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Navidad 2.008: Viaje a Israel -- Benjamín Forcano

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1. LA UTOPÍA NACE EN NAZARET. Desde la editorial Nueva Utopía siempre nos hemos propuesto actualizar la utopía del Nazareno conscientes de que, entre los que recibimos su herencia, habría quienes pretenderían apropiarse de ella, llegando incluso a negarla, sobrevalorando el desarrollo histórico sobre el origen.
Quizás sea ese el gran muro del cristianismo: que la historia, con sus errores y aciertos, no deja ver la grandeza y novedad del principio. Y, si se tapa el principio, todo puede acontecer y mal valorarse el desarrollo. Lo vemos hoy, una sociedad, en gran parte cristiana, anda en cosas básicas con el rumbo trastocado.

La NAVIDAD es el acontecimiento de mayor magnitud de la historia. Hemos hecho grandes avances. Pero nada ha sustituido al programa que, en el monte de las bienaventuranzas, proclamó el generador y artífice de la sabiduría cristiana.

Sigue en pie, alumbra y desafía. En muchos está todavía por nacer esa vida-programa que nos pertenece, y que en todos debiera ser respetada.

La Navidad cristiana es siempre un comienzo de vida, un despojo de todo lo viejo, para entrar en novedad total, con la vida de quien anticipó una nueva tierra, casa y morada de una nueva humanidad.

Para ti, familiares y amigos, y todos, bien, paz y felicidad, volviendo en este 2008 a la inicial utopía.

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2. El pueblo de Jesús. Allí, sí, en Nazaret, había vivido Jesús, popularmente llamado Jeshúa bar Josef (Jesús, hijo de José ) o Jeshúa ha notsri, (Jesús el de Nazaret).El pueblo de Jesús era uno de los situados en la Baja Galilea, en una ladera, a unos 340 m. de altura, y que siguiendo una larga quebrada conducía hasta el lago de Genesaret. Tenía de 200 a 400 casas.

El pueblo estaba rodeado de pequeñas montañas y en él se cultivaban viñas, olivos, trigo, mijo, verduras, legumbres. Sus casas eran bajas, de adobe o de piedra, con tejados de ramaje seco y arcilla, y suelo de tierra apisonada. Había, por lo general, una sola estancia, en la que se alojaba y dormía toda la familia. Varias casas disponían de un patio en común para el molino, los aperos del campo, los juegos de los niños, el descanso y tertulia d los mayores.

Jesús vivió en ese poblado y pudo captar los menores detalles de la vida de cada día. Y, por eso, luego en su predicación hablará desde la vida y todo el mundo le entenderá. Vivir en Nazaret era como vivir en el campo. De ahí también sus referencias constantes, cuando habla, a la naturaleza, . Jesús lo observaba todo: las flores el revolotear de los pájaros, las anémonas rojas de las colinas, las ramas de las higueras, el sol, la lluvia, los grises nubarrones…

En un pueblo así, la familia lo era todo: casa, escuela y trabajo. Se trataba de una familia extensa, agrupada bajo una autoridad patriarcal, con lazos estrechos de carácter social y religioso. Según nos informan los Evangelios, Jesús tenía cuatro hermanos: Santiago, José, Judas y Simón, y algunas hermanas que quedan sin nombrar. Y eran hermanos reales. Por su puesto, todos ellos casados, con pequeñas familias.

En esas circunstancias, dejar la familia era algo grave, una decisión extraña. Jesús un día la dejó y se fue. Buscaba otra familia, que abarcara a todos los hombres y mujeres dispuestos a hacer la voluntad de Dios. Esta ruptura marcó su vida de profeta itinerante. A Jesús le parecía excesiva la autoridad patriarcal del padre y le parecía intolerable la marginación de la mujer, propiedad primero del varón y luego del esposo. El padre podía venderla como esclava como pago de sus deudas y el esposo podía repudiarla. No admitía tanta menosprecio y marginación.

Cuando Jesús abandonó su familia puso en peligro el honor de su familia, que era una de las grandes preocupaciones de toda familia. Realizaba exorcismos, hacía curaciones, enseñaba un mensaje desconcertante. Era una vergüenza. Por eso, hay un momento en que los familiares s creen que “está fuera de sí” y tratan de hacerse cargo de él.

En el pueblo de Jesús había, como en todo el pueblo judío, una gran respeto por la Torá. Pero, no había templo, porque el único templo, en el que celebraba el culto y al que se peregrinaba era el de Jerusalén. Y el sábado era un día de fiesta para todos. Un día de encuentro y comida familiar. Sin embargo, Jesús afirmará que la Torá hay que vivirla de otra manera, que el culto a Dios no está ligado a ningún lugar sagrado, a ninguna raza o religión, porque Dios es de todos y enseña que la fiesta del sábado está hecha para el hombre y no el hombre para el sábado.

Jesús no había frecuentado las enseñanzas ni las escuelas de los maestros de Jersusalén. En Nazaret, apenas había medios para aprender a leer y escribir. No sabemos si él sabía leer y escribir. Eran muy pocos los que lo lograban. Pero, él enseñaba como quien tiene autoridad y la gente le escuchaba embelesada.

El silencio de los evangelistas acerca de la infancia de Jesús indica que en la vida de Jesús mientras vivió en el pueblo no pasó nada relevante, nada especial. Sabemos que aprendió u n oficio, el de constructor, trabajador que trabajaba con diversos materiales. Era como un jornalero que buscaba trabajo casi cada día.

Nos llega como dato importante y singular el de que no se casó. Lo cual era enormemente chocante para la mentalidad judía que tenía una visión positiva de la familia y del sexo. Una de las sentencias de las escuelas de los raboni afirmaba que “Hay que condenar al hombre que no tiene mujer”.

Jesús renunció a casarse, pero no por los motivos que guiaban a los esenios, a los terapeutas de Egipto u a otros grupos. Jesús no es del desierto, no es un asceta, anuncia la cercanía de un Dios Padre perdonador, come con pecadores y publicanos, trata con prostitutas, frecuentas las amistades femeninas, …

El se consagra con toda su vida a algo que se apoderó de su corazón: el reino de Dios. Es su pasión, su causa, anunciar r la Buena Nueva. Le llamaron de todo: comilón, borracho, amigo de pecadores, samaritano, endemoniado y se burlaron de él llamándolo eunuco. Alo cual respondió: “Hay algunos que se castran a sí mismos por el Reino de Dios”. El no se casa con nada ni con nadie que pueda distraerlo de su misión. Su celibato brota de su pasión por el Reino de Dios y por sus hijos e hijas más pobres.

3. Viaje a Israel. Hace apenas 10 días que regresé de Israel. Fue un viaje de pocos días, imprevisto y casi improvisado. Por eso, los días allí pasados, me parecen aún hoy casi un sueño.

Aparte del tiempo dedicado al Encuentro Judeo-Cristiano, con su carácter académico, los intercambios y visitas a centros oficiales, tuvimos un día, el último, para conocer y recorrer Galilea. Demasiado para tan poco tiempo. Lo que tantas veces nos habían contado, lo que tantas veces habíamos imaginado : lugares, paisajes, escenas, personas, hechos, se nos presentaba directamente, en vivo, como si de un cuento lejano se tratara y lo viéramos ahora en realidad. O sea, que era verdad, que aquella era la tierra de Jesús, donde él había nacido y se había criado, que no había sido un fantasma, sino un ser humano de carne y hueso, que le había tocado vivir, luchar, sufrir y gozar como a uno cualquiera de nosotros.

Estábamos tocando, viendo, sintiendo todo el contorno que había rodeado la vida de Jesús. Y lo sentíamos cerca, como compartiendo con nosotros, como lo había hecho con tantas gentes sencillas de su tierra, campesinos al fin. No salía de mi asombro, cuando en las mesas de un Kibut, pudimos sentarnos a orillas del lago Tiberíades y allí, con el paisaje azulado del lago y los aires suaves que nos acariciaban y las alturas del Golán que nos cubrían por arriba, comer placenteramente unos peces, los mismos que sin duda comieron Jesús y sus pescadores amigos, y no solo comieron sino trajinaron y pescaron con los medios rudimentales de entonces.

Y me resultaba increíble, mientras subíamos a la cima del monte de las bienaventuranzas, ir imaginando a la multitud que se había congregado en sus laderas para ver y escuchar a Jesús. Laderas, olivos, campos y, al fondo, el lago de Tiberíades. Y nosotros, cristianos, allí, recomponiendo, contactando y sistiéndonos poseídos por el aire, la frescura, la presencia y el espíritu del principio. Allí, había hablado el mismo Jesús, había proclamado el programa de las bienaventuranzas, señalado las rutas que llevaban a una tierra nueva y a una humanidad nueva. Hace dos mil años.

Y desde entonces cuántos siglos, cuántos acontecimientos, cuántas aventuras, cuántas conflictos y guerras, cuántas negociaciones y declaraciones, cuántos deseos y esperanzas cumplidos, cuántas veces volver a empezar para reconstruir, aprender y no volver a repetir los errores del pasado.

Allí era el comienzo, lo puro, lo original, lo que todavía no se había oscurecido con las ambiciones, las pasiones e intereses de los seguidores. Fundir el tiempo, acrisolar todo el pasado y recuperar en un instante la pureza del principio. Lo hicimos. Nos pusimos en actitud y compromiso. Y en un instante, no sé cómo, la voz de que celebrábamos la Eucaristía. En una replazoleta, con asientos de piedra, bajo unos olivos, con el sol cayendo, y el lago a nuestros pies.

Allí latía algo distinto, algo inusual, algo que evocaba e incitaba y era preciso darle cauce dejando hablar al corazón. Y lo hicimos, porque la situación era mayor que toda costumbre y ley, mayor que toda rutina. Quien tuviera algo de sensibilidad, algo de luz propia, no podía dejar de poder contrastar la fuerza originaria , fundacional, con todo el arrastre de siglos, con tendencias opuestas y en lucha, con generaciones en búsqueda, en reforma y contrarreforma, en fidelidad e infidelidad. Era un visión fundida, instántanea, que recogía el arco abarcador de los tiempos.

Y seguimos, guardando en nuestra alma otros recuerdos y escenas de la vida del Nazareno. Benjamín Forcano

4. Los relatos de la infancia A- No tengáis miedo a pensar. El evangelio dice: “la Verdad os hará libres”. Mas la Verdad es como el horizonte, si te acercas, se aleja. Nunca terminaremos de alcanzarla. Nadie está en posesión de la Verdad. Si uno se ha subido a la montaña, verá más cosas, pero el horizonte está más lejos.

Los relatos “de la infancia” de Mateo y Lucas, no son crónicas de sucesos, no son biografía, no son “historia”. Son teología narrativa. Marcos, que fue el evangelista que primero escribió, no sabe nada de la infancia de Jesús. Su evangelio empieza con la predicación del Bautista. Pero es que Juan, que fue el último, tampoco quiere saber nada de esas historias.

Por otra parte, los relatos de Mateo y Lucas, no se parecen el uno al otro en nada. Su intención no fue hacer una crónica de sucesos. Pensemos un poco. El interés por la figura de Jesús empezó con la muerte-resurrección. Antes de eso, nada extraordinario sucedió en él que se pudiera descubrir desde el exterior. Partiendo de la experiencia pascual, se intentó explicar cual era el significado de ese hombre. Hablar de las maravillas de su infancia, fue una necesidad de comunicación, para hacer creíble lo que ellos habían descubierto con tanta dificultad.

Tanto la intención, como el modo de hacerlo eran lógicos para aquella época. Ellos no quisieron engañarnos al contar estas historias. Nos engañamos nosotros al darles un sentido completamente distinto al que ellos le dieron.

Antes y después de Jesús, se ha intentado explicar la grandeza de algunos personajes, tanto religiosos como civiles, contando historias sobre su nacimiento portentoso. De más de cuarenta personajes anteriores a Cristo, se dice con toda tranquilidad, que han nacido de madre virgen. Desde Buda, pasando por Pitágoras hasta Alejandro Magno.

Es ridículo pensar que todos estaban equivocados menos nosotros. En todos los casos se trata de explicar que su grandeza les viene de Dios. Es una manera de hablar que todos entendían perfectamente y que no causaba conflicto alguno. Los primeros cristianos razonaron: si eso se puede decir de personajes famosos, de Jesús mucho más.

Mateo 1, 18-24 18 Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19 Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto. 20 Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo:
José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. 22 Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: 23 Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14) (que significa «Dios con nosotros»). 24 Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa;

María estaba desposada con José”. El matrimonio, en aquella época, constaba de dos partes: el contrato y la boda. Lo importante a todos los efectos era el contrato (desposorio). La boda lo que celebraba era la acogida de la esposa en casa del novio. Esto quiere decir que María y José estaban casados a todos los efectos jurídicos.

Antes de vivir juntos…” Está claro que Mateo quiere transmitirnos el origen divino de Jesús. Por dos veces lo dice sin rodeos. ¡Claro que Jesús (todo lo que es y significa) es obra del Espíritu Santo! Pero, ¿creéis que eso queda garantizado y explicado diciendo que Dios se hizo espermatozoide? ¿O que los 45 cromosomas de Jesús procedían de María? El pensar que Dios tiene que garantizar su presencia en Jesús por vía biológica es una monstruosidad. Dios no puede manipular la materia, ni siquiera la biológica.

Dios no tiene actos puntuales, lo que hace lo es. En Dios ser y actuar es la misma realidad. La presencia de Dios en Jesús, se manifiesta en lo humano, pero no se reduce a lo biológicamente humano. Lo divino es una presencia en Espíritu. “Lo que nace de la carne es carne…” No puede estar más claro.

“Por obra del Espíritu Santo”. Dos veces hace Lucas referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad (faltaban más de dos siglos para que se concretara la idea de persona en la Trinidad). En los dos casos está sin artículo. Al traducirlo con artículo determinado, estamos empujando a entenderlo mal. “Pneumatos Agiou”, hace referencia a Dios Espíritu (viento, aliento vital, fuerza, energía). Sería: “por obra de la fuerza de Dios”.

“Agiou” (Santo) tampoco coincide con nuestro concepto de santo; significa, más bien, separado, incontaminado, completamente distinto, y además separador y purificador. Apunta a una absoluta originalidad. Jesús no es obra de la casualidad, ni de una evolución progresiva, sino que responde a la expresa presencia en él de Dios. “José, su esposo que era bueno.” José es el centro del relato. Ni la palabra “bueno” ni la de “justo”, traducen la riqueza del término griego. Significaría un israelita auténtico, temeroso de Dios y cumplidor de la Ley. Simboliza el “resto de Israel” fiel.

María, para Mateo, simboliza la nueva comunidad. En las dificultades que encuentran estos dos personajes, se está manifestando el conflicto que se vivía en tiempo de Mateo, entre el judaísmo fiel al Antiguo Testamento y la nueva comunidad asentada sobre la figura de Jesús. El origen divino simboliza la superioridad sobre el Antiguo Testamento. El encargo a José de recibir a María, está indicando que todo buen israelita debe aceptar la novedad, aunque cause problemas, porque es lo que Dios quiere.

“El ángel del Señor”, no es una naturaleza angélica como lo concebimos nosotros, sino la presencia misteriosa del mismo Dios. Es Dios mismo el que hace la invitación a dar el salto. Los judíos pueden sentirse seguros al abandonar lo antiguo y hacerse cristianos. “En sueños”, es la manera normal de dirigirse Dios a los hombres en todo el Antiguo Testamento.

“Hijo de David”. La referencia a David, deja bien clara la pertenencia al pueblo judío. José es el encargado de legitimar la transición. Se trata de deshacer toda posible prevención. “Le pondrás de nombre Jesús”. Si conociéramos lo que significaba en todo el Antiguo Testamento poner el nombre a una persona, descubriríamos la importancia que toma José en este relato. El nombre resume todo lo que va a ser una persona. El innombrable va a tener nombre, y la imposición de ese nombre va a depender de un hombre, José.

“Salvará de los pecados”. Aquí también patinamos al aplicar el concepto que nosotros hoy tenemos de pecado (siglo VII). Para Mateo, salvar de los pecados era liberar al pueblo de todas las injusticias y opresiones. Ese era el único pecado que se consideraba entonces. Nada que ver con el perdón de nuestros pecados personales por la muerte de Jesús. “Esto sucedió…” Todo el evangelio de Mateo hace especial hincapié en el cumplimiento de lo anunciado por el Antiguo Testamento. Quiere dejar muy claro que el cristianismo es continuación del judaísmo. El acontecimiento Jesús, es el punto de llegada de un largo proceso, pero a la vez, es el comienzo de la plenitud de los tiempos donde Dios estará siempre presente.

“La virgen”. La palabra griega “párthenos” significa célibe, soltera, doncella; no tiene el significado que hoy le damos a la palabra “virgen”. Se refiere a la joven esposa de Acaz que va a tener su primer hijo. Hijo que va a suponer una seguridad para el reino. No se trata del cumplimiento de un oráculo, sino de la continuidad de la acción salvadora de Dios.

“Enmanuel (Dios-con-nosotros)”. La ausencia de Dios era la causa de todos los males para Judá. Su presencia garantizaba que las cosas iban a ir bien. Jesús no será un enviado más de Dios. Al no tener padre humano, no tiene en la tierra nadie a quien imitar. Su modelo será directamente Dios. Será Hijo porque en todo imita al Padre. Esto para nosotros es un lenguaje extraño, pero en aquella época, la referencia de un hijo al padre no se medía por lo biológico, sino por la capacidad del hijo para hacer lo que hacía el padre. Viendo actuar a una persona se adivinaba quien es su padre. Viendo al hombre Jesús, se descubre a Dios.

B- De nosotros depende que Dios se haga visible (Lc 1,26-38) Como estamos ya a las puertas de la Navidad, vamos a hacer una introducción general para todo este tiempo litúrgico. La mayoría de los textos que vamos a leer estos días, están tomados de lo que los exegetas llaman “evangelio de la infancia” de Mateo y Lucas.

Es muy importante que tomemos conciencia del sentido no histórico ni científico de estos textos. El anuncio del nacimiento de un hijo de dios, el nacimiento de una madre virgen, el nacimiento en una gruta, los pastores adorando al niño, el intento de matar al niño, la huída después de un aviso, la muerte de los inocentes, el anuncio por medio de una estrella, la adoración de unos magos, etc.; todos son relatos míticos ancestrales en las culturas del entorno. Ninguno es original del cristianismo. Lo original es la profunda verdad teológica que se esconde detrás de su escalofriante sencillez.

El decir “mítico” no quiere decir “mentira”. Este es el primer error a superar. El mito es un relato que intenta desvelar una verdad radical que atañe al hombre entero, y que no se puede explicar por medio de discursos científicos.

Al decir que estos relatos son míticos, no estamos devaluando su contenido, sino todo lo contrario; nos estamos obligando a descubrir el significado profundo y vital que para el ser humano tienen. Lo nefasto es considerarlo como crónicas de sucesos sin mayor alcance vital. Una vez más se hace cierto el proverbio: “cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo”.

Todo esto lo ha descubierto la exégesis hace muchas décadas. No acabo de comprender por qué existe tanto miedo a que el pueblo conozca la verdad. ¿No nos dice el mismo Jesús que la verdad nos hará libres? ¿O es que lo que nos asusta es esa libertad? Es verdad que la explicación del sentido profundo de estos textos no es sencilla, pero es precisamente esa dificultad la que debía espolearnos. He visto a la gente abrir ojos como platos cuando han comprendido la profundidad del mensaje.

En las lecturas de hoy destaca el contraste entre la actitud de David, que después de hacerse un palacio, decide hacer un favor a Dios, construyén-dole un templo para que habite; y la actitud de María que ve sólo la gratuidad de Dios para con ella. La humildad de María hace posible el acercamiento a Dios. La soberbia de David, aleja de Él. La lección es clara: nosotros no podemos hacer nada por Dios, es Él el que lo hace todo por nosotros. Ni siquiera tenemos que comprar su voluntad a partir de sacrificios y oraciones. Él se nos da totalmente antes de que nosotros hayamos llegado a ser.

El texto evangélico que acabamos de leer, es uno de los más densos y ricos del Nuevo Testamento. El mayor peligro que nos acecha al considerar estos relatos como historia, es que esperamos que Dios actúe de esa misma manera con nosotros. Lo que Lucas nos propone, es una teología de la encarnación entendida desde el Antiguo Testamento.

Casi todas las palabras del relato hacen referencia a situaciones del Antiguo Testamento. El evangelista acaba de narrar la concepción de Juan, que tiene como modelo la de Isaac, o la de otros personajes del Antiguo Testamento. Para el relato de la concepción de Jesús, Lucas toma como modelo la creación de Adán. Como Adán, Jesús nace de Dios mismo, sin intermediarios; y como Adán, va a ser el comienzo de una nueva humanidad. No es uno más de los grandes personajes de la historia de Israel. Esta es la clave de todo el relato.

“Ángel”=mensajero. No tiene en el Antiguo Testamento la misma connotación que tiene para nosotros. No debemos pensar en esos seres al servicio de Dios, sino en la presencia de Dios de una manera humana para que el hombre pueda soportarla.

Nazaret no es nombrado en todo el Antiguo Testamento; es algo completamente nuevo. Galilea era la provincia alejada del centro de la religiosidad oficial, que era Judea y el templo. Quiere decir que la intervención divina en Jesús rompe con el pasado y va a constituir una auténtica novedad. Lejos del templo y los ambientes oficiales.

La escena se va a desarrollar en una casa sencilla de un pueblecito desconocido, a “una virgen”. Ninguna persona ligada a la institución, sino una doncella completamente anónima. Ni tiene ascendencia ni cualidad alguna excepcional. De los padres de Juan acaba de hacer grandes elogios, de María, ninguno. “Una virgen” no debemos entenderlo según nuestro concepto actual. Alude a la absoluta fidelidad a Dios, por oposición a la imagen del pueblo rebelde, tantas veces representado por los profetas como la adúltera o prostituta.

María representa al pueblo humilde, sin relieve social alguno, pero fiel. “Alégrate, agraciada, el Señor está de tu parte”. Alusión también a los profetas: “Alégrate hija de Sión, canta de júbilo hija de Jerusalén”.Es un saludo de alegría en ambiente de salvación. Cercanía de Dios a los israelitas fieles. Dios se ha volcado sobre ella con su favor.

La traducción oficial, “llena de gracia”, nos despista, porque el concepto que nosotros ponemos detrás de la palabra “gracia”, se inventó muchos siglos después. No se trata de la gracia (un ser divino que hace al hombre hijo de Dios y heredero del cielo) sino de afirmar que María le ha caído en gracia a Dios.

José, descendiente de David, no tiene papel alguno en el plan de salvación anunciado. Es Dios el que salva. María misma impondrá el nombre a Jesús = Salvador. No será hijo de David, sino del Altísimo. Ser Hijo, en el relato mítico, no significa generación biológica, sino heredar la manera de ser del padre, y tener por modelo de comportamiento al Padre. No será David ni cualquier otro ser humano, el modelo para Jesús, sino Dios. Jesús no puede tener padre humano, porque en ese caso tendría la obligación de obedecerle e imitarle. El Espíritu Santo y la fuerza del Altísimo son lo mismo. Cubrir con su sombra hace referencia a la gloria de Dios, que en el Antiguo Testamento se representaba por una nube que era signo de la presencia activa de Dios.

Santo=“Consagrado”, “Hijo de Dios”, son designaciones mesiánicas. Son títulos que no podemos interpretar como afirmación de la divinidad de Jesús. “Consagrado” hace referencia siempre a una misión. El rey ungido era desde ese instante considerado hijo de Dios. El relato no hace ningún hincapié en el aspecto biológico del acontecimiento, porque no tiene importancia ninguna. Lo divino que se manifiesta en Jesús, se da en su humanidad gracias a una consagración, que es obra del Espíritu.

El Espíritu no actúa sobre el cuerpo, sino sobre el ser de Jesús, dándole su calidad divina. “De la carne nace carne, del Espíritu nace Espíritu”, dice el evangelio de Juan. No es la carne de Jesús la que procede del Espíritu, sino su verdadero ser. “El Espíritu es el que da Vida, la carne no vale para nada”, dice el mismo evangelio. Claro que Jesús ‘fue engendrado’ por obra del Espíritu Santo, pero de un modo mucho más profundo de lo que pensamos.

“Aquí esta la esclava del Señor”. ¡Cuándo nos convenceremos de que la encarnación de Dios no depende de la perfección de la persona en que se encarna! Hemos insistido tanto en los privilegios de María como preparación para la encarnación, que hemos convertido en impensable la encarnación de Dios en alguien, que no sea perfecto.

Pablo nos habla del misterio escondido y revelado. El misterio mantenido en secreto por generaciones, es que Dios es encarnación. Dios salva pero desde dentro de cada persona, no desde fuera con actos espectaculares ni siquiera con la muerte de su propio Hijo. La buena noticia es una salvación que alcanza a todos los hombres. Misterio que está ahí desde siempre, pero que muy pocos descubren. No es que Dios realice la salvación en un momento determinado. Dios no tiene momentos. Jesús lo vive en el tiempo y nos lo comunica.

Fijaros cómo cambia el concepto de Dios para el evangelista. El Dios que a través de todo el Antiguo Testamento se manifiesta como el poderoso, el invencible, el dador de la muerte y la vida, pide ahora el consenti-miento a una humilde muchacha para llevar a cabo la oferta más extraordinaria en favor de los hombres.

Ese formidable cambio de la manera de concebir a Dios no siempre lo hemos comprendido los cristianos. Una y otra vez, hemos querido volver al Júpiter tonante, que está a nuestro favor y en contra de nuestros enemigos si cumplimos su voluntad; pero no dudará en estar contra nosotros si le fallamos.

No queremos comprender que Dios se hace presente en los acontecimientos más sencillos. Seguimos esperando portentos y milagros en los que se manifieste el dios que nos hemos fabricado. Ningún acontecimiento espectacular hace, por sí mismo, presente al verdadero Dios. Al contrario, en cualquier acontecimiento por sencillo que sea, podemos descubrirlo. Somos nosotros los que ponemos a Dios allí donde lo vemos.

Pascal dijo: “Toda religión que no predique un Dios escondido, es falsa”. Los budistas repiten: “Si te encuentras al Buda, mátalo”. Todo dios que percibimos viniendo de fuera, es un ídolo.

La presencia de Dios en la persona de Jesús, sigue siendo un misterio para nosotros porque no acabamos de dar el salto hacia el Dios que él manifiesta. El Dios de Jesús es un Dios “nadapoderoso” que está absolutamente a nuestro servicio. Sólo de nosotros depende, que lo descubramos y lo hagamos visible o que permanezca oculto. Si la fuerza del Espíritu no te atraviesa, es que tienes colocada una coraza. ………… Fray Marcos

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