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Navidades heréticas -- José Ignacio González Faus

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Religión Digital

Que nuestras navidades están bastante desfiguradas, edulcoradas o paganizadas es voz común entre muchos cristianos y cada año volvemos a sentirlo cuando llegan y a lamentarlo cuando ya se han ido. ¿Por qué, pues, no intentar analizar, aunque sea a toro pasado, en qué consiste esa deformación?. Para acercarse al misterio de la Navidad (contracción de natividad: nacimiento) basta con acercarse al nacimiento de un niño.

Un escritor cristiano del siglo III escribía: “empieza describiendo toda la bajeza de elementos que sirven para engendrar un ser vivo: sangre, líquidos y ese coágulo repulsivo de carne que durante nueve meses se alimentará de todo aquel barro”. Para añadir en seguida: recuerda que tú has nacido de la misma manera. (Y entre paréntesis: es en este contexto donde Tertuliano añade aquello de “lo creo por ser absurdo” -credo quia absurdum-, que algunos leen fuera de contexto como una respuesta al problema de relaciones entre fe y razón. ¡No! Lo que es absurdo para nosotros es la solidaridad de Dios. Pero creemos en ella).

En este mismo sentido el dibujante Cortés, entrañable como siempre, ha hecho correr un dibujo de María cambiando los pañales al niño y cuyo título reza: “ Y el Verbo se hizo pis”. A más de dos escandalizará la viñeta y hasta la considerarán blasfema. Y cabría responderles parodiando a Tertuliano: “lo creo por ser blasfemo”. Porque efectivamente, la encarnación de Dios es una blasfemia para una piedad centrada en torno a la idea religiosa general de Dios.

Pero sigamos con el niño. El niño inspira sonrisa y ternura cuando duerme, pero la sonrisa se nos va cuando el niño llora, cuando se ensucia y hay que limpiarlo, cuando no se duerme y hay que acunarlo. En su dulce pequeñez lo humano está reducido, sí, a promesa, pero también a impotencia física, a incapacidad expresiva, y a necesidad de todo: de ser alimentado, de ser limpiado etc. Nuestras navidades han eliminado todos estos aspectos negativos para quedarse sólo con los positivos. De modo que, en la dialéctica Dios-miseria la primera palabra ha borrado a la segunda, en lugar de redimirla pasando por ella. Donde san Juan escribe: “la Palabra se hizo esclavitud [carne] y en eso hemos visto la gloria de Dios”, nosotros leemos que la Palabra se hizo bienestar y ahí vemos su gloria.

Así en nuestros belenes, las pajas son de plástico, la cueva no evoca ningún establo ni la cuna sugiere un pesebre de animales. Nuestros pastores se parecen más a los de las églogas de Garcilaso que a los de la Palestina de hace 2000 años. Los villancicos que, en un principio pretendían descubrir y cantar la gloria de Dios escondida en tanta humillación (y ese era su encanto), han acabado por olvidar toda esa miseria: a lo más nos encontraremos con que “Josep encen un foc”, pero habrá de ser “un gran fuego”, como si ya no supiéramos lo que costaría prender fuego en una cueva miserable de un pueblo perdido de hace veinte siglos.

Y en seguida aparecen angelitos cantando y romeros floreciendo; de modo que los ángeles dejan de ser “mensajeros” para ser sólo comparsas de la gran orquesta del consumo: porque ya no cantan que la gloria de Dios está en los hombres reconciliados, sino que la gloria de Dios brilla en esta falsa paz que brota de la injusticia.

Así olvidamos todo lo polémico del mensaje navideño: que Dios no nació en el Templo de Jerusalén, ni siquiera en una posada decente, sino en un establo. Lo cual, con palabras de hoy, significa: Dios no nace en la catedral de Barcelona ni en la Sagrada Familia, sino en el Besós o en el Raval; ni nace en la Almudena sino en la Cañada real; ni nace en el Corte inglés sino en una patera, ni nace en el Vaticano sino en la franja de Gaza, ni en Manhattan sino en Haití… Y su señal no son las luces en nuestras calles sino la falta de luz en los suburbios.

El peligro de esta deformación navideña es que acabamos falsificando la idea cristiana del ser humano: nos quedamos con la idea de “el hombre” propia del Renacimiento o de la mentalidad griega (que reservan la dignidad humana sólo para los ricos y no para los esclavos) y no con la noción bíblica de todo ser humano como imagen de Dios. De este modo falsificamos también la idea cristiana de Dios por mucho que cantemos “gloria in excelsis Deo” en latín y todo. Y, desde ahí, falsificamos la solidaridad. Y acabamos cerrando los ojos para imaginar, en vez de abrirlos para contemplar la realidad.

Un ejemplo de esta falsificación me parece encontrarlo en la teología (o en la forma como es leída la teología) del gran escritor que fue Urs von Balthasar: que habla mucho de la “teo-dramática” pero de una manera tal que la palabra Dios acaba edulcorando el drama en lugar de redimirlo al entrar en él hasta el fondo, y la belleza de la Gloria de Dios se queda más en la no consideración del dolor que en la asunción amorosa del dolor.

Una especie de contemplación indolora del Dios sufriente: porque parece sufrir como la cenicienta del cuento y no como los niños maltratados de la vida real. Así nos quedamos con un Dios que planea sobre la historia pero nunca llega a aterrizar verdaderamente en ella. Y así llegamos al final del proceso por el que hoy hemos celebrado el nacimiento del dios mercado o del dios consumo, pero no el del Dios anonadado.

Imaginemos si no, qué pasaría si una multitud de cristianos, más conscientes de todo este significado, comenzara a tomar decisiones como éstas: en navidades no vamos a consumir nada, no porque no pueda tener un sentido materializar el gozo interno, sino para compensar la unilateralidad en que hemos caído. Ni vamos a jugar lotería porque no queremos enriquecernos precisamente en los mismos días en que Dios se empobrece.

Ni haremos regalos a las personas queridas sino sólo a aquellas con las que nos encontramos enemistados o necesitamos perdonar. Ni plantaremos belenes rebosantes de figuras caras, sino una simple cuna desvencijada y vacía, igual que la silla de aquel premio Nobel de la paz que estuvo vacía durante la ceremonia: como simbolizando que a Dios tampoco le dejamos venir hoy porque es un disidente de este mundo, como Liu Xiaobo

¡La que se armaría! Y sin embargo: sería todo tan cristiano, y tan evangélico! Y la exquisita María ¡cantaría con tanto gozo exultante que Dios derriba del trono los poderosos y dignifica a los humillados, que despide vacíos a los ricos y llena de bienes a los pobres! Y nosotros no temeríamos que el profeta nos repitiera aquello: “hace tiempo que somos los que Tú no riges, y los que no llevamos tu Nombre” (Is 63, 19).

En resumen: acabamos de celebrar unas navidades heréticas. Así de simple. Y si la Iglesia tiene una Congregación de la Fe, encargada de velar porque no nos contamine la herejía, tiene aquí también una tarea sobre la que pensar a lo largo de este 2011, hasta que lleguemos a un nuevo diciembre.

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