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Navidad en San Carlos Borromeo: Un Dios que se hace niño en Entrevías -- Cristina Ruiz Fernández

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San Carlos Borromeo ResisteUn relato del jesuita Anthony de Mello habla de un gurú al que, cada tarde, un gato distraía de su oración. Para evitar esto, pidió a sus discípulos que ataran al gato todos los días durante el culto de la tarde. Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato para poder atarlo durante el culto vespertino. Cada año, cuando llega la Navidad, podría parecer que en muchas casas se ‘atan’ gatos inmensos. Se pone en marcha una maquinaria de costumbres, rituales, liturgias, reuniones familiares y compras que, muy a menudo ha perdido el sentido inicial, los motivos y el significado auténtico. Algunos las disfrutan, otros no, pero en la mayor parte de los casos las ‘fiestas’ no tienen ya ninguna relación con lo que hizo que empezaran a celebrarse.

Este hecho es especialmente llamativo cuando se da en el seno de comunidades católicas, que reducen las celebraciones a ritualismos alejados del verdadero origen cristiano de la Navidad. Sin embargo también hay comunidades que viven las fechas navideñas en su más pleno sentido… aunque eso signifique no hacer grandes celebraciones o fiestas especiales. Es el caso de la comunidad parroquial de San Carlos Borromeo, una parroquia del barrio madrileño de Entrevías, en la periferia de la ciudad.

La parroquia saltó a la actualidad el pasado mes de abril por las amenazas de cierre recibidas del obispado de Madrid. Sin embargo, meses después, la comunidad ha retomado su ritmo normal de celebraciones, actividades, reuniones y, sobre todo, de servicio a los más necesitados. Desde esta cotidianeidad nos hemos acercado a San Carlos Borromeo para descubrir cómo vive la Navidad una comunidad tan plural y tan diferente de las parroquias al uso.

Una comunidad abierta

Que esta iglesia es distinta se nota nada más llegar a ella. Sus instalaciones son sencillas, incluso un poco cutres y, al entrar al despacho parroquial, en lugar del típico cartel de horarios nos recibe un letrero que reza: “Cuando llegamos abrimos. Cuando nos vamos, cerramos. Si vienes y no estamos, es que no coincidimos”. Una manera un tanto irónica de verbalizar que ésta es una parroquia con las puertas abiertas. Un templo accesible, acogedor, abierto a quienes necesitan ayuda, a quienes vienen buscando respuestas o trayendo inquietudes. Abierto a todos y todas sin importar su credo o su país de origen o los problemas que pueda tener.

Tras la puerta del despacho nos recibe Javier Baeza, uno de los sacerdotes que están a cargo de la parroquia. Campechano y sincero, cuesta imaginársele con una casulla o un alzacuellos. Enseguida se ve que siente pasión por su trabajo, por su vocación y que se siente cómodo en una comunidad eclesial como ésta: “aquí hay gente creyente y mucha gente no creyente y eso es un aspecto importante de esta parroquia”, nos cuenta, “y luego, llevamos unos años en los que la parroquia la componen también, dentro de los creyentes, gente con diferentes creencias, sobre todo musulmanes, que participan habitualmente en nuestras celebraciones”.

Esta diversidad viene marcada por el propio ambiente, ya que el templo está enclavado en un barrio que tradicionalmente ha sido el hogar de familias trabajadoras humildes y que hoy en día es un lugar de llegada para muchas personas inmigrantes. En San Carlos Borromeo esta diversidad “se acoge y se comparte” con total naturalidad, haciendo del diálogo interreligioso una realidad cotidiana.

Junto a esta pluralidad confesional existe, nos dice Javier, un “elemento cualitativamente diferenciador” respecto de muchas iglesias madrileñas. “Sobre todo quien compone la parroquia es gente del mundo de la exclusión”, que integra la comunidad. “En otras parroquias, incluso las parroquias majas”, nos aclara el sacerdote, “los pobres siempre se quedan en la puerta pidiendo y yo creo que aquí lo que los diferencia es que los pobres forman parte son la asamblea y eso a mí me parece que es la gran riqueza de esta parroquia”.

Así, en la comunidad de creyentes de San Carlos Borromeo conviven gente clase media, e incluso empresarios, junto con personas que están metidas en el mundo de la droga o que viven en situación de exclusión social. Además, en torno a la parroquia se crearon y siguen activos hoy en día varios grupos como los Traperos de Emaús, las Madres contra la droga la forman o la Escuela sobre Marginación.

Ante esta diversidad, lo primero que uno se pregunta es si será posible que convivan colectivos y personas tan distintas bajo un mismo techo, unidas por un mismo objetivo. Para Javier Baeza hay muchos elementos convergentes pero, sobre todo lo que los vincula es la fe en el ser humano. “Eso lo que nos hace estar juntos, aunque las razones de la gente para llegar a la parroquia a veces sean muy diferentes”. Este hecho es suficiente, según el sacerdote vallecano, para sentirse comunidad, desde la consciencia de que “la fe en el Dios de Jesús invita a ser vivida en comunidad, que más allá de las teologías hemos descubierto que los seguidores de Jesús no podemos ser francotiradores”.

Nada especial por Navidad

En una comunidad cristiana que acoge tanta diversidad y tantas experiencias distintas, pero que al tiempo vive la fe con una gran autenticidad, le preguntamos a Javier Baeza cómo celebran las fiestas navideñas. La respuesta puede sorprender a algunos: “no hacemos nada especial”. En San Carlos Borromeo no celebran la tradicional Misa del Gallo. Tampoco hacen ninguna fiesta ni cambian sus costumbres, en una parroquia con procedencias tan diversas no era factible reunir a la comunidad: muchos viajan, otros van a visitar a sus hijos a las cárceles… para gran parte de las familias que componen la parroquia, las fiestas navideñas no son días fáciles.

“Yo me acuerdo de la primera Navidad que estuve aquí de cura”, nos cuenta, “que había una mujer que decía ‘no, no tengo ganas la Navidad’. Entonces uno que venía así con su percha de progre teólogo le eché la charla, y me dijo ‘es que tu no entiendes nada’. Y luego me enteré de que a ella no le gustaban las Navidades porque ya había enterrado a cuatro hijos”. No es lo más frecuente, pero en la parroquia sí hay muchas familias que soportan historias de dolor similares, “con lo cual, no es que no le gusten las Navidades, es que en esa situación es un triunfo levantarse cada día”.

“¿Entonces, qué hacemos?, decoramos la Iglesia, pero no se hace una fiesta especial; la celebración del domingo, no hacemos misa del gallo ni del día de Navidad porque la gente no iba”. El único día especial es el 5 de enero, cuando el grupo de Traperos de Emaús celebran la fiesta de Reyes, “vienen todos los niños del barrio y se les dan regalos”. Una fiesta común en muchos lugares pero que en esta parroquia cobra un matiz diferente “no queremos que sea que vienen los niños pobres y nosotros les damos lo que nos sobra un día al año”, recalca Javier, “mucha de la gente que viene con las criaturas, habitualmente estamos con ellos, no es gente ajena a la parroquia”.

Navidad del día a día

Sin embargo, tanto Javier como las Madres contra la droga, que nos dejaron “colarnos” en su reunión, tienen claro que en San Carlos Borromeo es Navidad todo el año. Esta frase que puede parecer un tópico es lo que viven en la realidad del día a día de la comunidad. “En esta parroquia vivimos signos navideños todos los días, como vivimos muy frecuentemente también signos cuaresmales. Estamos continuamente renaciendo, viviendo, muriendo, resucitando”.

Vivida desde el Evangelio, la Navidad está directamente relacionada con la esperanza, con el renacer a una vida nueva que es posible y eso es lo que celebran en el templo de Entrevías. “No es que nos intentemos convencer de que tenemos que tener esperanza, sino que evidenciamos a los largo de los años que hay muchas situaciones que nos hablan de esperanza: un chaval que es capaz de dejar de consumir [drogas], una pareja que es capaz de encontrar vivienda, que una persona inmigrante tenga papeles…”. En la vida cotidiana de San Carlos Borromeo, hay muchos acontecimientos que nos hablan de eso, de lo que cultural o religiosamente todos llamamos esperanza. “Nosotros vivimos muchas de las cosas que en estas fechas habitualmente experimentamos como alegría o la esperanza, aquí hay signos vivos de ello cada día”.

El sacerdote nos explica que conviven con personas muy ‘machacadas’, que están muy ‘rebotados’ contra sí mismos y contra todo. Celebrar con ellos la Navidad “puede ser una una ocasión para decir, ‘a lo mejor puede ocurrir algo no tan malo, no tan desagradable en tu vida’ y darles una oportunidad”. Esto se hace especialmente patente en los jóvenes que viven en los distintos pisos de acogida que gestionan familias de la comunidad parroquial. Concretamente, los sacerdotes tienen acogidos a varios chavales, a quienes intentan transmitir en estas fiestas “una buena noticia de parte de Dios: que sigue confiando en nosotros a pesar de nuestra torpeza y a pesar de la mierda de mundo que hemos montado, sigue habiendo vida”.

Acoger la vulnerabilidad

Estas historias de dolor, de abandonos y separaciones permiten descubrir, además, otra dimensión de la Navidad: la vulnerabilidad. “Un Dios que se hace niño… ¿qué hay más vulnerable que un niño recién nacido?”, nos pregunta Javier Baeza. “Para mí si hay algo que me refleje la vulnerabilidad del niño Jesús, es lo vulnerables que son ciertos colectivos sociales”. Y en San Carlos Borromeo nos encontramos con muchas vidas muy vulnerables, gente enferma con una esperanza de vida muy corta, jóvenes muy rotos, un chaval que ha estado diez años en prisión, que sale absolutamente descolocado, personas desesperadas… “en nuestra comunidad la vulnerabilidad es un elemento muy cotidiano”.

Esa es la clave – o al menos lo parece hablando con Javier – quien, con timidez y humildad, pero no con vergüenza, afirma: “creo que en esta parroquia somos capaces de acoger la vulnerabilidad”. Y ahí es donde está la diferencia o la crítica a la Iglesia como institución y a veces también los creyentes. “¡Qué dificultad tenemos para acoger, para cuidar!, es imposible, porque el poder no puede cuidar a las personas”. Para el sacerdote, el poder y la ternura son conceptos antagónicos, “el poder nos mandará, nos organizará, nos perseguirá; pero el poder nunca puede ser mimo, caricia, cercanía”. Es tajante, porque para él, “en la Iglesia, o rompemos con todo eso que huele a poder, o rompemos con el Evangelio”.

Para eso aún hay que hacer un largo camino y, sin embargo, en San Carlos Borromeo ya están empezando a vivir así la Navidad. Desatar los “gatos”, desmontar las costumbres vacías, romper ataduras de liturgias encorsetadas y llenar las fiestas de ternura, de vulnerabilidad y de esperanza. “Estando al lado del mundo de la pobreza con todas sus contradicciones, yo creo que es posible que se opere de alguna manera esa nueva venida del Dios de Jesús. Aquí es posible”.

Y también el Ramadán

La comunidad de San Carlos Borromeo se ha mostrado desde el principio abierta a la realidad de su entorno, un barrio con un elevado índice de inmigración. Esto brinda una oportunidad privilegiada para establecer un diálogo intercultural e interreligioso sumamente enriquecedor.

Gracias a esto, la parroquia no sólo celebra la Navidad y el resto de fiestas del calendario litúrgico católico, sino que también incorpora fechas de otras confesiones, especialmente de la musulmana –religión que practican una parte de los miembros de la comunidad parroquial–.

Un ejemplo de esta fe compartida fue la celebración que se llevó a cabo el pasado mes de octubre, con motivo del Ramadán. La idea surgió cuando los chicos marroquíes de la parroquia les ofrecieron “compartir un día de ayuno con ellos para finalizar con una cena en común”. Esta propuesta se convirtió en un cálido encuentro en el que participaron más de 70 personas. En el altar de la iglesia, con la figura de Jesús crucificado detrás, se celebró la oración presidida por un joven musulmán que llevaba una camiseta en la que se leía “Cristo Vive”. Parece que es así, al menos en San Carlos Borromeo.

De parroquia a Centro Pastoral

Han pasado meses desde que esta sencilla parroquia de barrio ocupara las portadas de los periódicos y saliese en los informativos de todas las televisiones nacionales. San Carlos Borromeo ya no está en el centro de la actualidad y ha recuperado el ritmo cotidiano de la vida comunitaria. En las celebraciones del domingo hay algo más de gente, pero ya no están tan masificadas.

El pasado verano, la Asamblea Parroquial presentó un documento, a petición del arzobispado, con distintas alternativas para la situación que se había planteado ante la amenaza de cierre. No fue hasta noviembre cuando, tras una visita de Mons. Rouco-Varela a Entrevías, recibieron la noticia de que se había aceptado una de las alternativas propuestas: la creación del Centro Pastoral San Carlos Borromeo. Esto implica que el templo deja de ser oficialmente parroquia, pero puede seguir llevando a cabo exactamente las mismas actividades que realizaba hasta ahora. Al conocer la noticia, los miembros de la comunidad mostraron su satisfacción y no dejaron de reiterar su agradecimiento a todos los particulares y colectivos que habían mostrado su apoyo a lo largo de los meses de lucha. Ahora, “la comunidad continuará su caminar en solidaridad con los excluidos en este nuevo marco”, señalaron satisfechos.

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