo que fue H. Bouillard (s. XX) dijo: «La revelación (de Dios) es la relación del ser y de la conciencia del mediador (el vidente, el profeta…), del ser y de la conciencia de la comunidad con Dios como su origen».

Y que nadie me venga diciendo que esto es quedarnos sin Dios. ¿Es que podemos estar seguros que tienen a Dios (y hablan en nombre de Dios) los que, invocando el poder y la autoridad de Dios, privan a algunas personas de sus derechos, les recortan su libertad o su dignidad, persiguen a unos, ofenden a otros, humillan a algunos y hasta matan a quien se les interpone en su camino? En nombre de Dios se han organizado guerras, se ha quemado viva a la gente, se ha ganado mucho dinero…

Es verdad que también, en nombre de Dios, se ha llegado a heroísmos y generosidades inimaginables. Es verdad que esto, por suerte, creo que es lo más frecuente. Pero, por favor, no seamos ingenuos. Y pensemos que, en este asunto tan complicado, si alguien ha tenido razón es aquel humilde galileo, Jesús, que nos dejo dicho: «Lo que hicisteis con uno de estos, a Mí me lo hicisteis».

Al «Absolutamente-Otro» lo encontramos en el «otro». Y conste que esto sólo lo entiende el que trata a cualquier indeseable con el mismo o con más respeto, delicadeza y cariño que trata, no digo al papa, sino al Santísimo Sacramento. Mientras no lleguemos a esto, es que no conocemos a Dios. Ni podemos hablar de Dios. Necesitamos tanto a los otros porque, en el fondo, a quien más necesitamos es a Dios, entendido como he intentado explicarlo quizá con demasiada torpeza. Yo entiendo que todo esto es complicado. Pero, por lo menos, no hablemos de Dios con la ligereza y la superficialidad con que algunos dan la impresión de que ellos sí lo saben. «No hay más que palabras humanas para que el cielo hable» (F. Rosenszweig).

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